30
Dejé a Apolo en el suelo y comenzamos las labores de limpieza. Aproveché un momento de distracción para acercarme a Nick.
—Nick, ¿podemos hablar un momento?
—Claro, dime.
Garrett permanecía a nuestro lado, fingiendo que no escuchaba.
—A solas —añadí—. Garrett, ve a revisar si comenzó a llover.
Él me lanzó una mirada cargada de reproche, tomó las bolsas con los restos de la explosión y se dirigió al contenedor de basura del edificio.
—Garrett me contó el motivo de su enemistad —comencé a decir, una vez que estuvimos solos.
Nick interrumpió su tarea de inmediato.
—¿Te lo contó? ¿Sobre nosotros?
—Sí. Lamento mucho no haberlo recordado antes —dije con sinceridad.
—No te preocupes por eso. Ha pasado mucho tiempo. Fue una etapa de mi vida que evoco con nostalgia, pero que también me causó mucho dolor.
—Creo que comparto ese sentimiento. Éramos los niños menos populares de la clase —comenté con una sonrisa triste.
—Sí —asintió él con humor—. Pequeños y robustos.
Solté una carcajada que rompió el hielo entre los dos.
—Cielos… ¿Cómo lograste este cambio, Nick?
—Disciplina, mucho ejercicio y una dieta estricta. Suena sencillo, pero requirió transformar mi vida por completo.
—Ese es mi problema. A diferencia de la tuya, mi pubertad no me otorgó ningún beneficio —suspiré.
—Te equivocas —objetó él—. Posees un encanto que no he visto en ninguna otra mujer.
—Lo dudo.
—¿No me crees? Si me lo permites, te diré la verdad de lo que veo.
—Es evidente que piensas que sigo siendo aquella niña descuidada —dije, bajando la mirada.
Nick me observó con una mezcla de ternura y reproche ante mis palabras. Se acercó a mí y, con su dedo índice, dio unos toquecitos suaves en mi frente.
—Eres hermosa y debes convencer a tu mente de ello. Aunque proyectas una personalidad fuerte y un liderazgo natural, tienes un corazón sensible que te hace única.
Retiró la mano y yo hice una mueca, sintiéndome vulnerable bajo su mirada.
—No lo sé, Nick. Intento ser positiva, pero mi vida está de cabeza.
—¿Quieres que te ayude a ponerle orden?
—¿Qué? —pregunté, confundida por su juego de palabras.
Ambos reímos.
—Dices que tu vida está de cabeza, quizá necesites apoyo para enderezarla. ¿Por dónde quieres comenzar?
—Por quitarte esa ropa —solté de inmediato. Al notar el silencio, mis ojos se abrieron de par en par—. Es decir… no puedes seguir con la camisa destrozada. Después de eso, creo que deberíamos organizar un menú y la gestión de las comidas.
Él soltó una carcajada vibrante y se dirigió hacia su bolso de viaje para buscar ropa limpia.
—¡Así se hará! —exclamó con entusiasmo mientras se alejaba.