Mi Amor Es De Peso 29
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Escuché los gruñidos de Apolo a mis espaldas mientras la adrenalina recorría mi cuerpo. Tomé al cachorro en brazos para protegerlo.

—¿A dónde fue ese…? —Garrett guardó silencio, conteniendo un insulto hacia Nick.

El detector de humo emitía un sonido estridente. Garrett se apresuró a abrir los ventanales para que el aire circulara. A medida que el humo se disipaba, el desastre en la sala se hacía más evidente, pero Nick seguía sin aparecer. De pronto, la puerta de entrada se abrió de par en par.

Nick entró con la respiración agitada. Llevaba la camisa destrozada, dejando al descubierto un torso cuya musculatura parecía esculpida en mármol.

Su abdomen, marcado con precisión, era una visión perturbadora en medio del caos.

«Concéntrate, Colette», me ordené a mí misma.

Me costaba asimilar que aquel hombre fuera el niño con el que compartí mi primer beso.

—¡Nick! ¿Dónde estabas? Pensé que…

—Pensaste que se había despedazado —interrumpió Garrett con una carcajada amarga—. Con lo débil que aparenta ser.

—Para tu desgracia, sigo entero —replicó Nick con frialdad. Luego se volvió hacia mí—: Salí en cuanto advertí que era un artefacto explosivo. Bajé al primer piso para interrogar al conserje y averiguar quién entregó los paquetes.

—¿Y qué descubriste? —preguntó Garrett, ahora más serio.

—Fue un repartidor de la tienda, pero no sabe cómo se infiltró esa bomba entre los pedidos. —Nick se sacudió los restos de hollín del pecho—. Lo que tengo claro es que el responsable de las amenazas es quien envió esto.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —inquirí.

—Por el logotipo. He notado que en las imágenes que aparecieron en la empresa y en el mecanismo de la bomba figura un símbolo similar al envase de un perfume. Aparece al final de cada mensaje. ¿Te resulta familiar?

—Tú siempre usas mucho perfume, podrías ser tú —lo acusó Garrett.

—No seas idiota.

—¡Basta ya! —les recriminé—. Compórtense como adultos.

—Las frutas son las que maduran, Ett —respondió Garrett con una pequeña sonrisa.

Puse los ojos en blanco, aunque no pude evitar que su intento de broma me relajara un poco.

—La verdad, no tengo idea… Mis principales sospechosas son la esposa de mi padre y mis hermanastras.

—Bien. Empezaremos la investigación por ese lado. Ahora, despejemos este desastre —concluyó Nick con autoridad.