Mi amor entre páginas Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

—¿Soy Mike Hannigan? — pregunta River cuando terminamos el test de

«¿Qué personaje de Friends eres?», entre episodios de Friends, galletas y un descanso de cuarenta minutos en el que River me ha hecho ver las estrellas solo con la lengua —. ¿Quién es Mike Hannigan?

—En realidad solo sale en la última temporada. Se casa con Phoebe.

—¿Tú dirías que es un resultado preciso? — Se ajusta la almohada bajo la cabeza y se pone mis piernas en el regazo.

Hago una mueca.

—Creo que sí. Siempre fue mi favorito. — Toco el portátil —. A mí me dice que soy Phoebe, pero yo diría que en realidad soy más Monica. No estoy totalmente segura de que podamos fiarnos de este test.

—Oh, yo creo que tú eres Rachel — murmura River, que es lo que, seamos sinceros, quiere escuchar cualquiera sobre sí mismo.

Cierro el portátil y me pongo de costado para mirarlo con la cabeza apoyada en la mano.

—Me estaba preguntando una cosa. ¿Qué es lo que más echas de menos de tu casa? ¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando vuelvas?

River arruga la nariz, pensándolo.

—Es raro, no lo extraño tanto como esperaba. Echo de menos a mis caballos. Echo de menos su compañía, salir con ellos, vagar por la naturaleza siempre que tengo la oportunidad. Si te digo la verdad, no echo de menos el trabajo diario. Antes de venir, estaba agotado. En realidad, no era consciente de cuánto.

Me siento.

—Imagínate que no trabajaras en el rancho. ¿Qué harías?

—Enseñaría a montar a caballo — contesta de inmediato. Su expresión se relaja, y sonríe mientras retuerce sin pensar un mechón de mi cabello

entre los dedos —. Eso era lo que hacía mi madre, enseñaba a la gente a montar a caballo. A mí también me enseñó ella.

—Eso mola mucho.

River sonríe y se apoya la cabeza en la mano.

—Mamá era una profesora excelente, la mejor del condado, al menos hasta que… ¿Sabes? Después de que papá le fuera infiel, consiguió mantenerse en pie casi un año. Pero cuando descubrió que la amante de mi padre estaba embarazada…, entonces fue cuando comenzó a beber. Y nunca volvió a dar clase.

—Lo siento mucho. — Le agarro la mano y se la aprieto despacio —. Si te sirve de consuelo, yo creo que serías un instructor de hípica fabuloso.

—¿Sí?

—Desde luego. Tienes bastante autoridad. Y, aunque la Operación Vendehúmos no funcionara, fuiste un profesor excelente.

River entorna los ojos.

—¡Ah! ¡Has dicho Operación Vendehúmos!

—El nombre le va que ni pintado, lo reconozco. Oye. — Me incorporo —. Quizá, cuando vuelvas a casa, podrías intentar encontrar un modo de…, ya sabes, cambiar un poco las cosas. No es necesario que te ocupes tú de todo lo del rancho Oakley cuando…

Bajo mi mano, se pone tenso.

—Eso no es una opción.

Frunzo el ceño.

—¿Y ya está? ¿Ni siquiera vas a pensártelo? ¿Y Cassidy? Ella podría ayudarte con la carga de trabajo. ¿Sabes? Creo que, si hablaras con ella, si consiguierais llegar a un acuerdo, los dos podríais…

—Yo no lo creo.

Resoplo.

—Entonces ¿qué? ¿Nunca vas a hacer lo que de verdad quieres hacer?

¿Nunca enseñarás a la gente a montar a caballo? ¿Dirigirás el rancho para siempre aunque en realidad no parece que lo disfrutes? ¿Por qué? ¿Porque le hiciste una promesa a alguien que al parecer no os trató demasiado bien ni a tu madre ni a ti? ¿Porque crees que solo eres valioso cuando estás al mando? ¿Porque eres tan… tan tozudo como una mula estreñida?

—Por todo eso. — Me mira a los ojos —. No sé, Gertie. Es complicado.

— Suelta un largo suspiro —. Quizá en otra vida…

—Sí… — Apoyo la cabeza de nuevo en la almohada —. Quizá en otra vida.

***

Después de un parón para cenar, durante el cual intentamos comer tostadas con queso sin besarnos ni tocarnos cada treinta segundos y no lo conseguimos, le digo a River que por fin comprendo cómo debe ser la fase de follar hasta en las cunetas.

Cuando volvemos a la cama, él saca la nueva selección de libros que ha traído de la biblioteca mientras yo continúo escribiendo en mi portátil. La historia de Cassidy se está desarrollando tan rápido que mis dedos apenas pueden seguir el ritmo.

Durante las horas siguientes, leemos y escribimos en un cómodo silencio, deteniéndonos de vez en cuando para besarnos, reírnos, comer un tentempié o mirarnos como si no nos creyéramos lo que está pasando.

—Hummm — murmura River, leyendo un grueso tomo en tapa dura llamado El tejido de la realidad —. Aquí dice que los árboles, las cuevas, las piedras y las cascadas pueden ser portales interdimensionales. Eso me rompe los esquemas porque este otro libro — levanta otro tomo en tapa dura, este llamado Mecánica cuántica y el cosmos — dice que los agujeros negros son el único conducto posible entre los universos paralelos. Todo es muy confuso. Cada uno postula una teoría distinta.

Cierro la tapa de mi portátil.

—Aunque nos leyéramos todos los libros de la Tierra, nunca sabríamos con seguridad qué está pasando ni cómo funciona esto. La única evidencia que tenemos es lo que estamos experimentando justo ahora. Lo que dicen los libros podría ser importante, sí, pero también las historias de las que hablan en los foros, y lo que Bridget nos contó sobre su cliente. Te prometo que voy a hacer todo lo posible por terminar este libro para que vuelvas a casa. Si ha pasado antes, puede volver a ocurrir.

—Lo sé — murmura River, ahuecando la almohada —. Espero que no estés demasiado agobiada. Ojalá pudiera hacer yo algo… Oye, escucha esto: «Cada vez que se produce una transición cuántica (en cada estrella, en cada galaxia, en cada rincón remoto del universo), nuestro mundo local, la Tierra, se divide en un sinfín de copias de sí mismo».

—¿Un sinfín? — pregunto —. Ostras. Entonces, ¿podría haber más versiones nuestras por ahí? Ay, Dios, ¿y si hay un autor en otro universo escribiendo sobre nosotros? ¿Canalizándonos? ¿Y si hay un universo en el que el pelo no se me encrespa en cuanto nota agua cerca? ¿O un universo en el que sé decirle a la gente que no sin morirme de remordimientos por haber puesto límites?

River se ríe.

—Me gusta. — Se rasca la barbilla —. Me gusta la idea de que haya otras versiones de mí en algún sitio, en el éter. Tomando otras decisiones, mejores y peores. Creciendo en direcciones distintas, pero todas desde la misma raíz. Como una sola vida no es suficiente para que un humano experimente todas las posibilidades, el universo se divide para facilitárnoslo. No sé. Es consolador. Me gusta.

—A mí también me gusta — digo, apoyando la cabeza en su hombro —.

Pero la idea me da anemoia.

—¿Qué es eso?

—Es una palabra griega. Es cuando sientes nostalgia por un tiempo que no has experimentado, una vida que no has vivido. O varias vidas, en este caso.

— Anemoia. Ajá.

River cierra el libro y me planta un beso en la punta de la nariz.

—Bueno, si tú y yo existimos en varios universos, espero que estemos juntos en todos ellos, divirtiéndonos tanto como lo hacemos ahora.

Me sorprende un sentimiento tan inesperadamente dulce en un hombre tan decididamente poco sentimental. Me siento y lo miro, inquisitiva.

River parpadea entonces, como si lo que acaba de decir hubiera calado en él. Se pasa una mano por la barba y se ríe, con las orejas un poco rojas.

—Follando — se corrige rápidamente —. Me refería a que espero que todas nuestras otras versiones en el universo estén follando.

—Oh, seguro que sí. — Sonrío, saliendo del embrollo de sábanas y subiéndome a horcajadas sobre él. Le rodeo el cuello con los brazos y me inclino para susurrarle al oído —. Y apuesto a que también se les da muy bien.

***

Los días siguientes, River y yo nos sumimos rápidamente en una improbable pero deliciosa rutina. Comenzamos el día con sexo, con la excusa de que el tiempo que tenemos para disfrutarnos es breve y de que deberíamos hacer limonada mientras tengamos limones. A veces el sexo es lento y deliberado, otras es casi salvaje, pero siempre me hace sentir más audaz, más libre y más feliz de lo que creía posible. Después, River hace café para él y una taza de té para mí. El té está siempre malísimo y yo nunca me lo callo, pero se esfuerza mucho en hacerlo bien, y eso, por alguna razón, hace que me den ganas de llorar.

Después, a veces tras recoger a Achuchón, a menudo solo y en dos ocasiones con Aled el bibliotecario, River pasea por los edificios, museos y galerías de Londres. Mientras él no está, yo escribo. Escribo y escribo y escribo como una bellaca, permitiéndome disfrutar de la sensación de ser un conducto para una historia que está ocurriendo en un mundo que no es el mío. Y después, al final de la jornada, justo cuando creo que ya no me queda nada por dar, River regresa de su excursión y no sé cómo, milagrosamente, me aborda una nueva oleada de energía que me empuja a lanzarme sobre él tan pronto como aparece.

Hoy, cuando vuelve, no puedo abalanzarme porque lleva un paquete pulcramente envuelto en papel plateado.

—¡Oooh! ¿Has comprado un soldadito de plomo? ¿Una guía de los puentes de Londres? ¿O es una de esas máscaras de cartón del rey Carlos?

Porque me temo que eso no va a funcionar conmigo.

—Es un regalo para ti.

—¡Oh!

Me levanto del escritorio de un salto y acepto el regalo.

—Me gusta el papel plateado — le digo.

—Pensé que te gustaría.

Lo desenvuelvo rápidamente y contengo el aliento al descubrir uno de los cuadros al óleo más conmovedores que he visto nunca. Es la silueta de una pareja que se abraza desesperadamente, envuelta en un torbellino de estrellas plateadas contra un cielo azul tan oscuro que es casi púrpura. Están suspendidos, como de otro mundo.

—Vaya — suspiro, poniendo una mano con suavidad en el ornamentado marco de peltre —. Es precioso.

—Me recordó a nosotros.

Lo miro con sorpresa, porque es innegable que la pareja representada en esta imagen tiene algo mucho mucho más profundo que una relación temporal sin compromiso.

Como si me leyera la mente, River se ruboriza un poco, como ayer cuando me dijo que esperaba que estuviéramos juntos en todos los universos posibles.

—Sí. Lo vi en la biblioteca; era parte de una exposición — me explica, quizá con demasiada despreocupación —. Es de una artista local, Delphie no sé qué. Y… ¡Ah, sí! Me recordó la absurda ceremonia de manifestación que me obligaste a hacer.

Aparto la mirada, sintiéndome tímida de repente.

—Me encanta — le digo, apoyándolo en mi mesa, junto a mi portátil.

Él me mira un instante y asiente.

—Me encanta que te encante.

—Me encanta que…

No llego a terminar la frase porque volvemos a colisionar el uno contra el otro; ahora conocemos mejor nuestros cuerpos, pero no es menos emocionante. Cuando River me echa hacia atrás para darme un beso al estilo de Hollywood, noto que desaparece la tensión que se me había acumulado en los hombros mientras estaba encorvada ante el escritorio.

—Deberían prescribir esto para el estrés — murmuro, quitándome el vestido mientras River me sube a la mesa de la cocina y entierra la cara en mi cuello —. Es mágico.

—Tú eres mágica — declara, apresándome el lóbulo entre sus dientes mientras le quito la camisa —. Tu hombro — me lo besa — es mágico.

— Deja un rastro de besos en mi vientre y mi cuerpo entero se pone alerta —. Tu ombligo es mágico.

Busco en sus pantalones vaqueros y tomo en mi mano su duro grosor. Se le escapa un sonido desesperado que me hace sentir más poderosa que nunca. ¡Mírame! La Gertie de hace dos semanas jamás habría pensado que podía sentirse así, que podía experimentar esta absoluta… dicha.

Va a ser duro renunciar a ella.

—Gírate — me ordena River —. Apóyate en la mesa. Hay una vista muy concreta en la que no he dejado de pensar desde el día en que llegué aquí.

—Oh, River — digo con fingido desmayo —. ¿Estás sugiriendo que crees que mi culo también es mágico?

River se ríe con ganas mientras me baja la ropa interior y retrocede un instante.

—¿Qué haces?

—Tomo nota mental. En realidad, es más un álbum de imágenes mentales. Una colección, por así decirlo. Para mi propia exposición personal, titulada: «Un trasero sin igual. Retrospectiva».

Entonces soy yo la que me río.

Me agarra la cintura con fuerza y después ya no nos reímos ni hablamos más. Solo somos una autora romántica y un vaquero dándose un homenaje.

Un gran gran homenaje.