Capítulo veinte
—¿Y la cara que ha puesto todo el mundo cuando he respondido a la última pregunta? ¡No esperaban que un «tonto vaquero estadounidense» conociera la diferencia entre un bildungsroman y un künstlerroman!
—Eso ha sido impresionante.
Me río, uniéndome al inesperado entusiasmo de River por el hecho de que Jim, sir Otto y él nos han dado una paliza a Henry, a Marisol y a mí.
—Entre las noches de trivial, las galletas de vainilla y esos diminutos pudines de Yorkshire, puede que este país no sea el infierno que imaginé en un principio.
River se quita las botas de vaquero y se lanza sobre la enorme y pulcra cama, de modo que los postes de madera tiemblan y la colcha se arruga. Se hace con el mando a distancia y empieza a cambiar de canal. Mira la pantalla con los ojos entornados.
—¿Por qué Inglaterra está tan obsesionada con esas banderitas triangulares de colores? Vi un montón de camino a Crumpet y ahora están en al menos dos de estos programas de la tele.
Resoplo.
—Se llama empavesado. Como país, estamos muy involucrados en ello.
—Pero ¿por qué?
—Los antiguos marineros británicos solían colgar los pavos como decoración. En las celebraciones, creo. Seguramente nos gustó lo bonitos que eran y seguimos con la tradición.
—¿Los pavos?
—Me parece que era así como llamaban a los banderines. Pavos. — Me giro para mirarlo —. Supongo que este país está lleno de pavos.
—¡Ja! — ladra River, y el sonido de su risa parece sorprenderlo. De inmediato se aclara la garganta —. Bueno, ¿estás contenta por cómo van las cosas hasta ahora?
—Sí. Estoy nerviosa y superinquieta, pero muy sorprendida por lo rápido que está funcionando todo. — Me paso un cepillo rápido por el cabello —. He conseguido una invitación para hablar con Henry menos de cuatro horas después de llegar aquí. Tenías toda la razón, River. Ponerlo celoso ha funcionado muy bien, tengo que admitirlo. Es un alivio no tener que seguir fingiendo que estoy contigo.
River sonríe con arrogancia.
—¿Fingiendo? Vi cómo se te puso la piel de gallina.
Frunzo el ceño.
—Eso es solo biología.
—¿Biología?
—Sí. Soy muy sensible a las caricias. A cualquier caricia. Además, tus…
Tenías las manos… frías. De ahí la piel de gallina.
—Claro, Gertie. Bueno, hiciste un trabajo genial fingiendo que te gustaba. — Se pone los brazos detrás de la cabeza —. Deja que te vea. Ajá.
Entiendo por qué te ha llamado Henry para echar un polvo. Ese vestido es un buen vestido.
Me acerco al espejo que hay sobre el tocador y me pongo un poco de cacao en los labios.
—¡Henry no me ha llamado para echar un polvo! Quiere hablar conmigo…
—¿ Solo hablar? ¿En su habitación? ¿A las once de la noche? ¿Después de verte suspirando por mí? Ya, no lo creo.
—¡No he suspirado!
—Oh, has suspirado. No te juzgo. Provoco ese efecto en la gente.
Arg.
—Me gano la vida describiendo suspiros. Soy experta en suspiros. Yo no he suspirado. Tendrías que hacer mucho más que meterte un dedo en la boca para hacerme suspirar.
River levanta una ceja.
Mierda.
Hago un ademán para restarle importancia y me giro para que no pueda verme las mejillas, que se han sonrosado rápidamente.
—De todos modos, mi relación con Henry nunca ha estado…, ya sabes, centrada en el sexo. Lo nuestro es más profundo. Es una conexión entre nuestras almas.
River pone los ojos en blanco, poco convencido.
—Si volvéis a estar juntos y yo puedo salir pitando de aquí, estaré más contento que un marrano en un charco. Pero…, si folláis, ¿podríais hacerlo en silencio? Estas paredes son de cartón, y no necesito oír eso.
—Vale — digo con recato, tapando de nuevo el cacao —. Aunque Henry y yo nunca hemos sido muy ruidosos, así que eso no será un problema.
Seguramente nos pasaremos la noche abrazados, hablando, mientras él me acaricia el pelo y yo le hago cosquillitas en la palma…
Cierro la boca. ¿Por qué demonios estoy compartiendo esta información íntima con lo que es prácticamente un desconocido? ¿Se lo estoy contando porque sé que solo estará aquí temporalmente? ¿O quizá porque de todos modos no parece prestarme mucha atención, concentrado como está en un episodio de Los asesinatos de Midsomer?
—Seguramente no volveré hasta mañana — le digo.
—Ya. Buena suerte, Buhito — me contesta sin mirarme, enganchado a lo que podríamos decir que es un tesoro nacional de la tele británica.
Me dirijo a la puerta y me giro en el último momento para recordarle a River que tiene que pedirle al recepcionista más bolsitas de té. Me sorprende descubrir que me está mirando mientras me marcho, con una expresión extraña en la cara.
—Mierda, ¿qué pasa? — Vuelvo corriendo al espejo —. ¿Tengo el pelo raro por detrás?
—¿Qué? Tienes el pelo bien. ¿A qué esperas? — Suspira —. Vete ya, por Dios. Vete a hacer el amor tiernamente con tu vendehúmos y déjame ver esta serie de asesinatos en paz. Venga, largo.
—¡Vale! — replico mientras me aliso con timidez la parte de atrás del pelo y me marcho de la habitación —. Que te diviertas con los pavos.
***
El corazón comienza a latirme con fuerza tan pronto como me detengo delante de la puerta de la habitación de Henry, junto a la nuestra. Llamo tres veces. Henry me abre medio minuto después, envuelto en el suave albornoz blanco del hotel, con el pelo húmedo después de lo que debe de haber sido una ducha rápida. Hum. ¿Puede que River tuviera razón y que me haya
llamado para echar un polvo? ¿Es posible que los botones abiertos de mi vestido lo hayan animado tanto?
—¡Hola! — le digo, saludándolo con la mano tímidamente, lo que me parece un poco raro porque este hombre ya ha visto mi cuerpo entero de cerca y en HD.
—Entra. — Henry sonríe —. ¿Te apetece beber algo?
—Oh. Bueno, sí. ¿Del minibar? ¿Una cerveza?
—O una taza de té.
—De acuerdo, sí. Eso suena bien.
—¿Enciendes la tetera eléctrica mientras yo me pongo el pijama?
¿Pijama? Entonces ¿no me ha llamado para echar un polvo? Eso es…
bueno. Es bueno, sin duda. Henry nunca ha sido de esos que se abalanzan sobre ti, ni en nuestros mejores momentos, pero siempre le gustaba jugar en los hoteles… Decía que lo hacía sentir como si tuviéramos una relación ilícita. Bueno, así que esto significa que de verdad quiere hablar las cosas, tener una conversación seria para encontrar un modo de arreglar lo que iba mal. ¿Quizá podría sugerirle que fuéramos a terapia de pareja? Eso sería un comienzo. Mientras tanto, él podría volver a casa. Y, cuando haya vuelto, no me sentiré tan sola y triste. Apenas tendré tiempo para pensar en Josie. Y
dejaré por fin de lloriquear en la bañera y de tomar cócteles Tucci. Si Henry regresara, yo conseguiría escribir y mis personajes volverían conmigo y me llenarían la cabeza con sus cosas en lugar de con las mías.
—Claro. — Me dirijo a la zona de la tetera para preparar dos tazas.
Cuando Henry regresa, con un pijama de algodón verde que no le había visto antes, le entrego su taza. Toma un sorbo y suelta un suspiro de deleite.
—Eres la mejor infusionadora del país — me dice, sentándose en el lujoso sofá de terciopelo e invitándome a hacer lo mismo.
—Cuando tus padres son de Yorkshire, no tienes opción. Lo llevo en la sangre, no tiene mérito.
—¿Están bien Greg y Annie? ¿Los has visto hace poco? ¿Greg ha terminado por fin el porche?
Cuando menciona a mis padres, la tristeza me revuelve el estómago.
Desde la muerte de Josie, mi relación con ellos se ha vuelto imposible.
Cada vez que iba a verlos a Yorkshire, lloraban y no hablaban de nada más que de Josie, que es algo que comprendo pero con lo que no puedo lidiar.
Con el tiempo, empecé a poner excusas o a posponer nuestros encuentros. Y
hace unos seis meses, directamente dejamos de hacer planes. Henry ni siquiera se dio cuenta de que había dejado de ir a verlos, y yo nunca saqué el tema. Me resultaba mucho menos doloroso fingir que había hablado con ellos por teléfono y que todo estaba bien.
—Oh, están genial — miento, poniéndome una sonrisa en la cara —. Sí.
Todo bien.
Henry me mira con cariño y toma aire profundamente.
—Me alegro mucho de verte, Gert.
Le doy un empujoncito con el hombro.
—Y yo de verte a ti, Hen.
Nos miramos, y mientras recorro los planos de su rostro, me siento más animada. La suya es mi cara favorita: arrogante y severa a primera vista, pero dulcificada si se observa con atención, por las pecas alrededor de su nariz recta y por unos ojos azules amables, que parecen albergar únicamente pensamientos inteligentes e interesantes.
Recuerdo la primera vez que lo vi. De inmediato pensé: «Esto es un adulto». Es extraño pensar eso cuando conoces a alguien. Su porte era tan seguro, tan circunspecto, que resultaba casi intimidante. Se había acercado a mí porque yo había ocupado sin querer la mesa en la que él estaba sentado, la mejor de la biblioteca, con vistas a la plaza de St. James. Entonces miró sobre mi hombro y me preguntó qué estaba escribiendo. Cuando le conté que se trataba de mi primer libro, sus ojos se iluminaron. Me dijo que él llevaba años escribiendo y que, si alguna vez quería algún consejo, estaría absolutamente dispuesto a ayudar a una colega. Me gustó que me llamara colega, como si tuviéramos algo en común, aunque yo apenas estaba empezando y ni siquiera sabía qué estaba haciendo. Recuerdo la sensación agradable que me calentó el pecho, y el alivio que sentí al experimentar una emoción que no fuera tristeza.
Tres horas después estaba en mi cama, y a la mañana siguiente, cuando le pedí que no se marchara, me dijo: «¡Vale!», como si fuera una decisión fácil. Esa misma tarde, cuando iba a marcharme porque tenía cita con la terapeuta que me estaba ayudando con el duelo, me rodeó con los brazos y me dijo que había descubierto un atajo hacia la felicidad que consistía en quedarme con él en la cama mientras me acariciaba el pelo y me contaba anécdotas divertidas de su pasado. Tenía razón. Atrincherarme con el encantador Henry, sumergirme en él, era mucho más fácil que hablar con
una desconocida sobre el miedo insuperable que me acosaba la mayor parte del tiempo.