Mi amor entre páginas Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

MENSAJE DE HENRY:

¿Adónde has ido?

PENDIENTE DE ENTREGA

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MENSAJE DE JIM K:

Oh, querida, siento mucho que sintieras que tenías que abandonar la fiesta. Sabía que debería haberte contado lo de Henry y Marisol. Soy idiota. De todos modos, ha sido fantástico verte. Hablamos pronto.

Besos.

PENDIENTE DE ENTREGA

—No estoy histérica — dice Bridget con alegría, con demasiada alegría, cuando le confieso que, por primera vez en mi vida, yo también estoy lidiando con un caso aparentemente insuperable de bloqueo creativo.

—Pareces histérica.

—¿Por qué? — Me muestra una sonrisa tan amplia que los músculos del cuello le tiemblan un poco por el esfuerzo.

—Oh, no sé, Bridget. Es una sensación que tengo a juzgar por la galleta de frambuesa que has machacado en tu mano y por el hecho de que, cuando te he contado que no hay libro, dijeras: «Me cago en mi puta vida».

—¡Yo digo «Me cago en mi puta vida» constantemente! — replica despreocupadamente, soltando la galleta aplastada en el platillo que le ofrece la señora Casablancas.

—Tú nunca dices «Me cago en mi puta vida».

Ella toma aire profundamente y se detiene a mitad de un paso.

—Vale. Puede que esté ligeramente alarmada, pero desde luego no estoy histérica. ¡Ja! Llevo mucho tiempo en este negocio. ¿Crees que no me he topado antes con un bloqueo creativo? ¿Que nunca he tenido un cliente que se pasa de la fecha de entrega? ¿Que no he tenido que reñir y animar a mis autores, que no me he visto obligada a sostenerles la mano capítulo a capítulo, que no he tenido que decirles cada puñetero día cuánto creo en ellos?

—¿Alguna vez habías tenido a un cliente que no había escrito ni una sola página y al que solo le quedaban diez días para la entrega del primer borrador?

Por no mencionar que el destino de un villano que en realidad no lo es dependa de que finalice la historia.

—No — me confirma Bridget.

Parece que las rodillas le tiemblan un poco mientras vuelve a sentarse, soltando el aire a través de los dientes con un sonido agudo. Me parece curioso que parezca incluso más asustada por la inexistencia de mi manuscrito que por el hecho de que haya otros universos que gente como yo está canalizando.

—¿Diez días? Nunca lo había tenido tan complicado. — Se muerde la comisura del labio —. Quizá no debería haberte dicho siempre: «¡No te agobies!». Asumí incorrectamente que tú ya estabas lo bastante agobiada.

Debería haberte dicho: «¡Agóbiate!». Debería haber seguido llamándote cuando no contestabas… Creía que lo tenías controlado. Debí darme cuenta. Los autores sois todos unos embusteros. — Me mira con unos ojos que son círculos enormes. Su intento de recuperar la profesionalidad se ha ido por el retrete, lo que me parece justo —. ¿Has pensado cómo resolver esto? ¿Te gustaría que te diera algún consejo? ¡No te agobies! Es decir…

Agóbiate un poco, sí. Dios, lo de decir «No te agobies» se ha convertido en una costumbre. Tengo que dejar de hacerlo, en serio.

Miro a River y juntos le explicamos que el bloqueo comenzó cuando Henry se marchó y que hasta entonces habíamos creído que él, que es un famoso donjuán, estaba aquí para ayudarme a recuperarlo.

Bridget hace una mueca. Henry le cayó mal desde la cena en la que lo conoció, durante la cual él dijo que Nora Roberts era «simplona», aunque no había leído ninguno de sus libros. Y también porque una vez me pasó la mano por la cabeza y me dijo: «Qué tontita» cuando admití que no me

había gustado El guardián entre el centeno. Él solo estaba bromeando, pero Bridget todavía se la tiene guardada.

—Pero resulta que Henry está… con otra persona. Así que la Operación Amor Verdadero ha sido un absoluto fracaso.

—¿Henry está con otra persona? ¡No! — exclama la señora Casablancas, aunque no parece demasiado perturbada. De hecho, por alguna razón parece bastante satisfecha. La miro con los ojos entornados.

Bridget me toma la mano.

—Oh, lo siento. Sé cuánto querías a ese hombre.

—Se ha ido todo a la mierda — digo con un suspiro —. Lo vi besando a Marisol Keats. La poetisa.

—Oh, es guapísima — dice Bridget, con tono de disculpa —. Me chifla su Instagram, me encanta. Lo siento.

—No te preocupes, lo entiendo — resoplo —. Es muy sofisticada.

— Muy sofisticada.

—¿Cuál es su Instagram? — nos pregunta la señora Casablancas —.

¿Creéis que le gustan los sombreros? Podría diseñarle uno muy sofisticado.

Mientras Bridget ayuda a la señora Casablancas a encontrar la cuenta de Marisol, recuerdo cómo me miró Henry cuando me vio la primera noche en Little Crumpet, lleno de curiosidad y expectación. Ahora eso ha terminado.

Anoche estaba enfadada y avergonzada, pero hoy… Ahora solo puedo pensar que estaba besando a otra, que posiblemente lleva tiempo besando a otra. ¿No era eso lo que más temía? ¿No debería ya haber vertido alguna lágrima?

—No ha sido culpa tuya — me asegura River, sacándome de mi reflexión —. En Little Crumpet estuviste maravillosa, y, sinceramente, Henry es…

Se detiene y me percato de que la señora Casablancas lo mira con curiosidad mientras pone furtivamente otro terrón de azúcar en el té de Bridget.

—Así está más bueno — me susurra.

—Mira — continúa River mientras Achuchón, que se ha dormido en sus brazos, empieza a roncar. Con cada resoplido del animal, el cabello del vaquero se eleva —. Si el único modo de salir de aquí es que Gertie termine su última novela de Arroyo del Caos, entonces tenemos que descubrir otro modo de conseguirlo, uno que no tenga relación con Henry. Tenemos que

ayudarla a escribir de nuevo. No quiero meter prisa ni nada de eso, pero es vital que consiga regresar a casa. Dentro de dos semanas, el ayuntamiento va a subastar la tierra que hay detrás de mi rancho. Tengo que estar allí para comprarla o ese Buddy McGinty la usará para construir un maldito centro comercial o un rancho turístico o, Dios no lo quiera, un gimnasio pijo. Eso arruinaría el paisaje y pondría en peligro demasiados negocios locales. La fauna estaría… — Se gira hacia mí —. Tenemos que conseguir que vuelvas a escribir, Gertie. Tenemos que encontrar un modo de terminar esa historia.

—Y en eso — dice la señora Casablancas, levantándose y abriendo los brazos majestuosamente — es en lo que creo que yo podría ayudaros.

—¡No pienso hacer otra ceremonia de manifestación! — gruño —. Ni loca. Es demasiado impredecible. Y, de todos modos, ahora no hay luna llena. No funcionaría.

—Nada de manifestaciones — dice con firmeza la señora Casablancas —.

Lo que iba a decir es que necesitas ayuda práctica, real. Un poco de información de verdad.

—¿Y por qué no lo hicimos desde el principio? — gimo.

—Porque no habría sido tan divertido para mí.

—¿A qué ayuda práctica se refiere, señora? — le pregunta River, esperanzado.

La señora Casablancas mira su reloj.

—En realidad ahora voy un poco justa de tiempo; he quedado en un par de horas y todavía tengo que hacerme la cera. Supongo que todavía puedes quedarte esta noche con Achuchón.

—Por supuesto.

—Aún no sé a qué hora volveré — dice la señora Casablancas —. Puede que esta noche, puede que mañana… Depende de cómo me vaya con Desmond. Tengo la esperanza, ya que tu petición funcionó, de que la mía también lo haya hecho y Desmond sea mi respuesta.

—Espere… — Arrugo la nariz —. Me dijo que había pedido que apareciera en su camino una oportunidad creativa excitante.

—River, sé bueno y guarda las galletas, ¿quieres? — le pide la señora Casablancas. Cuando está al otro lado de la habitación, baja la voz —. ¡Así fue! Y también echar un buen polvo, de los de toda la vida. Soy una mujer en la flor de la vida. Tengo necesidades.

Parpadeo e intento mantener el rostro impasible.

—Ya. Me alegro por usted — replico.

—Lo mismo te digo — me contesta, moviendo las cejas y señalando con la cabeza a River, que sigue en la cocina.

—No sé de qué me habla — digo con decoro.

—Oh, reconozco la cara de una mujer que ha echado un buen polvo cuando la veo.

—River y yo no hemos echado… ningún polvo.

—Entonces no debéis estar pensando en otra cosa. Está clarísimo, al veros.

—¿Perdone?

La señora Casablancas empieza a contar con los dedos de las manos.

—Labios hinchados, mejillas sonrosadas, ojos tan brillantes como los de Achuchón cuando acabo de sacarlo a pasear, miraditas cómplices cuando creéis que la señora Casablancas no os mira, te has acariciado el cuello y River te ha mirado mientras lo hacías…

—¿Qué? Eso no ha pasado. Estamos en un momento muy difícil.

Tenemos cosas más importantes en las que concentrarnos que en…

—Tú escribes novelas románticas, y yo soy una mujer de mundo. Ambas sabemos que el peligro es un potente afrodisiaco y…

—¿Qué?

—No os juzgo. De hecho… — La voz de la señora Casablancas cambia rápidamente cuando River se acerca —. Aunque no tenga tiempo para ayudaros personalmente hoy, hay alguien con quien puedo poneros en contacto.

Mientras intento asimilar lo que acaba de decirme, que un poco de peligro es excitante, la señora Casablancas se dirige a su piano, sobre el que hay un montón de tarjetas de visita. Las repasa y me entrega una.

La leo en voz alta.

Dice: «ALED EL BIBLIOTECARIO. GERENTE DE LA BIBLIOTECA DE

PADDINGTON».

—¿Quiere que vayamos a una biblioteca? — River se frota la nuca —.

¿Esa es su sugerencia?

La señora Casablancas empieza a recoger la tetera y las tazas.

—Fue Aled quien me dio el libro sobre la ley de la atracción. Estoy segura de que en sus estanterías hay manuales prácticos sobre el bloqueo creativo, y sin duda él sabrá cuáles son los mejores porque es fabuloso en su

trabajo. Y perdonadme por lo que voy a decir, pero fueron los libros los que os metieron en este lío. No creo que sea una locura pensar que podrían ser los libros los que os sacaran de él.

El teléfono de Bridget suena. Ella mira la pantalla.

—El deber me llama. Debería volver a casa.

Empiezo a dejarme llevar por el pánico de nuevo.

—¡Pero no hemos arreglado esto!

Bridget coge el casco de moto.

—Como ha dicho la señora Casablancas, quizá haya llegado el momento de volver a lo básico. Investigación. Lectura. Conseguir ayuda del modo clásico.

—¿Crees que podrías intentar conseguirme dos semanas más para la entrega? Es cuando River tendría que volver.

—Puedo intentarlo — me dice Bridget —. Lo importante es que me lo has contado. Ahora las cartas están sobre la mesa y podemos avanzar. No te preocu…

—Oh, ya estamos preocupados — murmura River, acunando a Achuchón de lado a lado como si fuera un bebé mientras este sigue roncando.

—Mierda. Tengo que irme, de verdad — murmura Brid get cuando el teléfono le suena de nuevo.

Abraza a la señora Casablancas y vuelve a darme un beso en la mejilla.

Después, tras despedirse de River rápidamente con la mano, se marcha del apartamento, escribiendo en su teléfono mientras lo hace.

La señora Casablancas agarra el transportín de Achuchón y una bolsa de la compra reutilizable de Sainsbury que hay junto al frigorífico.

—Empapadores, pienso, juguetes, la correa y más comida, solo por si acaso. Llámame si hay algún problema. Pero, por favor, si me llamas, asegúrate de que sea por un problema de verdad. Me apetece mucho mucho darme ese homenaje.

Y, dicho eso, nos empuja a River, a Achuchón y a mí hacia la puerta sin nada más que una bolsa con cosas de perro y la tarjeta de visita de un bibliotecario cualquiera.