Capítulo veintinueve
No había estado nunca en la biblioteca de Paddington, ya que suelo serle fiel a la London Library, de la que tengo una suscripción anual. Pero es un lugar encantador: enorme y luminoso y mucho más bullicioso de lo que habría esperado un domingo por la tarde.
—Este edificio es genial — indica River, mirando la antigua estancia —.
Tiene buenos huesos.
—Estoy de acuerdo — digo, eligiendo un libro al azar de la estantería —.
Me encantan las bibliotecas. No hay nada en este mundo como el olor de los libros antiguos.
Inhalo profundamente las páginas del que acabo de abrir y de inmediato estornudo con fuerza el polvo que se me cuela en las fosas nasales.
El sonido sobresalta a River.
—Mis estornudos son muy desagradables — digo, a la defensiva —. He intentado controlarlos, pero es que suenan siempre así de fuerte, como un pregonero alertando de una emergencia. Es un verdadero problema.
Ante esto, River suelta una carcajada.
—Ha sido aterrador, pero tengo que admitir que tu capacidad pulmonar es impresionante — me dice, alzando una ceja.
—¿Por qué dices «capacidad pulmonar» con ese tono?
—¿Cómo?
—No sé, como si fuera algo sexual.
—¡Qué va!
—Ya. Puede que sea por la voz grave, otra vez. — Me cruzo de brazos —.
Pero, para tu información, lo cierto es que mi capacidad pulmonar es excelente. Puedo contener la respiración debajo de agua durante casi dos minutos.
River levanta las manos en el aire.
—¿Podrías dejar de decir guarradas? Estamos en una biblioteca.
Entonces soy yo quien se ríe a carcajadas y, para mi alivio, parte de la tensión que se ha ido acumulando desde esta mañana se diluye en algo más cómodo.
Miro el libro que tengo en la mano.
— Cómo tocar la gaita — leo —. Nunca podría. Puede que mis pulmones sean fuertes, pero no se me da muy bien hacer cosas con la boca.
River sonríe de oreja a oreja.
—Oh, yo diría que hacer cosas con la boca se te da genial… — Se detiene de repente, toma un libro de un expositor cercano y mira la contraportada con total concentración. Achuchón, cuya correa sujeta River, ladra de repente y se lanza en la dirección del hombre delgado con chaleco que nos mira fijamente desde el mostrador de recepción.
—¿Gertie? — nos llama con alegría —. ¿River?
—¡Sí! — digo, acercándome —. ¿Cómo has sabido que éramos nosotros?
—La señora Casablancas me envió un mensaje diciéndome que vendríais. — Se encorva para rascarle una oreja a Achuchón, que se tumba sobre su espalda para que le acaricie la tripa —. Normalmente no se permiten perros en la biblioteca, pero mi esposa suele sacar de paseo a Achuchón, así que somos buenos amigos. — Nos guiña el ojo con complicidad —. Es agradable ser flexible con las normas por los amigos de vez en cuando.
Su alegre y melódico acento de Yorkshire, que me recuerda al de mi padre, me hace sonreír. «Papá, tan encantador». Rápidamente, aparto a mis padres de mi mente y me concentro en el bibliotecario, que nos sonríe.
—Soy Aled. — Nos estrecha las manos —. Me han dicho que necesitas, con bastante desesperación, libros que te ayuden con tu bloqueo creativo, Gertie.
—Sí. Íbamos a buscar en Internet, pero la señora Casablancas nos dijo que tú podrías ayudarnos.
—¿Internet? ¡Buuu, fuera! — Aled se ríe —. En la biblioteca tenemos cosas mucho mejores que ahí.
Espero que nos conduzca a través de los atestados estantes hasta la sección de «No ficción» más apropiada, pero en su lugar le da un golpecito a un montón de cinco libros que hay en el mostrador más cercano.
—Me he tomado la libertad de preseleccionar los libros que creo que os podrían ser de mayor utilidad. — Aled levanta un libro con la cubierta
violeta llamado Escribir desde el interior —. Mi mejor amigo — baja la voz con discreción y mira a ambos lados —, el autor de novela negra R. L.
Cooper, cree que este es increíblemente útil.
—¿R. L. Cooper ha leído esto? — Contengo un gritito, y tengo un aleteo de entusiasmo en el estómago —. Me encanta su obra. ¡Vale! Me llevaré el montón entero. Gracias, Aled. La señora Casablancas tenía razón. Eres fabuloso en tu trabajo.
Él se sonroja de satisfacción y extiende la mano con expectación.
—Supongo que tienes la tarjeta de la biblioteca.
—Por supuesto. — Pesco mi tarjeta de miembro en el bolsillo.
—¿Te gustaría hacerte una, River? — le pregunta mientras introduce mis libros en el sistema informático antes de colocarlos con pulcritud en la bolsa de lona que he traído —. Una tarjeta de la biblioteca es un portal, por así decirlo, a cualquier universo que puedas imaginar.
River se ríe amargamente mientras Aled le entrega la bolsa.
—Por ahora ya he tenido suficientes universos extra, aunque te agradezco la oferta.
—Él no es de por aquí — le explico, quedándome muy corta.
—Claro, ¡qué tonto! — Aled se ríe —. Tu acento. Por supuesto. — Agarra un diminuto búho de peluche del mostrador y agita una de las alas —.
Bueno, buena suerte. Si necesitáis más ayuda, estoy aquí siempre, todos los días, excepto el lunes a mediodía, que juego al squash en el centro comunitario, y los martes, que mi mujer me obliga a tomármelo libre.
—¡Muchas gracias! — exclamo, devolviéndole el gesto con la mano.
—¡Adiós! — se despide Aled —. ¡Hasta luego, Achuchón!
—Que tengas un buen día — le desea River, levantando la mano para inclinar su sombrero. Cuando se acuerda de que está en casa de la señora Casablancas esperando un remiendo, se da un golpecito raro en la frente —.
Muchas gracias por tu ayuda.
Cuando salimos de la biblioteca, Achuchón tira frenéticamente de la correa para obligarnos a acercarnos a una farola que quiere examinar. Como no obedecemos de inmediato, empieza a ladrar, totalmente furioso.
River lo mira con expresión severa.
—Este comportamiento sería inaceptable en el rancho Oakley… Ahora, siéntate. Vamos, Achuchón. Sit. — Se inclina y empuja suavemente hacia abajo el trasero de Achuchón —. Sienta. — Achuchón no le hace caso y
sacude la cola furiosamente ante la inesperada atención —. Haces lo que te da la gana, ¿eh? — murmura River al final —. Te crees que lo sabes todo,
¿no?
Me descubro mirando a la pareja con una sonrisa, el enorme vaquero interdimensional incapaz de controlar a un cachorrito.
Cuando River se percata de que lo estoy mirando, giro sobre los talones y contemplo la pared como si estuviera en El proyecto de la bruja de Blair.
Temo que crea que babeo por él, o que estoy esperando el momento adecuado para abalanzarme y besarlo otra vez.
Esto es absurdo. A ver, solo besé a River porque en ese momento me sentía muy atrevida, porque tenía curiosidad y necesitaba una distracción desesperadamente y porque él es el hombre más atractivo que he visto en mi vida. Además, me dijo que yo era sexi, y eso me hizo sentirme genial.
Pero no es que me guste, no de verdad, no más allá de un nivel básico y superficial porque está muy bueno. No me gusta del modo profundo y emocional en que me gusta Henry. En que amo a Henry.
Henry.
Cierro los ojos con fuerza cuando la humillación de la fiesta atraviesa serpenteándome el pecho. Las elegantes manos de Henry en la espalda de Marisol regresan a mi cerebro como una escena de una película erótica que nunca habría querido ver. Mi Henry. Con Marisol Keats. Me muerdo el labio, fascinada porque las emociones que estoy experimentando son principalmente la furia y la vergüenza, en lugar de la estremecedora tristeza que habría esperado sentir en una situación así. Hum. ¿Puede que esté reprimiendo mis sentimientos? Como cuando tu cuerpo y tu cerebro dosifican la respuesta al trauma en pequeños estallidos para que el sentimiento no te haga explotar. Puede que mañana se unan la tristeza y los celos a la humillación y la furia para celebrar una deprimente fiestecilla en mi cabeza.
Noto a mi lado la presencia de River y lo observo de soslayo. Está mirando la pared con los ojos entornados.
—¿Qué haces? — me pregunta.
Me encojo de hombros.
—Solo… Ya sabes, estaba mirando el…, eh…, la pared — contesto, como una idiota.
River asiente despacio.
—Bueno, aunque esta pared es sin duda fascinante y me alegro de haber viajado desde otro universo para verla, creo que es hora de volver a casa.
— Levanta la bolsa de libros —. Tú y yo tenemos trabajo que hacer.
***
No es mi intención quedarme frita menos de treinta minutos después de llegar a casa, pero estoy tan agotada mentalmente que apenas consigo leer un capítulo entero de los libros que Aled nos recomendó antes de caer en un sueño tardío. Me despierto cuando oigo un ligero chisporroteo y huelo algo reciente y delicioso saliendo de la zona de la cocina. Me pongo las gafas y me siento en la cama para descubrir que River, con el cabello húmedo y vestido con ropa limpia, está bailando en mi cocina. ¿Y tarareando? Lo observo un segundo mientras coge una cuchara de madera del recipiente de cerámica que hay sobre la encimera para remover el contenido de la sartén, encorvándose de vez en cuando para darle a Achuchón, embelesado, un trocito de queso. Espera… El frigorífico estaba vacío. Llevo un mes entero sin comer nada que no me hayan traído a domicilio. ¿Ha salido?
A River se le ilumina la cara cuando se da cuenta de que estoy despierta.
—Achuchón me sugirió que te robara la tarjeta para que pudiéramos ir a Sainsbury a por comida — me cuenta —. Yo le dije que eso no te gustaría, pero insistió y… Vaya, este chico es testarudo. Te lo devolvería, pero, a menos que aquí tengáis transferencias bancarias interdimensionales, me temo que la cena corre de tu cuenta.
—No puedes llevar perros a Sainsbury. ¿Te han dicho algo?
—Nadie dijo nada. — River agita la cuchara en el aire —. De hecho, una de las cajeras nos preguntó si podía hacernos una foto para su tablero de Pinterest, aunque no sé lo que es eso.
Pongo los ojos en blanco. Por supuesto que eso ha pasado.
Me levanto de la cama, lo que provoca una entusiasta cacofonía en Achuchón, que gira en pequeños y precisos círculos y corretea por el suelo como uno de esos juguetes de peluche con pilas.
—Eso huele genial — le indico, y miro el techo cuando oigo el rítmico tamborileo de la lluvia en la azotea —. ¿Qué estás cocinando? — Me acerco a la hornilla y le echo un vistazo a una sartén llena de pimientos rojos ligeramente chamuscados. Al hacerlo, rozo con el brazo la piel desnuda del
antebrazo de River y ambos sentimos una pequeña descarga. Doy un enorme paso a la izquierda. Él se aclara la garganta.
—Solo son tacos de verdura — dice, moviendo el contenido de la sartén con la cuchara de madera —. Como te dije, nunca cocino en casa, no tengo tiempo, pero he encontrado esto.
Le da un toquecito a uno de los viejos libros de cocina de Josie, abierto sobre la encimera, con las páginas llenas de manchas de salsa y las anotaciones que Josie escribió en los márgenes. Los tacos de verdura eran uno de sus clásicos.
Tengo que estar haciendo algo con la cara porque River me pregunta:
—¿Te parece bien? — Señala las notas escritas a mano —. Supuse que, si lo habías hecho antes, sin duda te gustaría.
Tomo aire profundamente.
—Es perfecto. Pondré la mesa.
Cojo algunos cubiertos y servilletas de los cajones de la cocina. River enciende una de las velas que normalmente solo uso como decoración y después saca una botella fría de Sancerre del frigorífico y sirve una copa de vino a cada uno.
—¿Hoy no hay whisky?
—Estoy intentando ser civilizado.
—Eso no te pega.
Trae los platos a la mesa y los coloca con cuidado. Tomo asiento, levanto la copa de vino y me detengo.
—En realidad no sé por qué brindar. Todo ha sido… bastante mierda,
¿no? Un día horrible, en todos los aspectos.
—No todo — dice jovialmente.
—¿No?
—A ver, vamos a comer tacos. — Señala los platos de comida —. Dos personas muy distintas, de dos mundos muy distintos, van a disfrutar de una comida casera justo en el centro de Londres. Estamos calentitos, estamos seguros, nos acompaña un perro muy raro y este vino es — toma un sorbo —
pasable. — Me río a carcajadas. River también —. Y nos reímos. Y eso significa que este día horrible tiene cosas buenas.
Brindamos por ello, con voz estoica bajo el grave retumbo del trueno sobre nuestras cabezas. Cuando nuestras copas emiten el bonito sonido del
chinchín, hago todo lo posible por no pensar en cuánto se parece esto a una cita.
***
Cuando terminamos de comernos los tacos (que han resultado estar tan deliciosos como cuando los hacía Josie), River abre la alacena y saca una caja de cartón. La agita para que la vea, con un destello en los ojos.
—¿Por qué estás tan contento?
—He comprado unas «Deliciosas Tetas de Monja de la tía Gertrudis»
— anuncia, examinando la caja de pastas con satisfacción —. No me puedo creer que de verdad llaméis así a un dulce.
Mientras calienta un vaso de leche en el microondas, River coge un libro de la biblioteca que está abierto junto al sofá.
—He estado leyendo este.
Me siento más recta.
—¿Has encontrado algo útil?
—Es posible. He pensado que quizá podríamos echarles a todos un vistazo después de la cena e intentar trazar un plan. ¿Te apuntas?
Entonces aprieta la mandíbula y me doy cuenta de que, a pesar de su actitud, en apariencia sobrada y alegre, está terriblemente preocupado por si no consigue volver a su mundo antes de la subasta de la tierra, a tiempo de salvar el lugar que le prometió a su padre que siempre protegería.
—Por supuesto — respondo, recogiendo con el dedo un poco de cera de vela —. Es una buena idea.
—Será tedioso, pero por eso he comprado las pastas — me explica mientras el microondas pita —. Pensé que algo dulce nos animaría.
—Dulces y libros…, siempre es una opción ganadora.
—En eso estamos de acuerdo.
Reparte las pastas en cuencos, me pone uno delante y se mete una pasta en la boca, suspirando de placer al hacerlo.
—Creo que la tía Gertrudis tenía razón — me dice, haciendo un extraño bailecito de alegría mientras se sienta a la mesa. Me mira a los ojos —. Estas tetas de monja están realmente deliciosas.
Yo también me meto una en la boca.
—Sí. Son las mejores tetas que me he comido en mi vida.
River me mira entonces, elevando las comisuras de los labios en una sonrisa que parece que intenta contener.
Noto que me sonrojo y que una extraña y vertiginosa sensación me burbujea en el pecho.
—¿Qué? — le pregunto, porque sigue mirándome.
—Nada — me contesta mientras se concentra en sus pastas —. Nada de nada.
—¡Ibas a decir algo! — Me río.
Él niega con la cabeza.
—No me acuerdo. Debo de haberlo reprimido.