Mi amor entre páginas Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

¡Hola, hola! Siento molestarte, pero todavía no he recibido tus páginas y me pregunto si los gremlins del correo electrónico se las habrán quedado.

He comprobado la carpeta de correo no deseado, pero sin suerte.

¿Podrías enviármelas otra vez?

¡No te preocupes si se te había olvidado, pero entre esta noche y mañana sería genial!

Espero que estés bien,

Bridget.

Tiene gracia, pero cuando elegí mi bonito Mini Cooper verde bosque en el concesionario de segunda mano no se me ocurrió la posibilidad de que un día tuviera que encajar a un vaquero de uno noventa y cinco y ciento dieciséis kilos en el asiento del pasajero.

—¿Puedes abrir la ventanilla, por favor? — le pregunto a River mientras yo bajo la mía —. Hace tanto calor que se me escurren las gafas.

—Esto ni siquiera es un coche — murmura River mientras baja la ventanilla, medio sacando la cabeza para conseguir un poco más de espacio —. Esto es como de una ciudad de juguete. ¿Por qué no te compraste una camioneta?

Me detengo mientras otro coche se me cuela en la fila, y siento una pequeña oleada de satisfacción cuando la conductora me da las gracias.

River observa el asiento trasero y niega con la cabeza, desconcertado.

—En una camioneta hay mucho más espacio.

Lo miro mientras se mueve, incómodo. Tiene los muslos separados, como si fuera el único modo en que puede sentarse, pero su mitad superior está como doblada por el centro. Su querido Stetson tiene su propio asiento detrás, junto a una bolsa de tela con un montón de libros de Arroyo del Caos que River insistió en que me llevara para que él pudiera indagar un

poco más en lo que está pasando y en cómo ha terminado aquí. En el maletero está la maleta más grande que tengo, cargada con toda nuestra ropa nueva, los pantalones vaqueros y la armónica de su bolsa de cuero, un neceser lleno de maquillaje y una faja Spanx de sujeción fuerte para ponerme debajo del vestido de lentejuelas plateadas.

—De acuerdo — dice River de manera eficiente mientras nos unimos a la autopista —. Anoche terminamos tu historia con Henry. Lo principal es: conociste a Henry en la London Library dos semanas después de que Josie falleciera, en 2021; él te ayudó a pasar lo peor del duelo y de inmediato os colasteis el uno por el otro. Es considerado y perspicaz; está muy interesado en el arte, en la literatura y la poesía; disfruta demostrándote su amor con grandes gestos románticos — vomita—; odia los reality shows y los rábanos picantes; le encanta el críquet y los lagos, y quería tomarse un tiempo en la relación porque se siente emocionalmente apático y poco estimulado. Duro.

Asiento con tristeza.

—Sí.

—Dios, el amor es de verdad un juego de tontos.

—Entiendo por qué piensas eso, sobre todo viendo que me han roto el corazón, pero es que no es cierto. El amor lo es prácticamente todo.

River arruga la nariz.

—¿De acuerdo en que no estamos de acuerdo?

—Hum. Por ahora.

—Estaba pensando que — da un golpecito en el salpicadero cuando dejo que se me cuele otro coche —, mientras conducimos, podría venirnos bien descubrir más cosas el uno del otro, para que lo de salir juntos parezca más real.

Me muerdo el labio.

—¿Estás total y completamente seguro de que de verdad es necesario que finjamos que estamos saliendo?

—Estoy muy seguro.

—¿Eso no hará que Henry se retire? Que crea que ya lo he superado, que he pasado página.

River abre la bolsa de aperitivos que tiene en el espacio para los pies, aunque solo llevamos quince minutos en el coche y todo el mundo sabe que en los viajes hay que esperar al menos treinta minutos antes de echar mano

a la bolsa de los aperitivos. Saca una manzana roja y la abrillanta vigorosamente contra su planchada camisa blanca.

—No. Desear lo que no puedes tener forma parte de la naturaleza humana. Tan pronto como Henry te vea con un hombre como yo, ese botón se habrá activado de verdad. No sabrá qué hacer consigo mismo.

—¿Un hombre como tú? — gruño.

—Vamos, ambos sabemos qué aspecto tengo, Gertie. No lo niegues. La gente le da demasiada importancia, para mi gusto, pero admito que de vez en cuando viene bien.

—Justo cuando pensaba que no podías ser más arrogante…

—Solo soy sincero. — River sonríe. Le da un enorme bocado a la manzana, que cruje ruidosamente. Huelo su aroma, fresco y dulce —.

¿Nunca has usado tu aspecto para conseguir lo que quieres? ¿Para inclinar la balanza a tu favor?

—¿Mi aspecto? — Me río, mirando en el espejo retrovisor una cara que es objetivamente del montón. Cabello rubio oscuro al que le vendrían bien algunas mechas. Ojos azules, grandes y con pestañas largas, pero un poco separados. Una nariz respingona que algunos días me parece tan mona como la de un elfo, y otros, poco elegante. Tengo un repentino recuerdo de cuando era una adolescente y mi tía Mags me decía que mirarme era como ver una versión de la Casa de los Espejos de Josie. En mí todo era igual, pero un poco peor —. No.

—¿Es esta modestia otra versión de tu educación? — me pregunta River, poniendo los ojos en blanco —. Porque puedes ahorrártela. Tú debes saber lo guapa que eres.

—¡Calla! — exclamo. Se me están poniendo las orejas coloradas.

—Es en serio. Es un hecho. No le sacas todo el partido que puedes, pero tienes una buena base, Gertie.

Lo miro de soslayo.

—Sospecho que estás intentando que me sienta segura de mí misma para que este fin de semana haga un buen trabajo. Y te agradezco el casi cumplido, pero, como te dije anoche, a Henry no le importa el aspecto. De verdad. Quiero decir, estoy segura de que le gusta que todos mis rasgos estén aproximadamente en el lugar adecuado, pero me quería, y espero que todavía me quiera, por mi mente y mi alma.

—Qué noble por su parte. Yo te miré el culo en los primeros treinta segundos después de conocerte.

—Tú eres un cerdo — replico, subiéndome las gafas por la nariz ligeramente sudada. Me sonrojo un poco.

—Es uno de los muchos datos fascinantes sobre mí — bromea River, terminándose la manzana y volviendo a meter la mano en la bolsa para buscar otra —. Estoy seguro de que tenemos un montón de datos fascinantes por descubrir.

Y entonces, para mi sorpresa, se saca un trozo de papel arrugado del bolsillo, lo despliega y se lo apoya en el muslo. Lo miro y veo preguntas numeradas, escritas a lápiz con una pulcra caligrafía curvada.

—Esta mañana, antes de que te despertaras, me he tomado la libertad de pensar algunas preguntas… Las típicas cosas que dos personas que están saliendo deberían saber. ¿Quieres algo de la bolsa antes de que empecemos?

— me pregunta, encorvándose para rebuscar en el espacio para los pies.

Niego con la cabeza.

—Todavía nos quedan otras dos horas de viaje. Es demasiado pronto para aperitivos. Si nos los comemos todos al principio del viaje, no nos quedará ninguno después.

River me mira como si fuera idiota.

—Bueno…, después compraremos más.

—No es tan sencillo — gruño.

River coge otra manzana y me la pasa.

—Pero ¿y si lo es?

Hago una mueca. No tengo una buena respuesta para eso.

Resoplo, acepto la manzana y le doy un sonoro bocado.

Está deliciosa.

***

Cuando pasamos junto al elegante letrero azul oscuro que nos da la bienvenida a la aldea de Little Crumpet, cuatro mil habitantes, River y yo hemos descubierto un montón de cosas el uno del otro. Le cuento mi momento más humillante: la vez que estaba en la misa de Nochebuena y estornudé ruidosamente, solo que el «chus» del estornudo nunca se materializó, así que solo grité de repente: «¡Ah! ¡Ah! ¡Ah!», para horror de

todos los demás parroquianos. River se ríe tan fuerte que le da un pequeño ataque de tos y tenemos que parar para que pueda darle unas palmadas en la espalda. Me cuenta que lo que más feliz lo hace es montar su viejo caballo Kenneth hasta un sitio llamado el Nido del Ruiseñor para ver el sol poniéndose en el horizonte. Yo le cuento que mi color favorito es el verde; oliva, concretamente. Él me dice que su músico favorito es Stravinski.

—¡Interesante! — exclamo —. En realidad, pensaba que solo te gustaría la música country, el bluegrass o algo así… Ya sabes, por lo de la armónica y todo eso.

River resopla.

—Ese sería un cliché tremendo, Gertie, ¿no te parece?

Miro su sombrero Stetson, su rostro malhumorado, la mancha de carbón que parece tener en la mejilla (aunque, que yo sepa, no hemos estado en contacto con carbón), los pantalones vaqueros Wrangler ajustados sobre sus gruesos muslos y, por supuesto, las ligeramente arañadas botas de vaquero.

—Cuando el río suena… — digo entre dientes.

Pero la verdad es que parece haber mucho más en él que el arrogante y odioso fanfarrón de los libros que escribí, algo que todavía me cuesta mucho asimilar.

Cuando nos acercamos al parador de Little Crumpet, River me mira con expresión seria.

—De acuerdo, Gertie. ¿Estás lista para la acción?

Tomo aire profundamente.

—Lista.

Es mentira. No estoy preparada, para nada. La idea de ver a Henry, de fingir que ya estoy saliendo con otra persona, de que esta misión tenga el potencial de cambiar tanto la vida de River como la mía… Todo eso me revuelve las tripas como un calcetín en una lavadora.

Jim Kellerman aparece en la puerta del hotel y atraviesa rápidamente el aparcamiento. Su cabello pelirrojo, rizado y despeinado, sus pantalones de cuadros y su pajarita negra son una muestra de la personalidad excéntrica y jovial que lo ha ayudado a convertirse en uno de los autores de cozy mystery más importantes del Reino Unido.

Salimos del coche y River se estira exageradamente de inmediato.

—Bendita libertad — murmura.

—¡Hola! — me saluda Jim con alegría. Me planta un beso en la mejilla con una sonrisa en su rostro de querubín, como siempre. Yo también estaría sonriendo si tuviera sus cifras de ventas —. Madre mía, es maravilloso verte, querida Gertie. Bienvenida, bienvenida, ¡ bienvenida al guateque de cumpleaños!

—¡Siento la improvisación! — me disculpo, recordando de inmediato lo bien que me cae este adorable, cariñoso y singular autor, que se merece de verdad todo su éxito.

Él se gira hacia River.

—Y vaya, vaya, tú debes de ser el misterioso River.

Jim le ofrece la mano mientras River recupera su Stetson del asiento trasero del Mini y se lo pone con cuidado en la cabeza.

—Oakley. River Oakley. El placer es mío, Jim.

—Qué maravilla. Dios, eres un tipo fornido, ¿eh? El amigo de Gertie de… — Entorna los ojos —. ¿Era Oklahoma? Es mi musical favorito.

—De Texas, en realidad, no muy lejos de Austin — lo corrige River, con una carcajada grave. Toma la mano de Jim (de tamaño normal) entre las suyas (enormes) y se la estrecha tan fuerte que Jim se ríe al ritmo del movimiento —. Pero debes de haberlo entendido mal, Jim. Yo no soy amigo de Gertie. Estamos liados.

Oh, por el amor de Dios.

Antes le mandé un mensaje a Jim para decirle que al final iría a la fiesta y que llevaría a un amigo. Pensé que, si sabía que iba con pareja, él (que es el mejor amigo de Henry) me pondría una excusa para que no fuera y entonces el plan se estropearía antes de empezar. Mi intención había sido revelar que River y yo estamos «saliendo» de un modo mucho más elegante. Me habría llevado a Jim a un lado, me habría disculpado por el momento incómodo, lo habría colmado de explicaciones y me habría disculpado de nuevo. El estilo británico habitual.

Hago una mueca.

—Siento la sorpresa, Jim. Seguramente debería haber mencionado que River y yo tenemos una… relación.

Benditos sean Jim y su impecable educación: el asombro apenas permanece medio segundo en su cara antes de recuperar su habitual expresión afable.

Jim hace un ademán, restándole importancia.

—Ah. Me alegro por ti, por supuesto. — Sonríe con amabilidad —.

Conseguiremos que funcione. El objetivo de este fin de semana es que nos divirtamos a la antigua, y River parece saber cómo hacerlo.

Cuando Jim le coloca la mano en el hombro, River la mira despacio.

Parece desconcertado, como si ningún hombre de la diminuta estatura de Jim se hubiera atrevido nunca a tocarlo.

—Pero debo deciros… que estáis en la habitación contigua a la del querido Henry — nos dice Jim, dando tres palmaditas a los abultados bíceps de River —. Y no es asunto mío, por supuesto, pero quizá podríais ser…, esto…, discretos si tenéis que achucharos. Pensando en Henry.

—¿Por qué? ¿Crees que se pondrá celoso? — le pregunto antes de intentar atenuar la alegría de mi rostro ante la perspectiva de que Henry esté celoso.

—¡De acuerdo, entonces! — exclama Jim, esquivando mi pregunta —. Os veré a los dos más tarde en el bar del hotel para el trivial literario.

—¡Por supuesto! — digo alegremente —. Me muero de ganas.

River contempla con emoción el horizonte, entornando los ojos ante la luz dorada del sol de última hora de la tarde. Después me mira con una expresión eufórica y tierna en la cara.

—Vamos a ver este sitio un poco mejor, Buhito. — Le guiña el ojo a Jim —. Discretamente, claro.

Luego agarra todo el equipaje del vehículo y se dirige a zancadas al vestíbulo del hotel, a tal velocidad que tengo que trotar para alcanzarlo, y Jim solo puede mirarnos con la boca abierta.