Mi Amor Es De Peso 7
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—Demonios, Colette, me asustaste —dijo Abby acercándose.

—No, tú me asustaste a mí. ¿Cuándo llegaste de París? ¿Y por qué no estás en tu casa?

A esas alturas, todo me parecía sospechoso.

—Baja ese tacón de aguja primero... —pidió ella.

Apolo le movía la colita, feliz de verla.

—Ay, amiga, llegué a las dos de la madrugada al aeropuerto y, cuando llegué a mi departamento, me di cuenta de que no tenía las llaves. No quería despertarte, pero como sé la contraseña de tu entrada, pues me vine para acá.

—Ah... —murmuré.

—Colette, ¿estás desconfiando de mí? Nos conocemos desde la primaria.

—Se supone que no debo hacerlo, pero todo esto me tiene con los nervios de punta.

Suspiramos al mismo tiempo.

—Tranquila. No tendría sentido que te hiciera algo; si derrumbara tu compañía, me estaría derrumbando a mí misma. Trabajamos juntas.

—Ya, lo sé. Discúlpame... ¿Quieres beber algo? Se me fue el sueño.

—Sí, creo que nos haría bien. Tienes que contarme cómo va lo del guardaespaldas.

—Pfff —solté un bufido—. Mañana la secretaria me mostrará algunas opciones.

La invité a la cocina para comer algo mientras le ponía al tanto de todo.

—Definitivamente tendrás que contratar a un fortachón —sentenció ella.

—Sí. Ayer me llamó una de mis hermanastras calvas —abrí los ojos con ironía—. «Amenazándome» —dije en tono de burla.

—¿Qué se cree esa pelada?

—Siguen insistiendo con que les dé parte de la herencia. ¿¡Qué herencia, carajo!? Si no hubiera sido por mi madre, que en paz descanse, no habría podido levantar nada de esto.

—¿Y tu padre qué? ¿Sigue con la veinteañera?

—Se cree sugar daddy, pero es un sugar daddy al pedo, Abby. Por pura misericordia mía tiene lo que tiene.

—Tienes un gran corazón, cariño.

—Tengo todo grande, la verdad.

Soltamos una carcajada.

—Bueno, vamos a dormir una hora aunque sea. Mañana llegaré temprano a la empresa.

—Sí, mejor. Allí te ayudaré a elegir al súper guardaespaldas.

Abby se mordió el labio poniendo los ojos en blanco y yo le di un empujón entre risas.