Mi amor entre páginas Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Después de que la señora Casablancas (con los ojos brillantes después del homenaje de anoche con su cita, Desmond) venga a recoger a Achuchón, River y yo conducimos hasta Hampstead Heath.

—De acuerdo, la tarea de hoy para eliminar el bloqueo creativo de Gertie es «aprender algo nuevo y divertirse aprendiéndolo» — me confirma River mientras avanzamos bajo el sol del mediodía por los farragosos senderos de Heath —. ¿Vas a contarme ya qué planeas aprender aquí, en un parque? Espera, ¿eso es un lago?

—No es solo un parque. Y ese «lago» es en realidad una de las tres zonas de baño de Hampstead Heath. Yo…, bueno, tengo que confesarte algo, River. — Levanto la bolsa de lona que llevo —. Esta bolsa no contiene el almuerzo y los aperitivos, como te dije. Te mentí. Está llena de toallas y bañadores.

—¿Bañadores? — River hincha las fosas nasales —. ¿Por qué, Gertie?

Le dedico una mirada llena de esperanza.

—Antes, cuando fui a Sainsbury a por huevos, vi que los bañadores de hombre estaban rebajados. Y eso me dio una idea. ¡Puedo enseñarte a nadar!

Palidece.

—Ni de puta broma. — Se gira y comienza a caminar de vuelta al aparcamiento. Yo lo sigo.

—Te he comprado un bañador decente. De la talla correcta, creo, en un bonito y sencillo azul marino. Nada de marcar paquete ni de estampados tropicales y esas cosas. ¡Venga! ¡Vamos a nadar! ¡Nos divertiremos aprendiendo!

River se gira.

—«Aprender algo nuevo y divertirse aprendiéndolo» se suponía que sería para ti. Los libros dicen que eso redirigirá tu actividad neuronal y que

posiblemente te ayudará con el bloqueo. Si me enseñas a nadar, seré yo quien aprenderá algo nuevo, y no quiero hacerlo.

—Bueno, nunca he enseñado a nadie a nadar — sugiero —. Así que técnicamente también sería algo nuevo para mí.

River mira la zona de baño mixta. Sus hombros anchos parecen tensos.

—No voy a hacerlo — declara —. No delante de toda esa gente. Haré el ridículo. No. No lo voy a hacer. Lo siento, Gertie. Ni loco. Preferiría que me abofetearan con una trucha. No deberías haber organizado esto sin consultármelo.

—De acuerdo — digo en voz baja, dándome cuenta con una sensación de vértigo en el estómago de que me he extralimitado —. No pasa nada. Pensé que sería divertido, pero me equivocaba. No te preocupes. ¡Pensaremos otra cosa!

River se examina los pies, inmóvil.

—¿Por qué demonios querías enseñarme a nadar, de todos modos?

Me encojo de hombros, soltando el aire por la nariz.

—Supongo que quería que volvieras a casa pensando que todo este rollo no ha sido solo una colosal pérdida de tiempo. Pensé que, cuando por fin aprendieras a nadar, entenderías lo divertido que es. — Bajo la voz —.

Entenderías que pasarte la vida creyendo algo sobre ti mismo no implica que sea verdad.

River aprieta la mandíbula.

—Pensé que, cuando estés de nuevo en Bedlam, podrías nadar por placer o para relajarte, como cuando vas a tu viejo cedro o a la cabaña. Y, cuando lo hicieses — me detengo —, esperaba que quizá te acordases de mí.

Lo miro, sonrojada por mi propia sinceridad.

Él me mira con el ceño fruncido.

—Oh, te recordaré de todos modos, Gertie — murmura, negando un poco con la cabeza —. Me acordaré de ti, sin duda.

Levanto las manos en el aire.

—Mira, ¡olvida que lo he dicho! ¡Aprenderemos otra cosa! Hay clases por todo Londres. Siempre he querido probar a hacer alfombras de trapillo.

¡Podemos hacer eso!

River golpea un poco de barro seco con la bota y mira de nuevo el lago, donde la gente chilla y se ríe y una cola corta de gente con gorros de natación espera el bendito alivio de este implacable calor.

—No — dice al final —. Ahora mismo estoy realmente cabreado contigo, pero probaré lo de nadar. Aunque solo sea porque ya estamos aquí, porque el día está más seco que un pajar y porque, sinceramente, prefiero ahogarme en público a hacer algo llamado «trapillo».

—¿Estás seguro? — Uno las manos con nerviosismo.

Él me quita la bolsa y mira el contenido.

—¿En serio no has traído ningún aperitivo?

—He comprado galletas de vainilla para después. Pero podemos comérnoslas ahora, si lo prefieres. Como disculpa por haberme excedido.

Lo siento de verdad.

—Hagamos un trato — dice River, sonriendo —. Tú dejas de disculparte tanto y yo te perdono. — Me ofrece la mano.

—Trato hecho.

Me río, le estrecho la mano y de inmediato me la imagino en mi nuca, y en mi espalda, y en mi trasero.

En los ojos de River hay un destello.

—Y también quiero tu parte de las galletas de vainilla.

***

—¡Eso es! ¡Genial! No, no prestes atención a la gente que te mira, no les hagas caso. ¡Lo estás haciendo increíble! ¡Patalea! ¡¡Patalea!!

River se agarra a un flotador y se desliza a través del estanque mixto de Hampstead Heath moviendo las piernas. Aunque solo llevamos veinte minutos en el agua, parece que hemos congregado bastante público. Era de esperar. Debí darme cuenta de que un hombre atractivo (un hombre que literalmente no es de este mundo), chapoteando por el lago mientras se aferra a un flotador rosa fucsia como a un clavo ardiendo, atraería cierta atención.

—Esto es humillante — gruñe River mientras yo nado a su lado, haciendo un esfuerzo por mantenerme a la misma velocidad a la que él se mueve naturalmente en el agua.

Nos hemos mantenido en la orilla debido a su insistencia, y cuando se levanta de repente, estoy bastante segura de que oigo un gemido de sorpresa colectivo entre los bañistas y mirones que ahora nos observan desde varias tumbonas cercanas. ¿Cómo se ha congregado tanta gente tan rápido? Me

pregunto si han estado mandando mensajes a sus amigos: «¡Tenéis que venir a ver esto!».

River resopla.

—Ahora mismo me siento más tonto que una piedra.

—¿Quieres que probemos sin flotador?

—No creo que esté preparado para eso todavía.

—¡Claro que sí! Ya sabes todo lo que hay que saber. Tus piernas son perfectas.

—¿En serio? — me pregunta con seriedad.

—Me refiero a la técnica — me corrijo, pero se me escapa un gallo porque sus piernas son perfectas. Tan perfectas como las del protagonista de una novela romántica: muslos gruesos y esculpidos, gemelos fuertes y fibrosos, piel dorada que literalmente brilla. No lo mires. No mires su piel dorada y brillante, Gertie, maldita pervertida. Dios, qué vergüenza. Nota para mí misma: para intentar extinguir una repentina e incontrolable excitación no sirve de mucho pedirle al objeto de esa repentina e incontrolable excitación que se ponga un bañador y que retoce en un lago en un bonito día de verano. Sí, ahora soy consciente de que mis sentimientos por este hombre son algo más que una atracción biológica superficial, pero eso no significa que la atracción biológica superficial no sea devastadora.

Concéntrate, Gertie.

Intento adoptar un tono de voz más profesional. Doy una palmada, como imagino que haría una profesora de natación de verdad.

—¡De acuerdo! — exclamo —. ¡Vamos a ello! Quiero que muevas los brazos así. — Hago el movimiento de braza —. La intención es solo que te mantengas a flote.

—No estoy seguro.

—Estoy aquí. No voy a irme a ninguna parte.

River se frota la nuca, con expresión vulnerable. Es tan humano que me pregunto cómo se me ocurrió siquiera que no fuera real.

Agarro el flotador y lo lanzo a la orilla del lago.

—Estoy contigo, River. Te lo prometo. Y, por si eso te hace sentir mejor,

¡esto me está ayudando un montón! Apenas he pensado en Henry en todo el día, lo que, sinceramente, me parece una bendición y un alivio.

—Estoy preparado — dice River de repente.

—¡Genial! ¡Vale! — Hago el movimiento de braza una última vez, pero, para mi consternación, hay un hoyo de fango en el lecho del lago que me hace tropezar y salir disparada hacia delante —. ¡Arggg!

—¡Eh! — grita River mientras, de algún modo, me deslizo hacia delante y colisiono contra él, con una poderosa salpicadura que nos deja a ambos chorreando. Me resbalo un poco mientras intento recuperar el equilibrio y River alarga sus enormes brazos para sujetarme antes de que me hunda.

—¿Estás bien? — me pregunta, agarrándome y sosteniéndome a flote. La voz le sale amable y preocupada, pero sus ojos… sus ojos son de repente negros, como aquella última mañana en Little Crumpet. Bajo la mirada y me doy cuenta de que tengo las tetas totalmente aplastadas contra su pecho, que mi cuerpo entero está firmemente alineado con el suyo. Tengo las manos en sus brazos, y las suyas están posadas en mi cintura. Las gotas de agua que le cubren la cara resplandecen como pequeños cristales en sus pestañas y labios. Ambos miramos una gota de agua que desciende por mi pecho hasta el interior de mi bañador.

—Yo…

No me aparto de él. Debería. Desde luego que debería. Pero en realidad no quiero hacerlo. Y él tampoco parece querer que lo haga. Sin pretenderlo, me presiono un poco más contra él, incapaz de evitar un pequeño gemido cuando noto el despertar en su bañador. Me mira con los ojos entornados.

—Gertie…

Un silbato suena tan fuerte que los dos nos apartamos de un salto.

—¡Nada de fraternizar en el lago! — grita el socorrista a través de un megáfono —. ¡Repito, nada de fraternizar en el lago!

—Ay, joder — murmuro, agradecida por la muy justificada interrupción del socorrista, aunque, aun así, le deseo que duerma mal toda su vida porque ay, Dios mío.

River se gira para adentrarse un poco más en el agua.

Me aclaro la garganta.

—¿Nos ponemos a ello, entonces? — le pregunto, siguiéndolo. Me noto el cuerpo acalorado y vibrante.

—Tú mandas, Gertie.

Guío a River por el agua, sosteniéndolo mientras empieza a moverse a través de ella con vacilación. Después de un par de segundos ya no necesita mi ayuda y luego, de repente, se aleja de mí nadando a toda velocidad. No

se da cuenta de que ya no lo sostengo hasta que la gente empieza a animarlo. Los vítores hacen que vacile un poco antes de recuperarse.

—¡Lo has conseguido! — grito, riéndome y aplaudiendo junto con la multitud de espectadores —. ¡Estás nadando!

Sus ojos se llenan de sorpresa.

—¿No me estabas sosteniendo?