Mi amor entre páginas Capítulo cuarenta
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Capítulo cuarenta

Con las muletas que el hospital me ha proporcionado al otro lado de la habitación, confío en que River haya planeado dar un paseo corto por la manzana para aclararse la cabeza y regresar. El tiempo pasa, y, tras dos horas sin rastro de él, tengo que afrontar el hecho de que, a menos que encuentre un modo de llegar al baño, culminaré las semanas más demenciales de mi vida haciéndome pis en la cama. Y aunque puedo soportar y he soportado muchas humillaciones en mi vida, no creo que pudiera recuperarme de esta.

Se me ocurre que puedo llamar a gritos a la señora Casablancas, pero después recuerdo que le quité la llave de mi apartamento porque solía entrar sin avisar y casi me pilló haciendo un karaoke de Christina Aguilera después de demasiados cócteles Tucci. Miro mi teléfono con tristeza. Sigue en coma, enterrado en arroz, al lado de un ramito de ranúnculos que River recogió.

Voy a tener que hacerlo sola.

Ya se me ha pasado casi todo el efecto de la morfina y el tobillo me duele muchísimo. Mientras murmuro una serie de palabrotas que no había pronunciado en mi vida para controlar el dolor, uso los brazos para deslizarme desde la cama hasta el suelo. Intento seguir envuelta en la toalla, pero al descender por el lateral de la cama se me enreda con la colcha y, cuando llego al suelo, estoy desnuda.

—Joooder.

Suspiro y comienzo a arrastrarme por el suelo desnuda hacia el cuarto de baño, preguntándome, mientras tanto, si hice lo correcto escondiéndole a River los planes de Cassidy. En las discusiones, siempre solía pensar que era yo la equivocada, pero algo en mí parece distinto estos días. Me siento más segura de mí misma. Y aunque no me gusta haber enfadado a River, creo que hice lo correcto guardándomelo. Mi revelación accidental solo ha

servido para causarle un montón de preocupación y de inquietud que le será literalmente imposible abordar hasta que yo termine este libro. Y lo cierto es que, a pesar de que mi conexión con Cassidy es muy fuerte ahora mismo, no estoy cien por cien segura de lo precisa que es mi información. Lo más importante sigue siendo conseguir que River regrese a su hogar de una pieza.

—Ay. Ay. Mierda. Ay — gruño mientras cada movimiento me acerca a mi destino final. Cuando llego al baño, uso lo que ahora me doy cuenta de que es un vergonzosamente débil tronco superior para levantarme, gimiendo de dolor mientras lo hago. Al final, del modo más indigno, consigo llegar hasta el inodoro.

Ya está.

Lo conseguí.

Soy una mujer independiente. Josie estaría orgullosa de mis agallas. Y

seguramente sentiría bastante vergüenza ajena.

Necesito otros quince minutos y algunos sonidos muy extraños para conseguir llegar de nuevo al suelo sin golpearme el tobillo. Cuando lo consigo, estoy sudando a mares. Comienzo a arrastrarme de nuevo hacia la cama, gruñendo de frustración y descubriendo que tengo que limpiar mejor debajo del sofá. Con alivio, oigo el sonido de unas llaves tintineando al otro lado de la puerta.

—Gracias a Dios — murmuro, apoyando la espalda en la pared.

Pero cuando la puerta se abre, no solo entra River en el apartamento.

Parece borracho, y lo acompaña… ¿Aled el bibliotecario?

—¡No mires! — grito cuando Aled me ve en el suelo y se pone rojo como un tomate —. No estoy decente, ¡no mires, Aled!

Este se pone de inmediato de cara a la pared.

—Cielos — dice en voz baja, metiéndose las manos en los bolsillos —.

Cielos.

—¿Qué demonios haces ahí tirada? — murmura River, soltando la bolsa de Sainsbury que lleva en la mano y acercándose al lugar donde estoy varada. Me levanta y, tambaleándose, me lleva de nuevo hasta la cama, donde de inmediato me tapo con una manta y dos cojines, formando una especie de decoroso fuerte de almohadas.

—¿Estás borracho? — le pregunto a River, escudriñándolo. He visto beber a este hombre cantidades ingentes de whisky y cerveza, y ni una sola

vez me ha parecido tan ebrio como ahora.

—Es culpa mía — admite Aled con su cálido acento de Yorkshire, dejando de mirar la pared para lanzarme una mueca de disculpa —. River vino a la biblioteca cuando ya estaba terminando. Parecía bastante deprimido, así que pensé en llevarlo a tomar una cerveza. Que se convirtió en…, bueno, muchas cervezas.

—¿Qué mierdas ha bebido? — pregunto. River le indica a Aled que tome asiento antes de recoger su bolsa de Sainsbury y tambalearse con ella hasta la cocina.

—Guinness — dice Aled con pesar —. Cuatro pintas de Guinness.

River se gira. Tiene los ojos brillantes.

—¿Has probado la Guinness, Buhito? Es un elixir mágico. Es como…

como un aterciopelado batido de cerveza.

—Después estuvimos charlando con un grupo de estudiantes de Física y llegaron los… chupitos de After shock.

—Oh, Dios.

Me cubro la boca con las manos. No me he tomado un chupito de Aftershock desde que tenía diecinueve años. Son letales.

River busca en la bolsa y saca una caja de Deliciosas Tetas de Monja de la tía Gertrudis.

—Sí. — Aled hace una mueca —. Después del segundo, empezó a hablarle a la gente de los portales. Algunos de los estudiantes de Física se unieron a la conversación, pero cuando River dijo que estaba buscando un modo de regresar a otra dimensión, pensé: «Bueno, este hombre lleva una buena cogorza, será mejor que lo acompañe a casa».

—Vaya — suspiro, fingiendo que no sé por qué podría haber dicho River esa tontería —. Ostras. Bueno, gracias, Aled. Has sido muy amable al acompañarlo a casa.

—Es mi trabajo — me dice, con un destello en la mirada —. Servicio de reparto de borrachos a domicilio. No iba a subir, pero River muy amablemente…

—Invité a Aled a venir a tomar el postre — revela él, sacando las pastas del paquete y sirviéndolas sin cuidado alguno.

—Acepté porque tengo un poco de hambre, si te soy sincero. — Toma una pasta y se la mete en la boca con ansia.

River se deja caer enérgicamente en la butaca y su peso hace temblar un poco el suelo. Mira a su alrededor, con las cejas doradas fruncidas, sin enfocar la mirada.

—¿Dónde está Achuchón? ¿Dónde está mi perrito bueno?

—Esta noche está en casa, con la señora Casablancas. ¿Te acuerdas, River? — Bajo la voz para dirigirme al bibliotecario —. Por Dios, ¿cuántos Aftershocks han sido?

Aled se muerde el labio.

—Perdí la cuenta después del tercero.

—Echo de menos a Achuchón — gruñe River, metiéndose pastas en la boca como si llevara días sin comer —. Creo que puede que incluso lo quiera. ¿Oyes eso, Gertie? — dice, inclinándose hacia delante en su asiento —. Puede que quiera a un chilino. — Esconde la cara entre las manos —. ¡Chilino ni siquiera es una raza de perro de verdad!

—Mi mujer, Frida, quiere un pomiche — replica Aled —. ¡Un cruce de pomerania y caniche!

River se levanta de repente, se tambalea hasta la cocina y deja el plato vacío en el fregadero. Después recoge el plato de Aled, aunque él todavía sigue comiendo, y lo pone también en la tina.

En su zigzagueante camino de vuelta a la butaca, se ve en el espejo y se detiene a mirarse, aplastando la nariz contra el cristal.

—¿Quién soy? — murmura con tristeza —. Ya no me reconozco.

— Después se gira hacia mí —. ¿Ves, Gertie? Por esto me decía siempre mi madre que fuera duro y me protegiera el corazón. Cuando dejas entrar a alguien, aunque sea por poco tiempo, eso te cambia. Eres el tipo más duro del pueblo, un hombre honesto y trabajador con una vida sencilla. ¿Esa vida hace que te arda el corazón? No, pero es suficiente y eres afortunado, no podrías desear nada más. Y después… ¡BAM! Al momento siguiente quieres a un perro chilino y llevas un Stetson que brilla y comes tetas y galletas de vainilla y te estás convirtiendo en el mejor amigo de un bibliotecario.

Aled levanta un dedo en el aire.

—Eres muy amable ofreciéndote a ser mi mejor amigo, River, pero ya tengo dos mejores amigos. No obstante, les preguntaré qué les parece que añada otro al grupo.

—Me han… me han domesticado — gime él, abriendo los brazos mientras se mueve por la habitación, cogiendo ritmo —. Soy literalmente, literalmente, en serio, un blandengue. Y, lo que es peor…, me… me gusta.

No tengo ninguna posibilidad en Bedlam. Se va a reír de mí el pueblo entero, por bobo. — Se gira dramáticamente para mirar al otro hombre —.

Aled, prométeme que, si nunca volvemos a vernos, prométeme, colega, que siempre protegerás tu corazón.

—Oh, lo haré — responde Aled con educación —. Juego al squash todas las semanas y tengo mucho cuidado con el colesterol, más allá de alguna teta de monja de vez en cuando. Se trata de mantener un equilibrio, ¿sabes?

River me mira con los ojos entornados antes de soltar un bostezo enorme y sonoro, que reverbera en la habitación.

—¿Y tú, Gertie? No sé qué te habías creído, pero esta noche River Maverick Oakley dormirá bajo las estrellas.

—¿Maverick? — exclamo con alegría, tapándome la boca con la mano porque está claro que River está muy borracho y muy sensible. Y, siendo justa con él y teniéndolo todo en cuenta, demasiado bien lo ha hecho si ha llegado hasta esta noche sin sufrir un colapso nervioso.

—Sí — dice, mirándome a los ojos y balanceándose un poco hacia la izquierda con expresión desafiante en la cara —. Maverick.

Se dirige a zancadas a la puerta y se detiene a mitad de camino para agacharse a coger del sofá uno de los cojines de la señora Casablancas.

—Mira lo que me has hecho, Gertie — murmura, irritado —. Ya no puedo dormir sin la comodidad de un cojín suavito. Y eso es por tu culpa.

Cuando se marcha de la habitación y oímos sus pesadas botas resonando escaleras arriba hacia la azotea, Aled y yo seguimos mirando la puerta con los ojos muy abiertos.

—Vaya. Eso ha sido…

— Algo, sin duda — dice él, que parece incluso más incómodo ahora que River se ha marchado de la habitación y está solo conmigo, que no llevo nada más encima que la ropa de cama —. Caramba.

—Lo siento mucho. — Hago una mueca —. Están pasando… un montón de cosas. River y yo…

—Discutisteis. Me lo ha contado.

—¿Te lo ha contado?

—Me ha contado un montón de cosas, pero solo algunas tenían sentido.

Me temo que no le han sentado nada bien las Guinness y los Aftershocks.

¡Bueno! — Se da una palmada firme en los muslos —. Frida se estará preguntando dónde estoy. Debería regresar a casa antes de que se preocupe.

— Se levanta del sofá, se alisa los pantalones de pana marrón y agarra mis muletas, que están en el extremo opuesto de la habitación, y las apoya en la librería junto a la cama —. Espero que esto te facilite los viajes al cuarto de baño.

—Gracias. — Suspiro, con una sonrisa agradecida —. ¿Crees que debería subir a verlo? — Señalo el techo —. Para asegurarme de que está bien.

—¿Sabes? Yo dejaría que se le pasara. — Aled alza la mirada un momento —. De hecho, apuesto a que ya se ha quedado frito.

—Sí, seguramente tengas razón. River es… — Me detengo, incapaz de encontrar la palabra adecuada que explique qué es River exactamente.

—River es solo un vaquero enamorado — termina Aled, con expresión indulgente —. Un gorila tan enorme. Es digno de ver.

—¿Un vaquero enamorado? — replico, confusa —. ¿Enamorado de quién?

Aled me mira como si fuera yo la que acaba de revelar que mi segundo nombre es Maverick.

—Bueno… De ti, Gertie, boba.

Parpadeo rápidamente. Una risita nerviosa escapa contra mi voluntad.

—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué… por qué dices eso? ¿Te ha…? Él no te ha dicho nada, ¿verdad? ¿Qué?

Aled niega con la cabeza.

—No tenía que hacerlo. Acabo de pasarme dos horas bebiendo con ese hombre. Está claro. — Hace una pequeña reverencia de despedida —.

Bueno, espero verte muy pronto en la biblioteca. Quizá podrías venir como autora alguna vez.

—Sí, claro — digo vagamente, despidiéndome de Aled con la mano mientras se marcha. En mi cerebro solo hay ahora tres palabras.

Un vaquero enamorado.