Capítulo diecinueve #2
River sonríe de oreja a oreja, me rodea la cintura con el brazo y tira de mí contra su cuerpo hasta que su mano se detiene en mi vientre. Noto su calor a través de la tela del vestido y el aire se me queda atrapado en la garganta. Es como una bolsa de agua caliente, una bolsa de agua caliente sensual y recia. La musculosa magnitud de su cuerpo me provoca una irritante oleada de emoción, algo entre el peligro y el deseo. De inmediato intento acallar la sensación, pero mis traicioneras extremidades flaquean y la boca se me seca de repente. ¿Qué demonios me pasa? No es que sea la primera vez que me toca un hombre guapo. Acabo de pasarme cuatro años en una relación con el hombre más atractivo del mundo.
Arg. ¿Por qué hace tanto calor aquí? Hace demasiado calor. En pánico, le robo a Zo su vaso de agua helada y me lo bebo, me lo trago entero con tanta prisa que el líquido me gotea por la barbilla. Para mi horror, River me acerca el índice de inmediato para quitarme de la comisura una gota errante
antes de meterse ese mismo dedo despreocupadamente en la boca y chupar el agua.
—Hum… — dice, en una voz que es casi un gemido.
Ay, Dios mío.
Me siento mareada. ¿Voy a…? ¿Me estoy desmayando?
Zo agarra el menú y empieza a abanicarse sin dejar de mirarnos a River y a mí. Marisol se lleva una mano a la garganta. Jim mira a Henry con preocupación y sir Otto toma un trago enorme de vino tinto, observando de soslayo el indecoroso espectáculo.
Mientras tanto, Henry está concentrado en River. El golpeteo rápido de sus manos sobre las rodillas, algo que siempre hacía cuando se enfadaba, traiciona la benevolente sonrisa de su rostro.
Cuando la camarera reaparece, River levanta su vaso de bourbon, se detiene para disfrutar de un trago corto y cierra los ojos con satisfacción.
—Gracias, encanto. Tenéis buenos brebajes por aquí. — La camarera se pone roja de satisfacción mientras deja mi sidra en la mesa —. Bueno, yo estaba en casa, en Texas — continúa River, al parecer ajeno al efecto que causa —, buscándome en Skangle… quiero decir, en Google, como hace todo el mundo… — Lanza una sonrisa cómplice a la gente, con una pizca de vergüenza en la mirada —. Oh, venga ya, no me digáis que no os habéis buscado en Google.
La mesa se llena de risas suaves.
—Sé que tú lo has hecho — le dice a Marisol, bromeando. Ella sonríe y levanta las palmas, admitiéndose culpable —. ¿Y qué me encuentro?
Páginas y páginas de resultados sobre un personaje de una saga literaria llamada Arroyo del Caos.
—Esa es mi saga — explico, sin saber lo que está pasando, pero intentando, como siempre, que parezca que sí.
—River Oakley, un vaquero de Texas. Como yo. — River se ríe con voz ronca y toma otro sorbo de bourbon antes de servirle a Jim otra copa de la botella de vino que acaban de dejar en la mesa —. Y pensé: «Bueno, ¿qué posibilidades hay de esto?». Así que investigué un poco más. Y entre los resultados de imágenes estaba la foto de Gertie, por supuesto, la autora de Arroyo del Caos. Un bomboncito.
Se inclina hacia mí y yo intento mantener la compostura mientras posa los labios en mi sien. Una vez más, me muevo instintivamente hacia él
antes de apartarme bruscamente. Se supone que esto es falso, pero no parece falso. Arg. ¡Es demasiado desconcertante!
Miro a River e intento enviarle una advertencia mental para que se modere un poco, pero no sirve de nada. Tiene los ojos fijos en su audiencia, totalmente concentrado en la historia que está hilando con tanta seguridad.
Y está funcionando. Ahora que su historia está a punto de terminar, están fascinados.
—Así que le envié a Gertie un correo electrónico para recordarle amablemente que cualquier parecido de sus personajes con personas vivas o muertas debería ser totalmente circunstancial, legalmente hablando. — Alza una ceja —. Y que yo, que soy estadounidense, no temo meterme en pleitos.
La gente se ríe de nuevo.
—Muy bueno — brama sir Otto, dándose una palmadita en la rodilla del pantalón de tweed.
—Nos escribimos por Internet durante un tiempo — continúa River —. Y
muy pronto, aunque nadie lo habría dicho, esa correspondencia electrónica se convirtió en…, bueno… — River busca mi mano de nuevo —. Ya veremos cómo termina la historia.
—Extraordinario — dice sir Otto —. Es maravilloso. Los libros son sin duda un fantástico nexo de unión.
—Me encanta — añade Marisol —. Qué coincidencia tan increíble, eso del nombre. La vida es una locura, ¿eh? Vaya. Es un nombre muy inusual, además. River.
Le echo un vistazo a Henry, que mira a River con frialdad sin dejar de golpearse las rodillas con las manos. Sus ojos se detienen en mí y yo aparto la mirada; empieza a dolerme el estómago porque me siento culpable por mentirle, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? No puedo contarle la verdad,
¿no? No puedo decirle: «¡Hola, Henry! Este es mi invitado sorpresa, un personaje imaginario de mi libro que ha cobrado vida. Estamos fingiendo una aventura para que te decidas por mí, vuelvas a vivir conmigo y seamos felices para siempre. Pero estoy totalmente cuerda, ¿eh?».
—¡De acuerdo, chicos! — nos interrumpe Zo, echándole un ojo a su reloj de pulsera y dando dos palmadas. Busca en la mesa un iPad con una funda de goma azul —. ¡Es la hora del trivial! Repartíos en dos equipos, por favor.
—¿Henry? — le pregunto, con una sonrisa tranquila en disonancia con el salvaje movimiento de mis tripas —. ¿Quieres estar en mi equipo? Por los
viejos tiempos.
—Por supuesto. — Me llama a su lado de la mesa, y su expresión se suaviza cuando lo miro a los ojos.
Excelente. Este es un buen punto de partida, una oportunidad para recordarle el buen equipo que hacíamos, invictos en el trivial de nuestro pub en Bloomsbury, pero también en…, ya sabes, la vida. Formábamos un equipo excelente que debería seguir siendo siempre un equipo.
—Yo voy con vosotros dos, si no os importa — añade Marisol con voz engolada antes de que pueda asegurarme de que River también está en mi equipo.
—¡Por supuesto! — exclama Henry, moviéndose para que Marisol pueda sentarse a su lado.
—Bienvenida — digo con timidez, intentando no actuar como una admiradora loca, aunque es Marisol Keats y es un genio y tiene la piel más clara que he visto nunca en un ser humano.
—Voy a comprarme tus libros — me dice, tomando un sorbo de su copa de vino —. El año pasado leí la saga Outlander. Fue mi primera incursión en la novela romántica y me encantó.
—¿ Tú has leído Outlander? — le pregunto con sorpresa. Por el rabillo del ojo creo ver que Henry pone los ojos un poquito en blanco.
Ella asiente.
—Sí. La pluma es espectacular. Es descorazonador que el romance esté tan infravalorado por la crítica. — Baja la voz mientras Henry se levanta para aceptar el boli que le ofrece Zo —. Si fueran los hombres quienes escribieran estas extensas y profundamente emotivas historias de amor desde el punto de vista femenino, te aseguro que estarían ganando premios de todo tipo.
Abro los ojos de par en par.
—¡Estoy de acuerdo!
Zo chasquea los dedos para llamar nuestra atención.
—Todo decidido: Jim, Otto y River están en el equipo uno y Marisol, Henry y Gertie están en el equipo dos.
Todo el mundo tarda un instante en acomodarse en sus nuevos asientos alrededor de la mesa. Intento dedicarle a River una mirada de disculpa por no haberme asegurado de que está en mi equipo, indicarle de algún modo que no tiene que preocuparse si no conoce ninguna de las respuestas a las
preguntas sobre literatura, pero ya se ha sentado y le está susurrando algo a sir Otto que le hace a este abrir la boca con sorpresa antes de soltar una sonora carcajada y golpearse el muslo con alegría. Me siento ligeramente avergonzada por haber sugerido que River no conseguiría adaptarse a este grupo. Se le da mejor que a mí.
Zo toquetea el iPad.
—¿Preparados, chicos? — pregunta, con el entusiasmo de una presentadora de televisión en horario de máxima audiencia —. ¡A por las preguntas! Pero, primero, las reglas…
Mientras Zo nos enumera las reglas del concurso y todos la escuchan educadamente, Henry se inclina hacia mí.
—Esta noche estás encantadora, Gertie — me dice en voz baja. Su aliento me hace cosquillas en el cuello.
—Oh. — Me toco el pecho tímidamente —. Gracias. Tú también.
—En realidad, quería hablar contigo.
—¿Sí?
—¿Vendrás a mi habitación después del trivial? Creo que está junto a la tuya.
¿Quiere que vaya a su habitación? Lo miro con sorpresa. ¿Ya ha funcionado? ¿La mera presencia de River ha hecho que Henry se dé cuenta de que no soporta verme con otro?
Me giro para mirarlo. La esperanza y el alivio me hacen sonreír estúpidamente.
—Allí estaré.