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Fue una sensación extraña; el miedo se disipó para dar paso a una inesperada tranquilidad cuando percibí que eran los brazos de Nick los que me rodeaban, estrechándome con una fuerza que casi me robaba el aliento. Ignoro si fue una treta de mi imaginación o si, en el fondo, extrañaba ese contacto.
—¡Colette! ¿Dónde te habías metido? Estaba muy preocupado —exclamó él.
—Lo siento, Nick… Necesitaba alejarme de todo —respondí, todavía hundida en su abrazo.
Me liberó de su presión, aunque permaneció cerca. Sus manos descansaron un instante sobre mis hombros antes de soltarme con un gesto brusco, cargado de una ansiedad contenida.
—Te busqué por todas partes.
—No exageres, Nick, no me ocurrió nada.
—¿Es que no te percatas de los peligros que hemos enfrentado? —me recriminó con severidad.
—Claro que sí, pero el cansancio me supera.
—Yo solo quiero entender qué sucede, comprender qué me ocurre a mí mismo —soltó él con un rastro de desesperación.
—¿A qué te refieres con eso? —pregunté, confundida por su tono.
Resopló fastidiado. Su comportamiento me resultaba un enigma difícil de descifrar.
—¿En qué mundo vives, Colette? ¿De verdad eres incapaz de notarlo?
—¿Notar qué, Nick?
—¿Por qué crees que me ofrecí para ser tu guardaespaldas?
—Es tu oficio, ¿no? ¿Qué otra razón habría?
—No.
—¿Cómo que no? Eso indicaba tu currículo.
—Solo la mitad de ese documento es real —confesó, acortando la distancia entre ambos—. Poseo conocimientos de defensa personal, es cierto, pero tú eres la primera persona a la que protejo de manera oficial.
Lo observé sin comprender el rumbo de sus palabras.
—Me presenté porque vi una oportunidad —añadió. Su voz se transformó en una confesión absoluta y sentí un vuelco en el estómago.
—Dime que no me utilizaste, Nick, porque pasarías a formar parte de una lista muy extensa de rechazados.
—No se trata de eso. Admito que alteré mis credenciales, pero lo hice con el único propósito de estar cerca de ti.
Entorné los labios, procesando la magnitud de su declaración.
—Sabes que soy algo torpe para estas cosas —murmuré para mis adentros.
En ese instante, me asaltó la duda sobre la cena y la nota que había recibido; aquello parecía la explicación más lógica.
—Me gustas —soltó él, sin preámbulos.
—Oh, por todos los cielos… —susurré, soltando una risa nerviosa—. No te creo. ¿Por qué? Es decir, ¿cómo es posible?
Él bufó y desvió la mirada hacia el cielo nocturno.
—¿Por qué no habrías de gustarme?
—No lo sé… ¡Mírame, Nick!
—Te observo, Colette, y cuanto más lo hago, más me cautivas.
—Guarda silencio —pedí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Agradecí la penumbra de la noche por ocultar mi rubor.
Eché a caminar hacia el hotel en un intento de huida, aunque no sabía con exactitud de qué escapaba. Él rió con suavidad y siguió mis pasos.
—Sé que Garrett te atrae… es algo que no puedes ocultar —me sorprendió con su agudeza—. Debe ser un idiota por no haberse dado cuenta.
—Él lo sabe —admití con un suspiro—. Se lo confesé hace tiempo.
—¿Y no reaccionó? —preguntó con un deje de reclamo.
—Dijo que nuestra amistad se arruinaría si algo sucedía entre nosotros. Eso fue hace ocho años; desde entonces, él ha actuado como si nada hubiera pasado.
—En teoría, una amistad puede fracturarse, pero creo que a él simplemente le faltó valor.
—Yo prefiero pensar que no le intereso, Nick. Fue su manera sutil de advertirme que jamás me vería con otros ojos que no fueran los de una amiga.
—Acabas de confirmar mi teoría: es un idiota.
Estábamos a pocos metros de la entrada del hotel cuando Nick me sujetó de la mano, obligándome a detenerme.
—No has dicho qué piensas tú. Yo ya me he expuesto.
—Es que no lo asimilo. Eres un hombre muy atractivo y… —Hice una mueca de incredulidad—. No entiendo cómo podrías fijarte en mí.
—Deja de cuestionarlo. Soy un hombre común, como cualquier otro.
—Sí, claro, un hombre sumamente ordinario —ironicé. Él se encogió de hombros—. La verdad es que estoy confundida.
Busqué con la mirada a Apolo, que se entretenía olfateando las flores cerca de la entrada.
—¿Confundida por qué? —Me atrajo hacia él con un movimiento firme. Me rodeó la cintura y susurró muy cerca de mis labios—: ¿Esto te confunde más o te da alguna certeza?
De forma inconsciente, una melodía absurda comenzó a sonar en mi mente para ocultar el pánico, un ritmo repetitivo que marcaba el compás de mis nervios.
—Hey, Colette —pronunció él, justo en el momento en que mi mente gritaba el coro de aquella canción.
Mi nombre en sus labios sonaba como una caricia prohibida. Sabía que debía apartarme; sentía que, si permitía que nuestras bocas se rozaran, no habría retorno de la lujuria que comenzaba a invadir mi corazón palpitante. Ese órgano traicionero me delataba con cada latido.
Me besó. No ofrecí resistencia, pues resultaba imposible negarse a tal magnetismo.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna, una mezcla de placer y vértigo absoluto.
El beso comenzó con una lentitud exploratoria, casi cautelosa, pero pronto se tornó apresurado y voraz.
Me sumergí en ese abismo de sensaciones, perdiendo la cordura en el calor de sus labios.
De pronto, un grito rompió el encanto. Escuché mi nombre y nos separamos de inmediato. Al girarme y descubrir quién nos observaba, la culpa me golpeó como un balde de agua fría.