Mi amor entre páginas Capítulo veintitrés
50%

Capítulo veintitrés

—El plateado te sienta bien — declara Henry cuando la multitud de la fogata se ha dispersado y River me ha abandonado para ir a por bebida para nosotros. Está apoyado en el tronco de un árbol, mirándome de la cabeza a los pies —. Estás… distinta. Radiante. Sorprendente.

Despreocupada. Elegante. Disfrutando de la vida a tope sin él.

—Es posible que esté distinta. — Levanto los brazos, me recojo el pelo y me lo paso sobre un hombro. River me dijo que debería usar cualquier excusa para enseñar las axilas porque son, según parece, «muy buenas axilas» —. Es posible que me apetezca un poco de… diversión.

—También actúas diferente — me indica Henry, entornando un poco los ojos —. ¿El comentario de antes? ¿Lo de la prosa onanista?

No te disculpes. No te disculpes.

Hace una mueca.

—Por favor, dime que no dijiste eso porque has leído las páginas del manuscrito que te di.

—Oh, claro que no… — digo de inmediato —. Quiero decir, no… Ni siquiera había pensado en tus páginas, para nada. Tus… tus páginas me la sudan.

—¿Perdona?

Uf, esto se me está yendo de las manos. Puede que también esté un poco borracha después de las cervezas. Y aunque no estuviera borracha, nunca se me ha dado bien esconder mis verdaderos sentimientos. Josie solía decir que se me nota todo en la cara.

Tomo aliento profundamente.

—Lo que quiero decir es… Este fin de semana he venido a divertirme.

No puedes chasquear los dedos y esperar que acuda corriendo, Henry.

Alza las cejas con sorpresa porque, por supuesto, eso es lo que siempre he hecho. Y de buena gana. Pero lo que dijo antes me ha cabreado de

verdad. Si hay una cosa que no soporto es el esnobismo literario, la idea de que los libros pensados para divertir y entretener no puedan además estar bien escritos. Eso me parece una chorrada.

Henry levanta las manos, declarándose inocente.

—¡Vale! Relájate, Gertie. Por Dios, ¿qué mosca te ha picado? — Me dedica una mirada implorante —. Sabes que no me refería a tus lectores,

¿verdad? Solo estaba bromeando. — Usa el índice para levantarme la barbilla —. Yo nunca te haría daño intencionadamente. Eso lo sabes,

¿verdad?

No estoy segura.

—¿Puedo interrumpir?

Me giro para ver a River a mi lado, impresionante con su camisa blanca y sus pantalones vaqueros, con dos botellines de cerveza cubiertos de condensación en las manos. Se inclina, justo delante de Henry, y, sin alharaca, presiona los labios contra mi cuello, emitiendo un sonido de

«hummm» al hacerlo. La agradable sensación de su barba áspera contra mi piel me hace tomar aire bruscamente.

«Algunas mujeres no están preparadas para que las besen así».

Se me seca la boca. Nunca me había gustado sentir el roce de la barba incipiente. Siempre me quejaba cuando Henry estaba un par de días sin afeitarse, pero… ¿ahora? Ahora me siento un poco mareada.

Espabila, Gertie. Concéntrate en el plan.

Me giro hacia River y, justo como acordamos, deslizo los dedos con confianza por su torso y pongo la palma en su pecho, de modo que puedo sentir el firme latido de su corazón.

—Hola, cariño — lo saludo. La voz se me quiebra un poco. Agarro uno de los botellines y le doy un buen trago.

—¿Cariño? — replica Henry.

—Siento interrumpir, colega. — River apenas mira a Henry —. Esperaba que esta preciosidad me hiciera el honor de acompañarme a la pista de baile.

Abro los ojos de par en par. No hablamos de eso. No acordamos bailar.

El cruce sensual de piernas, el coqueteo, el beso en el cuello y la mano en su pecho estaban planificados, pero… ¿bailar?

Henry se ríe.

—Lo siento, tío, Gertie no baila.

—Eso no puede ser verdad — dice River, mirándome solo a mí.

—Tiene dos pies izquierdos — le explica Henry —. Es adorable, pero bailar no es lo suyo.

A River se le hinchan las fosas nasales.

—Oh, yo diría que es mucho más que adorable.

—¿Sí? — Henry sigue sonriendo, aunque la sonrisa ya no se le refleja en los ojos.

—Sí. Yo diría que es… un espectáculo. Es deslumbrante. Sublime.

¿Sabes? «Adorable» es una descripción muy pobre para alguien como Gertie. ¿No se supone que eres un escritor serio, Henry? Vamos, Buhito. A mover el esqueleto.

Mientras la rabia ante el insulto tiñe las mejillas de Henry, que abre y cierra la boca sin emitir sonido alguno, River me agarra la mano y entrelaza sus dedos con los míos.

—Ni se te ocurra mirarlo — sisea mientras nos dirigimos a la zona entre dos árboles donde un pequeño grupo de gente está ya bailando.

—Ay, Dios mío — suspiro —. ¡Pero está muy enfadado!

—Es un maleducado, eso es lo que es. En la fogata ha intentado humillarte, ha desdeñado tu trabajo delante de tus colegas. Te diré algo: ese hombre no duraría ni media hora en el rancho Oakley. Terminarían con ese vendehúmos más rápido que un incendio con viento de cola.

—En realidad no lo ha dicho en serio. Creo que solo estaba picado porque tú estás aquí conmigo, y eso es lo que queremos, ¿no? Tiene la lengua más afilada de lo normal, señal de que le está molestando.

—Sea como sea, tú te has defendido bien. ¿Prosa onanista? — Se ríe —.

Ha sido perfecto. Tú también tienes la lengua afilada.

River me sonríe mientras deja nuestras cervezas en una mesa auxiliar junto a la improvisada pista de baile.

—Pero Henry tiene razón en una cosa — le digo, chascando la lengua —.

Se me da realmente mal bailar. De verdad, soy horrible. Y te lo aseguro, no resulto adorable.

Sosteniéndome la mano y colocándome la otra en la espalda, River me atrae hacia sí. Sonríe, y la luz de las guirnaldas se refleja en sus ojos.

—Oh, pero tú nunca has bailado conmigo, Buhito.

***

Mientras las estrellas titilan sobre nuestras cabezas como una bola de discoteca de la naturaleza y una brisa fría arrastra el aroma de las flores silvestres del prado hasta mi nariz, algo mágico y maravilloso sucede.

Descubro, de un modo bastante inesperado, que no soy la peor bailarina del globo, en absoluto. Podría… En realidad, puede que tenga un talento natural. De hecho, podría ser una superdotada de la danza. ¿Ha sido este mi talento oculto todos estos años? ¿Es a esto a lo que se refería Josie cuando me decía que estaba desperdiciando mi potencial? ¿Debería intentar dedicarme profesionalmente a ello? ¿Será este mi nuevo oficio si nunca más consigo escribir una puñetera palabra? ¿Estoy destinada a una vida en el sector de las artes escénicas? He bailado dos canciones con River y, para mi sorpresa y deleite, me siento inusualmente cómoda con mi cuerpo. Está haciendo exactamente lo que quiero que haga, y eso es algo que casi nunca ocurre. La zona de baile en el bosque está ahora abarrotada de invitados que han cogido ya el puntillo, colorados y radiantes por la música, el alcohol y unas alitas de pollo a la barbacoa realmente buenas. A medida que la música se anima, yo empiezo a contonearme, lo que hace que River se ría a carcajadas.

—Ese es un paso con el que no estamos familiarizados en Bedlam Creek.

—Lo vi en un vídeo de Beyoncé — le explico imponiendo mi voz al jolgorio.

—¿De qué?

—¡Beyoncé! — repito un poco más alto, pero no parece oírme —.

¿Quieres que te lo enseñe?

—Claro — dice River —. Lo usaré para impresionar a las chicas guapas cuando vuelva a casa.

—Puede que te ayude a encontrar una con la que sentar la cabeza.

—¡Nunca! — Frunce el ceño y levanta la barbilla. En sus ojos hay un destello de diversión.

—De acuerdo, tienes que hacerlo así. Ponte las manos en la parte de atrás de las caderas y muévelas como si dibujaras una especie de signo de infinito, pero doblando las rodillas.

—¿Así?

Me echo a reír, encorvándome, mientras River mueve las caderas de un modo extravagante que no encaja con su aspecto de tipo duro. Está tan

concentrado que saca la lengua por la comisura de la boca.

—Bueno, no sé si deberías hacer eso delante de otra gente, y mucho menos de una chica guapa.

—¿Qué? ¿Es que no te parece sexi? — River adorna el movimiento levantando los puños, y me río con tantas ganas que me quedo sin aire.

Cuando la música cambia a After the Love Has Gone, de Earth, Wind and Fire, todos los que no están en pareja abandonan la pista de baile con un gruñido de decepción.

—¿Te parece bien que me acerque un poco más? — me pregunta River.

—Sí.

Tan pronto como River aplasta su cuerpo contra el mío, el corazón empieza a latirme fuerte. Realmente fuerte. Me pregunto si él también lo nota porque se detiene un momento, frunciendo un poco el ceño, antes de aclararse la garganta y abrir la palma en la parte baja de mi espalda. El calor de su mano hace que me tense de inmediato.

Lo miro. Sí. Ha notado mi rigidez. La tensión es evidente. Y eso es…

biología. Es solo biología. No implica nada real. Y aunque esta noche estoy muy guapa con mi vestido plateado y el cabello ondulado, soy consciente de que, comparado conmigo, el atractivo de River está en una estratosfera distinta. Él siempre va a ser el más guapo de la habitación. Yo soy del montón, como mucho. Además, él mismo dijo que no soy su tipo. Y, de todos modos, él tampoco es mi tipo. Henry es mi tipo.

Henry. Esa es la razón por la que estamos aquí. Mierda. Casi había olvidado que todo este numerito del baile se suponía que era para poner celoso a Henry. Miro a mi alrededor para comprobar si nos está mirando, si esto lo está poniendo celoso. Bueno, no lo veo por ninguna parte. ¿Dónde está? Dejo de bailar y me aparto un paso de River para ponerme de puntillas. Examino la zona: allí está Jim, bailando con otros autores de misterio, y allí está Zo, coqueteando descaradamente con un publicista que sé con seguridad que es gay. Pero no veo a Henry.

—¿Adónde ha ido?

En el bosque, al otro lado del claro, capto un destello púrpura por el rabillo del ojo, pero desaparece de inmediato.

Atravieso despacio la pista, zigzagueando entre las parejas que bailan para acercarme a la zona oscura.

—Seguramente está en el baño, o… — River se detiene y su mirada se endurece cuando se concentra en un punto a la izquierda, entre los árboles.

Frunzo el ceño, siguiendo sus ojos.

El corazón me da un vuelco.

Henry está allí.

Parcialmente oculto tras un enorme tronco, apenas iluminado por la luz de la luna.

Henry.

Besando a Marisol Keats.

Besando a Marisol Keats con una pasión que me hace sentir que estoy viendo algo que no debo.

Besando a Marisol Keats como si no fuera la primera vez que la besa.

Oh.

No, no, no.

—Oh, Gertie — dice River —. ¿Estás…?

—¡Estoy bien! — replico, riéndome como una loca —. ¡Todo va bien!

Y entonces me quito los zapatos de tacón, los tiro al suelo y salgo corriendo.