Mi amor entre páginas Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

¿Necesitas AYUDA? ¿Qué te pasa, Gertie? Ay, Dios mío. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Por eso no me respondías? ¡Empieza a preocuparme que te hayan secuestrado! En serio, ¿llamo a la policía?

¿Gertie? Por favor, responde lo antes posible.

Abrazos,

Bridget

PENDIENTE DE ENTREGA

Cuando River y yo llegamos a la fiesta junto a la hoguera, ya está en marcha. Hay un montón de invitados, autores a los que reconozco vagamente de Internet o por artículos de El librero. Se han reunido en tumbonas alrededor del rugiente fuego o están sentados a las mesas iluminadas con velas, comiendo lo que cocinan en la concurrida barbacoa del otro lado del claro.

—Estás increíble — me dice River mientras nos acercamos al grupo que se ha reunido alrededor de la fogata. Henry está allí, rasgando ociosamente una mandolina acústica. Marisol está a su lado, con un sofisticado vestido violeta, bebiendo una copa de vino tinto. Otros invitados han formado un círculo para pasarse un porro; charlan y se ríen, contentos de estar vivos, colocándose en el bosque en una noche serena.

—¿Estás seguro de que no parezco una cuchara? — le pregunto, intentando mirarme la curva del generoso trasero, ligeramente embutido en el vestido plateado.

—Si lo eres, sin duda es una cuchara de la que me gustaría comer.

Lo miro de soslayo.

—Lo siento. Es la costumbre. No pareces una cuchara. Pareces una mujer humana, preciosa y segura de sí misma, que Henry sería afortunado de tener.

El vestido plateado, aunque un poco estrecho, me queda mejor de lo que esperaba porque el brillo de las lentejuelas parece iluminarme. Me he cepillado, secado y aplicado sérum en el cabello para convertirlo en una cortina perfecta y sedosa, y llevo unos zapatos de tacón alto que hacen que mis piernas, normalmente cortas, parezcan largas y esbeltas. En general, parezco… alguien que no soy yo. Pero en el buen sentido, creo. No obstante, el corazón me ha empezado a brincar con los nervios que el jacuzzi no ha conseguido calmar.

—Lo harás genial — me asegura River —. Pongamos en marcha la siguiente fase de la Operación Vendehúmos.

Levanto la barbilla mientras cogemos un par de botellines de cerveza de un cubo con hielo y nos acercamos a la hoguera, donde sir Otto se ha reunido con un puñado de invitados, incluido Henry. Este me mira de arriba abajo con sorpresa y se sienta un poco más erguido en su tumbona. Marisol sigue su mirada.

—Gertie, ¡menudo vestido! — exclama —. Estás increíble. Guau. Daría cualquier cosa por tener esas tetas.

—¡Oh! Eh, gracias. A mí… Bueno, también me gustan tus tetas, Marisol.

¿Por qué he dicho eso?

Se ríe y levanta su copa en un brindis, ebria, guiñándome el ojo.

—Hola, Gert — me dice Henry con una sonrisa. Ve a River y su sonrisa se desvanece de inmediato.

De acuerdo. ¡Acción!

El plan es este: anoche le dediqué a Henry toda mi atención, y esta noche probaré lo contrario. Mañana por la tarde, cuando mi frialdad lo haya desconcertado por completo, coquetearé exageradamente con él. River me ha enseñado ya algunos trucos, pero hemos programado una intensa sesión de aprendizaje para mañana por la mañana. Siguiendo sus instrucciones para mostrar indiferencia, saludo a Henry con un asentimiento de cabeza y me marcho de la mano de River al lado opuesto del círculo para sentarme en la silla que ha apartado para mí. Como me ha pedido, cruzo las piernas de modo que la falda de mi vestido se me suba un poco por los muslos.

River asiente discretamente, con aprobación.

Jim se sienta a mi lado.

—Estás maravillosa, Gertie, querida — susurra —. Realmente maravillosa.

—Gracias — digo, tocándome con timidez el pelo recién ondulado —.

¿Te lo estás pasando bien?

—Me lo estoy pasando genial. — Jim hipa y me pregunto cuánto habrá bebido ya —. ¿Y tú?

—Sí. — Asiento —. Me alegro mucho de celebrar esto contigo, Jim. Te mereces toda la felicidad del mundo.

Jim parece conmovido. Después, su rostro se abate un poco.

—Gertie — me dice en voz baja —. No estoy seguro de que este sea el mejor momento para… Bueno, estoy un poquito borracho, pero…

— Suspira y juega con su pajarita —. Quizá deberías saber que…

Pero antes de que pueda terminar la frase, Henry nos distrae gritando de repente, algo inusual en alguien que suele mostrarse frío y contenido.

—¡Pero Derberville a menudo se enfada porque vende mucho más que la alta literatura, y solo se leyó la primera parte de Arroyo del Caos después de que se lo rogara, pero nunca antes se había mostrado tan abiertamente desdeñoso. Bueno, excepto cuando le conté que me habían nominado a un premio en una popular cuenta de Instagram y me dijo, riéndose: «¿Hay que ir de esmoquin? ¿Lo cubrirá el Times?». Aunque solo fue una broma tonta, en su momento me molestó.

—Bueno, yo creo que es maravilloso — digo, endureciendo un poco la voz.

Henry pone los ojos en blanco y se recuesta en la tumbona.

—No dudo de cuánto te esfuerzas, Gertie. Eres una escritora con talento y te mereces lo mejor. Sabes que lo pienso de verdad. Pero… dedicar más espacio a la literatura comercial en las librerías contribuirá a que los escritores de verdad tengan menos oportunidades.

¿Los escritores de verdad?

Contengo el aliento. Una brusca espiral de rabia me nubla la mirada.

¿Cómo se atreve?

Alzo la barbilla.

—Bueno, puede que los «escritores de verdad» consiguierais esas oportunidades por vosotros mismos si aprendierais a mantener el interés de los lectores en lugar de dejaros arrastrar por una prosa onanista, egocéntrica y sin argumento.

La gente empieza a vitorear y ulular, y oigo que River se ríe a carcajadas. De inmediato pienso en disculparme con Henry (mi reacción natural en momentos de conflicto), pero, para mi alivio, consigo reprimirme y permito que mis palabras calen. He dicho lo que quería decir.

Henry levanta su botellín de cerveza hacia mí, pero sé por el movimiento de su mandíbula que tiene los dientes apretados. Es típico de él; a pesar de su aplomo, no lleva bien la derrota, sobre todo en público. Cuando no consiguió llegar a ser finalista del premio Booker, se pasó en la cama una semana entera con la excusa de un virus entre cuyos síntomas, por lo que yo sé, no estaba buscar en Google los nombres de todos los nominados y leer sus reseñas acreedoras de una baja calificación online.

Se recompone y sonríe.

—Bien jugado, Gert.

Marisol le echa a Henry una mirada indescifrable y después se dirige a sir Otto, con los ojos entornados.

—¿Hay alguna posibilidad de que añadáis también una sección de poesía moderna? — le pregunta, riéndose —. Me encantaría que El manifiesto del ser: la poesía de Marisol Keats fuera más accesible el año que viene.

—Que Dios nos proteja — replica Jim, lo que nos hace reír a todos.

—¡Sois todos un puñado de neandertales! — grita Marisol de manera exagerada, pero ella también se está riendo. Joder, incluso frente a una burla, es capaz de mantener una seguridad y una elegancia que yo nunca conseguiría reunir. Miro a River y descubro que él también está observando a Marisol con admiración. Al verlo, noto una punzada en el estómago, lo que me parece inesperado e irritante. Le doy a mi cerveza un trago enorme, pero la ayudante de Jim, Zo, consigue distraerme: se acerca a nosotros cargada con una tarta absurdamente grande con forma de reloj antiguo, en honor a la saga más famosa de Jim, Los misterios del reloj del abuelo.

—Cumpleaños feeeliz — canta, haciéndonos un gesto a todos con la barbilla para indicarnos que la acompañemos —. Cumpleaños feeeliz.

Mientras cantamos, Jim aplaude con alegría y Zo deja el pastel sobre la mesa.

—¡Pide un deseo! — exclama, y todos esperamos mientras el sonriente Jim se pone serio un segundo, cierra los ojos y sopla todas las velas a la vez.

—¡Hip, hip, hurra! — grita Henry —. Brindemos por este hombre, al que todos admiramos y queremos.

—Sí, señor. — Golpeo la botella de Jim con la mía —. Feliz cumpleaños, encanto.

Jim se levanta y le hace una señal a la orquesta con esmoquin que espera en el claro del bosque.

—¡Bueno! Solo voy a cumplir cuarenta una vez, y mi plan es recordar muy poco al respecto. Así que ¡que empiece la fiesta!