Capítulo treinta y siete
—¿Has hecho esto por mí? — me pregunta River, riéndose, cuando llegamos a los establos de Hyde Park —. ¿Te has despertado al amanecer para hacer esto por mí?
Asiento mientras bostezo en la fría mañana, admirando el parque a esta silenciosa hora del día. La hierba se extiende ante nosotros, secada por el sol hasta adquirir el color dorado del maíz. El cielo es un sueño rosado e inmóvil. Parece una pintura de Turner.
Así que por esto es por lo que la gente se levanta con el alba.
—Le dije a la propietaria que tenía a un vaquero de visita en la ciudad y que queríamos montar juntos. Si no puedes ser instructor de hípica en Bedlam, pensé que al menos podrías darme a mí una clase antes de marcharte.
—No me puedo creer que esto esté aquí, justo en mitad de la ciudad.
— River examina el entorno con los ojos muy abiertos. Sonríe —. No digo esto a menudo, Buhito, pero ahora mismo estoy muy emocionado.
Atravesamos una chirriante puerta de madera tras la que una mujer mayor con unos pantalones de monta beis recibe a River como si fuera una celebridad. Se presenta como Sharon.
—¡Un vaquero de verdad! — exclama, en un susurro. Después, al ver la cinta de lentejuelas en el sombrero de River, ya no parece tan segura.
—Sí, señora. — Él inclina su sombrero —. Me he dedicado a la ganadería desde que tenía quince años.
—Entonces este no es tu… primer rodeo, ¿eh? Ja, ja.
—No. Siempre tengo el lazo preparado.
—¿Qué?
—Que siempre tengo el lazo preparado.
—¡Estupendo, entonces! — Sharon sonríe alegremente, decidiendo, correctamente, que es demasiado temprano para tanta charla —. Iré a
preparar a Fuego Negro y a Copito y después haremos la reunión informativa de seguridad para nuevos jinetes. Sé que tú no necesitas escolta, River, ya que eres experto, pero tendré que acompañaros. Cosas del seguro.
Pero me quedaré un poco atrás para dejaros intimidad en vuestro paseo romántico.
¿Paseo romántico?
Abro la boca para corregir a Sharon, pero la verdad es que es bastante romántico. Sé que River y yo solo estamos teniendo una aventura antes de que se vaya, pero, de algún modo, todo en mi vida ha empezado a parecer romántico. Comerme los cereales: romántico. Darme una ducha: romántico.
Hacer mis ejercicios de manos porque estoy escribiendo tanto que me dan calambres: romántico.
Miro a River de soslayo, pero él no me mira a mí. Me pregunto si el comentario de Sharon lo ha hecho sentirse incómodo.
Mientras la mujer se dirige al establo, River me mira con seriedad.
—¿De verdad quieres aprender a montar, Buhito?
—Sí, pero te advierto que las actividades físicas se me dan fatal. Una vez me caí de un trampolín antes siquiera de saltar. No estoy hecha para la hípica.
—Créeme, eres perfecta para la hípica — dice River, con gesto convencido —. Tengo el presentimiento de que tienes un talento natural.
***
Aunque definitivamente no tengo un talento natural, River es un profesor excelente. Es claro, directo, amable y paciente cuando me equivoco, lo que sucede a menudo. He conseguido montar a Copito (el caballo casi tamaño poni que Sharon decidió que sería perfecto para mí porque «es un animal casi preocupantemente dócil») durante veinte minutos enteros. River me acompaña a lomos de Fuego Negro, un enorme y lustroso semental.
Paseamos por uno de los bonitos senderos de gravilla del parque; los enormes y esponjosos sicomoros esparcen el sol sobre nosotros en fragmentos, como una bucólica bola de discoteca. Miro a mi espalda; Sharon está a unos cien metros de distancia, escribiendo algo en su teléfono mientras monta un bonito caballo castaño.
—¿Te gusta? — me pregunta River con entusiasmo. Tiene un brillo alegre en los ojos —. ¿No es la mejor sensación del mundo?
—A ver… Está bien — le contesto. Me río y me encojo de hombros —.
Me duele un poco el culo, pero es agradable.
River niega con la cabeza.
—¿Agradable? Bueno, entonces vamos a tener que ir un poquito más rápido.
Niego con la cabeza rápidamente.
—No, gracias. Así está bien para mí. Esta es justo la velocidad adecuada.
River se ríe.
—¿No quieres sentir el viento en tu cabello?
—Estamos en agosto. No hay viento.
—¡Nosotros creamos el viento! — grita River dramáticamente, echándome una mirada desafiante —. Vamos. Creo que te gustará.
Cuando el sendero se amplía, revelando una larga extensión de camino, noto una oleada de desenfrenada energía cobrando vida en mi interior, algo que parece suceder cada vez más a menudo cuando estoy en compañía de River Oakley. La seguridad de este hombre es contagiosa.
—Vale — le digo —. Hagámoslo.
—Ahora, Gertie, quiero que aprietes las piernas como si estrujaras el agua de una esponja. Así sabrá que quieres que trote.
Sigo las instrucciones de River y ¡funciona! Copito sale al trote. De repente, reboto tanto que creo que voy a amoratarme el cuerpo entero.
—Mueve las caderas hacia delante y hacia abajo. Sigue su ritmo. Dobla y estira los codos. Así. Dobla y estira.
—¿Lo estoy haciendo bien? — le pregunto. Empiezo a notar una ligera brisa en el cabello.
—¡Estás creando viento! — River se ríe, triunfal, manteniéndose a mi paso mientras atravesamos el bosque —. Mantén las pantorrillas juntas.
Cabeza alta, barbilla paralela al suelo. ¡Eso es! Lo estás haciendo muy bien.
Lo estoy haciendo bien. Aunque sigo un poco temblorosa y ya me arden las pantorrillas, entiendo por qué le gusta tanto. ¡La sensación es increíble!
—¡Esto es fabuloso!
—¿Preparada para ir más rápido? — me pregunta River.
—¿Más rápido aún? — Contengo el aliento —. ¿Podré?
—Podrás — me asegura él, riéndose —. Pon la pierna izquierda hacia atrás. Así, sí. Y ahora la derecha en la cincha, la correa que pasa bajo el vientre… Sí, lo tienes. Genial, Gertie.
Y entonces, como si hubiera hecho esto toda mi vida, estoy galopando por Hyde Park, como el personaje de un libro. Como la escena de una película. Es como volar.
—¡Yujuuu! — grito al aire —. ¡Mira cómo voooy!
River se ríe, echando la cabeza hacia atrás.
—¿Ves? ¡Te lo dije! ¡Mírate!
—Ay, Dios — digo, sin aliento —. Ahora lo entiendo. Esto es increíble.
Mientras cabalgamos, los árboles se vuelven más escasos y el sol de la mañana me ilumina la cara. Una brisa que yo misma he creado me aparta el cabello del cuello. Miro al vaquero que tengo al lado. No puedo creerme que esto esté pasando. ¿Cómo puede ser real este momento?
¿Ves esto, Josie? ¡Mírame!
Me estoy riendo a carcajadas, ligeramente distraída pensando si debería apuntarme a alguna competición de hípica (y también si a los adultos les dan esas medallas de tela que mis amigas, a las que les gustaban los ponis, ganaban cuando éramos pequeñas), cuando algo atraviesa el camino de improviso. Es una pequeña criatura del bosque, puede que un topo o un tejón, pero sea lo que sea a Copito no le gusta. Se encabrita con un sonoro relincho, elevando los cascos hacia el cielo. Me doy cuenta de que me voy a caer incluso antes de empezar a hacerlo. Sucede a cámara lenta, como si cayera desde una gran altura, aunque Copito no puede medir más de un metro veinte. Aterrizo sobre la tierra dura con el tobillo torcido de una manera para la que en absoluto fue diseñado. Durante un instante veo negro, siento una oleada de náuseas y un dolor cegador en el pie. Creo que voy a desmayarme… Mi garganta emite un sonido extraño, algo entre un gemido y un aullido. Abro los ojos y veo hojas y fragmentos de cielo y después un rostro…, el de River, que parece horrorizado. Se agacha a mi lado, con el ceño fruncido.
—Oh, Dios. Gertie, ¿estás bien?
—Me duele.
—Joder. ¿Te has golpeado la cabeza? ¿Puedes moverte?
—Mi cabeza está bien — digo, sentándome despacio y tomando aire para tranquilizarme —, pero el tobillo me duele mucho. Creo que podría… Ay,
Dios. No tengo el umbral del dolor muy alto, River.
—No te muevas, ¿vale? Joder. Lo siento, Gertie. Me he dejado llevar.
Sharon se acerca trotando y desmonta rápidamente; no ha visto lo que ha pasado, pero es testigo del lamentable resultado.
—¡Oh, cielo! ¿Te has caído? ¿Estás bien? Mañana tendrás un buen moratón.
—Ha sido culpa mía — dice River —. Totalmente culpa mía. De acuerdo, Gertie, voy a cogerte en brazos y llamaremos a un taxi para ir a Urgencias.
Su tono es amable y tranquilo, pero tiene la cara pálida por la preocupación.
—Qué eficiente — le digo. Me duele tanto el tobillo que empiezan a castañetearme los dientes —. Puede que vomite, te lo advierto.
—Vomita si lo necesitas — replica River.
—Pero el vómito te caería encima.
—Trabajo en un rancho. Me han caído encima cosas peores.
—Puaj.
—Lo sé.
—Intentaré con todas mis fuerzas no vomitar.
Pero no lo intento con la fuerza suficiente, ya que como medio segundo después vomito sobre sus queridas botas de vaquero.