Capítulo cuarenta y seis
Me despierto con el dolor de cabeza sordo propio de una mujer que anoche se bebió una irrazonable cantidad de chupitos de Aftershock y terminó en una fiesta en Paddington con algunos amigos de Aled. Con los ojos todavía pegados, capto el atisbo de algo desagradable, aunque familiar y completamente inesperado: el olor del pienso prémium.
Mi mano vuela hacia mis gafas. Abro los ojos y me las pongo para ver, sentado con una inusual paciencia a los pies de mi cama, a Achuchón. Lleva alrededor del cuello una cinta verde con pedrería, y, colgando de esa cinta, hay un pequeño sobre rosa.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Achuchón? — jadeo mientras, en respuesta a mis indicios de vida, salta sobre la colcha como un conejo hasta mis brazos —. ¡Achuchón!
— Entierro la cabeza en su suave y cálido pelo y empiezo a reírme. Él gimotea de alegría, golpeando las colchas con su cola corta —. ¡Hola, perrito guapo! ¡Hola! ¿Cómo te ha ido?
Me planta un beso con olor a pienso en los cristales de las gafas.
—¡Quieto! — exclamo, y obedece de inmediato mientras desato la carta que lleva alrededor del cuello.
Oh, Dios. Me detengo, con desazón en el estómago. ¿Y si River ha leído mi carta, ha decidido que no quiere volver y ha enviado a Achuchón, debido a que por error lo robó y se lo llevó a un universo paralelo? ¿Y si esto es una carta de disculpa?
Hago una mueca porque, aunque ahora estoy mucho mucho más contenta, ese escenario sería demasiado humillante incluso para mí.
Abro el sobre rosa con el estómago hecho un manojo de nervios.
Despliego el único folio de su interior y me doy cuenta con sorpresa de que la letra no es la pulcra y curvada de River, sino una desconocida y dinámica.
Qu r a G t e:
Es o s e r . Y si a b
de r a , qu a n ñad
pa a q e c a n a t a r u v e n i r ar o, vo cab e m e me .
Es o d ma. Sé qu a c
do r a p
e n ás o ría
ex ca t s o m ón e h
r u g e ó al
c Oa l ce
año.
Y él i q e e g
as , lo ig fi qu am én e g e
da las c a r
er li p n e c de ería m
más
fe n eñan . Tenías ón. Lo s, y a E c a Hípi O le n an éxi .
Riv ha t o es b e n a l e r a
ra r i d .
Ten e d qu , a n e p e n o n u an , no t e,
es
ha s o
bu om ñía. Me n ta e d e r
co ec
co g i ot n o, al e q i n a n e é. ¡Me ha en s e l! Y, co di , un
in e .
Mon
s e
r,
Cas y C o n
Pro ar e r h Oa y
Abrazo la carta contra mi pecho con las manos temblorosas. ¡Cassidy!
Oh, Dios mío. Esto es una locura. ¿Cassidy? ¡Tengo una carta de la auténtica Cassidy! Y dice que la escuela de hípica de River es un gran éxito.
Así que eso significa…
Achuchón empieza a ladrar como un loco, golpeando rápidamente la colcha con la cola.
—¿Qué pasa, Achuchón? — le pregunto. Y entonces la oigo, una carcajada retumbante, profunda y segura justo al otro lado de la puerta. Mi corazón salta de alegría, pero mi cuerpo se paraliza por si estoy sufriendo una alucinación porque ¿cómo podría una persona tener tanta suerte?
Ahí está de nuevo. Mi sonido favorito.
Levanto a Achuchón en mis brazos y abro la puerta hacia el rellano, donde, como si fuera totalmente normal, River sale del apartamento de la
señora Casablancas seguido por esta.
Cuando me ve, suelta la enorme maleta que lleva, con los ojos brillantes y de inmediato llenos de lágrimas. Nos detenemos el uno frente al otro y nos miramos. Soy incapaz de asimilarlo.
Es él.
River Oakley.
River.
—¡Has vuelto! — exclamo.
River se encoge de hombros y traga saliva, con los ojos entrecerrados por la dicha.
—Bueno, es que tenía que venir, ¿sabes? Necesitaba un reemplazo para la cinta de mi sombrero. — Señala el que lleva en la cabeza —. Esta vez me he decidido por azul marino con brillantitos verdes.
—Te haré una nueva cinta — dice la señora Casablancas, competentemente —, pero tendré que cobrarte, claro. — Me quita a Achuchón de los brazos y lo besa por todas partes, para desazón del animal —. Aunque quizá te haga un pequeño descuento porque me has devuelto a mi perro.
Corro hacia River, colisiono contra él y desaparezco en sus brazos mientras me aprieta con fuerza.
Está aquí. Está aquí de verdad.
—Ha funcionado.
—Ha funcionado, Buhito — murmura en mi oído. Se aparta y sus ojos se detienen en mi camiseta —. Bonita camiseta. Me suena de algo. Quítatela y devuélvemela ahora mismo.
—Me pondré al día con vosotros dos después. — La señora Casablancas sonríe —. Me pondré los auriculares para que podáis montar tanto alboroto como queráis mientras echáis un polvo. ¡Y si también me conceden mi deseo de anoche, preparaos para que Kevin Costner aparezca en cualquier momento!
Cuando volvemos a mi apartamento, River mete la mano en el bolsillo trasero de los vaqueros y saca un trozo de papel pulcramente doblado: la carta que yo le escribí.
—He tenido la mochila preparada desde el día en que regresé a Bedlam Creek — me cuenta.
—¿La mochila?
—Con todo lo que podría necesitar. La he llevado conmigo, y a Achuchón, a todas partes, todos los días del último año. Solo por si, de algún modo, conseguías hacer magia por segunda vez.
—¿En serio? ¿A todas partes?
—Sí. No quería que me pillaras de nuevo sin nada más que una bolsa llena de pantalones vaqueros y la armónica de mi padre. Después, cuando recibí tu carta, supe que intentarías hacer la ceremonia y, no te lo vas a creer, pero preparé mis cosas y acampé junto al árbol.
Me río a carcajadas, poniéndole las manos en la cara, incapaz de creerme sin tocarlo que sea real. Que de verdad esté aquí.
—Achuchón y yo nos quedamos dormidos — continúa River —. Y
después me desperté en la azotea, hace como una hora. La señora Casablancas me dejó entrar con su llave.
Me río y niego con la cabeza.
—Le dije que solo le daría otra llave si la usaba con responsabilidad.
—No quería despertarte, pero Achuchón se negaba a marcharse de tu lado, así que lo dejé quedarse.
—Ha sido muy paciente y bueno.
—Ahora está entrenado. Ha estado trabajando con el ganado.
—Eso no puede ser verdad.
—Tengo pruebas. — River se arrodilla y abre la maleta con entusiasmo.
Saca una carpeta gruesa, la hojea y me entrega una fotografía de… sí, Achuchón pastoreando ganado en el rancho Oakley.
—¡Ay, Dios! — exclamo —. ¡Es justo como me lo había imaginado!
River me entrega la carpeta entera.
—Te he traído esto, Gertie. Pensé que te gustaría ver a algunos viejos amigos.
De verdad pensaba que ya no me quedaban más lágrimas en esta vida, pero cuando abro la carpeta y veo las fotos de Bedlam Creek y de sus habitantes, sollozo de alegría, nostalgia, añoranza e incredulidad.
—Obligué a Cassidy a posar para esta — me explica —. Me está haciendo una peineta, lo que me parece injusto si tenemos en cuenta que acababa de cederle el rancho Oakley.
—¿Qué?
River me agarra las manos.
—Tú tenías razón. Ella nació para ese trabajo. Es increíble.
Busca en la carpeta otra fotografía. Es una imagen del viejo cedro, no solitario y tranquilo como cuando yo estuve allí, sino rodeado de residentes de Bedlam. A algunos los reconozco por las historias de mi mente, y otros me son totalmente ajenos. Entorno los ojos al darme cuenta de que todos llevan caftanes y de que hay velas de luz ambarina encendidas en un círculo en el suelo.
Empiezo a reírme.
—¿Hiciste una ceremonia de manifestación?
River asiente.
—Unos tres meses después de volver. Estaba cabreado conmigo mismo por ser tan sensato. Me di cuenta de que no soportaba vivir en un universo en el que no estuvieras tú. La ceremonia no funcionó, pero la señora Gilmore, de la panadería, pidió un horno nuevo y al día siguiente encontró justo el que quería rebajado a mitad de precio.
—¡Magia!
Nos reímos, todavía mirándonos, asustados por si uno de los dos desaparece al apartar la mirada.
River me rodea con los brazos. Yo suelto el aire despacio mientras el cuerpo entero se me relaja, sin adoptar una pose, sin fingir, sin intentar convertirme en otra cosa para que él se sienta cómodo. Soy totalmente yo.
Soy feliz.
—Te quiero, Gertie. — Me lo dice a la cara, en voz alta en la primera de lo que espero que sean muchas veces. Esos ojos verdes se clavan en los míos con firmeza, como si necesitara que yo supiera que lo dice de verdad —. Estoy salvajemente enamorado de ti. Estoy extravagantemente, empalagosamente, antinaturalmente enamorado de ti, Buhito. Debería habértelo dicho cuando estaba aquí. Dios sabe que lo sentía. Pero no…
Nunca se lo había dicho a nadie y no sabía si tú…
—Yo también estoy enamorada de ti — susurro, rozándole la barba dorada con los labios —. Profundamente enamorada de ti.
—Creía que nunca llegaría a decírtelo — murmura River contra mi cabello, bajando las manos despacio por mi espalda. Se me aflojan las rodillas cuando me toca y el cuerpo entero me empieza a vibrar al ritmo de los latidos de mi corazón —. Será mejor que creas que voy a decírtelo todos los días mientras cuente con la suerte de tenerte.
—Eso me gustaría — digo, poniéndome de puntillas para rozarle la nariz con la mía —. Pero ¿sabes lo que decimos siempre los escritores?
—¿Qué?
—Que es mejor mostrar que contar.
Sin alboroto, River gruñe, me levanta en sus brazos y me lleva hasta la cama.
—Oh, desde luego que voy a enseñártelo.
Suelto una carcajada de alegría, y en mi corazón sé que esta es la primera de las muchas que están por llegar. De muchas aventuras y discusiones y descubrimientos, de historias que crearemos juntos. Gertie Bickerstaff y River Oakley.
River se quita el sombrero de vaquero y lo lanza al otro lado de la habitación, donde aterriza sobre la tetera. Me atrae hacia sí y me besa, y los dos suspiramos con el alivio de saber que, por fin, estamos exactamente donde el universo quiere que estemos: en nuestro propio mundo.