Mi amor entre páginas Capítulo cuarenta y cinco
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Capítulo cuarenta y cinco

Aunque es posible que mi fe en el amor se viera temporalmente perturbada cuando Henry se marchó, la situación en la que me encuentro ahora demuestra que mi condición de verdadera creyente sigue intacta.

Cuando el sol se ha puesto bajo el horizonte y la luna ha salido, envolviéndonos en su suave luz plateada, echo un buen vistazo al grupo de gente con el que me he reunido en la azotea de mi apartamento: la señora Casablancas, Marisol Keats, Bridget y Aled el bibliotecario. Todos llevan un caftán de la señora Casablancas, creados apresuradamente en veinticuatro horas con sábanas, cortinas viejas, goma elástica y montones y montones de té. Marisol lleva un sombrero de la señora Casablancas con plumas de cuervo que afirma que es «casi insoportablemente sofisticado», mientras que Aled muestra en la cara la expresión ligeramente desconcertada de alguien que cree que a su amiga se le ha ido por completo la cabeza pero que, no obstante, quiere apoyarla.

Yo, situada frente al grupo, llevo el tocado de oro y zafiro que lucía la señora Casablancas la noche de la primera ceremonia de manifestación.

Aparte de ella y de Bridget, nadie más sabe lo de River, lo que ocurrió el año pasado. Desconocen que la verdadera razón por la que los he reunido en la azotea es que el libro de la biblioteca de Aled sobre la ley de la atracción dice que, cuanta más energía, cuanto más amor pueda generarse en la ceremonia, más probable es que el universo te conceda lo que necesitas.

Con Música de spa #1 de fondo, enciendo cinco velas y reparto papel y bolis. Tomo aire profundamente: el aroma de las cerillas recién apagadas y de la hierba húmeda inunda el aire.

—Entonces, ¿tenemos que escribir lo que queremos, quemarlo y después podremos ir al pub? — pregunta Marisol, tambaleándose con la botella de champán que ha insistido en subir.

—Sí — contesto —. Juro que solo serán diez minutos.

—Ya sé lo que voy a escribir — dice Aled con una sonrisa juvenil.

—Yo también — replica la señora Casablancas.

—Genial. Escribidlo. Que todo el mundo escriba sus deseos. Sed explícitos.

Marisol se ríe con disimulo y le lanzo una mirada severa.

El teléfono de Bridget suena en el interior de su bolsillo trasero.

—¡Ignóralo, Bridget! — le pido.

—¡Estoy pujando en una subasta! — se queja.

—¡Diez minutos!

Chasca la lengua y vuelve a guardarse el móvil en el bolsillo, donde sigue pitando furiosamente.

Escribo mi deseo en letra mayúscula, alto y claro.

VU

, RI

AK

. VU

A S UN .

VU

CO

G .

Mientras los demás escriben sus deseos, la señora Casablancas mira el cielo.

—Invocamos al universo, a las gloriosas diosas de la creatividad, al éter, a Dios, a Buda y a lady Diana para que nos ayuden esta noche en nuestra ceremonia de manifestación.

Marisol empieza a reírse con nerviosismo, lo que desconcentra a Aled.

—¡Tómatelo en serio! — le pido —. ¡Esto es importante!

—¡Tenéis que creer! — les riñe la señora Casablancas —. ¡Si no, no funcionará!

Hacen todo lo posible por componer expresiones más serias, como alumnos a los que el profesor acaba de echarles un sermón.

Entre las risas contenidas, los pitidos del teléfono y el sonido de alguien cantando a Carole King desde la ventana del dormitorio, los cinco nos arrodillamos y sostenemos nuestras peticiones ante las velas. Observamos cómo se enroscan y convierten en ceniza.

De inmediato, un tronido cruza el cielo.

—¿Qué coño…? — Marisol se pone atropelladamente en pie.

—¡Una lluvia dorada! — grita la señora Casablancas, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? — chilla Bridget —. ¿Una lluvia dorada? ¿Eso es lo que ha pedido? Qué asco, señora Casablancas.

Y entonces la lluvia empieza a caer a mares, extinguiendo de inmediato las llamas de las velas.

—¡Daos prisa! — grita Aled mientras el resto comienza a correr hacia la puerta que conduce al interior.

—¡No! ¡Esperad! — les pido —. ¡No hemos dado las gracias!

Pero no me oyen. Uno a uno, desaparecen por las escaleras. La señora Casablancas, la última en marcharse, se gira para mirarme.

—¿Necesitas que me quede? — grita sobre la lluvia.

—¡No! — replico —. Está bien. Esta parte puedo hacerla sola. ¿Nos vemos en el pub?

Con los ojos brillantes, la señora Casablancas levanta la mano con los dedos cruzados y desaparece de la vista, escaleras abajo.

Tomo aire profundamente. La lluvia me está empapando, tengo el pelo pegado a la cabeza y el caftán violeta es prácticamente transparente.

Miro el cielo, y casi tengo que cerrar los párpados porque las gotas me salpican los ojos.

—Gracias — susurro —. Por favor, aceptad mi…

Un relámpago destella en el cielo, lejos. Y, después de nuevo, un poco más cerca.

Está pasando.

Eso es. Levanto la mirada para ver las nubes de peltre avanzando por el cielo. Algo está ocurriendo, sin duda.

Tras otro destello de luz cegadora y el descomunal estruendo del trueno, corro a ponerme a cubierto bajo el cenador que hay en el extremo opuesto de la azotea, con el corazón rebosante de esperanza.

—Por favor, por favor, por favor — susurro una y otra vez, cerrando los ojos con fuerza, con los puños apretados —. Por favor, traédmelo.

Y entonces, tan repentinamente como comenzó, la tormenta cesa.

Abro los ojos y miro en derredor. Después corro por la azotea, pisando sin cuidado los charcos que se han formado en apenas treinta segundos de demencial tormenta. La lluvia me empapa los calcetines.

Pero no lo veo. Ni en la azotea ni abajo, en la calle.

Dejo allí toda la parafernalia y bajo corriendo a mi apartamento. Abro la puerta de un empujón, con el aliento atrapado en la garganta.

Pero él no está allí.