Capítulo veinticinco
¿Estás viva, Gertie? ¿Puedes contestar, por favor? Estoy en tu apartamento. He entrado después de llamar durante diez minutos seguidos porque empezaba a preocuparme que te hubieras resbalado en la bañera y hubieras muerto, o que te hubieras atragantado con una hamburguesa y hubieras muerto, o que te hubieras apuñalado con una pluma y hubieras muerto. Ja, ja, ¡mi imaginación estaba desbocada!
¿Debería ser escritora? ¡Es broma! El caso es que no estás en casa. Tu vecina me ha dicho que te vio subiéndote al coche con un hombre que no era Henry. Me ha dicho que era una mezcla entre Tim Riggins, de Friday Night Lights, y un Matthew McConaughey más joven y sensual. Al parecer se llama Lake, Forest o algo así. ¿Qué está pasando? ¿Te has liado la manta a la cabeza? ¿Te ha secuestrado ese hombre? ¿Por qué me enviaste un mensaje pidiendo ayuda, Gertie? Por favor, contéstame para que podamos abordar cómo va a afectar todo esto a tu fecha de entrega.
Espero que estés bien,
Bridget.
PENDIENTE DE ENTREGA
Me despierto unas horas después, no porque me duela la cabeza tras haber bebido demasiada cerveza, sino porque no consigo desterrar de mi mente la imagen de Henry abrazando a Marisol. Tenía la palma en la parte baja de su espalda, justo sobre el trasero, y la aplastaba contra su cuerpo como si estar pegados no fuera suficiente. Parecía… desesperado, en cierto sentido, en un sentido ciertamente sexual. Henry nunca me había abrazado así, ni siquiera durante los primeros meses de nuestra relación, la supuesta «fase de follar hasta en las cunetas». Hacíamos la cucharita, se acurrucaba conmigo, pero nunca me había abrazado así, como si fuera a morirse si no lo hiciera.
Ajusto la almohada y me doy la vuelta porque son las cuatro y media de la madrugada y es demasiado temprano para estar despierta, pero, cuando lo
hago, veo en la pared el resplandor amarillo de una diminuta luz parpadeante que viene de fuera.
¿River también está despierto?
Me dirijo a las puertas francesas y abro la cortina para descubrir que ya está despierto. Está sentado en la cheslón leyendo el primer libro de Arroyo del Caos a la luz de una vela que ha colocado en el taburete que tiene al lado.
Se sobresalta un poco cuando me ve observándolo a través del cristal.
Abro la puerta y, cuando salgo a la serena madrugada, me sorprende el extenso cielo despejado y salpicado de estrellas, tan diferente de la densa contaminación de Londres.
—Lo siento, no pretendía asustarte — digo, apoyándome en la pared, incómoda.
—Pues lo has hecho. Pensé que eras un espeluznante fantasma inglés.
—A estas horas de la madrugada lo que parezco es un muerto viviente.
¿Un fantasma llevaría un pijama de árboles de navidad tan chulo?
River deja el libro abierto sobre el reposabrazos de madera de la cheslón.
—Eso sería exactamente lo que llevaría. Algo completamente inesperado, para hacerlo todo más aterrador.
Asiento, pensativa.
—¿Sabes? Nunca se oyen historias de fantasmas vestidos con ropa moderna, ¿verdad? ¿No te parece extraño?
River se ríe un poco.
—Sí. Pero a mí me encantaría. Un fantasma en chándal.
—O un fantasma hípster.
—Una casa encantada por un emo.
Nos reímos en el silencio de la noche.
Señalo mi libro con la cabeza.
—¿Lees algo bueno?
—La verdad es que sí. Has clavado a Cassidy — me asegura, con una sonrisa sorprendida —. Es extraño. Algunos de los detalles que escribiste aquí son exactamente iguales en el Bedlam Creek que conozco y amo, pero otros son imprecisos, y muchos son apenas un esbozo de lo que Bedlam y su gente son en realidad. Sin embargo, Cassidy es… es justo así.
Caprichosa de corazón, apasionada, irritante y totalmente inflexible.
Me sorprende la ternura con la que habla de su hermana porque en mis historias hace todo lo posible para evitar que tenga éxito.
—¿Hay detalles imprecisos? — le pregunto, sentándome en el borde de la cheslón. Una ráfaga de aire frío agita las páginas del libro y me hace tiritar —. ¿Qué he entendido mal?
River me pasa su albornoz, que estaba apoyado en la barandilla del balcón. Me lo pongo en los hombros.
—Bueno, el bar de Bedlam no se llama El Barril Contento. Se llama La Barrica Alegre.
—¿La Barrica Alegre?
—Y esperas demasiado de Ethan Calhoun. No es tan interesante ni tan guapo, aunque quiere a Cassidy de verdad.
—Son el uno para el otro — murmuro, sintiendo en el pecho un estallido de anhelo por lo mucho que extraño tenerlos siempre charlando en mi cabeza. Echo de menos cerrar los ojos, extender las yemas de los dedos sobre las teclas del portátil y verter esos personajes maravillosos en la página.
—Bueno, está claro que la conexión que tienes con Bedlam viene de Cassidy. La voz parece la suya. Los detalles de su cabaña, su amor por los caballos y su mejor amiga, Sofia… Dan en el clavo.
—¿Y los detalles sobre ti? ¿También son imprecisos? Porque siempre te había visto como el hermanastro malvado que no dejaba que Cassidy trabajara en el rancho familiar porque necesita controlarlo todo y a todos.
River frunce el ceño y se rasca la mandíbula.
—Mira, antes de morir, mi padre me hizo prometerle que mantendría a Cassidy alejada del negocio. Me dijo: «Cassidy Oakley está destinada a cosas más importantes que criar ganado en un pueblucho. Ella no es como tú o como yo, hijo». Se sintió muy orgulloso cuando Cassidy comenzó su doctorado. Y la verdad es… que toda mi vida me he sentido obligado a seguir los pasos de mi padre. Daba igual qué habría querido hacer yo con mi vida; soy un Oakley, y los hombres Oakley trabajan en el rancho. Y
aunque le tenía rencor a Cassidy porque es el fruto del adulterio de mi padre, no quería que ella se viera obligada a vivir como yo. No le desearía eso a nadie.
Eso me sorprende. ¿Fue idea de Chip Oakley que Cassidy se mantuviera alejada del rancho? ¿No fue cosa de River? ¿Por qué no lo sabía yo? Miro a
River y mi perspectiva de él cambia un poco.
—¿Sabe Cassidy la promesa que le hiciste a tu padre? ¿Se lo has contado? ¿Con esas mismas palabras?
River se encoge de hombros.
—Ella no me creería. Me odia. Y es justo. Una vez le metí gusanos vivos en las botas.
—Así que ese detalle era verdad.
—Me temo que sí. — Se recuesta en la cheslón, mordiéndose una y otra vez la comisura del labio inferior. Los dos miramos las onduladas colinas mientras un sol melocotón empieza a salir a lo lejos —. De todos modos, seguramente deberíamos dormir un poco. Está saliendo el sol.
Me tapo un bostezo y me levanto.
—Tienes razón. Buenas noches, River.
Empiezo a caminar hacia la habitación y después, por alguna razón que no consigo dirimir, digo lo más vergonzante que he dicho en mi vida. Es más humillante que la vez que llamé «papá» a mi profesor de Lengua, más ridículo que la vez que quise decir: «Perfecto» y «sin problemas» y por alguna razón dije: «Sin perfectos». Peor todavía que el día que quise enviarle un mensaje de voz a Henry diciéndole que me había hecho la depilación brasileña y por error se lo mandé a mi ginecóloga, la doctora Amy Henry, que sé que lo escuchó porque el tic de confirmación se puso azul. No contestó.
Más vergonzoso que todo eso.
—River, ¿yo soy sexi?
De inmediato me tapo la boca con la mano; la vergüenza por haber dicho tal cosa en voz alta le prende fuego a mi piel. ¿Soy sexi? ¿Soy sexi?
Ay, por Dios.
River se gira hacia mí despacio.
—Perdona, ¿qué acabas de decir?
—¡Nada! — balbuceo, agradeciendo haberlo dicho en voz baja y que él no lo haya entendido. ¿Qué demonios me pasa? ¿Quién le pregunta eso a otra persona, además de Rod Steward?
Entro corriendo y me meto en la cama, con la cara ardiendo.
Instantes después, oigo que la puerta corredera se abre. River avanza con decisión hasta la cama y se sienta en el borde.
—Yo diría que sí, Gertie. Eres sexi.
Oh, no. Oh, Dios. Me había oído.
Suelto una carcajada incómoda que en realidad no parece una carcajada.
—No pretendía ponerte en un apuro — le explico, con una mueca —.
Solo estaba… Bueno, es por Henry. Por cómo estaba besando a Marisol. Él nunca me ha besado así.
—¿No? — Niego con la cabeza.
—Siempre decía que yo era más dulce que sexi, y ahora me pregunto si no sería eso lo que ha querido todo este tiempo. Una persona más sensual.
Y, ¿sabes?, no sé, supongo que solo me preguntaba si yo podría conseguir serlo, si tiene sentido albergar la esperanza de llegar a convertirme en el tipo de mujer que podría describirse así. Lo siento.
¿Por qué sigo hablando? ¿Por qué le estoy ofreciendo un simposio sobre el comentario más terriblemente humillante que le he hecho nunca a nadie?
Quiero escurrirme por el desagüe y desaparecer para siempre. Me tapo la cabeza con la colcha y grito, desde debajo:
—¡Vete! Deberías irte de inmediato, River. Buenas noches. ¡Que duermas bien! ¡Que tengas dulces sueños! ¡Que te vaya bien!
Unos segundos después me quita la colcha de la cara.
—¿Henry te decía eso? — me pregunta en voz baja —. ¿Te decía que no eras sexi?
Niego con la cabeza.
—¡No, no! Él no… Solo me decía que no era… Ya sabes, sexual. Me decía que era dulce, divertida e ingeniosa, pero… Bueno, ya sabes…
—No, no lo sé.
Suspiro. Las mejillas se me tiñen de rosa.
—Una vez me dijo que… el sexo no es mi punto fuerte.
River abre los ojos, horrorizado.
—A ver, no lo dijo a malas. Estábamos discutiendo y yo acababa de decirle que escuchar no era su punto fuerte, literalmente, así que él me respondió con la misma fórmula. Y cuando yo le dije que en el futuro intentaría tener más iniciativa, me abrazó y me dijo que yo era más del tipo dulce y divertido y que le gustaba así. Así que, bueno… Solo era algo que me estaba preguntando. Eso es todo.
River se rasca la mejilla, frunciendo el ceño.
—Lo que Henry te dijo es una tontería, Gertie, y creo que tú también lo sabes. No eres de las que exigen ser el centro de atención, claro, pero eres
tierna, honesta y cercana, y resulta tremendamente fácil hablar contigo.
— Se ríe —. Y eso es muy sexi, ¿sabes?
—Si de verdad lo crees, ¿por qué insististe tanto en que me pusiera ese estúpido vestido plateado? Y los zapatos de tacón alto.