Mi amor entre páginas Capítulo treinta y tres
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Capítulo treinta y tres

—Maldita sea — digo cuando giramos en mi calle —. ¿Qué hace Henry aquí?

Está esperando en la puerta, tan atractivo como siempre, con una camisa blanca planchada y unos pulcros pantalones grises. Tiene las gafas de sol puestas, el cabello peinado de un modo despreocupado y las mangas subidas para mostrar esos maravillosos antebrazos.

—¿Quieres que me libre de él? — me pregunta River, abriendo la puerta del coche —. Porque sería un placer ha…

—No, no. No pasa nada. Estoy bien. Extrañamente bien, en realidad.

Bastante serena, de hecho.

Cuando llegamos a la puerta del edificio, digo, serena:

—Hola, Henry. ¿En qué puedo ayudarte esta bonita mañana?

Vale, quizá no tan serena.

Henry se quita las gafas de sol y mira a River de arriba abajo con una sonrisa arrogante.

—¿Ahora vivís juntos? Sí que os habéis dado prisa, Gertie, tengo que decirlo.

—¿Qué haces aquí?

Henry levanta las manos.

—Solo he venido a comprobar cómo estabas. Me alegra ver que estás bien.

—¿Eso es todo?

Henry se mete las manos en los bolsillos.

—Mira, siento no haberte contado lo de Marisol, ¿vale? Es solo que…

apareciste en la fiesta en el último minuto y ya la habían invitado a ella también. Afrontémoslo, Gertie, tú no eres conocida por ser capaz de controlar tus emociones. No quería estropearle el cumpleaños a Jim y por eso no te lo dije, pero iba a hacerlo, por supuesto.

—Qué valor tienes — gruñe River, y me doy cuenta de que no le había oído usar ese tono furioso desde el día en que llegó —. He conocido muchos gilipollas en mi vida, pero tú te llevas la palmera. La palma.

Henry pone los ojos en blanco.

—¿Podríamos hablar en algún sitio privado, Gert? Esto empieza a parecer Love Island, ¿no te parece?

—Por favor, deja que yo me lo lleve a algún sitio privado — me pide River, apretando los dientes.

—Ve subiendo, River. — Le ofrezco las llaves —. Estoy bien. Te lo prometo.

Aunque no parece nada satisfecho, mira a Henry con una mueca de disgusto y acepta las llaves. A continuación, entra en el edificio y cierra la puerta a su espalda.

—¿Qué quieres de mí, Henry? — le pregunto cuando nos quedamos solos.

—No me has contestado a los mensajes.

—¿Perdona?

—Te escribí para saber si estabas bien y no me has contestado. Tú siempre me contestas.

—Tengo el teléfono roto. Y estoy bien. En realidad, estoy mejor que bien. Acabo de volver del…

—Yo te aprecio — me dice Henry entonces —. Lo sabes, ¿verdad? Te aprecio mucho, Gert.

¿Me aprecia?

—¿Qué significa eso? — le pregunto, ladeando la cabeza.

—Significa que no entiendo por qué tiene esto que volverse amargo.

— Me mira con ternura —. Quiero que formes parte de mi vida, aunque no sea de un modo… romántico. No soporto la idea de perderte.

La indignación empieza a calentarme el pecho.

—¡Me pediste un tiempo, Henry! — farfullo —. Me pediste un tiempo en nuestra relación, aunque sabías que no tenías ninguna intención de retomarla. Me mantuviste en este horrible limbo porque tú querías contemplar todas las opciones mientras que yo no tenía ninguna.

—Eso es un poco hipócrita, ¿no te parece? — Henry se ríe, soltando todo el aire por la nariz —. ¡Tú también estás saliendo con otro! De hecho, te

divertiste mucho paseándote con él ante mis narices en el parador de Little Crumpet.

—Esa noche, en el hotel, te pregunté si había otra persona. Me dijiste que no. Me dijiste que necesitabas tiempo para pensar en nuestra relación, pero me mentiste. Tú sabías muy bien lo que estabas haciendo. Querías tenerme en el banquillo, como reserva, solo por si acaso. ¿Cuánto tiempo llevas viéndote con Marisol?

Entonces me doy cuenta de que tengo el estómago revuelto y los hombros encorvados. Estoy nerviosa. No de un modo liviano o emocionante, como cuando ocurre algo nuevo o inspirador, sino de un modo que me hace hiperconsciente de mi apariencia y de mis palabras, de si lo que digo es una tontería, algo inteligente, útil o demasiado intenso. Es una sensación pesada que me tensa de inmediato. Me froto la nuca. He estado tan consumida por la melancolía y la autocompasión que no me había dado cuenta de que, con Henry, también desapareció mi constante necesidad de prepararme para sus correcciones o humillaciones. Me pregunto si es por eso por lo que no lloré al verlo besando a Marisol. ¿Una parte de mí se sentía aliviada?

—¿Por qué te cabreas? — replica Henry, acercándose para ponerme una mano en el brazo —. Cálmate, por Dios.

Me lo quito de encima.

—Quizá porque estoy cabreada.

Lo fulmino con la mirada. Yo nunca lo hago, pero sospecho que se me da bien porque Henry se estremece un poco en respuesta.

—Este comportamiento no es propio de ti.

—¿Sí? ¿Y qué sería propio de mí? ¿Que me conformara con ser el segundo plato? ¿El premio de consolación?

Henry suspira y se pellizca el labio inferior entre el pulgar y el índice.

Me pregunto si está a punto de pedirme perdón, si va a disculparse de verdad, con sinceridad, por tenerme en el banquillo durante tanto tiempo, por haber sido tan taimado y haber permitido que pensara que volveríamos a estar juntos. Ahora está clarísimo que en realidad nunca tuvo la intención de volver conmigo. No quería que yo lo supiera porque así respaldaría su apuesta, por si cambiaba de idea o por si, más probable, lo hacía Marisol.

Quería que me quedara en el congelador, deprimida, y yo lo había hecho.

Habría seguido haciéndolo.

Tomo aire profundamente, lista para oír lo que tenga que decir.

Pero Henry no se disculpa. Para nada. Ni siquiera un poquito. Hace justo lo contrario, de hecho.

Cambia el peso sobre los talones.

—De acuerdo. Empecé a ver a Marisol antes de marcharme, pero tienes que entender que no estaba seguro de que ella fuera lo mejor para mí. Creí que quería algo más excitante, a alguien más independiente, pero Marisol…

puede que sea demasiado estimulante. Me gusta la energía que tú proporcionas a mi vida. La necesito. Tú me pones los pies en la tierra. Dime que todavía podemos ser amigos, Gertie.

Lo miro, parpadeando.

—Ya. Tengo que irme, Hen. Gracias por venir a ver cómo estoy. No es necesario que vuelvas a escribirme porque no te voy a contestar.

—¿Y las páginas? — me pregunta mientras subo los peldaños hasta la puerta.

Me giro despacio.

—¿Perdona?

Se mete las manos en los bolsillos.

—Supongo que no es el mejor momento, pero ya que estoy aquí… ¿Has tenido la oportunidad de leer mis páginas? ¿Aunque sea un vistacillo? Te agradecería cualquier comentario. Tengo una reunión con mi agente esta semana, así que…

Recuerdo las liminales semanas después de la muerte de Josie. Me dejé absorber por este hombre, usé su afecto para distraerme de lo que sentía.

Incluso dejé de ir a terapia porque pensaba que él haría desaparecer mi dolor, que, de algún modo, su amor y sus halagadores gestos románticos y el consuelo nocturno de su brazo a mi alrededor me sanarían. Ahora sé que no lo hizo. Él no consiguió que el dolor se fuera. Sigo teniéndolo todo aquí, está en cada célula de mi cuerpo, esperando a que alguien reconozca su existencia. Gritando para que alguien reconozca su existencia. Lo único que hizo Henry fue ponerlo en pausa.

Un rayo de sol cae sobre nosotros de repente, iluminando el rostro de Henry y obligándolo a entornar los ojos. Me doy cuenta entonces de que tiene una escama de piel seca, algo casi imperceptible, colgando de la punta de su nariz. Puaj.

—Espera aquí un momento — le digo, pulsando el botón para que River me deje entrar en el edificio.

Subo las escaleras corriendo; un repentino torrente de energía me catapulta hacia arriba, saltando los peldaños de dos en dos. River me espera con la puerta abierta. Entro rápidamente en el apartamento y agarro la carpeta que contiene el nuevo manuscrito de Henry. Después, me apresuro hacia la enorme ventana, la levanto de un tirón y me asomo, riéndome con nerviosismo. Él sigue en la acera, mirando la entrada del edificio como si esperara a que regresase en cualquier momento con las notas de la corrección.

—¡Eh, Henry! — exclamo hacia la calle. Y después, cuando levanta la mirada, grito, todavía más fuerte —: ¡Aquí tienes mi opinión sobre tus páginas!

Abro la carpeta y la sacudo sobre la acera, y las hojas caen por todas partes. Él levanta los brazos dramáticamente e intenta apresarlas mientras caen, aunque yo estoy segura de que tiene una versión guardada en tres direcciones de correo electrónico distintas y al menos otras dos copias impresas.

—¡Mis páginas! — grita —. ¡Mi trabajo!

—¡Métetelas por el culo! — grito con alegría.

A mi espalda, oigo que River se ríe a carcajadas.

—¿Por el culo? — murmura —. Voy a tener que llevarme eso conmigo a casa. Por el culo. ¡Ja! Es perfecto.

Cierro la ventana y comienzo a caminar de un lado a otro, llena de vibrante energía y… poder.

—¿Sigue ahí fuera? — le pregunto —. En realidad, no me importa, pero… ¿está? ¿Está ahí? ¿Parece cabreado?

River se asoma a la ventana.

—¡Se va corriendo! Corriendo de verdad. Ha abandonado las páginas.

Están por todas partes.

—Oh, Dios. Ahora bajaré a recogerlas. Puede que sea una verdulera que grita palabrotas por la ventana, pero no me gusta tirar basura a la calle.

—Una verdulera que grita palabrotas. — River alza una ceja —. Eso me pone.

—¿En serio?

Sonrío, intentando que mi expresión se mantenga razonablemente platónica cuando de repente noto una chispita en el cerebro. Es una especie de vibración y después un chasquido, como si se hubiera encendido una luz.

Y después el zumbido se convierte en un pequeño coro de sonidos: voces y trinos y el reloj de una torre que conozco bien marcando las diez de la mañana.

Cierro los ojos, notando el corazón henchido mientras Bedlam adquiere definición en mi mente. Hace un calor abrasador y el olor de los dónuts recién hechos flota en el aire. Oigo a los texanos riéndose y lanzando vítores alegres junto a los inquietos trinos matinales de los pájaros y el ocasional ladrido de un perro. Y entonces la veo. La siento. Cassidy. Mi protagonista. Mi chica. Mi amiga. Está ahí, en la plaza del pueblo, mirando a Ethan mientras se pregunta qué coño va a contestar a la propuesta más importante que le han hecho nunca. Está contenta pero nerviosa, y el corazón le late tan fuerte que le preocupa que le explote en el pecho y le salpique la cara a Ethan.

Contengo un gemido, llevándome las manos a la cara.

—Oh, Dios mío.

Está aquí. Cassidy está aquí. Y viene con fuerza.

Las lágrimas me inundan los ojos, emborronándome la visión. «Te he echado de menos», me digo a mí misma. A ella.

—¿Qué pasa? — me pregunta River mientras me seco las lágrimas que se deslizan por mi cara y me salpican el pecho.

—¡Pásame el portátil, corre! — grito, con la voz temblorosa por los nervios y el alivio —. Ha vuelto. Cassidy ha vuelto.

—¿Estás hablando en serio? — River brinca un poco con los tacones de sus botas de vaquero —. ¿De verdad?

Empiezo a reírme. Tengo el cerebro bullicioso, concurrido e inquisitivo de nuevo. ¡Por fin!

—Parece que te va a tocar a ti la limpieza, Oakley — digo con alegría —.

La Operación Fin ha pasado a la siguiente fase. ¡Tengo un libro que terminar!