Capítulo treinta y uno #2
—¡No! Lo he intentado, pero no he podido seguirte el ritmo. Tienes un talento natural. ¡Mira! ¡Te están aplaudiendo!
River empieza a reírse entonces, con el rostro arisco rebosante de alegría.
—¿Ves? ¡Apenas necesitabas que te enseñaran!
Y entonces él se gira hacia su pequeña audiencia de admiradores y hace una reverencia tonta, ante la que todos gritan todavía más fuerte.
***
En el trayecto en coche de vuelta a casa, River me habla de todos los lugares cerca de Bedlam a los que podría ir a nadar al aire libre. Al parecer, hay un lago cerca del Nido del Ruiseñor y un manantial a unos quince kilómetros a caballo. Su entusiasmo me hace sonreír, pero no puedo evitar sentir una punzada en el pecho al pensar que yo no podré verlo.
—Gracias — dice, mirándome a los ojos —. Yo… Gracias por hacer eso.
Por obligarme a hacerlo. No sé por qué he esperado tanto. Ha sido…
revitalizante.
—A veces, lo único que se necesita para ser valiente es la compañía de otra persona que intenta ser valiente también.
—Eso era lo que hacía Josie por ti, ¿eh?
Lo miro, conmovida por la atención que sin duda ha estado prestando.
Asiento.
—Ella solía decirme: «¡Échale agallas, Gertie!».
—¿Agallas? — River se ríe.
—Agallas. Es como decir: «Enséñanos de qué pasta estás hecha».
«¡Échale huevos!». Ese tipo de cosas.
—Agallas. Me gusta.
—Ella te habría gustado — digo en voz baja.
—Creo que sí.
Alargo la mano para encender la radio en un intento de atenuar la sensación que siempre me embarga cuando pienso en Jo. Suena Crazy in Love de Beyoncé, con su descarado riff tan animado y alegre.
—¿Qué demonios es esto? — me pregunta River, golpeándose los muslos con las manos y moviendo un poco la cabeza al ritmo de la batería —. Me gusta. Me gusta mucho.
—¡Esto es Beyoncé! — Me río —. ¡Dios mío, no me puedo creer que en tu universo no tengáis a Beyoncé!
Cuando la canción termina, River apaga la radio.
—Es genial. Beyoncé. Tío, no me puedo creer que vivamos sin ella.
—Entonces, ¿quién es la mayor estrella del pop de tu mundo? — le pregunto —. ¿Ariana Grande? ¿Rihanna? No es Shawn Mendes, ¿verdad?
—Esos son populares, claro, pero no hay nadie tan grande como Peligrosa y las Gatas Chulas.
—¿Perdona?
—¿No las conoces?
Lo miro de soslayo.
—No, así que vas a tener que contármelo todo sobre ellas. Ahora mismo.
En este mismo instante.
—¿Vosotros no las tenéis aquí?
—Hum, no.
En el asiento del copiloto, River se sienta más recto.
—Bueno, Buhito, solo tengo que cantarte su número uno… Es una especie de fusión de pop-rock setentero y electrónica, y se llama In a World of Hot Hot Dance.
Entonces, para mi asombro y deleite, comienza a cantar y a bailar de un modo tan horrible que técnicamente debería darme grima.
Pero no es así.
Para nada.
Es justo lo contrario, de hecho.
***
Cuando llegamos a casa, me estoy riendo tan fuerte ante la interpretación de River de In a World of Hot Hot Dance que una oleada de optimismo, combinada con el breve respiro que me está dando la ansiedad que llevaba
semanas formándome nudos en el estómago, me induce a sentarme ante el portátil para comprobar si nuestro experimento de «Aprender algo nuevo y divertirse aprendiéndolo» ha conseguido, efectivamente, relajarme el cerebro como aseguraban los libros de la biblioteca. Esperanzada, me siento en el borde del sofá, preparo los dedos sobre las teclas del ordenador y rezo para que Cassidy haga algo, diga algo. Para que la película que se ha estado reproduciendo en mi mente durante tanto tiempo deje de estar en pausa y vuelva a ponerse en marcha.
Vamos…
Cierro los ojos con fuerza.
—Por favor, por favor, por favor — murmuro.
No.
Nada.
Mis personajes están paralizados, estáticos en la plaza del pueblo. Ethan sigue esperando la respuesta de Cassidy a su propuesta.
Encorvo los hombros.
—Joder — murmuro.
River hace una mueca mientras enciende la tetera.
—¿No ha habido suerte?
—Nada.
Cuando el portero automático suena, cierro el portátil y descuelgo el telefonillo.
—Soy Bridget — dice. Su voz refinada suena superaguda a través del altavoz —. ¿Me abres?
La dejo entrar y salgo al pasillo a recibirla. Parece ocupada y ligeramente estresada, como siempre, pero vuelve a llevar el pelo arreglado en su habitual y pulcra melena roja. Su traje pantalón sin mangas en color crema está tan planchado y pulcro que me pregunto, no por primera vez, cómo puede alguien atravesar el contaminado centro de Londres en moto y estar siempre tan inmaculado.
—¡No puedo quedarme! — me dice, rechazando mi invitación a entrar al apartamento —. Tu teléfono sigue sin funcionar y supuse que sería mejor decírtelo en persona. — Suelta el aire rápidamente y me mira a los ojos —.
Bueno…, he hecho todo lo posible por conseguirte más tiempo, pero, sin importar lo que diga, y he dicho muchas cosas, tus editores no quieren ni pueden cambiar la fecha, ni siquiera dos semanas. Así que, por desgracia, a
menos que te mueras antes de la fecha de entrega, ahora solo te quedan nueve días para entregar ese libro.
—Joder. Jodeeeeeer.
—Estoy de acuerdo — dice Bridget, acercándose para darme una palmada de ánimo en el hombro —. Lo siento, Gertie. ¿Estarás bien? Te diría que no te agobies, pero creo que eso sería mentira, y quizá sea el momento de reconocer que siempre ha sido mentira. ¡Ahora deberías agobiarte mucho, de hecho!
Asiento, aturdida.
—¡Oh, espera! — añade Bridget, bajando un poco la voz —. Si tus editores te preguntan qué tal te estás recuperando de la sarna, diles que estás mejor y cambia de tema, ¿vale? Bueno. Tengo que irme. ¡Tengo un montón de reuniones! ¡Egos de los que ocuparme! ¡Contratos que negociar!
—¿Sarna? — Hago una mueca —. Bridget, ¿por qué tendrían que preguntarme los editores por la sarna?
—¡No te preocupes por eso! — Empieza a bajar las escaleras. El repique de sus tacones reverbera en el cavernoso espacio.
—¡Bridget! — grito a su espalda —. ¿Les has dicho a los editores que tengo la sarna?
—Lo siento, ¿vale? — replica desde abajo —. Sé que parece demasiado, pero antes siempre me había funcionado. La gente no suele querer saber nada de la sarna. En mi experiencia, ese es el único modo de conseguir que la gente te deje en paz, sin reuniones editoriales en persona, y ni siquiera videoconferencias por Zoom. Además, ¡la última vez funcionó!
—¡¿Qué última vez?!
—¡No te oigo, ya he bajado la escalera! ¡Te llamaré mañana!
—¡¿Bridget?!
—¡Adiós! ¡Buena suerte!
Por el amor de Dios.
Regreso dentro y le cuento a River que no me conceden más tiempo. Él aprieta los labios.
—Así que la fecha de entrega es dentro de nueve días, y la subasta de la tierra en trece. ¿Hay algún mundo en el que…?
—Es imposible. — Me quito las gafas y me froto los ojos —. Es literalmente imposible.
River me pone sus enormes manos de ranchero en los hombros.
—Mira en qué situación estamos, Buhito. Ambos sabemos que no hay nada imposible. — Se muerde el labio inferior y pienso, a pesar de mi estado de pánico, que debería ayudarlo en la tarea.
Los ojos de River se llenan de seriedad.
—Parece que ha llegado el momento de sacar la artillería pesada.