Mi amor entre páginas Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

En distintos grados, he fracasado en muchas de las cosas que he intentado hacer en mi vida: pintarme la raya sin torcerme o meterme el lápiz en el ojo, la asignatura de Sociología en bachillerato, comerme solo un pepinillo del tarro o ir al cementerio y conseguir atravesar sus puertas.

Pero ¿esto? ¿La Operación Amor Verdadero? Con el corazón en la mano: pensaba que funcionaría. Sabía que sería difícil, pero creía que los años que Henry y yo habíamos pasado juntos y mi disposición para hacer lo que fuera necesario para recuperarlo tendrían peso al final. Pero no. Ahí estaba.

Besando a Marisol Keats. Besando apasionadamente a Marisol Keats. Para más inri, fui yo la que le recomendó sus poemas a principios de año, la que le enseñó su cuenta de Instagram, la que no dejaba de hablar de lo increíble que era y de cuánto desearía ser tan guay como ella.

Qué puta vergüenza.

Regreso a mi habitación y me meto directamente en el cuarto de baño.

Me quito el maquillaje de la cara y tengo que enjabonarme tres veces para eliminar toda la máscara de pestañas, que ahora, junto con todo lo demás que se está yendo a la mierda, se me ha metido en los ojos y me escuece.

Es raro, pero no estoy llorando. Me sorprende no estar llorando, sobre todo porque he bebido más de lo normal y el alcohol siempre me da bajona.

Estoy enfadada y me siento profundamente avergonzada, pero, curiosamente, no estoy destrozada.

Me quito los llamativos pendientes plateados y los dejo sobre la encimera del lavabo. Mierda. ¿Por eso está Marisol en la fiesta de Jim? ¿No solo por ser amiga de Jim, sino porque está saliendo con Henry? Si está saliendo con Henry, él seguramente habría avisado de que vendría con ella, ya que no supo hasta el último minuto que yo iba a aparecer. Por Dios, ¿la instalaron en una habitación distinta cuando supieron que yo estaría aquí?

¿Ha estado todo el mundo intentando que yo no me enterara y estaba tan concentrada en mi estúpido plan que no me he dado cuenta?

Qué idiota soy. Soy una auténtica tonta.

Uso la toalla para limpiarme los ojos, y el recuerdo del día en que conocí a Henry vuelve inadvertidamente a mi cabeza. Ese día yo estaba tan triste que me dolía todo el cuerpo, y entonces apareció este hombre, competente y guapo y también listo. El alivio que sentí al sumergirme en una nueva relación amorosa fue un bálsamo para mi corazón roto. Me hizo sentirme más relajada, puso en pausa lo peor de mi dolor y lo ha mantenido así los últimos cuatro años. ¿Y ahora? La idea de que regrese esa horrible sensación de vacío, como había empezado a ocurrir en las semanas posteriores a nuestra ruptura, me hace sentir acalorada y con ganas de vomitar. No soy lo bastante valiente para volver a sentirme así. No puedo hacerlo. No conseguiré llegar al otro lado.

Vuelvo al dormitorio justo cuando River entra, buscándome.

—¿Estás bien? — me pregunta, con una expresión tan triste como yo me siento —. Joder. Eso ha sido… brutal.

—He fracasado — murmuro —. Has venido para ayudarme a volver con Henry y he fracasado. ¿Cómo voy a terminar mi libro? Joder. ¿Vas a quedarte aquí atrapado para siempre? Oh, Dios.

Me paso las manos por el cabello y grito de dolor cuando los dedos se me enredan en la laca que usé para mantenerlo en su sitio y brillante. Con un gruñido frustrado, vuelvo al cuarto de baño a por el cepillo y me lo paso furiosamente por el estúpido pelo. Me pregunto si Henry se rio de mí cuando me vio tan arreglada. Me pregunto si le dijo a Marisol: «Pobrecilla, ha intentado hacerse un peinado elegante».

La laca extrafuerte ataca de nuevo y, mientras me peino, el cepillo se me queda atrapado en el cabello. Intento liberarlo, pero no cede sin arrancar el pelo de raíz. Ay.

Me dejo el cepillo colgando del lateral de la cabeza, regreso al dormitorio y me pongo unas zapatillas de deporte.

—En realidad, debería ir a hablar con Henry ahora mismo. Le contaré que no hay nada entre tú y yo. Que todo fue una treta. Que solo intentábamos provocar sus celos para que pusiese fin a esta absurda pausa en la relación. No puede haber pasado página ya. No puede. Me dijo… Por Dios, ¿cómo ha podido besar a otra así? Aunque pensara que no lo estaba

viendo nadie. Aunque creyera que tú y yo estamos… Qué vergüenza. ¡Fue él quien me pidió un tiempo! Me dijo que todavía estaba reflexionando sobre nuestra relación. Que todavía me quería. ¿Por qué no cortó definitivamente conmigo si quería besar a la puñetera Marisol Keats?

El rostro habitualmente estoico de River muestra una expresión ligeramente horrorizada. Debo de estar ridícula, con un vestido absurdamente sexi, la máscara de pestañas corrida por toda la cara y un cepillo enganchado al lateral de la cabeza.

—Sí, sé lo que parezco — murmuro, regresando al baño para buscar más algodón con el que intentar eliminar parte del rímel restante —. Dios. Ir a una fiesta para seducir a tu ex y conseguir que vuelva contigo, y que se te dé tan mal que lo empujes a los brazos de una mujer mucho mucho mejor.

River se acerca a mí, casi arrastrando las botas de vaquero por la madera. Me pone una mano cauta en el hombro y me empuja suavemente para que me siente a los pies de la cama.

—¿No podrías hablar con él mañana? — me sugiere, con un tono más amable de lo que estoy acostumbrada a oírle. Se sienta a mi lado —.

¿Puedo? — me pregunta, señalando el cepillo suspendido en mi cabeza.

Asiento mientras me toquetea el cabello con dedos diestros y sorprendentemente pacientes hasta que consigue soltar el cepillo.

—Toma — dice, entregándomelo —. Un problema menos.

Giro el cepillo en mis manos, suspirando mientras me inclino un poco hacia la izquierda.

—Es raro. Ni siquiera me duele. Solo estoy enfadada. Odio estar enfadada. Es como una picadura de mosquito en un sitio que no te puedes rascar. Es mejor evitarlo a toda costa.

—Puede que a veces sea útil enfadarse. Necesario, incluso.

Niego con la cabeza y se me escapa un hipido.

—No es verdad. Josie me decía eso mismo todo el tiempo. «Enfádate de vez en cuando, Gertie. Defiéndete, Gertie. ¡Échale agallas, Gertie!». Y

después un día me cabreé con ella y… Da igual, no tienes por qué saber esa historia. Gracias por quitarme el cepillo. Siento mucho lo de… Ya sabes, todo.

Me levanto de la cama con un suspiro. River me agarra el brazo con cuidado y me sienta de nuevo.

—Cuéntamelo — me pide —. Termina la historia.

Niego con la cabeza y hago un ademán.

—Es aburrida y triste.

—Vi entero el vídeo de la presentación del libro de Henry, ¿verdad? No es posible que sea más aburrido y triste que eso.

Sonrío sin pretenderlo.

—Vamos — dice River, con la mirada ligeramente preocu pada —. No tengo nada que hacer.

Me trago la bilis de la garganta.

—De acuerdo. Bueno. Josie era casi perfecta en todos los sentidos, pero a veces podía ser realmente egoísta. Normalmente eso no me molestaba, porque solo era una parte diminuta de un todo increíble. Pero aquel día me había prometido que vendría conmigo a ver una obra en el National. Yo llevaba mucho tiempo queriendo verla y las entradas me habían costado una fortuna, pero menos de media hora antes de salir la llamó el tipo con el que se veía en ese momento para invitarla a la inauguración de un pretencioso restaurante en Mayfair, y ni siquiera se disculpó cuando me dijo que prefería esa opción que la de ver una obra aburrida. Yo me enfadé mucho y se lo recriminé. Al principio se rio, creyó que estaba bromeando, y eso me enfadó todavía más. Le dije que era una egoísta por plantarme en el último minuto, que solo pensaba en sí misma. Ella me preguntó si de verdad necesitaba que me llevara al teatro de la manita. Yo no había dormido bien la noche anterior, y no sé cómo, pero aquello se convirtió en una competición de gritos. Era la primera vez que nos peleábamos. Cuando me gritó que tenía que dejarle hacer cosas sola de vez en cuando, me cabreé aún más y le dije que era una creída insoportable. Uf.

Se me revuelve el estómago al recordarlo. Su sorpresa cuando le escupí las palabras, con tanto veneno. Cómo le cambió la cara cuando la insulté.

—No fue propio de mí, pero recuerdo lo furiosa que estaba ese día, no solo por lo del teatro, sino porque en el fondo sabía que ella tenía razón: dependía demasiado de ella y me había dado cuenta de que estaba empezando a hacer más cosas sin mí. Intenté disculparme, pero, antes de que pudiera hacerlo, levantó la mano y me dijo que ya se había hartado de mí, que iba a salir a divertirse con gente a la que de verdad le cayera bien.

Media hora después tuvo un accidente de coche. Nunca volvió. Se marchó.

Solo… ¡puf! Ya no hubo más Jo.

—Por Dios, Gertie — murmura River —. Eso es… No puedo imaginarme…

—Solo tenía veinticuatro años. — Lo miro a los ojos —. Y ni siquiera he tenido el valor de ir a su tumba y decirle que lo siento, que no era una creída insoportable. No lo era, para nada. Solo se lo dije porque me dolía necesitarla tanto cuando estaba claro que ella no me necesitaba a mí para nada. Lo último que le dije a mi hermana, probablemente las últimas palabras que oyó, fueron: «Eres una creída insoportable». Así que, sí, eso es lo que pasa cuando me enfado.

River me toma la mano entre las suyas.

—¿Te preparo un baño? — me pregunta —. ¿Te haría sentirte un poco mejor?

Lo miro con recelo y me río amargamente.

—¿Estás seguro de que nunca has tenido novia? — le pregunto, intentando relajar un poco el funesto ambiente.

River frunce el ceño, pero de broma.

—¿Cómo te atreves a preguntarme algo así?

—River.

—¿Sí?

—Lo siento mucho. La Operación Amor Verdadero ha fracasado estrepitosamente.

Su expresión se suaviza.

—No tienes que disculparte. Fue solo… una idea. Una suposición. Una lotería, si somos sinceros. Puede que ni siquiera hubiera funcionado. Como tú dijiste, no sabemos con seguridad qué está pasando. — Se detiene delante de la puerta del cuarto de baño —. Burbujas, ¿verdad? ¿Las de lavanda?

Se me humedecen los ojos.

—Burbujas de lavanda, sí, por favor.

—Marchando. Y, Gertie…

—¿Sí?

—Era la Operación Vendehúmos.

***

Cuando salgo de la bañera, estoy completamente agotada. Veo que River ya está dormido fuera, en la cheslón, sin manta ni cojines, tumbado bajo el frío

aire de la noche como un auténtico psicópata. Pero me ha dejado su bombón de menta de cortesía encima de mi almohada.

Me como los dos y me entierro en las mantas, a solas con la aterradora realidad de no tener a Josie, ni final para Arroyo del Caos, y ahora, definitivamente, tampoco a Henry.