Mi amor entre páginas Capítulo treinta y cuatro #2
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Capítulo treinta y cuatro #2

Pienso en marcharme del baño y dejarlo allí, pero entonces me giro.

—Que no — digo, empujándolo con firmeza para que se siente en el borde de la bañera.

—¿Qué haces? — me pregunta, mirándome con sorpresa.

—Tú me dijiste que debería decir lo que de verdad pienso en lugar de quedarme a un lado y esconderme tras la excusa de la educación. — Agarro el paquete de algodón y saco uno nuevo —. Si alguien se hace una herida, otros se la curan, River. Eso es lo que se supone que ocurre. Y si tú no lo entiendes, por culpa de tu insensible y emocionalmente atrofiado padre, no te ofendas, pero quizá sería buena idea que acudieras a terapia.

River levanta las cejas.

—Además, estás haciendo un trabajo horrible, con esas manazas.

Relájate, siéntate tranquilo y deja que te limpie la herida.

Él cierra la boca, flexionando la mandíbula una y otra vez. Termino de limpiarle la herida y le unto gel de árnica.

—Quítate los pantalones vaqueros para que pueda verte la pierna — le pido con impaciencia.

Sin una palabra, River se los quita.

Después de limpiarle el rasguño, abro el envoltorio de un pequeño apósito de algodón y se lo coloco con cuidado en la rodilla. Luego me incorporo y le pongo otro en la mandíbula, de modo que la herida no parece nada más que un corte que se ha hecho afeitándose.

—Ya está — le digo cuando termino —. ¿De verdad ha sido tan duro?

Espero una respuesta. Él permanece en silencio. Mientras lo miro, se me ocurre que ahora su rostro me resulta totalmente distinto con respecto a la impresión que me produjo el día que apareció en mi apartamento. Ya no es solo el rostro atractivo, arrogante y perfectamente simétrico del villano de mi novela romántica. Es el rostro de River, tal como he llegado a conocerlo, a vivirlo. Ahora está lleno de reminiscencias: cómo se le iluminan los ojos cuando me llama Buhito, cómo le sobresale la mandíbula cuando se concentra, la cara de tonto que pone cuando intenta hacerme reír. Es una evocación de la serena sabiduría y ternura que ha empezado a dejarme ver, un rostro lleno de expresiones de las que he sido testigo y que quiero ver.

Me río para mis adentros porque nunca se me habría ocurrido que River Oakley pudiera ser tan… adorable.

Espera… ¿He dicho eso en voz alta? No. Claro que no lo he hecho. Pero River ha debido de intuir lo que estoy pensando porque de inmediato me

pone una mano en la mejilla y presiona contra ella su palma caliente.

Me detengo, temiendo moverme por si aparta la mano pero temiendo también lo que significa que no lo haga.

Observa mis labios y parpadea despacio, y al final me mira a los ojos.

Me pone la otra mano en la mejilla y traza un círculo con el pulgar debajo de mi oreja.

—Gertie — susurra.

Cuando me ladea la cabeza ligeramente, tomo aire con brusquedad e, incapaz de contenerme, me apoyo en su palma como un gato.

Empiezo a notar mis latidos en los oídos.

—No podemos — murmura —. Sabes que no podemos. Me marcharé pronto. No volveré nunca. No sería sensato.

Trago saliva con dificultad.

—Empiezo a pensar que la sensatez está sobrevalorada.

Hace un gesto señalándonos a ambos.

—Dijiste que debíamos olvidarnos de lo que había pasado en el hotel de Little Crumpet.

—Lo dije porque pensé que tú te arrepentías de besarme. Estabas muy raro después.

—Estaba raro porque me desconcertó cuánto deseaba seguir besándote.

—¿En serio? Pensaba que me habías besado por pena. Porque yo estaba muy jodida por Henry.

Levanta la barbilla.

—Me estaba dejando llevar. — Retrocede y levanta las manos en el aire —. Por el amor de Dios. Creo que eres preciosa, Gertie.

—¿Preciosa? ¿En serio? ¿Yo? ¿Yo te gusto?

Asiente.

—Tú. Toda tú. Cada parte de ti. Me gusta tu carita guapa y tu cuerpo suave y tu cabello y ese culo. Por Dios, me gustan tus cejas y tus codos y tu capacidad pulmonar, que es mayor de lo normal.

—Guau. — Sonrío —. ¿Mis codos? — Me miro los codos, que me parecen como todos los demás codos.

—Gertie, me la pusiste como una piedra en un lago público. Soy un hombre que normalmente posee mucho más autocontrol. Pero… esto…, nosotros… No quiero que sufras. La verdad es que tú no tienes mi experiencia. No quiero que sientas…

—Eso suena un montón a que crees saber lo que es mejor para mí — lo interrumpo, sintiendo un resentimiento inmediato. Me detengo, sorprendida por la facilidad con la que digo la verdad últimamente —. Mira, puede que no sea tan «experta» en relaciones sin compromiso como el viejo rompecorazones de River Oakley, pero te aseguro que no voy a pillarme. La realidad es que acabo de pasar por una ruptura. Sé que te marchas. Tú sabes que te marchas. Y la cuestión es que esto no es como lo mío con Henry. Tú y yo no tenemos una historia juntos; apenas nos conocemos. Eso significa que no voy a derrumbarme cuando haya terminado. — Tomo aliento profundamente —. Y sé que va a terminar. Así que, si lo único que se interpone en tu camino es el estado de mi tierno corazón cuando te marches… Estás siendo bastante arrogante, River. No necesito que te preocupes por mí. No quiero tu preocupación.

Levanto la barbilla y lo miro a los ojos con firmeza.

River frunce el ceño ligeramente.

—Entonces ¿qué quieres, Gertie?

—Creo que tú sabes lo que quiero — murmuro, acercándome un paso a él —. No he conseguido pensar en otra cosa desde que nos besamos. Quiero saber cómo es estar juntos. Tú y yo. Solo una vez. Por…

—Por curiosidad — termina River.

Nos quedamos así, a apenas unos centímetros de distancia. Tomo aire, temblorosa.

Él gruñe y colisiona conmigo de repente, harto de esperar, de contenerse, de intentar ser sensato por mí. Sus manos me buscan la espalda y me atraen hacia su cuerpo. Sus labios se encuentran con los míos en un beso apasionado y tierno que es justo, justo como debería ser. Empiezan a temblarme las piernas y me apoyo en él con todo mi peso, desesperada, deseando más.

Me abre los labios y su lengua acaricia la mía, y yo ahogo un gemido en su boca. Él responde con un gruñido grave y me coloca sus manos en el culo para levantarme. Lo rodeo con las piernas instintivamente, como un koala abrazado a un árbol. Con un paso firme, me inmoviliza contra la pared del baño. Su pecho está tan pegado al mío que no sé a quién pertenecen los latidos. Mantiene una mano en mi trasero mientras me enreda la otra en el pelo, clavándome los dedos en el cuero cabelludo con

suavidad, pero con fuerza suficiente para que un hormigueo me recorra la columna.

—Hum — murmuro en su boca. Le deslizo la lengua por el labio inferior y lo succiono, y la sensación es incluso más excitante y suculenta que la fantasía que no ha dejado de reproducirse en bucle en mi cabeza desde que regresamos de Little Crumpet. Lo noto duro, y muevo las manos para deslizar los dedos por debajo de la cinturilla de sus bóxeres.

Y entonces, para mi consternación, llaman enérgicamente a la puerta.

—¡Gertie! ¡River! ¡Abrid la puerta! ¡Tengo una maravillosa sorpresa!