Mi amor entre páginas Capítulo veintiuno
45%

Capítulo veintiuno

Me despierto con una mano enorme en el hombro, zarandeándome con suavidad.

—Uf — murmuro, con la boca pastosa y un aliento que no es el ideal —.

¿Qué hora es?

—Las seis y media de la mañana.

Siento un bandazo de pánico en el estómago y me incorporo, totalmente desorientada.

—¿Josie está bien?

—¿Qué?

Tardo un momento en comprender dónde estoy, quién soy, quién está conmigo y quién no. Me aclaro la garganta.

—Oh, lo siento. Nada. Quiero decir, ¿pasa algo?

River entorna los ojos.

—¿Por qué debería pasar algo?

Agarro el móvil y me lo sostengo ante la nariz.

—Hum…, ¿porque son las seis y media de la mañana?

—He querido dejarte dormir un rato — dice River con benevolencia.

—Entonces, ¿no hay una emergencia?

—¿De qué estás hablando? Claro que no hay una emergencia. ¿Crees que yo estaría aquí charlando si hubiera una emergencia?

Me pongo las gafas para ver a River en alta definición, vestido con ropa limpia: una camisa de franela de cuadros rojos y grises y un par de pantalones vaqueros necesitados de un remiendo y a los que les falta el bolsillo trasero. Tiene el pelo alborotado y un poco húmedo, la barba incipiente a punto de dejar de serlo. Sin su Stetson y con esta camisa concreta, parece uno de esos leñadores de TikTok que tienen un millón de seguidores, ninguno de los cuales está realmente interesado por la leña que

corta. Me ha traído un vaso de agua. Cuando lo acepto, noto el ligero aroma del café en su aliento.

—Espera… — digo con voz ronca —. ¿Cuánto tiempo llevas despierto?

River se encoge de hombros.

—Una hora o así.

Hago una mueca.

— ¿Por qué?

—Estos últimos días me he despertado terriblemente tarde… Debía de estar agotado, con todo esto de dónde demonios estoy y cómo diablos regreso. Pero normalmente me despierto con el alba. ¿Por qué? ¿Tú no sueles levantarte cuando amanece?

Niego con la cabeza y me bebo con ganas el agua que me ha dado.

—No, yo no me levanto con el sol. Y menos un domingo. — Dejo el vaso vacío sobre la mesita de noche y vuelvo a apoyar la cabeza en los suaves almohadones de algodón, tapándome un enorme bostezo con la mano —.

Gracias por pensar en mí, River, pero creo que voy a volver a dormirme.

—No — replica River, sentándose a los pies de la cama y haciéndome rebotar un poquito con su peso. Me siento con un resoplido.

—¿No?

—No. Tenemos que ponernos a trabajar. — River se cruza de brazos y alza la barbilla —. Está claro que lo de anoche no nos proporcionó el éxito que habíamos esperado con Henry. — Señala mi presencia en la cama con una irritante floritura.

Me aprieto el puente de la nariz y gimo.

—Ya te lo he dicho, River. Lo que hay entre Henry y yo es más profundo que el sexo.

—¿Y lo de abrazaros toda la noche? No salió bien, ¿eh? Si hubierais vuelto, todavía seguirías allí, «haciéndole cosquillitas en la palma mientras él te acaricia el pelo…».

Me ruborizo. ¿Por qué narices compartí unos detalles tan íntimos con él?

Va a utilizarlos para avergonzarme, claro. ¡Eso es lo que hacen los villanos!

Abro la boca para protestar, pero River tiene razón. Lo de anoche fue un auténtico fracaso.

—Después de haberte visto en acción anoche, he llegado a la conclusión de que necesitas practicar cómo coqueteas — me informa River —. Siento decir que tienes serias carencias. Tienes que hechizar de nuevo a Henry,

conseguir que recuerde los primeros días de vuestra relación. Esa fase tórrida en la que no podíais dejar de tocaros, cuando follabais hasta en las cunetas.

—¿«La fase de follar hasta en las cunetas»? — Hago una mueca —. ¿Eso existe? ¿Te refieres a que la gente detiene el coche en el arcén para tener sexo porque literalmente no puede esperar a llegar a casa para hacerlo en una cama cómoda? Eso suena irracional.

—Oh, Gertie… — River me mira con lástima.

—De todos modos, aunque Henry y yo fuéramos de los que hacen esas cosas, yo no soy coqueta. Nunca lo he sido. Y tampoco Henry. Eso no funciona con él.

—Creo que Marisol Keats estaría en desacuerdo.

Lo miro bruscamente.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Anoche, en el trivial. Mientras tú estabas en el aseo.

—¿Qué pasó?

¿Estuvo Henry coqueteando con Marisol? ¿Hay algo entre ellos? La idea hace que esté a punto de vomitar de celos. Marisol Keats es mejor que yo en todos los sentidos posibles. No. Eso no puede ser. Henry me dijo anoche que no estaba saliendo con nadie.

—Tranquila, que va a darte un infarto. — River eleva las palmas —. Lo único que digo es que Henry no es tan cerebral como tú crees.

—Entonces ¿qué? — balbuceo —. Vas a enseñarme a coquetear, ¿verdad?

—Yo soy un experto del coqueteo. Podrías aprender un par de cositas de mí, encanto.

Su arrogancia es muy irritante.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Nunca se te ha ocurrido que la gente reacciona así contigo debido a tu aspecto? Que gustas a pesar de tu personalidad. Que te miran con ojitos de cordero degollado porque eres…

—¿Por qué soy qué?

—Oh, ya sabes. El típico vaquero empotrador. — Agito la mano en el aire y me ruborizo cuando el eco de mis palabras regresa a mí —. Juegas con una ventaja tremenda.

—¿El típico vaquero empotrador? — En la boca de River aparece una sonrisa divertida —. Vaya, gracias.

Me ajusto las gafas en la nariz.

—Calla. Lo que quiero decir es que algunos no tenemos el físico increíble idóneo para coquetear. Algunos solo parecemos ridículos.

La expresión de River se suaviza.

—Tú eres muy guapa, Gertie.

—¿«Tú eres muy guapa»? ¿Intentas coquetear conmigo? Bueno, pues no está funcionando. Conozco tu juego. — Suspiro —. Y, de todos modos, a estas alturas no puedo cambiar mi personalidad. Henry se extrañaría. Se daría cuenta de inmediato.

—Para coquetear no tienes que cambiar tu personalidad. Solo tienes que proponértelo, aprovechar lo que ya tienes y usarlo estratégicamente para conseguir la reacción que quieres.

—Eso suena tremendamente falto de ética.

—Coquetear es divertido, alegre, lleno de expectativas e incógnitas.

— River frunce el ceño. Después, ladea la cabeza y clava sus ojos en los míos —. Perdona, espera — me dice, con una voz tan repentinamente grave y cálida como una cerilla al encenderse —. Tienes una pestaña.

Se acerca a mí y, sin dejar de mirarme, usa la yema del pulgar para acariciarme despacio la mejilla. Sonríe con ternura y, para mi enorme irritación, la inesperada intensidad de su mirada consigue acelerarme el corazón. Me descubro sonriendo como una idiota.

—¿Quieres pedir un deseo, Gertie? — murmura, deteniendo el pulgar muy muy cerca de mis labios —. Puedes pedir cualquier cosa que quieras.

Asiento, hipnotizada de repente por las motas doradas de sus ojos, por la melodía de su profunda y cadenciosa voz.

—Sí. Quiero. Voy a…

River aparta el pulgar de repente.

—Bueno, pues no puedes — dice con brusquedad. El destello de sus ojos desaparece como si alguien hubiera encontrado el botón etiquetado como

«ENCANTO» y lo hubiera apagado —. Porque no se te ha caído ninguna pestaña. ¡Me lo he inventado!

—¿Qué?

—¡Tachán! — Se levanta y extiende los brazos —. Solo estaba coqueteando, de un modo bastante rudimentario, debo añadir.

—Por Dios — replico con una mueca —. Eres muy bueno. ¿Cómo has hecho eso con la voz? Ha sido como si me hubieras embrujado. ¿Y lo de la

pestaña? Muy astuto.

—Tú podrías tener ese mismo efecto en Henry — me asegura, levantando las cejas —. Si me dejas que te enseñe cómo.

—Vale. — Me froto la nuca con una mano —. Solo necesito relajarme, soltarme un poco. Estoy tan tensa y nerviosa por todo esto que me estoy comportando de un modo extraño. No puedo coquetear si estoy tan tensa.

—Eso tiene sentido. — River se mete los pulgares en la cinturilla del pantalón —. Bueno, ¿qué suele hacer Gertie Bickerstaff para relajarse?

¿Puedo hacer algo para que te sueltes?

Lo miro.

—¿Que si puedes hacer algo para que me suelte? No sé si estás coqueteando de nuevo o si solo suena así por tu acento y tu voz grave.

—Esta vez es solo mi acento y mi voz grave.

Resoplo.

—Bien. Bueno, en realidad sí que hay algo que creo que me relajará.

—Genial — dice River, dándome la mano y tirando de mí para sacarme de la cama —. ¿De qué se trata? ¿Un paseo? ¿Correr un poco? ¿Quieres explorar la zona? ¿Adentrarte en la naturaleza? Vamos a ello.

***

Entro en la zona de agua del spa y descubro que River ya está en el jacuzzi, y no parece nada contento.

Bajo con cuidado los peldaños, adentrándome en las calientes y reconfortantes burbujas, y me siento a la izquierda de River. Me sumerjo.

La reconfortante sensación del agua danzándome sobre la piel hace que los hombros se me relajen de inmediato. Cojo mi móvil y busco Música de spa

#1, apoyo el dispositivo en el pequeño saliente que tengo detrás y pulso

«Reproducir». El sonido de las zampoñas, de las flautas y de las tintineantes campanillas empieza a vagar por el aire. Tomo aire profundamente y el aroma de la lavanda y del romero me hace sentir somnolienta de inmediato.

Cuando suelto el aire, es con un suspiro de felicidad.

—Sé que no es tu cedro en el prado, ni tu caballo Kenneth, pero las burbujas… son agradables, ¿no?

—No lo sé — dice River, retorciéndose con incomodidad —. Es como si estuviera atrapado en la barriga de una bestia con problemas gástricos.

—Espera, ¿es tu primera vez en un jacuzzi?

—No suelo tener tiempo para jacuzzis.

—Es una pena. A mí siempre me ponen en estado zen. Josie y yo solíamos ir a uno de Londres la mañana después de salir de fiesta. Son una excelente cura para la resaca.

—Yo no tengo resacas.

—Debe de ser agradable.

River resopla.

—Bueno…, ¿qué se hace exactamente en el jacuzzi?

—Nos relajamos — le explico —. Solo… empápate en el zen del spa.

Él asiente despacio y después, menos de dos minutos más tarde, suspira profundamente y empieza a tamborilear en el lateral del jacuzzi. Lo miro de reojo.

—Lo siento — se disculpa, entrelazando las manos —. Me temo que no estoy acostumbrado a empaparme en el zen del spa.

—A mí me encanta empaparme en el zen del spa. Se me da genial.

— Señalo con la cabeza la piscina que hay en el otro extremo de la estancia —. ¿Por qué no vas a nadar un poco?