Mi amor entre páginas Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

He esperado cuatro semanas enteras para tener la oportunidad de mantener una conversación de verdad con Henry. ¿Por dónde empiezo?

Tengo tanto que decir que lo noto vibrando en el cuerpo. Quiero trepar por él. Quiero encerrarme en él, aplastar la oreja contra su pecho, escuchar su corazón latiendo como una nana de mi infancia y dejar que me acune hasta quedarme dormida.

—Me alegro de que me hayas invitado a venir — le digo con vacilación —. Esperaba que pudiéramos hablar…, decidir qué vamos a hacer con…

—Bueno, ¿River? — me interrumpe Henry —. Eso ha sido una sorpresa, tengo que admitirlo. Habría preferido que no me dijeras que erais solo amigos. Sabía que me estabas mintiendo cuando lo vi en tu apartamento.

No es propio de ti, Gertie, mentir con tanto descaro… — Henry aprieta la mandíbula —. Él no es tu tipo, para nada. Es un poco cabeza hueca.

«Cabeza hueca» me parece un poco exagerado, sobre todo si tenemos en cuenta que nos ha dado una paliza en el trivial.

—Dijiste que podíamos ver a otras personas mientras nos dábamos un tiempo. Concretamente, dijiste que quizá ver a otras personas te ayudaría a darte cuenta de lo que quieres. ¿O solo te referías a ti? Espera… — Me siento desanimada de repente —. ¿Estás saliendo con alguien?

—No, Gertie — dice Henry con brusquedad, al parecer ofendido por la sugerencia —. Yo no puedo pasar página tan rápido.

—Fuiste tú quien me pidió un tiempo.

Henry me pone la mano en el brazo.

—Un tiempo, sí. Pero no un final.

Me animo un poco.

—Entonces ¿no quieres dejarlo?

Henry se pasa la mano por el cabello.

—No sé lo que quiero. Y ese es el problema. Yo solo… A veces te topas con una de estas encrucijadas en la vida, ¿verdad? En la que sabes que el camino que elijas dictará el resto de tus días. Solo quiero tomar la decisión correcta. Estar seguro, ¿sabes? Sobre nosotros. Sobre nuestro futuro. ¿Lo comprendes, Gert?

Encorvo los hombros. Mi ánimo se ha desplomado con la misma rapidez con la que se elevó.

Así que mi farsa con River todavía no ha funcionado. Henry sigue indeciso. De acuerdo. Aquí estoy yo para ayudarlo a decidirse. ¿Necesita certeza? Le demostraré que estamos destinados a estar juntos. Como dijo River, solo le hace falta un pequeño empujoncito en la dirección correcta.

Puedo dárselo yo.

—Lo comprendo — contesto, aunque en realidad no lo comprendo. Para nada.

Estoy a punto de sugerirle que vayamos a terapia de pareja cuando coge una gruesa carpeta de cartón de la mesa de café que hay entre nosotros y me la pone en las manos.

—Toma — me dice —. Échale un vistazo.

—¿Qué es esto? — le pregunto. Lo primero que se me pasa por la cabeza es que son los papeles del divorcio, lo que es absurdo porque ni siquiera estamos casados.

—He escrito una nueva novela — me cuenta, con un nerviosismo contenido.

—¿Qué? — Abro la carpeta para ver el título del manuscrito: Esta curiosa belleza —. ¿Cuándo?

Henry se ríe, niega con la cabeza.

—Estas cuatro últimas semanas. ¡Lo sé! Es una locura. Sentía una urgencia demencial, y, perdóname el cliché, las palabras fluían. Es casi como si hubiera entrado en otro reino, como una especie de conducto creativo. Es la experiencia literaria más satisfactoria que he tenido nunca, Gert. Tan pronto como Jim me escribió para decirme que ibas a venir este fin de semana, supe que tenía que enseñarte las páginas. Después de todo, fuiste tú quien me animó a desarrollar esta idea.

¿Qué? ¿Ha escrito un borrador entero en las cuatro semanas que han pasado desde que se marchó? Lo único que yo he escrito en las cuatro últimas semanas son tres horribles correos electrónicos mintiéndole a Bridget sobre lo mucho que estoy avanzando y una búsqueda en Google acerca del «mejor curri de carne cerca de Bloomsbury».

—¿Un manuscrito entero?

Abro la carpeta y hojeo las pulcras páginas mecanografiadas, ordenadas y llenas de potencial.

—Sí — dice Henry con orgullo —. Es la primera vez que no forcejeo con cada frase, y, sinceramente, creo que eso ha mejorado el texto. Me ha mejorado a mí. Me ha hecho más libre, en cierto sentido. No sé, puede que solo intentara distraerme del dolor de… esto — nos señala a ambos —, pero fue como si… escapara.

—Guau — digo alegremente —. Qué bien. De verdad. Es genial, Henry.

A pesar de mi desconcierto, lo digo de corazón. Henry tardó tres años en terminar su primera novela, con la que fue finalista de un premio, así que el hecho de que haya escrito algo tan rápido es genial. Y… una locura.

—Me alegro mucho por ti. Guau — digo de nuevo, desoyendo el megáfono de mi cabeza que no deja de gritarme que él ha conseguido eso en cuatro semanas. ¿Comenzó a escribir el mismo día que se marchó?

Mierda. ¿Era yo quien estaba asfixiando su creatividad? No. No puede ser.

Una vez me dijo que yo era su musa. Soy la persona con la que discute todas sus ideas. Lo ayudé con el argumento del enorme montón de papeles que ahora tengo en las manos, literalmente.

—Gracias, mi Gertie — me dice en voz baja.

Se acerca a mí en el sofá y me mira a los ojos con expresión reflexiva.

Por un momento, creo que va a besarme. Contengo la respiración, pero, para mi enorme decepción, lo único que hace es alargar la mano para darle dos toquecitos a la carpeta que tengo en el regazo.

—Esperaba que pudieras leerlo. Hacerme algunas sugerencias. Tú siempre has sido mi mejor lectora beta. Confío en ti más que…, bueno, en nadie.

En el caso del libro con el que consiguió ser seleccionado para el premio Booker, corregí el manuscrito entero y reescribí por completo al menos tres capítulos. Yo diría que eso no es lo que hace una lectora beta. Sofoco la pequeña chispa de irritación que se va abriendo paso en mi pecho.

Pero mi expresión debe traicionarme, porque Henry me toma la mano y me la aprieta tres veces rápido, como solíamos hacer, nuestro modo de expresar «te quiero» sin decirlo en voz alta.

—Sabes que no le confío a nadie más mis primeros borradores. — Se mira las rodillas y se encoge un poco de hombros —. Te necesito, Gert. Creo que, a pesar de todo, siempre te necesitaré.

Sus ojos se encuentran con los míos, llenos de súplica.

Me ablando de inmediato.

—Claro — digo, apretándole la mano dos veces en respuesta —. Claro que te haré algunas sugerencias, bobo. ¿Para cuándo las necesitas?

Henry sonríe y finge quitarse el sudor de la frente.

—Lo antes posible. Espero enviárselo pronto a mi agente. De verdad, creo que esto podría ser especial. ¿Qué tal la semana que viene?

—Sin problemas — replico, aunque claro que hay problemas. Mi manuscrito retrasado es uno de ellos. El vaquero de la habitación contigua es otro. Pero si estoy aquí con dicho vaquero es para conseguir que Henry se dé cuenta de que cometió un error cuando decidió que deberíamos darnos un tiempo. Para que vuelva conmigo, se deje de tonterías y regrese a nuestro apartamento. Y si le niego mi ayuda, lo que estaré haciendo es confirmarle que tenía razón al albergar dudas sobre nosotros… Esta es una gran oportunidad para inclinar la balanza en mi favor haciendo una de las cosas que mejor se me da: ayudar —. Será un placer.

—¡Hurra! — Henry se levanta rápidamente del sofá —. Eres la mejor, de verdad, Gertie.

Me levanto con él.

—¿Te apetece…, bueno, otra taza de té? Esperaba que quizá pudiéramos hablar de…

Me detengo mientras Henry contiene un enorme bostezo.

—Ah, lo siento. Dios, estoy molido. Ese trivial fue duro, ¿eh? Hacer memoria es agotador, como hurgar en un viejo sótano buscando artículos que ni siquiera sabías que habías perdido. ¿Nos ponemos al día mañana?

El corazón me da un vuelco. Henry no me ha invitado para echar un polvo, y tampoco para que hablemos seriamente sobre nuestra relación. Me trago la amarga bilis que se me desliza hasta la garganta.

—¡De acuerdo! — exclamo, tan alegremente como puedo —. Mañana, entonces.

—Buenas noches, mi querida Gert — dice Henry, abriéndome la puerta de su habitación —. Hablaremos pronto, ¿vale?

Me marcho de su cuarto con el corazón lleno de decepción por lo pronto que voy a regresar a mi dormitorio. No he estado con Henry ni una hora. Y, aunque es evidente que a Henry no le cae bien River, y que está un poco celoso, la idea de que yo esté aquí con él no parece haberlo vuelto loco.

Abro despacio la puerta de mi dormitorio y me encuentro a River totalmente vestido y dormido; no fuera, bajo las estrellas, sino en la cama

en la que acordamos que dormiría yo sola. Suspiro. Los asesinatos de Midsomer, a pesar de los asesinatos, es una serie muy relajante. Y, a juzgar por los tres platos vacíos en la bandeja del servicio de habitaciones que hay junto a la puerta, ha comido suficiente para caer en un coma alimenticio.

Nuestra habitación no tiene sofá, como la de Henry. Solo la cheslón, que sigue donde River la dejó, en el balcón. Y yo de ninguna manera voy a dormir bajo las estrellas. Así que, tras colocar un puñado de mullidas almohadas como barrera y buscar otra manta para taparme, me acomodo tan silenciosamente como puedo con la cabeza a los pies de la cama, de modo que River y yo estamos del revés.

Después de un día tan emocionante, caigo de inmediato en un sueño inquieto en el que estoy completamente sola en el pasillo de un hospital interminable. En el sueño le grito a Henry que venga y me ayude a salir del hospital.

No responde.