Mi amor entre páginas Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Ahora que Cassidy ha vuelto, no quiere callarse; tiene tanto que contarme que apenas he dejado de escribir desde ayer. Cuando Ethan le propuso matrimonio, salió corriendo y le rompió el corazón delante de todo el pueblo. Y justo cuando estaba a punto de marcharse de Bedlam Creek para siempre, descubrió que River había desaparecido. Habían encontrado su camioneta en el Nido del Ruiseñor, con el teléfono abandonado en el salpicadero. No había ninguna nota, no había avisado a nadie ni dejado instrucciones para el rancho, lo que era muy impropio del River Oakley que conocían.

Cuando le cuento que en el libro ha desaparecido, que en Bedlam todos se preguntan dónde está, River se queda boquiabierto.

—Esto es una puta locura.

—¡Dímelo a mí! Me está derritiendo los sesos.

—Mierda. — Se pasa una mano por la nuca —. Deben de estar preocupadísimos por la subasta. Les prometí a mis trabajadores y a la gente del pueblo que estaría allí para comprar la tierra, sin importar el precio.

— Se calla un momento y se tira del lóbulo de la oreja —. ¿Alguien me…?

Bueno, ¿alguien parece echarme de menos?

Me río.

—Algunas de tus antiguas conquistas se han reunido para rezar por tu regreso e intercambiar historias sobre cómo les rompiste el corazón, aunque estoy segura de que, si te tuvieran delante, perdonarían tus indiscreciones.

River curva la boca en una sonrisita traviesa.

—¿Sí?

Cuando pienso en que las exparejas de River quieren que vuelva a casa, me atraviesa un afilado dardo de celos.

—Cassidy te echa de menos — le cuento, levantando la vista del teclado para mirarlo a los ojos —. Te echa mucho de menos, en realidad.

River ladea la cabeza, incrédulo.

—¿Cassidy me echa de menos? No me lo creo. Debe de ser uno de esos detalles borrosos. Creo que le viene bien que yo no esté por allí. Si yo desaparezco, si me dan por muerto, ella se quedará con más del cuarenta por ciento del rancho Oakley.

—No. — Niego con la cabeza —. Cassidy no piensa eso. Su naturaleza no es tan maquiavélica.

River se frota la frente con el canto de la mano, poco convencido.

—Ahora mismo, mi conexión es muy clara — continúo —. Es tan nítida como el primer día que Bedlam Creek apareció en mi mente. Cassidy ha estado pegando carteles de «DESAPARECIDO» por todo el pueblo. Ha ido a ver al sheriff. Ha organizado una búsqueda para esta tarde. ¿Por qué iba a hacerlo si no estuviera genuinamente preocupada por tu bienestar? En realidad, creo que a ella misma la ha sorprendido lo preocupada que está.

— Me encojo de hombros —. Eso es lo que estoy percibiendo, al menos.

River desenfoca la mirada un momento, pensativo, con una expresión indescifrable en la cara.

—Debería dejarte en paz — me dice cuando regresa de su ensoñación.

Guarda en la bolsa de tela los libros de la biblioteca, para devolverlos —.

Ánimo con la escritura. Tú puedes.

—¡Gracias! Saluda a Aled de mi parte, ¿quieres? Oh, y diviértete con Achuchón.

Me hace mucha gracia que la señora Casablancas haya conseguido que el duro River Oakley pasee a su travieso perro dos veces al día mientras Desmond y ella se dan un homenaje tranquilos.

Cuando River me aprieta el hombro para animarme, tengo que contenerme para no agarrarle la mano y besarle la suave piel de la muñeca.

En el momento en que Cassidy regresó, supuse que ella y mis personajes me distraerían y dejaría de pensar constantemente en cómo sería volver a besar a River. Y no solo besarlo. Pero no ha habido suerte. Aunque oigo a Cassidy con claridad y puedo trasladar su historia al papel sin esfuerzo, River sigue presente en mi mente. Cada segundo que no escribo, las preguntas me acuden a la cabeza, bailando, haciendo gestos teatrales y gritando para que les dé respuesta. Y cuando empiezo a considerar esa respuesta, me entran los calores. Y me pongo…, bueno, cachonda. Que esto me pase espontáneamente no es habitual en mí, y tengo que poner en

práctica todo lo que aprendí para interpretar a una asesina del condado de Cook en la representación de Chicago del campamento de verano de teatro para que no se me noten en la cara los pensamientos ilícitos que me provoca River. Y necesito todavía más fuerza de voluntad para no lamerle la mejilla, como hace Achuchón.

Tan pronto como River cierra la puerta, vuelvo a mirar mi manuscrito. El remordimiento me atenaza el pecho porque lo que no le he contado a River es que Cassidy ha asumido el mando en su ausencia para la rutina diaria del rancho. Y no solo eso, sino que lo está haciendo genial, como siempre sospeché que ocurriría. Al principio, los trabajadores se aliaron contra ella porque, aunque es la segunda mayor accionista del negocio después de River, nunca antes había trabajado en un rancho. Una noche, se reunieron en el bar para debatir qué querría River que hicieran. Pero cuando descubrieron lo fuerte y lista que era Cassidy y comprobaron que estaba tan dispuesta como River a ensuciarse las manos con ellos, entendieron que ella era su mejor opción para mantener las cosas a flote. Aunque reacios, empezaron a abrirse a ella. Como su hermano sigue desaparecido, parece que Cassidy está pensando en usar el dinero de su herencia para comprar en la subasta la tierra que hay detrás del rancho Oakley.

Sé que River debería saber todo esto. El rancho Oakley es su trabajo, su vida entera, y tenía sus propios planes para esa tierra. Pero también sé que, si se lo cuento, estará preocupado todo el tiempo que le quede aquí, a pesar de que no puede hacer nada al respecto. Ahora mismo, para mí es más importante terminar este libro que ser totalmente sincera con River. Si le cuento los planes de Cassidy, su reacción podría desbaratar mi progreso. Y

si no progreso, las probabilidades de enviarlo a casa disminuirán rápidamente. Por primera vez en mucho tiempo, he decidido confiar en mi instinto.

Me paso las horas siguientes sentada ante mi escritorio, escribiendo con los auriculares puestos. Es extraño saber que los sucesos de Bedlam son reales o casi reales, al menos desde el punto de vista de Cassidy, y que eso no ha sido un obstáculo, como yo imaginaba. Me hace sentirme relajada, casi como si transcribiera una serie de televisión. Sí, puede que esté canalizando algo que está ocurriendo de verdad en un universo paralelo, pero el modo en que lo vierto en el papel, lo que decido incluir, el lenguaje

que uso, la perspectiva a través de la que narro lo que sucede… Eso es todo mío. Y se me da bien.

Casi no puedo creerme que, durante todos estos años, haya estado maravillosa, milagrosa, absurdamente conectada a través del espacio y del tiempo con una Cassidy Oakley que es muy real, compartiendo las historias de su mundo y de su corazón. ¿Cómo puede ser eso cierto? ¿Y por qué soy yo, de entre toda la gente posible, la afortunada que puede hacerlo?

Mis dedos vuelan por el teclado, propulsados por mi propia curiosidad a través de los capítulos. Frase a frase, dejo que la historia se desarrolle en el papel y doy gracias a las estrellas por tener la suerte de estar escribiendo de nuevo.

Lo echaba muchísimo de menos.

***

Cuando River regresa a última hora de la tarde, con Achuchón trotando a su espalda, me ruge el estómago, tengo los brazos rígidos y los dedos agarrotados y con calambres, pero he escrito miles de palabras más de las que esperaba. Saludo a River con la mano y contengo el aliento, horrorizada, cuando veo que tiene un pequeño corte en la mandíbula, rodeado de un moratón, que se oscurece rápidamente. Se ha rasgado la rodilla de los pantalones vaqueros y debajo se ve un feo arañazo.

Corro hacia él, olvidándome del rugido de mi estómago y del dolor de mis dedos.

—¡Mierda! ¡River!

—Estoy bien — me asegura, lanzando al sofá lo que parece una bolsa de tela llena de libros de la biblioteca.

—¡Estás sangrando! — grito. Lo agarro de la mano y me lo llevo al baño directamente. Achuchón nos sigue con curiosidad —. ¿Qué te ha pasado?

—Achuchón se soltó de la correa y salió disparado hacia la carretera.

Conseguí detenerlo, pero, mientras intentaba llevarlo hacia el césped, no vi un enorme socavón en mi camino. — Se pone superserio —. Por poco aplasto a Achuchón.

Miro al perro. Está haciendo pequeñas piruetas en el suelo del cuarto de baño con la lengua fuera, como si acabara de vivir la mayor aventura de su vida, lo que supongo que es cierto. Ha disfrutado de un breve momento de

gloriosa libertad y después ha sobrevivido a una experiencia cercana a la muerte.

—Sienta — le digo a River, empujándolo para que se siente en el borde de la bañera.

—¡Buen chico! — exclama River.

—¿Perdona?

Me señala a Achuchón, que se ha sentado en respuesta a mi petición.

—Aunque esta tarde se haya escapado, su comportamiento está mejorando. Ayer soltó mis calcetines después de que se lo pidiera solo dos veces.

Eso es bueno. Hace unos días tuvimos que abrirle la boca a la fuerza para quitarle los calcetines. River se rio porque las babas de Achuchón me dieron asco y después me contó como si nada cuántas babas de animal distintas veía trabajando en el rancho. Solo paró cuando empecé a sufrir arcadas.

Saco el kit de primeros auxilios del armario, lo dejo sobre el estante de cristal que hay encima del lavabo, lo abro y saco una botellita de antiséptico y un poco de algodón.

River hace un ademán para restarle importancia.

—Eso no es necesario, Gertie. Me daré una ducha. Así se limpiará solo.

No le hago caso. Impregno el algodón en antiséptico y se lo paso con suavidad sobre el arañazo.

—Deja que…

—Te he dicho que estoy bien.

—Estás sangrando. Solo será un momento…

—Déjalo — dice con brusquedad, levantándose y quitándome el algodón.

Se mira en el espejo y se limpia el corte con brusquedad, lo que provoca que sangre más —. Puedo hacerlo solo.

Levanto las manos en el aire.

—Vale. Por Dios, ¡cualquiera pensaría que es la primera vez que te ayudan!

Él resopla.

—¡Es solo un arañazo! Si se enterara de que estoy dejando que hagas tanto alboroto por un maldito arañazo, mi padre me daría una somanta de palos. Por Dios.