Mi amor entre páginas Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

El hotel (catalogado y construido en el siglo XVIII) no tiene ascensor. Así que, cuando River insiste en llevar solo todo nuestro equipaje hasta la planta de arriba, no me quejo.

Atravesamos un lujoso pasillo con moqueta gruesa hacia nuestra habitación y miro a mi alrededor, asombrada por lo bonito que es este sitio… ¡Incluso el pasillo! Las paredes están llenas de delicadas ilustraciones enmarcadas de flora y fauna, y, aunque este pasillo conduce solo a dos habitaciones (la nuestra y la de Henry), hay varias mesas bajas de madera pulida con extravagantes ramos de rosas y peonías frescas. A Henry le encantan las peonías.

Cuando abro la puerta de nuestra habitación, contengo el aliento ante la majestuosidad del espacio. Es muy muy bonito. Techos altos; paredes pintadas de verde oscuro; elegantes lámparas ambarinas, todas encendidas, aunque solo son las cinco de la tarde; una enorme cama adoselada con una colcha de algodón y cojines de seda crema; una… Espera… ¿Una cama?

Caray. ¿Cómo es que yo, una curtida escritora de novela romántica, no había considerado esta posibilidad? Cuando Jim me dijo que estábamos en la misma habitación, asumí estúpidamente que habría dos camas porque yo le había dicho que River y yo solo éramos amigos. Me apresuro hasta la cama para comprobar, dos veces, si es uno de esos chismes con cremallera que podemos separar en dos colchones individuales. No lo es. Maldita sea.

—Hum, ¿River? — comienzo a decir —. La cuestión es…

—Aquí estaremos genial — declara River, tirando las bolsas al guardaequipajes. Abre las puertas francesas al fondo de la habitación y sale al enorme balcón con vistas a las asombrosas colinas campestres de Buckinghamshire. Se pone las manos en las caderas, como si fuera el rey de todo lo que hay ante sus ojos, toma aire y hace un sonido de «aaaaaah».

—Oh, vaya — digo con sorpresa, saliendo a la luz del sol y admirando lo que podría ser el trozo de campo más bonito que he visto nunca: exuberantes colinas en tonos verdes, dorados y amarillo girasol; enormes tejos esculpiendo las orillas del río y… Ay, Dios mío, ¡ahí están las alpacas con pajarita!

—En Inglaterra todo es diminuto — murmura River —. Es como un libro de cuentos de hadas ilustrado por Hockney.

— Es un libro de cuentos de hadas ilustrado por Hockney. — Sonrío —.

Esa descripción es perfecta.

—¿Sí?

River parece extrañamente satisfecho por el cumplido antes de recuperar la serena despreocupación de su rostro.

—Respecto a la cama… — comienzo —. En el apartamento, tú dormías en el sofá, así que…

Me detengo, sin saber cómo abordarlo para no ofender a River por no querer compartir cama con él, pero sin insinuar que creo que intentaría aprovecharse de mí. Sin embargo, no tengo que preocuparme porque, mientras intento construir una frase más diplomática, River regresa a la habitación, agarra la cheslón que hay a los pies de la cama y la arrastra con un brazo a través de las puertas dobles del balcón. La suelta ahí con un repique.

—¿Por qué te llevas los muebles fuera?

—Me gusta dormir bajo las estrellas.

—¿ Quieres dormir fuera? — le pregunto, desconcertada.

—Bajo las estrellas — me corrige River, tumbándose de inmediato en la cheslón. Es tan alto que sus pies cruzados cuelgan del borde —. Mi lugar favorito para echar una siesta es debajo de un viejo árbol que hay en un prado cerca del rancho. El árbol tiene cientos de inscripciones, ¿sabes?

«Sue corazón Ezra», «Minnie y Charlie siempre juntos». Me gusta leerlas.

—Eso suena terriblemente romántico — digo, sorprendida.

—Oh, las leo porque son tan aburridas que me ayudan a quedarme dormido.

—Claro. De acuerdo, entonces tú dormirás bajo las estrellas. ¡Me parece bien! ¿Necesitas una manta? ¿Algunos cojines suavitos?

Empiezo a reunir mantas y cojines de la cama y a llevarlos al balcón.

La comisura de la boca de River se curva ligeramente, con desdén.

—¿Cojines suavitos?

—Quiero que estés cómodo — le explico —. Que descanses bien por la noche.

Me mira un momento.

—No necesito que me mimen, encanto. No me sientan bien los mimos.

— Se quita el Stetson de la cabeza y lo usa para taparse la cara y bloquear el sol —. Y ahora, por el amor de Dios, ¿podrías dejar que este hombre eche una cabezada?

***

Antes de meterme en la ducha, me pongo el audiolibro de la novela más vendida de Jim Kellerman (mi favorita de su saga Los misterios del reloj del abuelo) y me entretengo con el champú, la mascarilla, el exfoliante corporal y la crema hidratante de cortesía del hotel. Y pienso que, aunque ver a Henry me pone nerviosa, sobre todo en estas circunstancias demenciales, yo siempre, siempre, quiero verlo. Él era (es) mi persona favorita, y echo de menos contarle cosas. Echo de menos que él me cuente cosas. Eso fue siempre lo que nos unió: las interminables charlas sobre todos los temas posibles. Seguro que él también lo echa de menos. ¿Cómo podría no hacerlo? Incluso la semana antes de que se marchara nos quedamos despiertos hasta las dos de la madrugada, charlando, él contándome sus ideas para una nueva novela y yo dándole mi opinión sobre cuál debería ser el arco de desarrollo del personaje.

Después de plancharme el estropajoso cabello para que adopte una postura de acicalada sumisión, me pongo uno de los vestidos que compré con River en Marylebone. Es el vestido noventero con estampado de rosas pastel con las mangas ligeramente abullonadas y botones desde el cuello hasta el dobladillo. Es bonito y romántico, y a Henry sin duda le gustará: siempre estuvo enamorado de Sandra Bullock, concretamente en la película Prácticamente magia.

Miro el balcón a través de las puertas francesas. River sigue durmiendo, pero ha girado la cabeza y el sombrero que le tapaba la cara está ahora en el suelo. Eso significa que le está dando el sol en el rostro, y sus altos pómulos están adquiriendo un llamativo tono rosa bajo la última luz de la tarde.

No quiero despertarlo porque le prometí que le dejaría echarse una siesta, pero tampoco quiero quedarme de brazos cruzados mientras se quema.

Busco en mi maleta, saco el portátil (se me revuelve el estómago solo con verlo) y encuentro el bote de protector solar factor 50 que he traído. Es uno de esos en aerosol, así que, si tengo cuidado, River ni siquiera se dará cuenta. Será solo una ligera bruma, un suspiro de suave brisa marina acariciándole la mejilla.

Salgo al balcón, donde sigue roncando ligeramente en la cheslón. Le pongo el aerosol a unos centímetros de la cara y presiono con suavidad para pulverizarlo, pero debo de haber seleccionado el modo equivocado porque un chorro fino y extremadamente potente de crema solar le acierta justo en la nariz, como una pistola de agua, dejándole en la cara una salpicadura curvada de crema blanca a lo Pollock.

River se incorpora, farfullando, y alza las manos de inmediato en posición de combate. Después posa sus ojos somnolientos en mí, que sigo ahí, con el protector solar y una mueca de pesar en la cara.

—Por Dios bendito, mujer, ¿qué me estás haciendo? — Se toca las mejillas, restregándose un enorme pegote de crema por la cara, y después se mira las manos con horror —. ¿Qué es esto?

—Protector solar. Te estabas quemando aquí fuera. — Levanto el bote —.

No me he dado cuenta de que había distintos modos de pulverización.

Se levanta con los brazos extendidos ante sí, como un cirujano a punto de ponerse la bata.

—¿Por qué no me has despertado y me lo has dicho?

Me encojo de hombros.

—Me pareció grosero des…

Él gesticula, con las manos llenas de crema.

— ¿Grosero? ¿Cómo se te ocurre?

—No esperaba que saliera tan fuerte — le explico —. Pensé que sería como una suave brisa marina de protección solar.

River me fulmina con la mirada y niega con la cabeza, como si yo fuera un indeseado producto de su imaginación. Después, con un gruñido frustrado, se dirige al todavía humeante cuarto de baño y usa el tacón de la bota para cerrar la puerta a su espalda.

***

Cuando la puerta del cuarto de baño se abre más tarde, dejando escapar una nube de vapor, River regresa a nuestra coqueta habitación con el cabello hasta la barbilla todavía goteando y sin nada más puesto que un par de pantalones vaqueros negros. Mientras las brillantes gotas de agua se le deslizan por el pecho, serpenteándole por el torso y haciéndome sentir que estoy viendo algo que debería llevar una advertencia de contenido sexual explícito, se me queda la mente vergonzosamente en blanco. Es culpa de la evolución que mi cuerpo no pueda evitar responder a lo que es claramente…, bueno, un hombre, por irritante que me resulte, un enorme hombre mesomorfo con barba incipiente.

Tengo una visión fugaz de River informándome de: «Algunas mujeres no están preparadas para que las besen así», y me pregunto, sin pretenderlo, cómo es exactamente así.

Aparto los ojos rápidamente mientras River se dirige al armario para buscar una camisa limpia. Para distraerme, saco el móvil y me pongo al día con los mensajes. Tengo uno de la señora Casablancas preguntándome si puedo quedarme con Achuchón el domingo; tiene una cita con un hombre llamado Desmond a quien conoció en una clase de yoga y al parecer quiere tener la oportunidad de «darse un homenaje con él». Me río y le contesto que estaré encantada de quedarme con Achuchón. Compruebo la cuenta de Instagram que rara vez actualizo y veo que un importante influencer de libros me ha invitado a hacer una entrevista en directo. La idea de recibir tanta atención me da urticaria. Le escribo una respuesta rápida, declinando la oferta, antes de levantarme y comprobar mi atuendo por última vez.

River se acerca a mí desde atrás.

—Date la vuelta, Gertie — me ordena, en voz baja.

Cuando lo hago, me agarra el cuello del vestido y tira de mí suavemente hacia sí. Muy despacio, me abre el botón de arriba. Después el siguiente, y el que va a continuación. Retrocede un paso para examinarme de arriba abajo.

—De acuerdo. Mírate ahora.

Abro y cierro la boca como un pez.

—¿Qué pasa? — le pregunto. Mis palabras suenan raras.

—Si te sientes cómoda así, creo que sería bueno que enseñaras un poco de piel.

—¿Piel? — repito, como una idiota. No sé si estaba sudando antes de que me desabotonara o si lo ha provocado él, pero el sudor ha empezado a descenderme por la espalda. Me giro para mirarme al espejo —. ¿Por qué?

Es solo piel.

River baja la mirada hasta mi clavícula, deteniéndose tanto en mi cuello y mi mandíbula que me pregunto si me habré difuminado bien la base de maquillaje. Y después parpadea, de repente se aclara la garganta y, con el mismo tono de voz que usaría para describir el cuero de vaca, me dice:

—Es una piel de buena calidad. Es un recurso que explotar.

—¡Espera! — le grito mientras él empieza a atravesar la habitación de camino a la puerta —. Tengo que advertirte una cosa. Esta gente, los amigos de Jim, Henry, son…, bueno, son muy…, a ver, inteligentes. Y bastante pijos.

—¿Pijos?

—¿Has visto Cuatro bodas y un funeral? ¿O Notting Hill? ¿O cualquier otra película de Richard Curtis?

—No.

—¿Qué? ¿No has visto Notting Hill? Fue un taquillazo. ¿Julia Roberts?

¿El tipo en la puerta con los calzoncillos cutres?

—He dicho que no, ¿verdad?

—Bueno… ¿ El diario de Bridget Jones, entonces?

Sonríe un poco.

—Todo el mundo conoce El diario de Bridget Jones.

—Vale, genial, pues esta gente es muy parecida a eso. Pero… a veces, en cierto sentido, todavía más. Así que prepárate. ¿Y podrías…? Esto…

¿Podrías suavizar el…? No suavizar en sí, eso sería grosero, pero quizá, no sé… Ya sabes…

River abre la puerta de la habitación.

—Entendido. No eructaré en la mesa delante de los estirados ingleses.

No es que fuera a hacerlo, independientemente de la compañía. Me educaron bien.

—Por supuesto. Lo siento. De acuerdo, sí. Genial. Gracias. No van a juzgarte ni nada de eso. En realidad, lo digo por ti tanto como por ellos.

Puede que sea desconcertante para ambos, eso es todo.

Mientras caminamos por el lujoso pasillo del hotel, me veo en un espejo con marco dorado. No estoy mal. Los botones abiertos han sido buena idea.

Puede que a Henry le guste. Puede que River tenga razón y Henry se dé cuenta de lo que ha perdido… una piel de buena calidad.

—Será mejor que haya comida — dice River, distraído, mientras giramos la esquina hacia la escalera —. Tengo tanta hambre que me comería los testículos de un toro cabreado.