Capítulo veinticinco #2
—Lo olvidé — murmura.
A River le brillan los ojos mientras me examina el rostro. Después, como en la pista de baile, algo cambia en el ambiente: la temperatura, la energía, el peso de algo intangible que de repente parece muy muy real. Podría ser el alcohol de anoche, el implacable calor del verano, la extraña, invisible y creciente alba iluminando la habitación como en un sueño. Podría ser que River y yo nos estemos mirando ahora. Sin reírnos. Sin siquiera sonreír.
Solo mirándonos a los ojos.
Una brisa atraviesa las puertas abiertas y River coloca el pulgar con suavidad en el borde de mi mandíbula. Mi cuerpo se pone alerta de inmediato; mi corazón toca un pequeño redoble.
River parpadea entonces, como si saliera de un trance indeseado. Toma aire profundamente y traga saliva, haciendo una mueca como si tuviera algo atrapado en la garganta.
—¡Ajá! — exclamo —. Todavía no estoy preparada para que me besen así, ¿verdad?
Es un intento de aligerar el ambiente, pero no funciona.
—Vamos a dormir un poco — dice él después de un instante, y mi cerebro responde con un «¡No!», mudo pero contundente.
Una insensatez comienza a cobrar vida en mi interior, una especie de zumbido eléctrico. Soy literalmente una mujer sin nada que perder. Una mujer cansada, desconcertada, con el corazón roto, sentada en una cama junto al hombre objetivamente más atractivo del planeta Tierra, que unos segundos antes le ha tocado la cara de un modo que no parecía pensado para poner celoso a otro hombre.
Me muerdo el labio y me acerco más a River.
—Solo por curiosidad… — Levanto la mirada hasta sus ojos —. Aquella noche, en la azotea, cuando dijiste que no estaba preparada para que me besaran así… No es por nada, pero me estaba preguntando… ¿A qué te referías con «así»?
River contiene el aliento, de un modo tan sutil que es apenas perceptible.
Sigue teniendo los ojos clavados en los míos.
—No necesitas saberlo, Gertie. Sobre todo, después de lo que acaba de pasar con Henry.
—¿No debería ser yo quien decidiera eso?
River ha empezado a respirar más rápido. Dudando, muevo la mano sobre la cama y rozo su meñique con el mío. En respuesta, se pone serio, pero hace una ligera mueca, como si estuviera debatiéndose.
—Esto no es lo que acordamos — murmura. Sus ojos se detienen fugazmente en mis labios —. Se suponía que era falso. Ese era el plan.
Trago saliva con dificultad.
—No sé… Puede que solo estemos… fingiendo que no lo fingimos.
—¿Fingiendo que no lo fingimos? Venga ya.
Ahora que la idea está en mi cabeza, sé que no me dejará en paz.
Permito que mis ojos se detengan en sus labios. Parecen suaves y jugosos, y un poco peligrosos. Distintos.
—Solo un beso — digo, sorprendida por mi propio descaro —. Para distraernos de este fracaso. Para animarnos un poco, no sé. Por curiosidad.
—¿Por curiosidad? No es tan sencillo, Gertie.
—Pero ¿y si lo es? — digo, repitiendo lo que él me dijo en el coche cuando lo reprendí por comerse los aperitivos demasiado pronto.
Levanta las cejas, sorprendido. Y después sonríe. No es la sonrisa arrogante que me mostró aquella noche en la azotea, ni la sonrisa encantadora que exhibe ante todos los demás, ni la sonrisa sarcástica que usa cuando alguien dice algo con lo que no está de acuerdo. Es una ligera curvatura en los labios y una inundación de ternura en los ojos.
No es la sonrisa de un villano.
Es justo lo contrario, de hecho.
—Solo creo… — comienzo, pero un gemido de sorpresa reemplaza el resto de la frase cuando River me pone una mano fuerte en la nuca. Me ladea el rostro ligeramente hacia la izquierda, como si lo necesitara así para que sea perfecto. Se humedece ligeramente el labio inferior mientras se inclina hacia mí y se detiene a mitad de camino, cuando nuestras narices están a punto de rozarse. Contengo el aliento, anticipándome.
—Eres muy sexi — gime, con una pequeña arruga en la frente.
Y entonces, de repente, esos perfectos labios malhumorados se posan en los míos, mullido terciopelo caliente y barba áspera y santo cielo. River me
separa los labios y nuestras lenguas se encuentran, curiosas, dubitativas al principio y después, de improviso, codiciosas.
Me rindo contra la boca de River, gimiendo. En respuesta, la respiración se le acelera. Me aplasta contra la almohada sin abandonar mi boca, curvando la lengua suavemente contra mi lengua mientras me rodea con el brazo. Tiene una palma abierta en mi espalda y la otra asciende hasta adentrarse en mi cabello.
Dios mío.
A River Oakley se le da tan bien besar como bailar y cautivar a la gente y participar en trivials literarios. Estoy a punto de decir «guau» en voz alta, por lo bueno que es, pero me contengo porque estoy segura de que no sería la primera vez que se lo dicen y porque él sin duda ya conoce el efecto que causa. Esas pobres mujeres del condado de Burnet pueden dar testimonio de ello, estoy segura.
River se aparta, poniendo fin al beso. El pecho dorado se le eleva y cae rápidamente. Maldice entre dientes, con las pupilas tan grandes que sus irises verdes parecen negros. Se humedece los labios como un lobo preparado para almorzar. Mi cuerpo entero ha empezado a vibrar. Él traga saliva y una expresión en conflicto le ensombrece el rostro. Creo que está a punto de sugerir que paremos, que seamos sensatos, que nos atengamos al acuerdo. Ese descarado «¡No!» regresa a mi mente. No quiero parar. Esto me encanta. Me vuelve loca. Antes de que él pueda pronunciar una sola palabra, abro la boca y lo que escapa de ella es un susurrado y jadeante:
«Más».
River hincha las fosas nasales. Después, con una especie de gruñido reverberante, se mueve por la cama hasta que su cuerpo está sobre el mío.
Sí.
Es muy grande, pero no agobiante. Me siento afianzada, segura y bien.
Le paso las manos por los bíceps, notando en los dedos el calor de su piel.
Me doy cuenta, con una oleada de emoción, de que bajo el pantalón vaquero está duro como una piedra. Para mi sorpresa (yo nunca era la que llevaba la iniciativa), separo las rodillas para que pueda apoyarse en mí.
Cuando gime, en respuesta, elevo las caderas para encontrarme con las suyas.
En algún lugar de mi cerebro se me ocurre que esto es demasiado, mucho más que un beso. Pero sé que, si me detengo, aunque solo sea un
segundo, para pensar en lo que estamos haciendo, pararé. River parará. Y no quiero que esta sensación termine nunca. Es un alivio tremendo, después de cuatro semanas en las que el desamor me ha dolido en todo el cuerpo.
Me agarra la parte de arriba del pijama y me la levanta con voracidad.
Alzo una mano para detenerlo porque, si no nos quitamos la ropa, esto no desembocará en algo que complicará las cosas más de lo que ya lo están.
—Solo besos — jadeo, con las mejillas sonrosadas mientras River se pone de rodillas —. Besos con la ropa puesta.
Su pecho sube y baja rápidamente. Parece… hambriento, y tiene los ojos oscuros y brillantes. ¿Eso lo he provocado yo? ¿Cómo es posible? Nunca antes había tenido ese efecto en nadie.
—Solo besos — asiente, pasándose la lengua por el labio inferior —.