23
El desayuno fue la definición de la incomodidad.
Los tres nos mirábamos de reojo, sumidos en un silencio sepulcral.
No me atrevía a abrir mucho la boca, sobre todo porque Garrett había preparado unos sándwiches de un tamaño tal que amenazaban con desencajarme la mandíbula.
Al intentar presionar el pan para dar un bocado, la carne y una rodaja de tomate salieron despedidas.
Maldije entre dientes.
—Ay, cariño —murmuró Nicholas.
—¿Cómo la llamaste? —advirtió Garrett con tono hostil.
—Garrett —intervine para desviar la tensión—. Mi hamburguesa cayó en tu plato.
Él tomó la carne con la mano, abrió mi sándwich y la colocó de nuevo en su lugar. Observé la escena con incredulidad.
—Tu tomate —añadió Nicholas, pinchándolo con el tenedor para ofrecérmelo.
—Escuchen. —Apoyé las manos sobre la mesa—. Necesito que me digan qué les pasa a los dos. No me importa llegar tarde, me lo dirán ahora mismo.
Se miraron entre sí. Nicholas se puso en pie con parsimonia.
—Yo lavaré los platos.
—¡Y yo los secaré! —secundó Garrett con rapidez.
—¿¡Qué es lo que ocultan!? —exclamé, frustrada.