Capítulo veintiuno #2
River niega con la cabeza rápidamente, y al tragar saliva la nuez de Adán le sube y baja.
—¡Nada de nadar! — dice con una voz rara, estrangulada, antes de aclararse la garganta y añadir, con su tono normal —: Me refiero a que…
preferiría no nadar justo ahora.
—Espera… — replico, sorprendida por su reacción ante la simple sugerencia de nadar. Contengo el aliento —. River…, ¿no sabes nadar? A ver, sería raro que no supieras llamándote River, que significa ‘río’, ¿no?
Me lanza una mirada de desdén.
—Sí, sé nadar. ¿Estás de broma? Claro que sé nadar. — Pero el rubor de sus mejillas lo contradice.
—¡No puede ser! — exclamo —. Guau. Hay algo en lo que no eres increíble.
—Yo nunca he afirmado ser increíble en nada.
—Solo seduciendo, participando en trivials literarios, manejando el ganado, montando a caballo, coqueteando y eligiendo vestidos sexis para mujeres con el corazón roto.
River levanta las manos en el aire y se salpica el pecho de agua, que se le desliza lentamente por los pectorales. Aparto los ojos.
—Vale — gruñe —. Apenas sé nadar. Di un par de clases de niño, pero mi madre le tenía mucho miedo al agua. Cada vez que me llevaba a una clase en la piscina, se ponía histérica y me gritaba que tuviera cuidado, que no me fuera a lo hondo. Yo nunca había visto a mi madre perdiendo el control de sus emociones de ese modo; no antes de que empezara a beber, en cualquier caso. Su reacción provocó que yo también acabara teniéndole miedo al agua, al verla tan segura de que algo malo me iba a pasar. Dejó de llevarme a las clases y… No sé, nunca volví.
Lo miro, a este gorila de hombre, y no consigo imaginármelo teniéndole miedo a algo. Observa con tristeza el agua burbujeante.
—¿Y a pesar de eso te puso River?
—Eso fue cosa de mi padre. Su abuelo y su tatarabuelo también se llamaban River. Mi madre quería llamarme Wayne.
—Me alegro de que no lo hiciera.
—Yo también.
Le doy un empujoncito con el hombro.
—Eh, ¿y si no apareciste aquí para ayudarme a recuperar a Henry? ¿Y si apareciste para que yo pudiera enseñarte a nadar? — me burlo, en un intento de aligerar la tensión —. Soy una gran nadadora. Bueno. No soy mala. A braza. El crol se me da regular.
River se ríe un poco.
—Sí. Es totalmente plausible que todo esto haya pasado para que yo pudiera dar clases de natación con una escritora a la que no se le da mal nadar.
—Pero supón que es así. — Me río —. Toda la presión que estamos soportando, y solo para que tú consigas nadar como un perrito.
River se ríe y me mira.
—Así que no se te da genial nadar. ¿Qué se te da genial?
Me encojo de hombros, superconsciente de que este bañador se me ha quedado un poco pequeño. Tengo las tetas aplastadas e intentando escapar.
Me percato de que River se ha fijado, aunque por fortuna el vapor del jacuzzi me disimula el rubor de las mejillas. Me sumerjo más para que las burbujas me cubran.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Por lo de anoche. ¿Esos nervios? Por lo de Henry. Era como si te sintieras…, no sé, intimidada por él.
—¡No me siento intimidada por él! ¡Claro que no! Es solo la situación.
No sé si te has fijado, pero hay un montón de cosas en juego.
River se echa a reír amargamente.
—Oh, lo siento. Cualquiera diría que eres tú la que está atrapada en un universo paralelo.
—Oye, que no sabemos si eso es lo que ha pasado.
—¿Qué otra cosa podría ser?
—Como acabo de decir, ¡no lo sabemos!
—Bueno, sea lo que sea, tenemos que conseguir que controles esos nervios. La primera regla del coqueteo es la confianza.
Me muerdo la comisura del labio.
—Estoy realmente desesperada, quiero que vuelva a casa. Además, no sé si te has percatado, pero Henry es perfecto, juega en otra liga. ¿Sabes? Una vez me sorprendió con un viaje a París porque se le antojó decirme que me quería en la torre Eiffel. Una vez me escribió un poema de amor. Un poema de amor de verdad, que recitó delante de todo el restaurante en el que estábamos y que todos aplaudieron porque era muy bueno. Tengo que demostrarle que merezco la pena, y eso es lo que me pone nerviosa.
—¿Crees que es demasiado bueno para ti?
—Sí. Por supuesto. Es realmente asombroso. Está claro que es demasiado bueno para mí.
River se ríe.
—No, Gertie, no lo es. — Se sienta un poco más recto —. Vamos. Dime en qué más eres buena. Qué más te gusta de ti misma. Tenemos que levantar esa autoestima. Los vestidos bonitos y esas cosas no sirven de nada si no sabes qué puedes aportar, en qué destacas, qué hace que merezcas la pena.
—Vale — murmuro —. Eso tiene sentido.
Intento pensar qué puedo aportar yo.
Lo intento de verdad.
—Es difícil… — murmuro, después de unos instantes —. Supongo que soy bastante normal. Cuando creces con una hermana tan increíble como Josie, te das cuenta muy pronto de en qué cosas te quedas corta. Y no es un
«pobre de mí, mi hermana se llevaba toda la atención». Solo estoy siendo sincera.
—Empezaré yo, entonces — dice River —. Eres amable.
Hago un ademán con la mano para restarle importancia.
—La mayoría de la gente es amable.
—No según mi experiencia. Todo el mundo se muestra amable y simpático cuando quiere algo de ti, pero casi nunca es una actitud sincera.
No te conozco desde hace mucho, pero sé que tu amabilidad es real.
—La gente es más sincera de lo que tú crees, River. Estoy segura.
—Esa es otra cosa buena — dice River, mirándome —. Eres cercana.
Llevas el corazón en la mano. La mayoría de la gente es incapaz de hacerlo.
No puede mostrar sus sentimientos tan… tan abiertamente. Yo, desde luego, no puedo exponer el corazón así.
—Bueno, eso es porque tú no tienes corazón.
River se ríe.
—Muy cierto. También eres divertida.
Asiento.
—Supongo que sí. Josie se reía mucho conmigo.
—¿Josie era…?
Antes de que River pueda terminar la pregunta, mi teléfono zumba en el saliente de azulejo y la vibración hace que se mueva peligrosamente cerca del borde del jacuzzi.
—¡Ah! — Lo agarro rápidamente y miro la pantalla.
Gertie, tu falta de respuesta está empezando
a preocuparme. Por favor, ponme al día.
Soy tu agente. Me tienes aquí.
Un abrazo, Bridget.
Mierda. No va a dejar de preguntar, y es evidente que empieza a estresarse. Suelto el aire despacio. Uf. Ha llegado el momento. Voy a tener que tragarme la vergüenza y confesarle a Bridget lo retrasada que voy en realidad. Se me revuelve el estómago cuando pienso en pedirle ayuda porque todavía no he escrito ni una sola palabra del libro. ¿Me gritará?
¿Dejará de ser mi agente? ¿Usará su llave para entrar otra vez en mi casa y me esposará a la mesa hasta que consiga escribir algo, lo que sea?
Me seco rápidamente las manos en la toalla que llevo enrollada en la cabeza.
«Bridget», comienzo a escribir. «Necesito ayuda…».
Y entonces, antes de que pueda terminar el mensaje, los chorros del jacuzzi se detienen de repente y las burbujas desaparecen. Al mismo tiempo, las tenues luces del spa se apagan y la estancia se sume en la oscuridad. La única luz que tenemos es la parpadeante vela perfumada encendida a la salida del spa y el brillo de la pantalla del móvil.
—Debe de haberse ido la luz — dice River, mirando el agua inmóvil —.
Bueno. Sin las burbujas, solo somos dos cuasi desconocidos juntos en una triste bañera.
Me río ante la precisión de su comentario, pero, para mi horror, con el movimiento errático de mi risa el móvil se me escurre de las manos y cae a la oscura agua de abajo.
—¡Ostras! Mierda, ¡mi teléfono!
Meto la mano de inmediato para sacarlo del agua, lo envuelvo en la toalla y el corazón me da un vuelco al ver que la pantalla está en negro.
—Noooooo. Creo que me lo he cargado.
—Todavía podría funcionar. — River se levanta, salpicándolo todo, me quita el móvil envuelto y sube los peldaños del jacuzzi —. Solo tenemos que secarlo bien. Vamos a la cocina a por arroz.
Nos ponemos los albornoces y nos dirigimos a la cocina del hotel para ver al cocinero, que nos entrega una bolsa de arroz de una caja etiquetada como «ARROZ PARA TELÉFONOS». Eso me hace sentirme ligeramente menos idiota por llevarme el móvil al spa, o al menos solo uno más de muchos idiotas.
Cuando regresamos a la habitación, meto mi pobre teléfono en la bolsa de arroz y lo colocamos en el centro de la mesa como un triste ornamento.
Lo miramos un ratito, sin decir nada.
—A ver, no es tan interesante como Los asesinatos de Midsomer — digo.
River se ríe, una gran carcajada. Yo también me río al ver su rostro arrugándose, sus ojos cerrados con fuerza.
Siento un inesperado nudo en la garganta al darme cuenta de que la última persona a la que hice reírse así fue a Josie.
—Oye — le digo, dándole un codazo —, ¿sabes que cuando dos personas se ríen juntas de una tontería significa que se están haciendo amigas?
River entorna los ojos y su boca se curva hacia arriba.
—¿Amigas? Qué va. No es mi estilo.
—A veces no tienes opción. — Asiento con determinación —. Sí. Creo de verdad que empezamos a ser amigos. Ya ha ocurrido.
River se levanta y se dirige a la ducha. A medio camino, se gira para mirarme con una sonrisa y se encoge de hombros.
—Cosas más raras han pasado, supongo.