Capítulo veintiséis
Nos marchamos del parador de Little Crumpet un par de horas después, antes de que los demás despierten. Hacemos en silencio el camino de vuelta a Londres y reconozco que yo podría saber por qué: 1. Que no haya conseguido recuperar a Henry implica que River podría quedarse atrapado aquí para siempre. Intenta que no se le note cuánto lo aterra la idea.
2. Hace menos de cuatro horas, River y yo compartimos lo que sospecho que fue (a pesar de toda su experiencia) uno de los besos más guarros de su vida.
3. River se arrepiente del beso, a juzgar por el hecho de que apenas ha establecido contacto visual conmigo desde que dijo: «Disfrutaré del agua», antes de desaparecer en el cuarto de baño.
Para mi sorpresa, todavía no estoy experimentando los celos abrasadores que esperaba sentir después de ver a Henry besando a Marisol. Es extraño porque verlos el uno sobre el otro me hizo sentir mareada y furiosa y definitivamente territorial. Pero, curiosamente, los celos aún no me han cegado. Y bajo todas esas desagradables emociones, como una mala hierba atravesando una grieta en el asfalto hacia la luz del sol, hay una pizquita de excitación. No tiene ningún sentido. No tengo absolutamente ninguna razón por la que sentirme entusiasmada ahora mismo. Todo es objetivamente horroroso. Estoy metida en un lío tremendo, y ahora con una tensión añadida entre River y yo porque, por primera vez en mi vida, me he dejado llevar por la excitación. Estoy cayendo en picado, sin duda.
Mientras viajamos en un incómodo silencio, los altos árboles y las colinas verdes dan paso a una tranquila carretera que al final conduce al bullicioso centro de Londres. Apuesto a que todos en Crumpet siguen durmiendo, aunque aquí, en la ciudad, el mundo está ya despabilado: las
tiendas levantan sus traqueteantes persianas, los cláxones de las furgonetas de reparto protestan por los diminutos espacios en los que tienen que maniobrar, los autobuses escarlatas ya van abarrotados de turistas que han salido a la caza del lugar perfecto para una foto.
Mi hogar.
Como en el hotel, River insiste en llevar todo el equipaje hasta el apartamento, pero le quito la maleta más pequeña para subirla yo misma.
Tan pronto como llegamos arriba, la puerta de la señora Casablancas se abre. Achuchón sale como un rayo y escala por la pierna de River, gimoteando desesperadamente, como si el vaquero fuera un soldado herido que por fin regresa de la guerra.
La señora Casablancas contiene un gemido.
—¡Gertie está aquí! — grita sobre su hombro. Después se lleva una mano al pecho y mira al cielo —. ¡Gertie está viva! ¡Está sana y salva! — Une las manos —. Gracias, Niño Jesús. Gracias.
—¿Qué? ¡Claro que estoy viva!
—Una vez más, ¿qué bicho es este? — pregunta River, mirando a Achuchón con desconfianza —. En el sitio del que yo vengo, los perros no son así.
—¡Es un chilino! — le explica la señora Casablancas con alegría —. Un cruce de chihuahua y carlino. Aaay. Creo que te ha echado de menos.
¡Achuchón, calla! Mira, vas a tener que cogerlo en brazos si quieres que se calle.
—¿Por qué estaba preocupada por mí? — le pregunto a la señora Casablancas mientras River levanta al pequeño regordete y lo sostiene incómodamente en sus brazos. De inmediato, Achuchón deja de lloriquear; jadea alegremente mientras mira a River con adoración.
Y entonces, para mi total desconcierto, a la espalda de la señora Casablancas aparece Bridget.
—¿Qué narices haces tú aquí? — le pregunto, boquiabierta —. Es mi agente literaria, Bridget — le explico a River, que parece atrapado en una especie de duelo de miradas con Achuchón.
Bridget, con su habitual melena roja decididamente alborotada, me pone el móvil delante de la cara para enseñarme el último mensaje mío que recibió.
Bridget, necesito ayuda
Oh.
—¡Pensábamos que te habían secuestrado! — exclama la señora Casablancas, con las mejillas temblando por el drama.
Bridget asiente.
—La señora Casablancas me dijo que hace unos días estuvo contigo un hombre grande y varonil, y, por supuesto, nadie describiría a Henry como un hombre grande y varonil. Después me dijo que creía que ese nuevo hombre se llamaba Lago. ¡Lake! Bueno, me sonó muy sospechoso.
La señora Casablancas se detiene para pensar un momento.
—No es Lake, ¿verdad? Pero tenía algo que ver con el agua, ¿a que sí?
Le echo un vistazo a River para ver si se presenta, pero parece distraído con Achuchón, que intenta lamerle un ojo. Espera… ¿River se está riendo como un bobo?
—Cuando nos dimos cuenta de que no habías vuelto a casa, examinamos tus redes sociales buscando pistas — me explica Bridget, pasándose una mano nerviosa por el cabello y revelando la razón por la que parece mucho más despeinada de lo normal.
—No había nada llamativo — dice la señora Casablancas, inhalando —.
No has subido nada nuevo en semanas. Tus redes sociales están en sequía.
—Sí, también deberíamos hablar de eso — murmura Bridget —. Si te niegas a acudir a los eventos en persona, lo mínimo que podrías hacer es mantener a tus lectoras al día por Internet.
—Estoy de acuerdo — asiente la señora Casablancas.
Yo las miro a las dos. ¿Ahora son amigas?
—Iba a llamar a la policía, pero la señora Casablancas estaba buscando algo de picar en tu frigorífico cuando vio esta invitación.
La señora Casablancas se saca la invitación de la fiesta de cumpleaños del sujetador, aunque lleva un vestido rosa con bolsillos totalmente funcionales.
—Estábamos a punto de salir hacia Little Crumpet, pero, gracias a Dios, aquí estás.
—Caray. Mirad, estoy perfectamente. Estaba escribiéndote un mensaje cuando se me cayó el teléfono al jacuzzi, y todavía se está secando.
—¿En arroz?
—Sí.
—Bien.
—Pero estoy bien. Siento haberos preocupado. ¿Vosotras estáis bien las dos?
Bridget asiente rápidamente, intentando recuperar cierto semblante de profesionalidad a pesar de la evidencia.
—Sí, todo bien, pero, ahora que sabemos que estás a salvo, sería fabuloso que me contaras alguna novedad sobre el manuscrito.
—¿Vais a entrar? — me pregunta la señora Casablancas, con picardía —.
Es que no podemos quedarnos en el rellano todo el día. Esto no es un episodio de la famosa serie de la NBC Friends.
— ¿Friends? — River arruga la cara —. Nunca había oído hablar de ella.
No puede ser tan famosa.
¿Está bromeando? No ha sido su mejor salida, tengo que decirlo.
La señora Casablancas nos mete a todos en su apartamento. River mira a su alrededor, asombrado por la colorida decoración maximalista: cada centímetro de espacio está cubierto de manualidades, cuadros y objetos decorativos. Mientras la señora Casablancas se dirige a una cocina abierta en amarillo limón para llenar la tetera, Brid get me da un beso en la mejilla, una muestra de afecto que no es propia de ella.
—Me alegro de que estés viva — me dice, y me pregunto vagamente si de verdad se preocupa por mí o si lo que menos le gusta afrontar es a un cliente que no entrega a tiempo.
Cuando todos nos hemos acomodado en los mullidos sofás de flores de la señora Casablancas, esta trae una tetera a la mesa de café y nos sirve una taza a cada uno.
—Para mí no, gracias — dice River, intentando soltar a Achuchón en la alfombra sin demasiada suerte, ya que el perro se niega a estar en cualquier otro sitio que no sean sus brazos.
—Sin azúcar, gracias — le pide Bridget.
Cuando ha servido el té, la señora Casablancas se detiene junto a River e inspecciona su Stetson. Se pone las gafas que lleva colgadas alrededor del cuello con una cadena de plata y lo examina con atención.
—La factura es exquisita — dice, sabiendo de lo que habla —. Las costuras son increíbles. Es como si lo hubieran cosido los ratones de Cenicienta. Pero mira aquí. — Señala el ala —. Se ha rasgado. ¿Quieres que te lo remiende? Soy una costurera excelente.
River alza las cejas.
—¿De verdad? Eso sería genial, gracias.
Se quita el sombrero y se lo entrega a la señora Casablancas, que lo gira en sus manos.
—Iba a encargar que me lo repararan con mis pantalones vaqueros
— añade.
—¿También tienes pantalones vaqueros que remendar?
River asiente.
—Un montón. La vida en el rancho, ya sabe. Se desgastan mucho.
—Tráemelos más tarde — le pide la señora Casablancas mientras se sienta en su butaca de terciopelo rosa —. Te haré un buen precio.
—¿Eres vaquero de verdad? — le pregunta Bridget, tomando un delicado sorbo de té. Sus hombros se relajan un poco gracias a sus propiedades tranquilizantes —. Lo siento, no me he quedado con tu nombre.
River, todavía medio distraído con Achuchón, se inclina sobre la mesa de café y le ofrece la mano.
—River Oakley, señora — se presenta mientras Achuchón empieza a treparle por el hombro —. Encantado.
Bridget no le estrecha la mano; lo mira fijamente un segundo y abre los ojos como platos cuando asimila lo que él le acaba de decir. Balbuceo, molesta, arrepintiéndome de no haber acordado un nombre falso con River después del desastre con Henry en el trivial. Y ahora ha vuelto a pasar lo mismo otra vez.
—¿River? — Se ríe un poco —. ¿Oakley? Acabas de decir que tu nombre es…
Y entonces se fija en el sombrero Stetson que la señora Casablancas tiene en la mano y le cambia la cara. Después, se acerca más a River y contiene el aliento mientras estudia su cara.
—Ojos del color exacto de los pinos invernales a la sombra de una nube tormentosa — murmura, recordando la descripción de River en el libro. Y
después mira la hebilla de su cinturón, el grabado de una luna rodeada por un lazo. Por último, la cicatriz de su mejilla.
—Oh, no — dice al final, llevándose una mano a la frente y cerrando los ojos con recelo —. Ay, Dios. Otra vez no.