Capítulo treinta y dos
Sigues sin responder el teléfono y estoy preocupado. ¿Eso era lo que querías? Bien, pues ha funcionado. Estoy oficialmente preocupado. H.
PENDIENTE DE ENTREGA
Cuando llegamos a las enormes puertas de forja del cementerio, empiezo a sudar de inmediato.
—Esto ha sido una mala idea — murmuro, girándome hacia River y poniéndole el ramo de camomila en las manos —. De todos modos, no creo que vaya a servirme de nada. Volvamos a casa. ¿Por qué no probamos con la otra sugerencia? «Salir de tu maldita cabeza y concentrarte en tu cuerpo».
Podríamos ir a Southend y montarnos en la montaña rusa. ¿Qué te parece si hacemos eso en vez de esto?
—Ambos estuvimos de acuerdo en que enfrentarte a tus miedos podía ayudarte a escribir de nuevo. Por eso lo pusimos en nuestra lista, «Lidiar con emociones no resueltas», como sugerían los libros de la biblioteca. Tú me dijiste que llevabas años intentando visitar la tumba de Josie.
Me cambio las gafas por las de sol graduadas y le doy una patada al polvoriento terreno, maldiciéndome por ser tan bocazas.
—Tengo un montón de otras emociones no resueltas con las que lidiar
— insisto —. Una vez me reí de un hípster que estaba resbalándose al subir una pendiente helada. Me vio reírme y creo que se sintió muy dolido. Me siento mal por eso todo el rato; a veces me impide dormir. Oh, y esta… esta es buena: llevo seis meses sin ver a mis padres. No soporto verlos tan tristes. Lo he intentado. De verdad que lo he intentado. Pero ellos solo quieren hablar de Josie, y cuando lo hacen me siento demasiado culpable para… — Suspiro profundamente —. No hay duda de que tengo que lidiar con eso. ¿Les envío un mensaje de voz?
—Oh, Gertie… — me dice River con suavidad.
Me siento en el banco que hay ante las puertas del cementerio y bajo la voz, mirando a ambos lados por si hay alguna persona cerca que pueda oírme.
—Tengo otra. Espero que no salga de aquí. Uf… No puedo creerme que vaya a decir esto en voz alta. — Tomo aire —. Finjo que me gusta la música de Taylor Swift porque me preocupa que, si admito en público mis reticencias, los demás me odien — suelto rápidamente, tapándome la cara con las manos —. Es sin duda una mujer increíble, lista y con talento, pero sus canciones… ni fu ni fa. Dios. Esta es la primera vez que se lo cuento a alguien. ¡Vamos a lidiar con eso! Estoy segura de que con eso ya tendremos suficiente trabajo.
River asiente, pensativo.
—Primero, que un hípster resbale al intentar subir una cuesta cubierta de hielo es objetivamente hilarante.
—Sí. La verdad es que sí. Llevaba uno de esos petos supermolones…
—Segundo, en el nombre de Taylor, ¿cómo te atreves?
—¿Eres swiftie?
—Soy un hombre con un corazón en el pecho al que le funcionan bien los oídos. — River se sienta en el banco a mi lado y baja la voz —. Tercero, esto, venir, Josie, es lo más importante. Tú lo sabes. Me contaste que habías intentado hacerlo durante años. Sigues intentándolo, una y otra vez, así que sin duda es importante para ti.
Los ojos se me llenan de lágrimas.
—Lo es. Estoy desesperada por entrar. Quiero estar ahí con ella, de verdad, pero… me da miedo. Estoy muerta de miedo, River. — Uso el puño para secarme las lágrimas que han empezado a derramárseme por las mejillas —. Sé que se ha ido, claro que lo sé, pero es como una realidad abstracta, un hecho superficial. ¡Josie está muerta! Josie falleció. Y puedo lidiar con ello si lo pienso así. — Lo miro a los ojos —. Pero, si veo su tumba, tendré la confirmación de que ya no está. Sabré que está… ahí, pero que a la vez no está. Es… — Me llevo una mano al corazón, que ha comenzado a agitárseme en el pecho como si hubiera un pájaro diminuto desesperado por escapar —. Espera. El corazón me está haciendo algo raro.
— Me froto la garganta, que de repente se me ha cerrado. Empiezo a boquear —. No puedo respirar. Ay, joder. River, no puedo respirar bien. No puedo…
Sin decir una palabra, River se desliza por el banco y me inclina hacia sí, se aprieta contra mí con fuerza, poniéndome una mano firme en la parte superior de la espalda y otra en la nuca.
—¿Qué haces? — murmuro contra su pecho.
—La presión profunda viene bien durante los ataques de pánico — me explica —. Respira.
¿Un ataque de pánico?
—¿No me estoy muriendo? — le pregunto con voz ahogada.
—No — me asegura. El tranquilizador y grave sonido de su voz me reverbera en el cuerpo —. Estás a salvo. Estás a salvo conmigo. Respira.
Estoy contigo.
Me abraza tan fuerte que puedo oír su corazón, lento y firme. Lo uso como metrónomo y respiro a su ritmo, mientras dejo que los hombros se me relajen y que la garganta se libere. Unos minutos después, mi pulso empieza a recuperar una velocidad normal.
Mientras el pánico se disipa, tomo aire profundamente y me pregunto sin pretenderlo cómo es posible que la camisa de River huela tan bien si ha estado lavándola con mi detergente de siempre, Algodón Fresco.
Debe de oírme olfateándolo, porque deja de abrazarme y se aparta.
—¿Mejor? — me pregunta, poniéndome la mano suavemente en el brazo.
Asiento.
—Mejor. ¿Por qué sabías hacer eso? Lo de la presión profunda.
—La etóloga Temple Grandin descubrió que recurrir a la técnica de presión profunda con los animales usando una prensa ganadera ayuda a calmarlos cuando hay que atenderlos o sacrificarlos. Y averiguó que también funciona con los humanos.
—¿En tu universo sacrifican humanos?
River se ríe tan fuerte que doy un respingo.
—Claro que no. Si lo hiciéramos, tus libros de Arroyo del Caos serían de un género muy distinto.
—Sabía a lo que te referías — digo, ruborizándome porque, por un instante, no ha sido así del todo.
Tras unos minutos de silencio, River se inclina hacia delante en el banco y se apoya los brazos en las rodillas. Suspira.
—¿Sabes? Cuando mi madre falleció, yo no fui al funeral. — Traga saliva, haciendo una mueca como si le doliera —. En su lugar, me fui a un bar. Me emborraché como una cuba. Mi padre me dijo que mi madre habría estado muy decepcionada conmigo, ya que la bebida fue lo que la llevó a la tumba. Me dijo que era una vergüenza para el apellido Oakley. Pero yo sabía que eso no era verdad. Sabía que lo más importante para mi madre había sido siempre mi felicidad. Me habría reñido por emborracharme y no ir a su funeral, claro, pero lo habría entendido. Habría entendido que ese era el único modo en que podía lidiar con mi dolor en ese momento. Yo no tuve el honor de conocer a tu Josie, pero, por cómo hablas de ella, por las historias que me has contado, tengo la sensación de que ella entendería que no hayas ido a verla todavía. Y quizá te habría mandado a la mierda por eso, pero al final solo habría querido que tú estuvieras bien, que fueras feliz a tu manera. No a la suya, ni a la de tus padres, ni a la de Henry. Solo a la tuya.
Asiento despacio.
—Eso era lo que ella quería. Era una mandona, en realidad. — Me río un poco —. Siempre que pedíamos pizza, me preguntaba qué ingredientes le poníamos. Yo siempre le decía: «Me da igual, los que tú quieras». Dios, eso la sacaba de quicio. Me decía: «Pero ¿qué quieres tú en realidad, Gertie?
Porque, si no eliges algo, voy a pedir atún con extra de atún». — Me giro para mirarlo —. Odio el atún.
—Entonces, ¿qué quieres hacer ahora mismo en realidad? — me pregunta River, con una súplica en sus ojos verdes —. Porque, si necesitas marcharte, lo haremos. Buscaremos otro modo.
—Quiero hablar con mi hermana — digo con voz temblorosa —, pero es que no estoy segura de tener el valor para hacerlo.
River se levanta del banco y me ofrece su enorme mano áspera.
—Sé que tienes el valor para hacerlo, Gertie, pero resulta que yo también tengo un poco, por si necesitas que te lo preste. Ya sabes, como refuerzo.
Le agarro la mano.
***
Me arrodillo en la parcheada tierra ante su lápida y paso el pulgar sobre la J
grabada en el pálido mármol.
—Y, según Facebook, la tía Mags sigue peleándose con la vecina de al lado por el permiso para la planificación del invernadero. En realidad, si te soy sincera, creo que en secreto disfruta del drama. La indignación ante una injusticia es una puta droga. Oh, ¡y por fin he visto Con Air! Tenías razón; es un clásico. No sé por qué no la había visto antes. Pero no estoy de acuerdo en que Nicholas Cage esté bueno. Lo siento, pero ni de coña. Tiene la voz rara. ¿Qué más? ¿Qué más te cuento? ¡Son demasiadas cosas!
Me quito las gafas y las dejo en la hierba a mi lado. Veo a River al otro lado del cementerio, deteniéndose para leer cada lápida antes de pasar a la siguiente. Llevo media hora sentada al sol junto a la tumba de Josie. Tengo la coronilla ardiendo.
Presiono las manos sobre la tierra caliente y seca junto a la lápida.
—Lo siento — digo al final —. Siento haberte dicho que eras una creída insoportable. Ese día estaba muy enfadada contigo. Y aunque a veces eras, vamos a ser sinceras, un poco insoportable, nunca jamás fuiste una creída.
Y eso debió de ser difícil porque eras la mejor persona del planeta Tierra.
— Arranco una brizna de hierba y la giro entre el índice y el pulgar, formando una bolita con ella —. Siento que discutiéramos. Siento no haber evitado que te subieras al coche enfadada y distraída. Siento haber tardado tanto en aparecer por aquí. Es que… Lo siento.
Recuerdo su rostro, sus ojos despiertos y cómplices, siempre con un destello de diversión. Sé muy bien cuál sería su respuesta a mi disculpa.
«Como vuelvas a decir que lo sientes, voy a darte una paliza».
—Siento decir que lo siento — murmuro con una carcajada, usando el canto de la mano para secarme la mejilla —. Por si ponerlo todo pringado de mocos no lo ha dejado lo bastante claro, te echo de menos. Dios, te echo muchísimo de menos, Jo. Echo de menos que cantes la musiquilla de los anuncios por las mañanas y que nunca necesites café para ponerte en marcha. Echo de menos cómo nos reíamos de cosas que nadie más encontraría divertidas y escuchar contigo las conversaciones ajenas en las cafeterías, sobre todo cuando se estaba desarrollando algún drama. Echo de menos lo contenta que te ponías siempre que veías a un perro con prognatismo y que siempre le dieras las gracias al conductor de autobús, aunque en Londres nadie más lo haga. Echo de menos que todas y cada una de mis vivencias, desde ir a una fiesta hasta hacer cola en el supermercado o ver las noticias regionales los martes por la noche, parecieran mucho más
divertidas cuando tú estabas aquí, como si tu presencia hiciera que todo mereciera la pena. Echo de menos que me miraras como si yo también te hiciera sentir a ti así. Echo de menos que me enseñes a ser más valiente.
Que guíes mi camino, que creas en mí por las dos.
Contengo el aliento. Miro el nombre grabado en la piedra y me tiembla el labio inferior.
JOSIE BICKERSTAFF
ADORADA HIJA, HERMANA, AMIGA
—Joder. — Contengo un sollozo —. Voy a intentar hacer todo eso por mí misma. Ser más valiente, echarle agallas. He estado experimentando un poco últimamente y tenías razón: ser valiente es muy difícil, pero, cada vez que lo hago, me siento un poquito más yo, como tú me dijiste que pasaría.
Quiero ser la Gertie que tú veías en mí. Voy a ser la Gertie que tú veías en mí. Te lo prometo. No voy a seguir escondiéndome. No voy a conformarme para no molestar. Espero que puedas ver cómo lo intento, Jo, desde donde estés.
Mientras las lágrimas descienden por mi rostro, cada vez más quemado por el sol, cierro los ojos y me permito echar de menos a mi hermana. Me siento con mi dolor, le permito que ocupe un espacio. Dejo que vague por todos mis rincones.
Ay.
Aguanto unos treinta segundos antes de tener que apartar el sentimiento.
Treinta segundos está bien.
Treinta segundos es un comienzo.
Me pongo en pie, me quito la frágil hierba de las rodillas y miro el sol mientras me protejo los ojos con la mano.
—Debería irme — digo, con un suspiro —. Me estoy tostando. Además, River me está esperando. Te contaré todo sobre River la semana que viene.
Iba a decirte que no te lo habrías creído, pero sé que probablemente lo habrías hecho. La palabra «imposible» nunca estuvo en tu vocabulario. De acuerdo, entonces. — Levanto la mano para decir adiós —. Te quiero, Jo. Y
te echo de menos. Te veo pronto.
Dejo el ramo de camomila con cuidado a los pies de su tumba. Y, mientras regreso con River, una sensación cálida y agradable danza
suavemente en mi pecho.
Creo que es alivio.