Mi Amor Es De Peso 26
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Me dolía el pecho; el corazón me pesaba por la falta de un padre capaz de amarme de forma incondicional.

La imagen que conservaba de la figura paterna estaba por los suelos.

Sin embargo, no era el momento de claudicar, menos aún cuando iniciaba la reunión que se prolongó por casi dos horas.

No niego que en ocasiones la concentración me abandonaba, pero lograba regresar a la realidad.

Al finalizar el encuentro, no quedó duda alguna sobre el proyecto: si todo marchaba según lo previsto, el espectáculo sería un éxito rotundo.

Agotada la jornada, el grupo planeaba ir a un restaurante, pero yo carecía de ánimos para celebraciones.

Dejamos a Abby y a Louis en la empresa y le pedí a Nick que me llevara a casa.

Bueno, a casa de Garrett. Al entrar, me refugié de inmediato en mi habitación y, contra todo pronóstico, rompí a llorar.

El vacío en mi pecho me consumía al comprender que, aunque poseía bienes materiales, el anhelo de una familia funcional seguía siendo una cuenta pendiente.

Me desahogué hasta el cansancio. Poco después, escuché unos golpes suaves en la puerta seguidos por la voz de Nick.

—Colette, ¿puedes salir? He preparado algo de comer.

Abrí los ojos y me miré en el espejo; el llanto me había dejado el rostro hinchado y los ojos enrojecidos.

—¿Sabes cocinar? —pregunté con la voz quebrada.

—No es por alardear de mis habilidades, pero sí —respondió él desde el otro lado.

—Me veo fatal… —Me senté en el borde de la cama—. De verdad te agradezco el ges…

Abrió la puerta de improviso, interrumpiendo mis palabras.

—Jamás digas eso. No eres horrible, Colette. Ven conmigo.

Se acercó y me tendió la mano con un gesto caballeroso.

—¿Estás bien?

—Sí… bien hundida —respondí, intentando una sonrisa.

Ambos reímos con suavidad.

—Tienes un buen sentido del humor y eso me agrada —comentó él—. Uno debe permitirse estar triste y llorar, pero también llega el momento de recuperar la actitud y seguir adelante.

—Nick… eres una fuente de sabiduría.

Él soltó una carcajada y, con un movimiento tierno, apartó el cabello de mi rostro. El contacto me puso nerviosa. Luego, con sus pulgares, secó el rastro de las lágrimas que aún empañaban mis mejillas.

—Vamos, la comida se enfriará.

Asentí y lo seguí hasta la cocina. Había preparado un estofado de carne con papas gratinadas; el aroma era delicioso.

—Disculpa mi intromisión, pero escuché parte de la discusión con tu padre —dijo mientras nos sentábamos—. ¿Todo está bien?

—Nada está bien. Mi padre solo me utiliza como si fuera una cuenta bancaria.

—Creo que posees un corazón inmenso —expresó él, rozando mi mano con la suya al tomar su taza de café.

—¿Por qué lo dices?

—Porque, a pesar de sus actos, guardas la esperanza de que cambie algún día.

—Tal vez. Él no era así cuando mi madre vivía. ¿Conoces el dicho que afirma que detrás de un gran hombre hay una gran mujer?

—Lo conozco, aunque creo que depende de la naturaleza de ambos.

—¡Exacto! Mi padre se comporta como un tonto porque la mujer que tiene al lado lo manipula a su antojo.

—¿Y cómo era tu madre?

—Era excepcional. Una mujer capaz de postergar su propio cansancio por el bienestar ajeno; era ingeniosa, amable y atenta. Me enseñó tanto que su partida dejó un vacío que no he logrado llenar en todos estos años.

Nick me escuchó con absoluta atención. La sensibilidad me ganó de nuevo y un par de lágrimas rodaron por mi rostro; él me extendió un pañuelo de inmediato.

—Es difícil olvidar a alguien tan significativo. Te entiendo, pues perdí a mi padre y comparto ese sentimiento.

—Lo lamento mucho —dije mientras me limpiaba los ojos—. ¿Era tan apuesto como tú?

Nos quedamos en silencio, sumidos en una mirada que duró unos segundos más de lo habitual. La incomodidad se instaló entre nosotros.

—Es decir… si se parecía a ti, a eso me refiero —corregí con rapidez.

Maldición.

Él sonrió con picardía.

—Sí, me parezco a él, pero no sé si soy apuesto —bromeó.

—Por favor —bufé—. Eres un hombre muy atractivo.

«Cállate ahora mismo, Colette», me recriminé internamente.

—¿Cómo dijiste? —rio a carcajadas—. Eres muy graciosa.

—Sí, grasosa… —bromeé para ocultar mi sonrojo.

—¡Graciosa! —exclamó y, de repente, me apretó las mejillas con suavidad—. Dan ganas de apretarte, pero luego recuerdo que solo soy el guardaespaldas de una mujer admirable.

Sentí que mis ojos brillaban ante sus palabras.

—No sabía que tenías este talento —alcancé a decir con las mejillas apretadas—. Me refiero a la cocina.

Él negó con la cabeza, divertido, y me soltó.

—Poseo muchas habilidades que no te imaginas —añadió, alzando una ceja.

Bebí un poco de café y casi me atraganto. Por suerte, el teléfono de Nick sonó en ese instante, rompiendo la tensión. Realmente no tengo talento para el coqueteo. Necesito clases con urgencia.

—¿Hola? —respondió Nick—. Sí, Garrett. Ella está conmigo, estamos cenando.

Él se alejó un poco, pero alcancé a oír un grito del otro lado de la línea anunciando que Garrett ya regresaba a casa. Le quité el móvil a Nick y me refugié en mi habitación.

—¡Garrett! ¿Por qué tratas a Nick de esa forma? —le reclamé en cuanto cruzó el umbral.

—Colette, no le creas nada. No se te ocurra caer en sus redes.

—¿Qué redes? Por Dios, Garrett.

—Eres ingenua y no ves sus verdaderas intenciones.

—Claro que las veo. Ya no soy la niña que crees.

—No he dicho eso —respondió mientras abría la puerta de mi dormitorio. Me sorprendió encontrarlo allí—. Sé que no eres una niña, pero no quiero que sufras.

—¿Sufrir por qué?

—Porque lo conozco y no es el tipo de hombre que imaginas.

Garrett no abandonaría la habitación hasta que me contara toda la verdad.