Capítulo treinta y cinco
La señora Casablancas llama de nuevo a la puerta, con fuerza. Su voz aguda atraviesa la cerradura.
—Joder — protesta River cuando abandono sus brazos. Se pasa una mano por el cabello, alborotándoselo —. No le hagas caso.
—A la señora Casablancas es imposible no hacerle caso — gruño —. Ya lo sabes.
En respuesta a la llamada de su dueña, Achuchón comienza a ladrar, derrapando por el suelo y brincando ante la puerta como si intentara dejarla entrar él mismo.
—Jodeeeeeer — murmuro entre dientes mientras salgo del cuarto de baño para abrir la puerta. River me sigue, por desgracia, con los vaqueros puestos.
Lo primero que veo es que la señora Casablancas tiene en la mano el sombrero recién reparado de River. Lo segundo es que parece haberlo…
decorado. Ahora hay una gruesa cinta verde alrededor del ala cubierta de lentejuelas verdes y brillantitos naranjas.
Me quedo boquiabierta.
—Es ideal, ¿verdad? — me pregunta, entrando apresuradamente en el apartamento. Se inclina para darle una palmadita a Achuchón, pero él sale corriendo de nuevo hacia River. Este extiende los brazos y el perro se le sube de un salto, a la primera. Se me ocurre que deben de haberlo practicado —. Oh, tienes un nuevo favorito, ¿eh, Achuchón? — dice, antes de dirigirse a River y entregarle el sombrero, orgullosa —. He arreglado el roto, pero se me ocurrió alegrarlo un poco. ¡Ponerle un poco de picante!
¿Qué te parece, River? ¿Te gusta? Sé que te gusta.
Él levanta su adorado Stetson, que ahora brilla como un árbol de navidad en una discoteca el 4 de Julio.
Tiene la mandíbula tensa. La excitación anterior se ha evaporado por completo.
Mierda.
Traga saliva, hinchando un poco las fosas nasales.
—Es realmente bonito, señora Casablancas — responde al final, con un pequeño temblor en la voz. Oh, Dios. ¿Va a llorar? ¿Esto ha sido finalmente lo que ha conseguido que el gran River Oakley se derrumbe, el espontáneo trabajo de embellecimiento de la señora Casablancas? Se rasca la nuca —.
Yo… Esto es…
—¿Impresionante? — sugiero, porque está claro que necesita que le echen una mano —. ¿Maravilloso?
—Impresionante y maravilloso — consigue decir River, aunque su tono es mucho más agudo que su habitual voz de barítono. Me doy cuenta entonces de que el temblor de su voz es en realidad risa contenida. En respuesta, aprieto los labios con fuerza.
La señora Casablancas hace un ademán, restando importancia a los halagos. Se acerca a River y le quita a Achuchón, extremadamente reacio, de los brazos.
—Es mi trabajo, cielo. No olvides traerme los pantalones vaqueros cuando tengas un momento. Tengo un montón de ideas para ellos. Y no es necesario que me pagues ahora el sombrero, ¿de acuerdo? Acordaremos un precio cuando haya terminado también los pantalones. — Nos lanza a ambos una mirada benevolente antes de marcharse con Achuchón de regreso a su apartamento, tarareando alegremente.
Tan pronto como desaparece, River se tapa la boca con las manos. Sus ojos son dos círculos enormes. De inmediato estalla en carcajadas, doblado por la cintura, con los hombros temblorosos.
—¿Qué… qué ha hecho?
— Shhh — susurro, riéndome —. Ay, por Dios.
Me acerco corriendo, me pongo de puntillas y le quito el sombrero de la cabeza. Lo inspeccionamos juntos. Entre las lentejuelas verdes y los brillantitos naranjas hay unas resplandecientes cuentas negras con forma de corazón.
River pasa la mano sobre el fieltro.
—Ha hecho un buen trabajo con el roto.
—Ah, mira, ¡la decoración está solo en la cinta! — señalo —. ¡Fiu!
Puedes quitársela cuando te marches. Nadie se enterará nunca de lo que ha pasado aquí hoy.
River me coge el sombrero de la mano y vuelve a ponérselo en la cabeza.
—¿Por qué iba a querer quitársela? ¿Crees que no puedo lucir un poco de picante?
Entonces se gira, con las manos en las caderas y esa sonrisa que muestra sus paletas separadas. Me río, y cuando me mira, su sonrisa desaparece lentamente mientras la tensión de hace apenas unos minutos en el cuarto de baño regresa a toda pastilla.
—Creo que quizá deberíamos… continuar por donde lo dejamos — le digo. El deseo hace que me tiemble la voz —. Si te parece bien, por supuesto.
Una sonrisa se extiende despacio por la cara de River. Me desliza una mano por el cuello, sus dedos danzan por la piel desnuda de mi clavícula.
Después, se inclina y me susurra al oído:
—Voy a quitarte esos buenos modales ahora mismo.
Y con esa frase directa al top de mi lista «Cosas más excitantes que me han dicho», River me agarra el vestido aferrándolo con las manos cerradas, me lo saca con impaciencia por la cabeza y lo lanza al sofá. Sus manos se mueven rápidamente sobre la tela de mi sujetador. Me lo quita con pericia y entierra la cara en mis pechos, haciendo un sonido que parece de puro alivio. Después retrocede y se quita la camisa, y yo inhalo bruscamente. Ahí está, solo con los pantalones vaqueros. Justo como el día que apareció aquí.
¿Cómo pueden haber pasado tantas cosas desde entonces? ¿Cómo ha cambiado todo tanto?
River me mira despacio, me estudia deliberadamente, como si admirara una obra de arte.
—Eres preciosa — murmura, con la respiración ligeramente entrecortada.
Pienso en mi teta izquierda, que es un poco más grande que la derecha.
En las dos cicatrices gemelas en mi vientre, de la operación de endometriosis hace seis años. En el hecho de que mis bragas no sean de encaje ni sexis, sino de sencillo algodón negro, de Marks me deja sobre las sábanas y me mira como si quisiera devorarme de un trago rápido.
Me pone las manos en los muslos y suspira al apretar mi carne.
—Dime qué quieres. — Se muerde el labio. Tiene los ojos brillantes —.
Quiero oírtelo decir. En voz alta.
Nadie me había preguntado eso antes. Qué quiero. Si lo hubieran hecho, ni siquiera estoy segura de haber conocido la respuesta. Pero descubro que ahora lo sé. Lo sé muy bien.
—Con la boca — jadeo, elevando la voz para que pueda oír mis palabras sobre el resto de los sonidos que emito casi sin creerme que sea yo, Gertie Bickerstaff, la que los hace.
—Joder, sí.
River gruñe mientras ambos intentamos quitarme la ropa interior.
Cuando por fin posa sus labios hambrientos en mí, aplastando la lengua y lamiéndome rítmicamente como si yo fuera un helado, y él, un hombre muriéndose de una insolación, pierdo el control.
—Más rápido — jadeo, impaciente —. Más fuerte.
Obedece, curvando la lengua y moviéndola cada vez más rápido.
Se aparta un momento.
—Eres una puta preciosidad — dice de nuevo —. De verdad.
Y después, cuando estoy a punto de preguntar, desliza los dedos en mi interior, sin dejar de mirarme.
—Sí — gimo —. Así. Oh, Dios, así.
—¿Sí? — Mueve el dedo hacia dentro y hacia afuera en un movimiento lento y profundo.
—Sí. Sí.
Asiente despacio mientras ve cómo me retuerzo en sus manos. Tiene los vaqueros a reventar y el Torso en alta definición. Entonces sonríe; es una sonrisa cálida, cercana y muy presente.
—Gertie — gime, y su voz suena tan grave, tan ronca y tan llena de deseo genuino que me río a carcajadas. Los dedos de los pies se me tensan al ritmo de los dedos de River, y estos se mueven al ritmo de los latidos de mi corazón.
—Oh, Dios — gimo —. Ay, por Dios.
Y entonces sucede. Viajo a otro lugar. Escapo de este mundo, fuera de esta habitación, pero todavía con River, que me mira con deseo mientras sus dedos entran y salen de mí como si fuera un virtuoso tocando un instrumento.
—Gertie — dice él de nuevo —. Cariño.
Un calor incandescente se me extiende por las extremidades, tensándome el vientre y endureciéndome el cuerpo entero.
Con las manos temblorosas, busco la hebilla de su cinturón y le desabrocho la bragueta. Él se quita los pantalones vaqueros, que ya no pueden seguir reteniéndolo. Contengo el aliento al verla. Es una preciosidad. Gruesa y firme, dura, caliente y… preciosa.
No sé si mi cuerpo había tenido alguna vez tanta hambre de algo. Lo deseo. Lo necesito. Es una sensación nueva. Me siento lasciva y descarada, pero, en cierto sentido, total y completamente yo.
Cambia nuestra posición con agilidad, de modo que él se sienta contra el cabecero y yo lo monto a horcajadas. Me sostiene las caderas y comienza a deslizarme despacio sobre él, pero no es suficiente. No quiero esperar más.
Me coloco sobre él; el corazón me late con fuerza en las extremidades.
—Despacio — me pide —. Tenemos toda la noche.
Niego con la cabeza.
—Lo quiero ya. Te necesito ya.
Curva los labios en una sonrisa y se le escapa un pequeño gemido de deseo.
—Bueno, entonces toma lo que necesites, Gertie.
Y lo hago. Desciendo sobre él despacio, deliciosamente centímetro a centímetro. Dios mío. Comienzo a moverme con cautela, tanteando, acomodándome a su tamaño. Luego, mientras sus manos me dibujan un camino por los pechos, me muevo un poco más rápido, encontrando el ritmo que quiero. Suspiro cuando llega al fondo, cuando me llena de una forma que no sabía que había echado de menos hasta este preciso instante.
—Dios — murmura River, frotándome el pezón con el pulgar y succionándome el cuello —. Eres increíble. Estaba seguro de que lo serías.
—¿Sabes? Creo que esto se nos da muy bien — jadeo mientras él se echa hacia atrás, observando cómo me muevo sobre él con las pupilas tan grandes y brillantes como si estuviera drogado.
Entonces nos miramos y sonreímos como si compartiéramos un secreto.
El sexo nunca había sido así para mí: estoy completamente relajada, totalmente presente. Y, a juzgar por sus reacciones y por la incredulidad con la que me mira mientras me muevo sobre él, River tampoco había experimentado esto nunca.
Se incorpora un poco, agarrándome el culo con las manos. Cuando me levanta sobre sus caderas, su fugaz ausencia hace que me den ganas de gritar.
—Vamos — gimo mientras su dedo traza círculos perezosos sobre mí.
Me mira con ojos traviesos —. Ya.
Inclina las caderas y, cuando vuelve a bajarme sobre su cuerpo, me derrito. Me deshago del todo.
—Oh, Dios, eso me gusta — jadeo, dejando que él marque el ritmo —.
Justo así.
—Tú no puedes ser real, Buhito — me dice con voz ronca.
Sus manos están por todas partes, como si tocara un concierto para piano; su respiración se acelera, me araña los labios con los dientes y su lengua y su barba danzan por la parte más sensible de mi cuello. Paso ambas manos a través de las suaves ondas de su cabello. Echo la cabeza hacia atrás mientras nos movemos más rápido. Somos un embrollo de extremidades y labios en perfecta concentración: terciopelo, seda, sudor y calor, jadeando y gimiendo y rozando y…
—¡Oh, Dios mío! — grito, un sonido gutural que me sale del vientre cuando un placer eléctrico comienza a florecerme en las piernas.
River gime. Me agarra el trasero con fuerza y su cuerpo se tensa mientras nos movemos juntos, balanceándonos y curvándonos el uno hacia el otro, cada vez más deprisa, atrapados en una única realidad compartida.
¿Cómo? ¿Cómo puede ser tan bueno? No lo comprendo. River empieza a mover los dedos con destreza, en círculos rápidos y precisos, justo donde los quiero.
—¡River! ¡Ay, Dios, River! — gimo cuando la sensación se intensifica, luminosa y dulce.
—Estoy contigo, Gertie. — Me muerde el hombro con desesperación —.
Estoy justo aquí. Dios.
Llegamos al orgasmo con apenas unos segundos de diferencia. Su dureza palpita en mi interior y mi cuerpo entero es un vibrato de sensaciones. Se oye un ruido, una especie de grito gutural y jubiloso, y tardo un instante en darme cuenta de que ha salido de mi boca. Abro despacio los ojos para descubrir que River me está mirando, jadeante, con una media sonrisa en las comisuras de sus labios.
Guau.
Guau.
Tardamos unos minutos en recuperar el aliento porque, por alguna razón, de repente no podemos dejar de reírnos. Somos como dos amigos que acaban de enterarse de que han ganado la lotería, como unos adolescentes que han encontrado un alijo de licor escondido en la casa del vecino y están nerviosos pensando en toda la diversión ilícita que eso les va a proporcionar. Somos como dos desconocidos interdimensionales que han descubierto que son muy muy compatibles sexualmente.
River me sonríe, con los ojos rebosantes de un asombro que estoy segura de que refleja el mío. Se ríe un poco, incrédulo.
—Oye, cuando dijiste: «Solo una vez»…
—Oh, era mentira. — Entierro la cabeza en su cuello y le restriego la mejilla como un gato, deslizándole las yemas de mis dedos por la amplia espalda. Me aparto para mirarlo —. Oye, cuando tú dijiste: «Por curiosidad»…
Le brillan los ojos.
—Me temo que ahora tengo todavía más curiosidad.
—Yo también. — Apoyo la frente en la suya —. Creo que quizá será necesario investigar más.
Me rodea con los brazos y me aprieta contra su cuerpo en lo que me parece el abrazo más sensual y agradable que me han dado nunca.
—Esperaba que dijeras eso.