Mi amor entre páginas Capítulo cuarenta y tres
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Capítulo cuarenta y tres

Cojeo despacio por la habitación con las muletas, sumida en una especie de conmocionado estupor. Sin el enorme cuerpo de River llenando el espacio con su presencia y energía, mi diminuto apartamento parece de repente cavernoso.

¿Ya habrá vuelto a Bedlam? ¿Estará bien Achuchón? ¿Se enfadará la señora Casablancas? ¿Se acordará River de mí? ¿Se acordará de nosotros?

Vuelve a temblarme el labio cuando pienso que nunca conoceré las respuestas a esas preguntas.

Hicimos lo correcto, ¿verdad? Lo meditamos. Lo planeamos. Hicimos lo que era mejor en una situación jodidamente imposible.

¿Verdad?

Me sirvo un trozo de pastel de árbol (azúcar para el disgusto, como diría la señora Casablancas), pero, cuando intento comérmelo, me abruma una oleada de náuseas y tengo que soltarlo de nuevo en la mesa.

Miro el «RO Y GB» en el tronco de tarta y después la pintura al óleo que River me regaló. Las lágrimas me nublan la visión, aunque, para mi sorpresa, esto no se parece en nada a lo que sentí cuando Henry se marchó.

Lo único que sentí entonces era tristeza, dependencia y necesidad. Soledad.

Como si, sin él, yo de repente fuera un cincuenta por ciento menos que antes. Pero River nunca me pareció mi otra mitad. Él me hacía sentir completa. Me enseñó que yo estaba ya completa.

De repente, la caja de arroz que contiene mi teléfono comienza a vibrar y avanza por la mesa hasta volcar el ramillete de ranúnculos que River había apoyado en ella. Una luz azul brilla en el interior del arroz. Oh, Dios. ¡Mi móvil ha resucitado!

—¡Estás vivo! — exclamo. Me acerco, cojeando, y lo extraigo mientras vibra, mensaje tras mensaje: de Jim y de Marisol y de mamá y del operador

de telefonía y de Henry (que borro sin leer). Lo abrazo contra mi pecho —.

¡Te has recuperado!

Mientras leo entre los mensajes, unos rayitos de luz reflejados en las paredes captan mi atención. Busco el origen de los bonitos destellos por el apartamento hasta que mis ojos se detienen en el soporte para sombreros de la esquina y me llevo una mano al pecho. Porque allí, colgado junto a la colección de gorros de la señora Casablancas que he acumulado con los años, está el decorado Stetson de River. El sol se está reflejando en una enorme piedra preciosa falsa.

—¿Se le ha olvidado el sombrero? — gimo, cojeando hasta el soporte —.

¿Se ha llevado la bolsa con los pantalones vaqueros y el puñetero perro de la señora Casablancas pero se le ha olvidado el sombrero?

Me acerco el Stetson a la nariz para olfatearlo como una pervertida.

Huele a él, a tofe y a humo y al ligero aroma de mi champú. Le encantaba este sombrero. ¿Cómo no se dio cuenta de que no lo llevaba puesto? ¿Por qué demonios lo ha dejado aquí?

Lo levanto para ponérmelo en la cabeza, pero, al hacerlo, me percato de que hay algo sujeto al forro con un imperdible. Es un pequeño sobre crema.

Contengo el aliento, y las manos empiezan a temblarme mientras lo abro.

Ahí, en una hoja de papel rayado, está la pulcra letra curvada de River.

Buh :

A ri

de

ce m ñas, te ía q e r te

pa s e r

du , si

du pa

n a n e . Nun de

o n ás u

qued

co g . Es a úl i s

an n i l ás e c e t i

vi . Nun ha ía s

do y . Aun Lo d m a r i n o

ra t e ma

os u s e cífico , y a

e c

aís e áis

ba n e l

co d e l é, tú es

s a í. Y la l as in . Y

es on t ó en ga v i d o s di

s o .

No m ta

do , pe D o s u h ía r

ci a d e

Bed por .

Sin

r o, es e l e ú ne ta .

Ger Bi k t ff, tú er úni e n it . No r a s

da i

la ma no , no

el

n o l i l i q e

p e n i

su s o f o d u t o q e d i. Tú er es l . La p o go t e n e r án i . La p

go t e n e r án i .

Es e q e pa . Si m he

do

ro e n

de b ía l e

se

te. De n po , ha ía v o l to s ías d e c

a

de ú te ías ón: el

lo do.

Cu n e té se d u t i j e r , ec án o d e s, re d é qu a z tí lo m u n i n u es l o s m es ár o .

Y es a g á mu .

Qu zá me te v e c

o n pági d e b la s, a n e

li

me m ec so , li s. Per , cu

lo

s, re

da R er

sal ó de pági tu

d … Ese i n . Ese i n id

si

r . Sol ec é a t a l

ar .

No sé cuán o n e s is , pe é qu or ón e r ec tod c a de s.

Tuy , co n es (Ope

ón) am r a r ,

Riv O le

Me río, una carcajada que se convierte en una ronda nueva de sollozos mientras me aprieto la carta de River contra el pecho.

Dios.

Siento un anhelo tan fuerte en el corazón que apenas puedo respirar, pero debajo del dolor hay otra sensación más vacilante, algo que aletea nerviosamente, como si calentara antes de pasar a primer plano. No duele; es ligera y curiosa y me borbotea dulcemente en el vientre, como la risa a punto de escapar.

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo sentí.

Es esperanza.

Miro el armario de las bebidas, con todos los ingredientes necesarios para hacer un potente cóctel Tucci que me ayudará a silenciar la abrumadora confusión de emociones que se me arremolinan en el cuerpo.

Aparto la mirada y levanto mi teléfono, desciendo por la lista de contactos hasta que encuentro el número correcto.

Después de un par de tonos, oigo un clic.

«Ha llamado al buzón de voz de Melissa Murphy, de Terapia Central.

Por favor, deje un mensaje y le devolveré la llamada».

Tomo aire profundamente.

—Hola, Melissa. Soy Gertie Bickerstaff. Seguramente no me recuerdes… Fui a verte un par de veces hace cuatro años y después…, ya sabes, dejé de ir sin darte una explicación. Si te parece bien, esperaba que pudiéramos programar una nueva cita, por favor. Me gustaría empezar de nuevo nuestras sesiones. Gracias.

Cuando finalizo el mensaje, me pongo el sombrero de vaquero en la cabeza. Después agarro mi portátil, abro un documento nuevo y escribo dos palabras tan llenas de potencial, tan llenas de esperanza, que la expectación me pone nerviosa.