Mi amor entre páginas Capítulo cuarenta y dos
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Capítulo cuarenta y dos

A la mañana siguiente, mientras River devuelve los libros sobre otras dimensiones a la biblioteca, yo escribo el último capítulo sin dejar de llorar mientras lo hago. Lloro porque Ethan ha vuelto a proponerle matrimonio a Cassidy, esta vez de un modo menos aparatoso, más íntimo. Están los dos solos, sentados en el campo, teniendo una conversación sincera mientras comparten un termo de té frío. Le dice a Cassidy que, mientras viva, quiere estar a su lado, ver cómo triunfa, ayudarla a superar los momentos complicados y, por supuesto, proporcionarle tantos orgasmos como ella quiera. No es grandioso, pero es cierto. Esta vez, Cassidy responde con facilidad. Dice que sí. Ha dejado de huir. Por fin sabe dónde está su hogar.

Y está allí donde esté Ethan Calhoun.

Me seco las lágrimas mientras escribo la última frase y dejo un espacio debajo para escribir «FIN» cuando River regrese.

—Adiós, amigos míos — digo, con el corazón rebosante de emociones yuxtapuestas: alivio, orgullo, tristeza y satisfacción —. Conoceros ha sido un auténtico placer.

***

Cuando regresa de la biblioteca, River lleva una caja debajo de un brazo y a Achuchón en el otro.

—La señora Casablancas me ha pedido que me lo lleve un par de horas.

Desmond ha venido a verla y parece que Achuchón ha intentado morderle el dedo del pie mientras hacían el amor. — Suelta la caja sobre la mesa de la cocina junto al teléfono sumergido en arroz y se rasca la barbilla —. ¿Sabes?

Creo que, si intentara hablarle a alguien de casa de la señora Casablancas, no me creería.

—¿Qué hay en la caja? — pregunto mientras deja a Achuchón en el suelo, le da una palmadita en la cabeza y le dice que es un sabueso muy

noble.

Me acerco cojeando con las muletas mientras él abre la caja para sacar una tarta. Es un pastel de chocolate que parece una sección de un tronco con delicadas flores silvestres de fondant. Con cuidado, River lo gira para revelar que, «tallado» en el árbol, pone «RO Y GB».

Lo miro con los ojos brillantes.

—¿Es tu árbol?

River sonríe.

—Cuando vuelva, voy a grabar nuestros nombres en él.

Me río.

—¿No me dijiste que leías los nombres del árbol cuando querías quedarte dormido?

—Lo hacía, pero ahora lo entiendo. Entiendo lo que sentían las parejas que tallaron sus iniciales en ese árbol. Querían una prueba tangible de sus sentimientos, algo que los sobreviviera, algo que siguiera existiendo en el mundo cientos de años después de que ellos dejasen de hacerlo.

—Todo este tiempo has sido un romántico encubierto.

—Retira eso.

Sonriendo, saco un cuchillo del bloque de la cocina y me río para mis adentros cuando me doy cuenta de que, una vez más, he elegido el cuchillo de la verdura que no hace mucho River pensó que usaría para mondarlo hasta la muerte. Señalo el pastel con la cabeza y corto un trozo enorme.

—No creo que este árbol, que parece realmente delicioso, dure cien años. Creo que no durará más de una hora.

***

Lo posponemos tanto como podemos. Nos besamos, charlamos y jugamos con Achuchón, intentando ser estoicos, temiendo estropear lo que nuestros cerebros lógicos saben que es lo correcto. Le he dicho a Bridget que le enviaría el manuscrito terminado a mediodía, y ya son las doce menos diez.

Nos detenemos en mitad de la cocina (yo, a la pata coja) y nos abrazamos con el eco de los autobuses de Londres y el ruido que hace Achuchón al masticar su crujiente pienso prémium como música de fondo.

—Bueno, ¿cómo lo hacemos? — pregunto mientras nos apartamos, con los ojos brillantes por unas lágrimas que ambos estamos intentando

contener desesperadamente.

—No estoy seguro. Creo que quizá deberías quedarte en la mesa de la cocina mientras que yo me siento a los pies de la cama, para no tocarnos.

—De acuerdo — contesto, colocando el portátil sobre la mesa y abriendo el documento terminado. Miro el espacio bajo la última frase de la historia.

—Y después… supongo que lo escribes.

—No puedo — digo con un sollozo —. No…

—Puedes — me anima River, con los ojos brillantes. Se dirige al otro extremo de la habitación y agarra la bolsa con la armónica de su padre y el montón de pantalones vaqueros recién arreglados —. Tú puedes hacer cualquier cosa, Buhito. Vamos. — Me mira con ternura —. Échale agallas.

Me trago el sollozo que me sube hasta la garganta, tomo aire profundamente, vacilante, y dispongo las manos sobre el teclado.

Después, con las manos temblorosas, escribo las palabras que llevo tanto tiempo intentando escribir. Las palabras que lo cambiarán todo.

Las palabras que ahora desearía no tener que escribir, aunque debo hacerlo.

FIN

River sonríe de oreja a oreja. Su sonrisa de buen chico.

—Gertie — dice, con la voz rota. En sus ojos verdes brillan las lágrimas que no ha derramado.

—River — susurro. Empieza a dolerme el cuerpo entero, como si fuera una descomunal y sensible magulladura. Me seco las lágrimas de los ojos para poder grabarme a River en la memoria. Este extraño milagro, esta aventura, este hombre al que…, este hombre al que amo.

Mi cuerpo entero se curva hacia él.

—¡Espera…! — grito, presa de un pánico repentino —. ¡No!

River extiende una mano hacia mí, pero entonces, más rápido de lo que puedo asimilar, Achuchón ladra una única vez con decisión y corre por la habitación para saltar a sus desconcertados brazos.

—Qué demo…

Un poderoso estruendo hace que me tape las orejas con las manos. Lo sigue un fuerte destello de luz plateada, que me ciega, y se me graba en el interior de los párpados.

Cuando abro los ojos, River y Achuchón han desaparecido.

Parpadeo, mirando fijamente el espacio vacío, incapaz de asimilarlo.

Ha funcionado.

Lo he enviado de vuelta.

River Oakley… se ha ido.

Se me aflojan las rodillas mientras me dejo caer hasta el suelo. Los sollozos hacen que me tiemble el cuerpo entero. Miro la cama vacía y me agarro el vientre, incrédula.

Ha terminado.

Se ha ido de verdad.