Capítulo diecinueve
Oímos la jovial alegría británica antes de verla: el tintineo de las copas, el murmullo grave de la afable conversación, el piano tocando un animado jazz porque Jim es muy fan de Duke Ellington. River me da la mano; sus dedos, enormes y fuertes, rodean los míos por completo. Lo suelto de inmediato por si Henry nos ve antes de recordar que hemos venido justo para eso. Henry tiene que verme de la mano de otro para darse cuenta de que no puede soportarlo y declarar que la pausa ha terminado y que vuelve a casa. Así que, cuando River me busca la mano de nuevo, le dejo hacerlo.
Me la aprieta una vez para darme ánimos.
—Tú puedes — me dice. Lo miro, sorprendida por el voto de confianza, y juntos entramos en el bar del hotel. No era necesario que me preocupara por si River se sentía intimidado por un grupo de adinerados escritores británicos: atraviesa el bar como si fuera el dueño del lugar, golpeando ruidosamente el pulido suelo de madera con sus botas de vaquero. Tiene que agacharse un poco bajo las vigas antiguas, y solo con su estatura y presencia ya atrae de inmediato la atención de todos los que están cerca.
Bueno, con eso y porque inclina su Stetson y suelta con un bramido:
«Buenas a todos» en su más grave, gruñona y casi sobreactuada versión de sí mismo.
Yo camino a su lado, examinando la estancia, concretamente la enorme mesa en la esquina donde están sentados Jim y los demás invitados a la fiesta, que ahora miran boquiabiertos a River. En favor del pianista, debo decir que la inesperada aparición solo le hace fallar una nota.
Recuerdo vagamente que Henry me habló de la lista de invitados.
Intento ubicarlos a todos para no dar ningún paso en falso; desde que me publicaron, he descubierto que a los escritores se les da genial guardar rencor por cualquier cosa que perciban como un desprecio.
Está Jim, por supuesto, con un chaleco de jacquard sobre una camisa blanca en el que lleva una enorme chapa roja que dice: «¡CUMPLEAÑERO!».
Junto a él, con el vestido lima sujeto al cuello más bonito del mundo, está Marisol Keats, cuyo primer poemario se vendió el mes pasado en una subasta en la que hubo ocho editoriales interesadas. Está asombrosamente atractiva y serena. Su Instagram (donde comparte imágenes de sus poemas, de las reformas de su casa en un antiguo establo de Mayfair y de Bella, su demencialmente esponjosa gata persa) lo siguen 800 000 devotos, de los que yo formo parte. Se recoge el lustroso cabello negro sobre el hombro y me muestra una sonrisa ligeramente forzada.
Y ahí está sir Otto Derberville, que es como si un joven Barack Obama se hubiera vuelto loco en una fábrica de Harris Tweed. Sir Otto es el dueño de Derberville & Falcon, una enorme cadena de librerías independientes muy respetada en el Reino Unido. Solo he coincidido con él una vez, en una fiesta para los seleccionados del premio Booker a la que invitaron a Henry.
Fue encantador, pero se mostró ligeramente perplejo cuando le expliqué de qué iban mis libros. Me dio la impresión de que no había leído una novela romántica en su vida, lo que me pareció una pena.
Henry está sentado a la cabecera de la mesa, con una pinta de su apreciada cerveza rubia en la mano. El guapo y tranquilo Henry, exquisito con una camisa de lino blanco y las mangas enrolladas para revelar esos preciosos antebrazos fibrosos que yo siempre le decía que eran tan sexis que podían convencerme de hacer cualquier cosa. Después de eso, me los enseñaba de broma cada vez que me pedía algo. Agitaba sus antebrazos desnudos en el aire, como si intentara hipnotizarme, y me pedía una taza de té o una mamada. Cuando nos vemos, me sonríe afectuosamente. Me guiña el ojo con complicidad y eso me crea un nudo en la garganta. Necesito toda mi fuerza de voluntad para no salir corriendo hacia él y enterrar la cara en su hombro. Eso sería demasiado patético, incluso para mí, y River dice que yo debería actuar como si me estuviera yendo genial sin él. Es curioso. He tenido novio casi constantemente desde los catorce años y han roto conmigo un montón de veces, por razones tan dispares como «Regreso a Canadá» o
«Tengo que concentrarme en mi trabajo en el banco» e incluso una vez con
«Sin querer te oí hacer pipí y me dio asco». Pero aceptar que esas relaciones habían terminado para siempre me había resultado mucho más sencillo que
asimilar esta pausa. Me siento como si estuviera ante un precipicio, sin saber si mi destino será ser rescatada o empujada al vacío.
Una mujer bajita de aspecto amistoso con largos rizos rosas y violetas nos saluda desde la mesa. Le da una palmada al banco para indicarme que me siente a su lado.
—Hola a todos — los saludo. El corazón me late nerviosamente mientras me acerco para sentarme junto a la mujer del pelo rosa y morado, que se presenta como la ayudante de Jim, Zo.
—¡Gertie! — exclama Jim, encantado, como si no me hubiera visto un par de horas antes en el aparcamiento —. Todos conocéis a Gertie, ¿verdad?
— pregunta a los demás invitados, la mayoría de los cuales asiente educadamente —. Es una maravillosa escritora romántica y un ser humano encantador.
—Este es mi…, esto…, él es River — replico a los distintos saludos —.
Es un… Es… de Texas. Un chico de Texas, sí…
Dios. El protocolo me está fallando ya.
—River Oakley — brama él, acercándose para estrechar todas las manos una a una —. El placer es mío. Me alegro de compartir guateque con vosotros. Y de volver a verte, Henry.
—¿Te llamas River Oakley? — Henry casi escupe su bebida —. Como…
¿como tu personaje de los libros de Arroyo del Caos, Gert?
Oh, no. Mierda. Henry solo ha leído el primer libro de Arroyo del Caos, y fue hace años. ¿Cómo se acuerda del personaje de River Oakley? Dios, tiene una memoria increíble. Joder. Menuda metedura de pata por mi parte.
¿Cómo no se me ha ocurrido que Henry reconocería el nombre de River?
¿Qué demonios voy a hacer? ¿Cómo voy a explicar esto sin revelar que estoy realmente desquiciada? Mierda.
—Yo… Yo… Bueno… — digo, empezando una frase que no tengo idea de cómo voy a terminar —. Es que… No…
El resto de los invitados me mira sin expresión. Sir Otto se mueve en su asiento, incómodo.
—¡Usa palabras, Gertie! — dice Henry, con una sonrisa un poco forzada.
—Ah…
—Así fue como Gertie y yo nos conocimos, en realidad — me interrumpe River. Llama a la camarera y se sienta en un taburete de terciopelo a mi lado, abriendo las piernas de un modo que obliga a Henry, al
otro lado, a mover un poco su silla para dejarle espacio —. Bourbon, con una pizca de agua — le pide a la camarera cuando aparece a su lado —.
¿Buhito? — Me mira con expectación.
¿Buhito? ¿Yo soy Buhito? ¿Por qué me llama Buhito?
—¿Buhito? — repite Henry, con una ceja levantada.
—Es por las gafas — explica River, con una sonrisa tierna, que mágicamente le suaviza el rostro y lo transforma en algo mucho menos intimidante —. ¿No os parece que esas gafas redondas le hacen parecer un buhito supermono?
Oh, Dios. Oh, Dios.
Ayer River mencionó de pasada la posibilidad de usar un apelativo cariño delante de Henry, pero no acordamos nada. Yo nunca habría aceptado lo de Buhito, por supuesto.
—Ah, sí, ¡totalmente! — replica sir Otto, mirándome y asintiendo despacio —. Sí. Un búho sabio.
—Un búho sexi — murmura River, sonriéndome traviesamente.
Desliza el dedo corazón por mi brazo desnudo. La caricia es tan inesperada, tan manifiesta y explícitamente sensual, que noto que empiezo a ruborizarme. Para mi disgusto, mi cuerpo entero reacciona a su dedo erizándose. Le echo a River una discreta mirada de advertencia. Mientras nos contábamos cosas para que «estar saliendo» resultara más realista, no acordamos nada sobre las muestras de afecto en público. Y mientras él me traza con el dedo círculos perezosos en la nuca, me doy cuenta de que deberíamos haberlo hecho porque ser objeto de su interés sexual, por mucho que sea fingido, es algo con lo que sé que no puedo lidiar con elegancia. Por Dios. Me digo con firmeza que debo alejarme de su mano, pero me frustra lo mucho que mi estúpido cuerpo quiere acercarse a ella.
Henry nos observa, con las cejas casi en el nacimiento del pelo. Marisol nos mira con expresión confusa.
—¡Oh! — exclama al final, señalándonos a River y a mí —. ¿Vosotros dos estáis…? — Se detiene. Intento no sentirme ofendida por su incredulidad ante la idea de que alguien como River se interese por alguien como yo, pero no lo consigo.
—Oh, estamos. — River sonríe despacio. En sus ojos hay un destello de puro sexo —. Mucho, además. Todo el rato.
Me doy cuenta de que Henry aprieta la mandíbula.
—Entonces no es solo un amigo — murmura.
Marisol hace una mueca. Esto es muy muy incómodo.
—Siento no habértelo contado ayer — replico —. No quería que…
Me detengo, sin saber cómo terminar la frase. ¿Cómo se construían las oraciones? Mientras Henry me mira con expresión traicionada y River mueve sus sensuales dedos bajo mi oreja, me es imposible pensar correctamente. Me estoy viniendo abajo. Me estoy viniendo completamente abajo.
Miro a la camarera que se me acerca.
—Creo que tomaré un vaso pequeño de sidra, por favor. Sí, eso es lo que voy a tomar. Muchas gracias, muy amable.
—Una sidra pequeña para mi buhito — le dice River a la camarera —. Y
lo que los demás están tomando corre de mi cuenta.
—¡Buen chico! — exclama Jim, levantando su copa de tinto casi vacía hacia River.
—Estabas contándonos cómo os conocisteis — insiste Henry, después de que todos hayan pedido. Cruza las piernas y mira a River —. Por favor,
¡ilumínanos! Nos encantaría saberlo.
—Henry — dice Marisol en voz baja —, no los pongas en un apuro.
Quizá…
—Oh, será un placer.