25
Tenía programada una reunión con otros empresarios del sector para coordinar el desfile de la línea otoño-invierno.
Nicholas sería mi chofer y mi guardaespaldas durante el evento.
También nos acompañaba Louis, el jefe de diseñadores, cuya presencia era indispensable, y Abby, encargada de la agenda y de asistirle a mi memoria.
Garrett se quedaría en la empresa para cubrirme, algo que no pareció agradarle en absoluto.
Al acercarnos al vehículo, Nicholas abrió la puerta para que yo subiera, pero Louis me dio un empujón inesperado.
—¡Ay, gracias, querido! —exclamó él, dándole un palmetazo afectuoso en el brazo a Nick antes de ocupar el asiento delantero.
Me quedé de pie, desconcertada ante la audacia de Louis por arrebatarme el sitio. Nick se encogió de hombros con una sonrisa resignada, como indicando que no había nada que hacer. No tuve más remedio que sentarme en la parte trasera.
—Idiota —susurró Abby—. Reacciona, mujer.
Le lancé una mirada de reproche y suspiré con pesadez.
Durante el trayecto, Louis no dejó de hablar ni un segundo; su verborrea era incesante. En ese momento, mi teléfono vibró. La pantalla mostraba: «El que dice ser tu padre». Puse los ojos en blanco antes de atender.
—¿Cuánto dinero necesitas esta vez? —pregunté, directa y sin preámbulos.
—Hola, mi pequeña marshmallow.
—Ya no soy tu marshmallow.
—¿Acaso no eran tus dulces favoritos de niña?
—Ya no. Me harté de eso. En fin, ¿sucede algo? Voy a una reunión importante; la gente normal trabaja, ¿sabes?
—Sí, bueno… ¿cómo estás? Supe que tenías problemas con la empresa.
—Vaya, ¿quién te lo contó? Eso fue hace un mes y no recibí ni una llamada tuya. Ya ni recuerdas que tienes una hija —respondí con amargura.
Abby me tomó la mano con fuerza para brindarme apoyo. Nick me observó por el espejo retrovisor con curiosidad, mientras Louis continuaba con sus quejas en el asiento delantero.
—Lo siento, he estado muy ocupado.
—No busques excusas. Cuando hay interés, se encuentra el momento, sin importar la distancia. Bastaba un par de minutos para preguntar cómo estaba. No me vengas con pretextos absurdos, porque estoy segura de que esas amenazas provienen de tus hijastras —interrumpí con firmeza.
Un silencio pesado se instaló en la línea. De pronto, escuché la voz de su mujer susurrarle con tono coqueto:
—¿Ya le pediste el dinero a tu hija, mi amor?
La furia corrió por mis venas como un veneno, mezclada con unas ganas inmensas de llorar. Bajé la ventanilla y lancé el teléfono hacia la carretera. Observé cómo se hacía añicos bajo las ruedas de los autos que nos seguían. Ante todo, conservaría mi dignidad.