Capítulo treinta y nueve
La señora Casablancas asoma la cabeza por la puerta mientras River me sube en brazos por las escaleras hasta mi apartamento.
—¡Oh, no! ¿Qué ha pasado?
—Copiiiiiitooo — digo, arrastrando un poco las palabras. La señora Casablancas parece dos señoras Casablancas —. Me he caído de un caballito chiquitito que se llama Copiiiiiitooo.
—Gertie se ha roto el tobillo — le explica River.
—¡Oh, cielos! — exclama la señora Casablancas mientras Achuchón sale a saludarnos. En cuanto ve al vaquero, empieza a gimotear desesperadamente.
—Para — le ordena River en voz baja. Él se calla de inmediato y se sienta obedientemente, esperando más instrucciones de su héroe.
—¡Mira eso! — exclama la señora Casablancas, contemplando a Achuchón con sorpresa —. Conmigo no lo hace.
Le echa a Achuchón una mirada ligeramente dolida y siento una repentina oleada de afecto por ella.
—Señora Casablancas, usted es muy buena, muy buena — le digo. Me noto la lengua gorda —. Solo quería decírselo. Es muy importante que lo sepa. ¿Por qué nunca decimos estas cosas en voz alta? ¿Eh? ¿Por qué tenemos tanto miedo? Es absurdo. Es usted un encanto, señora Casablancas, y me cae muy bien. Y lo que hizo con el sombrero de River…
—Deberíamos entrar — me interrumpe River mientras la señora Casablancas se hace con la llave que le cuelga del dedo y abre nuestra puerta —. Morfina — añade, como explicación.
—Oh, ¡me chifla la morfina! — exclama la señora Casablancas con expresión soñadora —. Eso es lo único bueno de romperse un hueso. Bueno,
¿me avisaréis si necesitáis algo?
—Lo haremos — le asegura River —. Gracias, señora Casablancas.
Él cierra la puerta a su espalda y me lleva al sofá, me acerca el reposapiés y me coloca el pie encima, ahora atrapado en una horrible escayola amarilla.
—¿Por qué es amarilla? — murmuro.
—Tú les pediste que fuera amarilla — me cuenta River —. Dijiste que era del color exacto del maíz en la mazorca y que por qué solo los niños podían llevarla de colores divertidos, ¿te acuerdas?
—Tenía razón — digo, apretando los labios con un sonido satisfecho.
Se acerca y me coloca el pelo detrás de la oreja.
—¿Cómo estás, Buhito?
—Estoy viendo franjas de colores y de luz y todo me parece precioso.
Espero que Copitooo no esté enfadado conmigo.
—Estoy seguro de que esto le ha pasado un montón de veces.
—Estoy sudada. ¿He vomitado?
—Mucho.
—Tengo que lavarme los dientes.
—Estoy de acuerdo. ¿Quieres que te prepare un baño? ¿Enciendo una vela? Puedo envolverte la escayola con papel albal.
—Con papel film.
—Eso también.
Cuando River ha envuelto mi escayola amarilla en film transparente, me mete en el agua caliente, dejando que mi pierna cuelgue sobre el borde de la bañera. Después, usa la alcachofa de la ducha para mojarme el pelo y los hombros. Suspiro de placer. El agua nunca antes me había parecido tan mágica.
—Esto es muy sensual — digo al final.
—No pretendo que lo sea — protesta River, con una sonrisa en las comisuras de su boca —. Pero tienes razón. Lo es. ¿Somos una pareja de pervertidos?
—Todas las pruebas indican que sí.
Me introduce los dedos en el cuero cabelludo y su masaje consigue eliminar todo rastro del dolor de cabeza que he sufrido la última media hora. Después, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, me lava con esmero, con cuidado de no moverme el tobillo, preguntándome constantemente si estoy bien, si necesito algo. El tiempo pasa. La luz de la vela titila y descubro que se me están cerrando los ojos.
—¿Te asustaste? — le pregunto, con los ojos todavía cerrados —. Cuando me caí. Parecías asustado.
—¿Bromeas? Estaba cagado de miedo — me dice River, enjuagándome el acondicionador —. La idea de que te hubieras hecho daño era… Quería que sintieras lo que yo siento al cabalgar, pero me pasé un poco. Me entusiasmé demasiado. Nunca lo había hecho. Yo no soy así. Lo siento.
—¡Estoy perfectamente! — Hago un ademán para restarle importancia —. No te agobies. Me siento bastante bien, en realidad.
—Esto es una señal clara de que debería limitarme a lo que sé hacer.
Está claro que enseñar no es lo mío.
Abro los ojos y niego con la cabeza.
—¡No! ¡No te rindas! Eres un profesor excelente, River. Podrías hacerlo.
Ahora que Cassidy ha asumido el…
Cierro la boca de inmediato.
Idiota. ¡Drogata idiota!
Hago una mueca, esperando que River no se haya dado cuenta, pero se ha percatado, por supuesto. A este hombre no se le escapa nada.
—¿Cómo? ¿Cassidy ha asumido qué? — Ladea la cabeza.
—Nada. Eh, ¿has visto My Fair Lady? ¿Quieres que la veamos juntos?
Va de una chica llamada Eliza…
—Gertie. ¿Qué ibas a decir? ¿Qué ha hecho Cassidy?
Resoplo y entierro la cara en mis manos.
—Ella… A ver. Cassidy está trabajando en el rancho mientras tú no estás.
River niega con la cabeza de inmediato.
—¿Qué? No, lo dudo. Suena a uno de tus detalles imprecisos. Los chicos no lo permitirían. Saben lo que opinaba mi padre de que Cassidy trabajara en el rancho Oakley.
—Jack y Diego, String Bean e incluso Matty la están ayudando. Lo está haciendo bastante bien.
—Espera… Nunca me habías hablado de los trabajadores del rancho.
—Acabo de conocerlos. Bueno, hace un par de días, cuando Cassidy apareció en el rancho. No creo que este sea un detalle impreciso. Creo que es real.
—¿Lo sabes desde hace días? — River aprieta la mandíbula.
Me siento rápidamente, provocando que un poco de agua se salga de la bañera.
—No es para tanto. ¿Me sacas ya?
River me envuelve en una toalla gruesa y me lleva a la cama, donde me pone con cuidado una almohada bajo la cabeza y otra bajo los pies.
Empieza a caminar de un lado a otro de la diminuta habitación; su sombrero casi roza el techo.
—Entonces, ¿dices que los chicos se han puesto de acuerdo con ella?
Asiento, lo cual solo contribuye a que la cabeza empiece a dolerme de nuevo. Cierro los ojos con fuerza un momento.
—Lo tiene todo controlado, así que no tienes que preo cuparte tanto. Está protegiendo el rancho, tiene un plan para la subasta de la tierra, ha…
—¿Qué? — River palidece —. ¿Qué pasa con la subasta?
Mi tono es brusco. No puedo tener esta conversación ahora. Me duele el tobillo. Me duele la cabeza. Ya nada me parece bonito.
—Va a pujar por ella en tu ausencia — digo en voz baja.
—¡No puede hacerlo!
Está perdiendo los nervios, justo como imaginaba que ocurriría.
River niega con la cabeza. Tiene los ojos muy abiertos.
—Buddy McGinty es el tío de Ethan Calhoun. Es una comadreja con traje. Podría manipular a Cassidy para obligarla a vender la tierra que compre a los promotores.
—¡Ella nunca lo haría! — protesto, hundiendo la cabeza en la almohada —. A ella le encanta ese sitio.
River se quita el sombrero y se pasa ambas manos por el pelo.
—No puedo arriesgarme a confiar en eso basándome solo en la borrosa perspectiva que tú puedas tener de su naturaleza. Esta es mi vida, Gertie, joder. Mi vida de verdad. Lo he dado todo por el rancho Oakley. Deberías habérmelo contado en cuanto lo supiste. Joder.
—¿De qué habría servido que te lo contara? Desde aquí no puedes hacer nada. No quería que te preocuparas. Arg, tengo la boca seca.
—Deberías habérmelo contado y dejarme decidir a mí si debo preocuparme. Este problema debía arreglarlo yo. No he pasado por todo esto — me señala a mí — para que Bedlam se vaya a la mierda solo porque Cassidy cree que tiene derecho a trabajar en el rancho Oakley.
Me enfada que piense así de ella.
—La subestimas.
River me mira entonces. Que le haya escondido esta información hace que el dolor le llamee en los ojos.
—Es posible. Y también es posible que te haya sobrestimado a ti.
Dicho esto, descuelga las llaves del gancho junto a la puerta y se marcha del apartamento dando un portazo tan fuerte que tiembla la habitación entera.
Joder.