Capítulo treinta y ocho
Cuando me desperté esta mañana, no habría imaginado que pasaría la tarde sentada junto a un vaquero interdimensional en un hospital del centro de Londres. Antes de marcharnos del establo, Sharon vertió una botella entera de cara agua mineral sobre el vómito de las botas de River y nos rogó que no la demandáramos, aunque fuimos nosotros quienes no respetamos y desoímos las normas e instrucciones que ella nos dio.
Miro la sala de espera. Todo el mundo está hecho polvo, pero los que tienen los ojos abiertos miran fijamente a River.
—¿Puedes quitarte el sombrero de vaquero? — le pregunto —. Todo el mundo te mira y me estoy rayando.
—Me mirarán aunque me quite el sombrero — me asegura River con tranquilidad.
—No, no. Te miran porque a pesar de que pareces un auténtico vaquero, llevas una cinta de lentejuelas en el sombrero. Es desconcertante.
—Me gusta la cinta.
—Pero hace que todos te miren — le espeto. El dolor me pone irritable.
River suspira.
—De acuerdo, pero… me mirarán de todos modos. Siempre pasa.
Se quita el sombrero, lo deja sobre su regazo y su sedoso cabello castaño ceniza le cae sobre la frente. Todavía más gente levanta la mirada para observarlo.
Él se encoge de hombros, como si dijera: «¿Qué le voy a hacer?».
Por Dios.
***
Después de una radiografía, en la que se confirma que tengo una pequeña fractura en el tobillo, me llevan en silla de ruedas a otra zona de espera hasta que un médico pueda prescribirme algo más fuerte para el dolor.
—Ve a por un café — le sugiero a River —. Sal a que te dé el aire.
Él niega con la cabeza.
—Prefiero quedarme contigo.
—No es necesario, en serio. Esto es una mierda. — Señalo el póster de la pared —. Estaré bien. Leeré por enésima vez ese bonito cartel sobre cómo lavarme las manos.
—No voy a dejarte sola, Gertie.
Lo miro de reojo.
—Ambos sabemos que eso no es verdad.
Se mira las rodillas antes de levantarse.
—¿Quieres algo?
—Una botella de agua estaría bien, gracias.
—Marchando — replica. Cuando se dirige a zancadas al pasillo, todas las personas junto a las que pasa lo miran con asombro.
En cuanto desaparece de mi vista, trago saliva con dificultad y me golpeo los muslos con los dedos, impaciente. Estoy irritable, y no solo debido al dolor, sino porque hacía cuatro años que no pisaba un hospital.
No había estado en uno desde que salí corriendo tras recibir la llamada de la policía avisándome del accidente de Josie. Solo el olor (el desesperante hedor clínico, antiséptico) me provoca ganas de vomitar otra vez.
Al otro lado de la cortina oigo un pitido sonoro y a alguien gritando:
«¡Parada cardiorrespiratoria!».
—No, no, no — susurro, empezando a temblar de inmediato, con la respiración atrapada en la garganta. Me tapo las orejas con las manos en un intento de bloquearlo todo, pero de inmediato retrocedo a la tarde en la que Josie murió. Los incesantes pitidos, el llanto histérico, el pánico en la cara de mamá, la impasibilidad en la de papá, la indignación y la incredulidad por lo que estaba pasando.
Cierro los ojos con fuerza y obligo a mi cerebro a concentrarse en algo, en lo que sea, excepto en el recuerdo de esa noche.
Por favor, por favor, por favor.
Para mi alivio, recuerdo algo en lo que llevaba años sin pensar.
Teníamos nueve o diez años. Josie y yo acabábamos de gastarles a mamá y papá una de sus bromas tontas: frotamos la canilla del grifo del fregadero con colorante alimenticio para que el agua saliera verde. Nos reímos detrás de la puerta mientras escuchábamos el desconcierto de nuestros padres por
el color del agua, repentinamente tóxico. Cuando papá empezó a preocuparse por si tenía algo que ver con el enorme acuario del vecino de al lado y se puso los zapatos para ir a investigar, nos derrumbamos y les contamos que habíamos sido nosotras las artífices de la travesura. Era una tontería. Recuerdo que los cuatro nos reímos en la cocina y que Josie nos miró a todos con una sonrisa jubilosa en la cara, orgullosa de su trabajo.
—¿Gertie?
River, que se ha detenido ante mí sujetando una botella de agua, me saca del recuerdo.
Los pitidos se han detenido y la sala de espera ha recuperado una tranquilidad temporal. He dejado de temblar.
—¿Me prestas tu móvil? — le pregunto, lamentando que el mío siga en coma en su bañera de arroz.
—Claro. — Se lo saca del bolsillo del pantalón vaquero.
Marco el número que me he sabido de memoria desde que tenía ocho años.
Después de dos tonos, responden.
—¿Diga?
—¿Mamá? — pregunto, con voz temblorosa.
—¿Gertie, cariño? ¿Eres tú? Greg, es nuestra Gertie. ¡Que sí! Voy, voy, espera. Te he puesto en manos libres, cariño, para que papá pueda oírte también. ¿Estás bien? ¿Estás llorando? ¿Qué te pasa?
—Me he hecho daño en el pie — le digo. Su voz es tan familiar y afable que se me escapan las lágrimas —. Estoy bien, no es nada grave, pero estoy en el hospital y eso me ha hecho pensar en Jo.
Al otro lado, los dos se quedan callados.
Tomo aire profundamente.
—He recordado las bromas tontas que solía gastarnos, como cuando le preparó a la tía Mags un vodka con Coca-Cola y en vez de vodka le puso vinagre. O esa vez que le compró a papá por su cumpleaños unos pantalones de terciopelo naranja y fingió que ese era su regalo de verdad.
—Esos malditos pantalones — dice papá, con una sonrisa en la voz.
—A mí me gustaban — añade mamá —. El naranja te queda genial, Greg.
Me río sin pretenderlo.
—Como sea, sé que las cosas han estado raras entre nosotros…
—Estamos aquí, Gertie, como lo hemos estado siempre.
—Lo sé. — Me muerdo el labio —. Dejé de ir a veros porque no quería seguir hablando de Josie. No soportaba veros a los dos tan tristes, y para mí era más fácil enterrar la cabeza en la arena. Pero acabo de darme cuenta de que nadie más sabe esas cosas sobre Josie, las cosas sin importancia. Nadie más comparte conmigo esos recuerdos intrascendentes del día a día.
— Suspiro —. Y… Ni siquiera sé qué intento decir…
—Sabíamos que necesitabas tiempo, niña. — A papá le tiembla un poco la voz —. Todos hemos lidiado con ello lo mejor que hemos podido.
—Pero te echamos muchísimo de menos — me asegura mamá —. De verdad, te hemos echado muchísimo de menos, cariño.
—Voy a coger un tren — les digo, y me siento más animada en cuanto lo digo en voz alta. Sé que lo estoy diciendo en serio —. Primero tengo que resolver un par de cosas aquí — miro a River, que educadamente finge estar leyendo el póster de «LAVARSE LAS MANOS» —, pero después iré, ¿vale?
—Prepararé asado — sugiere papá —. Y podemos mirar los álbumes de fotos.
—Hay algunas muy buenas en las que salís las dos juntas — añade mamá.
—Suena genial — digo. Y aterrador, y triste, y duro. Pero necesario.
Cuelgo y tomo aire profundamente.
Ha llegado el momento de echarle agallas.