Mi amor entre páginas Capítulo cuarenta y uno
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Capítulo cuarenta y uno

Gertie, espero que no te importe que Jim, que es un encanto, me haya dado tu número. Me pareció importante que supieras que yo creía que Henry y tú habíais terminado. Nunca me habría involucrado de haber sabido que ese no era el caso. Siento mucho el daño que has sufrido.

Seguro que ha sido una mierda. Y lo siento especialmente porque, en el poco tiempo que pasamos juntas en Little Crumpet, me pareció que podíamos llegar a ser amigas. Ahora seguramente ya no pueda ser así.

Por cierto, he terminado con Henry. Sospecho que no es buena gente. Me dijo que yo era muy exigente. Pretendía que fuera un insulto, pero, si te soy sincera, yo me lo tomé como un cumplido. La vida es demasiado corta para aceptar menos de lo que crees que mereces, ¿no te parece? Soy muy exigente, por supuesto.

Bueno. No tengo por qué molestarte con todo eso.

En el caso improbable de que quieras charlar alguna vez, este es mi número. Estoy en Mayfair. Tú estás en Bloomsbury, ¿verdad? Somos casi vecinas.

Cuídate,

Marisol.

PENDIENTE DE ENTREGA

A la mañana siguiente me despierto temprano y me pongo las gafas para ver a River, recién duchado y vestido con unos pantalones vaqueros y una camisa blanca, observándome en silencio desde el sofá.

—¡Ostras! — digo —. Me está dando mal rollo. ¿Por qué estás tan callado?

—Creo que estoy experimentando mi primera resaca — contesta él, pálido y con cara de enfermo —. Con el whisky nunca me había sentido así.

— Se mira las manos, se toquetea las uñas —. Yo… Mira, siento haberme portado como un gilipollas.

Niego con la cabeza.

—Yo siento no haberte contado lo de Cassidy. Creía que estaba haciendo lo correcto, y todavía lo creo. Esto es un callejón sin salida.

—Es duro, ¿verdad? — River cierra los ojos brevemente —. Tengo la cabeza hecha un lío. Por Dios. ¿Te duele? — Me señala el tobillo escayolado.

—No mucho. Estoy… Hum… Creo que terminaré el libro mañana — le cuento —. Me he pasado la mayor parte de la noche escribiendo. Si Bridget tiene razón, volverás a casa con tiempo de sobra para la subasta.

Suelta el aire despacio.

—Y tú conseguirás entregar a tiempo. Eso es genial, Buhito. Es estupendo. — La sonrisa no se transmite a sus ojos, y sus hombros se encorvan ligeramente —. ¡Casi ha llegado el momento!

Asiento despacio.

—¡Casi ha llegado el momento!

Nos miramos un instante.

Levanto la colcha.

—¿Vas a venir o qué?

Él asiente, se mete en la cama y me abraza, con cuidado de no rozarme la escayola. Cierro los ojos mientras inhalo su aroma; subo las manos por su cuello y las introduzco en su resbaladizo cabello mojado. Me besa la coronilla, prolongando el contacto un poco más de lo habitual.

Y nos quedamos tumbados juntos, con las piernas entrelazadas, mientras el sol de la mañana asciende al otro lado de la ventana y nos cubre la piel con una luz moteada del color de los narcisos. De vez en cuando, uno u otro abrimos la boca, como para decir algo, y lo descartamos al descubrir que las palabras adecuadas no van a salir.

Porque no hay palabras adecuadas.

***

Me siento en el sofá, con la pierna apoyada en el reposapiés, y me paso el día entero escribiendo, haciendo todo lo posible para que no me afecte lo que Aled me dijo anoche.

Y, a pesar de ello, aunque con una obstinada determinación consigo mantener a raya el recuento de palabras, de vez en cuando me detengo para

estirarme, o para ir al baño, o para recuperar la circulación dando un paseo por la habitación, y esa idea regresa a mi cabeza. ¿Un vaquero enamorado?

No es humanamente posible que River se haya enamorado de mí. Sé que le caigo bien y que le gusto. Cree que soy amable y lista, que tengo unos buenos codos y un culo perfecto, pero… ¿amor? Él nunca ha tenido novia.

Es un hombre que mantiene su corazón bajo llave para que no pueda entrar nadie que él no quiera. No hace mucho afirmó que yo ni siquiera era su tipo. ¿Y ahora? No. No puede ser. Intento olvidar las palabras de Aled, pero es como cuando alguien menciona un coche amarillo y después no puedes dejar de verlos en la carretera. Empiezo a pensar en los días anteriores y me doy cuenta de que se han producido muchos momentos en los que River ha actuado, efectivamente, como un vaquero enamorado. O, al menos, como un vaquero al que alguien le gusta mucho.

Hay pruebas. Ayer, por ejemplo, me trajo una taza de té que era absolutamente perfecta: ni demasiado débil ni demasiado fuerte, con el infusionado exacto y la cantidad de leche adecuada. La sorpresa me hizo contener el aliento.

—He visto algunos vídeos de YouTube — me explicó, encogiéndose de hombros despreocupadamente —. Hay tutoriales.

¿Buscó vídeos en YouTube? ¿Para hacerme una taza de té perfecta? Es una prueba.

Y una vez le mencioné de pasada que Josie y yo habíamos pasado por una fase extrañamente intensa con los Beach Boys y la tarde siguiente se descargó una lista de reproducción para ponerle banda sonora a la cena.

Una prueba.

Cómo se comportó cuando me caí de ese caballo, como si verme sufrir lo hiciera sufrir a él. Es una prueba. Y el sexo… Cómo me mira, cómo me abraza, como si fuera valiosa para él. Cómo sonríe después. Es similar a la expresión de adoración con la que Achuchón lo mira siempre que él le dice que es un buen chico. Una prueba.

Y hoy, martes por la tarde, estaba mirando melancólicamente por la ventana, con el tobillo dolorido y el cerebro cansado debido a la charla incesante de Cassidy, harta de estar encerrada en el apartamento, cuando River me ha cargado en su espalda como si tal cosa para llevarme a caballito por el vecindario, deteniéndose en mis tiendas favoritas para que pueda ver los escaparates. Cuando estamos juntos, discutimos y nos reímos

y actuamos como si no fuéramos dos personas que, muy pronto, se despedirán para no volver a verse. Y, en lugar de apartar ese pensamiento, como he intentado hacer estos últimos días, dejo que se asiente.

La idea me provoca una tristeza que me roba el aliento. Toda esta diversión, esta novedad, la seguridad que he adquirido desde que me veo a través de los ojos de este hombre inesperado, decidido, carismático, tontorrón, gruñón e inusual… Todo eso desaparecerá. No volveré a alegrarme de estar en el mismo mundo que él. Eso habrá terminado. No habrá más River Oakley, ni en mis libros ni en mi vida. Ni un mensaje, ni una llamada. No podré compartir mi historia con él. Nunca sabré cómo se desarrolla la suya.

Casi he llegado al final del libro. Las palabras escapan de mí a raudales.

Y, como el consenso general en Bedlam es que River está vivo y que se ha marchado del pueblo por voluntad propia (hay un montón de infames rumores sobre la razón), Cassidy está más decidida que nunca a formar parte del rancho Oakley permanentemente. Trabaja día y noche para firmar con un importante cliente nuevo, y parece que va a conseguirlo. Por fin se siente satisfecha consigo misma, fuerte y segura y más capaz que nunca de capear los temporales de su vida.

Contra todo pronóstico, parece que terminaré el libro por la mañana.

De repente siento náuseas, y hago todo el camino de vuelta con la cabeza enterrada en el hombro de River, intentando grabarme el embriagador y cálido aroma de su piel, almacenarlo en mi memoria para torturarme cuando él ya no esté aquí.

Después de nuestra excursión por el vecindario, River me lleva a la azotea para que podamos ver la puesta de sol sobre la ciudad. Me deja en el banco con mucho cuidado. Este hombre enorme y fuerte me toca con mucha ternura.

—No quiero que te vayas — le digo antes de poder contenerme. Me tapo la boca con la mano. Qué cosa tan tonta, una confesión imposible. Pero, aunque sé que lo es, espero con ansia la respuesta de River, con una esperanza en el corazón que sé que es estéril. Él levanta las cejas y sonríe con alegría, fugazmente. Después, la realidad vuelve a sumir su expresión en la tristeza.

Frunce el ceño y clava sus ojos verdes en los míos mientras se gira en el banco para mirarme. Aprieta los labios, como si lo que está a punto de decir

le costara.

—He intentado no sentirme así. Lo he intentado con todas mis fuerzas

— me asegura, con los ojos brillantes. Toma aire profundamente —. Pero resulta que lo más difícil de esta visita no ha sido encontrar un modo de regresar a mi universo, sino intentar controlarme… — Se detiene y resopla, frustrado —. ¿Sabes cuántas veces había deseado besarte antes de hacerlo?

— me pregunta después —. No solo estaba intentando protegerte, Gertie.

Estaba… — Se detiene como si se sintiera avergonzado, antes de negar con la cabeza —. Estaba intentando protegerme a mí. Sospeché que me encontraba en terreno pantanoso durante el trayecto en coche a Little Crumpet, cuando me hablaste de esa regla sobre los aperitivos en los viajes.

No creí que fuera algo… Ya sabes, real, sino seguramente solo una extraña reacción a la situación absurda en la que me encontraba. Pero desde la noche junto a la fogata… — Se sonroja —. Cómo me miraste mientras bailábamos. Cómo te reíste conmigo, con el cuerpo entero. Entonces supe que estaba en un lío. Después, cuando me pediste que te besara solo una vez…, no pude contenerme más. A tomar por culo las consecuencias. El muro que me había pasado toda la vida construyendo… Tú lo desmontaste ladrillo a ladrillo. Y entonces supe que una sola vez nunca sería suficiente para mí. Ni todo el tiempo del mundo sería suficiente, Gertie.

Le pongo la mano en la mejilla y le paso el pulgar por la comisura de la boca.

—Joder.

—Sí. — Me cubre la mano con la suya —. Joder.

—¿De verdad tienes que irte? — le pregunto, con voz frágil de repente.

Ya conozco la respuesta.

Él traga saliva y asiente, una vez.

—Tengo que irme, Gertie.

Cierro los ojos un instante y le aprieto la mano. Lo comprendo. Este hombre adora Bedlam Creek. Aunque no se lo hubiera prometido a su padre, habría deseado proteger ese lugar. Y aunque su relación con Cassidy no es buena, él nunca la dejaría en un limbo a sabiendas, preguntándose para siempre por qué desapareció. Es un hombre demasiado honesto para hacer algo así.

—¿De verdad tienes tú que quedarte? — me pregunta.

Me duele la garganta.

—Tengo que quedarme.

He pensado en ello, en cómo sería abandonar mi vida, darle la mano a River cuando escriba «FIN » con la esperanza de terminar de algún modo también en Bedlam. Pero ¿y después?

Si algo he aprendido estas últimas semanas, es esto: por muy enamorada que estés, relegar a un segundo plano por otra persona toda tu identidad, todos tus deseos, no es bueno para el alma. La verdad es que quiero terminar mi libro. Quiero ir a charlar con Josie todas las semanas. Quiero que la señora Casablancas llame a mi puerta con demasiada asiduidad.

Quiero vivir en Londres. Quiero mi vida, la que me he construido. La que me sigo construyendo.

Esta vida es mi gran obra. Y no voy a dejarla inacabada.

—Mañana por la mañana escribiré Fin — le digo a River.

— Fin — repite él, con la voz rota.

A nuestro alrededor, mientras el cielo se tiñe de azul oscuro, las luces ambarinas de los edificios vecinos se encienden una a una, resplandeciendo de un modo muy bonito, como si alguien hubiera organizado el horizonte justo para un momento como este.

River me rodea con sus brazos mientras una brisa suave nos agita el cabello.

Suelta un suspiro largo y grave.

—Quizá en otra vida, ¿no?

Apoyo la cabeza en su pecho y me trago el nudo de la garganta.

—Sí. Quizá en otra vida.

***

Esa noche, cuando hacemos el amor, sabemos que es la última vez.

Empezamos despacio, deliberados, curiosos. Saboreamos, observamos, nos enterramos en las curvas y planos de nuestros cuerpos esperando que la sensación se grabe en nuestros cerebros. Forjamos recuerdos que nos mantendrán calientes en el futuro: cuando hayamos discutido con nuestros futuros cónyuges, cuando estemos solos o aburridos en la cola del supermercado, cuando seamos viejos y frágiles. Recordaremos esto y sabremos que una vez experimentamos algo mágico.

Nos tumbamos frente a frente. Yo lo rodeo con las piernas mientras él me penetra, profunda e implacablemente, sin dejar nunca de mirarme. Me toma el rostro entre sus manos. Yo presiono la palma contra su corazón y me muevo al ritmo de sus latidos.

El orgasmo es desesperado, atenazador y estruendoso. Nuestros cuerpos rompen el uno contra el otro. El sudor y las lágrimas se mezclan.

Aunque espero tener la suerte de experimentar algo remotamente parecido alguna otra vez en mi vida, intuyo que esto ha sido todo.