Capítulo treinta
Jim dice que cree que me viste con Marisol.
Gert, tienes que contestar al teléfono.
Deja que te lo explique, por favor. H.
PENDIENTE DE ENTREGA
A la mañana siguiente, cuando me despierto, River ya está sentado a la mesa de la cocina con una taza de café, leyendo uno de los libros de Aled y con Achuchón tumbado a sus pies. La almohada y las mantas que usó anoche están pulcramente dobladas en el brazo del sofá.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto? — le pregunto, frotándome los ojos y buscando mis gafas en la mesa auxiliar.
—Me levanto con el alba. Viejas costumbres.
Miro el despertador.
—Amaneció hace tres horas. ¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?
River suelta el libro.
—He salido a dar un paseo con Achuchón.
—¿Sí?
—Sí. Encontramos un parque cerca. Y mira esto. — Se levanta y se detiene delante de Achuchón —. Achuchón, sienta.
El perro obedece de inmediato, levantando la cabeza con orgullo.
—¡Guau, Achuchón! ¡Buen chico!
Achuchón corre hacia mí, salta sobre la cama y me lame la nariz, nervioso por la alabanza.
River se ríe.
—Es más listo de lo que parece. Solo me hicieron falta treinta intentos y dos salchichas enteras.
—Increíble.
Me levanto de la cama, me pongo la bata y me dirijo a la mesa de la cocina, en la que se encuentra la bañera de arroz de mi móvil como el centro de mesa decorativo más antiestético del mundo.
—Todavía se está recuperando. — River hace una mueca —. Fue lo primero que comprobé, pero nada. Quizá podrías hablarle, si tienes un rato.
He leído en alguna parte que, incluso cuando están en coma, los teléfonos pueden oírte. Y que solo saber que estás ahí, que mantienes la esperanza de que superen el trance, puede ser crucial.
—Eso es precioso, River.
—Oh, además he intentado hacer té. Debería estar calentito.
Señala con orgullo la encimera de la cocina, a su espalda, donde veo mi tetera cubierta por el cubreteteras de lana que le compré a la señora Casablancas cuando pasó por su fase de punto.
Animada, me acerco, me sirvo una taza y pruebo un sorbo, pero de inmediato dejo que el líquido abandone mi boca.
—Oh, no — digo, bebiéndome de inmediato un vaso de agua —.
Noooooo.
—¿Qué? — River parece desanimado —. ¿Qué he hecho mal? ¿Cómo puede ser? ¿No es solo meter una bolsita de té en agua caliente?
Me río.
—Ay, mi dulce niño de verano. Es mucho más que eso. El equilibrio entre bolsitas de té y agua, la temperatura exacta del agua, el tiempo que dejas infusionar las bolsitas. Es un arte. Pero valoro que lo hayas intentado.
Ha sido muy dulce y amable por tu parte, así que gracias, River.
Se encoge de hombros y curva los labios en una adorable sonrisa torcida.
—De nada, Gertie.
Levanta uno de los folios llenos de notas con el plan que trazamos anoche después de la cena. En la parte superior de la página está el nombre de nuestra nueva misión: Operación Fin. Debajo hay una lista con tres cosas que, después de leer los libros que Aled nos recomendó en la biblioteca, consideramos que son las más consensuadas cuando se trata de superar un bloqueo creativo. Son:
¡Aprender algo nuevo y divertirse aprendiéndolo!
Lidiar con emociones no resueltas.
Salir de tu maldita cabeza y concentrarte en tu cuerpo.
Todavía con el papel en la mano, River alza los brazos para estirarse, sacando un poco la lengua, y la camiseta se le sube para revelar un diminuto atisbo del Torso. Una vaga idea me acude de inmediato a la mente. Tiene que ser muy agradable aplastar la mejilla contra el Torso… La idea se ve seguida de inmediato por un abrumador deseo de acercarme a él y descubrir exactamente lo agradable que sería. Gertie, para. Rápidamente, abro mi página de Instagram en el portátil para distraerme.
Menos de treinta segundos después, levanto la mirada del portátil y veo que River deja de mirar el folio para mirar la tetera fallida sobre la encimera. Frunce el ceño, como si el té lo hubiera ofendido personalmente, haciendo un mohín lateral como si no pudiera creerse que una tarea tan sencilla ha podido con él. Una carcajada me burbujea en la mente. Me tapo la boca con la mano para que no se dé cuenta de que estaba mirándolo.
Una extraña oleada de anhelo me calienta el cuerpo.
Me gusta observarlo.
Me gusta mucho.
Me aparto las manos de la boca y contengo el aliento cuando se me ocurre algo. Ayer, cuando Bridget nos confirmó que River era un hombre real, el corazón me dio un brinco de alegría al oírlo. En ese momento cambió algo importante. Algo se volvió más… real. Esto es real.
La prueba está aquí. Está justo aquí. Está en el vello fino que se me eriza en la nuca cuando me mira, en el rubor que me acude nervioso a las mejillas cuando me hace reír inesperadamente, en el cosquilleo que noto en el cuerpo cuando lo tengo cerca, en la amable sonrisa con la que ayer intentó disciplinar a Achuchón y en cómo bailó cuando probó las Deliciosas Tetas de Monja de la tía Gertrudis, despertando también en mí el deseo de bailar.
No lo estoy mirando porque sea demencialmente simétrico o porque tenga unos bíceps del tamaño de mis muslos.
Lo estoy mirando porque es… él.
River Oakley.
Un hombre que está vivo, que respira y existe de verdad. Un hombre que está justo aquí, justo ahora, que tiene su propia historia, su propia voluntad, deseos y anhelos, sentimientos y planes. Y es lógico que sea real: alguien con tantas facetas no podía ser solo un producto de mi imaginación.
Afrontémoslo; aunque soy una buena escritora de novela romántica, no soy
tan buena. Dudo incluso que la gran Diana Gabaldon pudiera haber creado un personaje tan verdadero como River Oakley.
Oh, Dios.
Ya no puedo seguir culpando a la biología.
No puedo culpar al hecho de que bese como si él mismo hubiera inventado los besos.
Ni siquiera puedo echarle la culpa a lo deprimida y confusa que me ha dejado lo de Henry porque la absoluta devastación que esperaba que me abrumara cuando lo vi con Marisol todavía no ha llegado.
Me gusta River. Me gusta de verdad, emocional, física y mentalmente.
No solo por su aspecto. No solo porque lo tengo a mano. No solo porque es un vaquero empotrador.
Me gusta porque es él.
Lo miro mientras lava las tazas con una esponja llena de espuma de jabón, las enjuaga y las deja cuidadosamente en el escurridor.
Después, como si notara mi mirada, se gira y me pilla observándolo.
—Me miras raro — dice, secando las tazas y colocándolas de nuevo en el armario —. ¿Estás bien? ¿Te parece bien el plan de hoy?
—¡Oh! Eh… ¡Sí! — digo, pero suena parecido a un grito —. Sin duda, ja, ja.
River frunce el ceño.
—¿Estás segura?
Arg.
Ahora que me lo he admitido a mí misma, es como una sirena aullando en mi mente.
¡Gertie Bickerstaff se ha colado por River Oakley! ¡Está coladísima de verdad! Solo me había pasado eso otra vez antes, y fue con el busto del David de Miguel Ángel que tenía mi abuela.
Joder. De repente me siento una loca. Tengo la cara tan caliente y sudorosa como si acabara de entrar en una sauna.
Me doy un zarandeo mental a mí misma. Que me guste River solo serviría para poner en peligro mi propia dignidad. Ayer me dejó muy claro que se arrepentía del beso cuando se escondió en el baño justo después.
Además, hay cosas muy graves en juego, y deberíamos, o al menos yo debería, concentrarnos en algo mucho mucho más importante: terminar la saga literaria en la que llevo años trabajando, el libro que tengo que
entregar por contrato y que ayudará a River a regresar a casa, el lugar al que pertenece, donde es evidente que se muere por estar.
Hago una mueca, consciente de que ahora tengo una posibilidad totalmente diferente de perder la cabeza; camino de espaldas hasta el cuarto de baño y cierro la puerta con fuerza. Apoyo la frente en los fríos azulejos blancos mientras intento recuperar el aliento.
—Sé sensata — me digo con firmeza, girándome hacia el espejo y mirándome con severidad —. Destierra esos pensamientos de inmediato, Gertie Bickerstaff. Pensar en eso no va a ayudar a nadie. Contrólate.
Me echo agua fría a la cara e intento recuperar la sobriedad en lugar de actuar como una adolescente atolondrada que suspira por una estrella del pop con la que nunca llegará a casarse.
Fuera, oigo que River le pide amablemente a Achuchón que respete sus límites. Contengo una carcajada. Me ha derretido el corazón por completo.
Ay, mierda.
Sí, esto no va a ser fácil.