Capítulo dieciséis
El alcohol me hace sentirme un poco mejor. Más que un poco, en realidad.
Y, aunque en general la conducta de River y su asombrosa arrogancia siguen sacándome de quicio, conseguimos mantener una conversación bastante fluida. Así que, cuando sugiere que nos tomemos otra copa, acepto de buena gana.
Tres horas después estoy totalmente ciega. River, sin embargo, ha tomado un montón de bourbon y parece tan sobrio como cuando llegó.
Mientras el cielo del exterior se atenúa hacia un crepúsculo lila, un grupo empieza a tocar en la esquina del pub. River los observa con una sonrisa impresionada en la cara, siguiendo el ritmo con la bota. Y después, cuando el grupo termina la canción, con toda la confianza de un hombre al que nunca han rechazado, se levanta de la mesa y se dirige a los músicos.
—¡River! ¿Qué estás…? — intento preguntarle, pero ni siquiera consigo pronunciar la frase entera porque acto seguido compruebo que se saca la armónica del bolsillo de los pantalones vaqueros y, cuando el grupo empieza un tema de Tom Petty, se inclina para compartir el micrófono con el cantante y comienza a improvisar con ellos.
¿Qué hace? ¡No puedes unirte a un grupo sin avisar! Habían ensayado.
¡Tenían su actuación planeada! ¡Una lista de temas y una jerarquía!
Pero resulta que sí puedes unirte a un grupo sin avisar. Al menos, River Oakley puede. En menos de treinta segundos ha conseguido eclipsar al vocalista como la estrella del show, y a este no parece importarle. De hecho, él y casi todos los demás seres humanos del pub están mirando a River y sonriendo como si estuvieran en presencia de una gran estrella. Un par de personas ha sacado su móvil. Una mujer especialmente entusiasta ha sacado un ventilador eléctrico de su bolso para refrescarse, a pesar de que el pub tiene el aire acondicionado a toda pastilla.
River cierra los ojos mientras toca. Sus dedos vuelan hábilmente por la armónica y sigue el ritmo alegremente con el pie, perdido en su propio mundo.
***
—Ese pudin de Yorkshire era como una nube de pan perfecta en mi boca
— murmura River cuando nos marchamos del pub y volvemos dando tumbos a mi apartamento.
—Tendrías que aprender a hacerlo — le sugiero —. Tengo una receta genial, la receta de mi hermana. Es superfácil, nunca falla.
—¿Tienes una hermana? — River me mira mientras bajamos Clipstone Street. El aroma de las patatas fritas saladas llega hasta nuestras narices —.
¿Os peleáis tanto como Cassidy y yo o tenéis una relación fraternal sana?
Niego con la cabeza.
—Josie y yo nos peleamos solo una vez. Murió hace cuatro años. — Me saco el móvil del bolsillo de los pantalones y le enseño a River el fondo de pantalla, una fotografía en la que estamos Josie y yo de pícnic en Regent’s Park. Josie está haciendo sus absurdos gestos teatrales y yo estoy abrazada a ella, riéndome —. Esta es ella.
River suspira con tristeza.
—Está… buenísima.
Se me escapa una carcajada, y alzo los ojos para mirarlo.
—Lo sé. Era increíble, y no exagero si te digo que no solo era más guapa que yo, sino mejor en casi todos los sentidos imaginables.
—Pero ¿podía ella hacer que un hombre adulto apareciera por arte de magia en su apartamento sin saber cómo ha llegado hasta allí?
—Estás de broma, pero Josie probablemente podía hacerlo. Podía hacer cualquier cosa que se propusiera. Era una mujer única.
River asiente.
—¿Cómo mu…?
—Y era una excelente cocinera. Buscaré su receta de pudin de Yorkshire cuando lleguemos a casa. Debo de tenerla en el armario, en algún sitio.
La carretera está llena de coches que tocan el claxon, autobuses rojos y una sarta infinita de motos, que reparte la cena a gente hambrienta de toda la ciudad. Los dos esperamos a que el semáforo se ponga en rojo para el
tráfico y, mientras lo hacemos, me doy cuenta de que River se coloca ligeramente delante de mí, como para protegerme de los vehículos.
—Es una pena que no tenga tiempo para cocinar en casa — dice River cuando hemos cruzado la carretera.
—Seguramente tendrás algo de tiempo. ¿No tienen días libres los propietarios de los ranchos?
Se ríe un poco.
—En realidad no. A ver, sí tengo, teóricamente, pero normalmente me llaman para una cosa u otra. Un caballo enfermo, un contratista al que hay que pagarle, problemas de personal, reparaciones inesperadas. Y ¿sabes?
Vivo allí, en la propiedad. Es precioso, y soy un hombre con suerte, pero, verás, incluso cuando no estoy en el trabajo, estoy literalmente en el trabajo.
Giramos en mi calle. Las tradicionales farolas ámbar que la bordean hacen que parezca el Londres victoriano.
—Pero te gusta, ¿no? ¿Te gusta tu trabajo?
El River de mis libros adora el rancho Oakley, está obsesionado con él, quiere el control total a cualquier precio, aunque para ello tenga que despojar a Cassidy de su legítima herencia.
River se encoge de hombros.
—Es para lo que nací, supongo. Lo llevo en la sangre. ¿Y el rancho Oakley? Bueno, ese sitio es importante para mucha gente. Ahora que mi padre no está, solo estoy yo para que las cosas se hagan como es debido.
—¡Cassidy podría ayudar! — sugiero, pensando en la adorable Cassidy, que no hay nada que desee más que formar parte del negocio familiar, y demostrar lo que vale —. Si dejaras de intentar alejarla de allí, podría ser una gran baza.
River se detiene en el escalón de la entrada y se gira para mirarme, tensando la mandíbula.
—Mira, sé que por alguna alocada e inimaginable razón pareces saber algunas cosas de Bedlam Creek y sus habitantes, pero creo que en realidad solo conoces una versión de la historia. La versión de Cassidy.
Me muerdo el labio.
—Ella es mi protagonista. Todo lo que escribo es a través de sus ojos.
—Entonces no conoces la historia entera.
—¡Pues cuéntamela! — le pido mientras subimos las escaleras —.
Cuéntame la historia entera.
Cuando llegamos a mi puerta, River se gira hacia mí. Tiene los ojos brillantes.
—Es… privado. Es un asunto familiar. Y, de todos modos, tenemos que concentrarnos en lo que está pasando aquí. Tenemos que prepararnos para la Operación Vendehúmos antes de marcharnos mañana a… ¿Cómo se llamaba? ¿Crumble?
—Little Crumpet. Significa ‘panecillo’.
River niega con la cabeza.
—Creía que Oatmeal, ‘gachas’, era el nombre de pueblo más cursi que había oído nunca, pero ¿Little Crumpet? Eso gana por goleada.
—Como decimos por aquí: «Eso se lleva la palma».
River me mira de soslayo mientras meto la llave en la cerradura.
—¿La palma? ¿Como cuando se aplaude?
—No, una palma. Una hoja de palmera.
—Ah, te refieres al árbol del aceite de palma.
—No, ese es otro distinto.
—Puta Inglaterra.
—Pero hablando de aceite de palma… — Me dirijo a la cocina para encender la tetera y después abro la alacena y saco una lata grande llena de dulces. La llevo a la mesa de la cocina y le quito la tapa con una floritura —.
Aquí hay algunas de las mejores galletas que te puedo ofrecer. Te recomiendo esta, sobre todo. — Señalo una galleta de crema.
River coge la galleta, le da un bocado de prueba en una esquina y mastica con consideración. Coge otra rápidamente y se la mete en la boca entera, cerrando los ojos con una felicidad desmesurada.
—¡Hum! ¡Recórcholis!
La inesperada tontería me hace reír.
—¿Sabes? Eres más gracioso de lo que pensaba — murmuro, eligiendo una galleta digestive de chocolate y comiéndomela con tanta elegancia como es posible en alguien que se ha pimplado cuatro vodkas.
River levanta las cejas.
—¿Gracioso? Nunca me lo habían dicho.
—¿No?
—¿Que soy un líder nato? Sí. ¿Que soy demencialmente guapo, pero también increíblemente listo? Un montón. ¿Que soy un jinete experto, fuerte como un toro y un amante muy generoso? Sin du…
—Arg, ¡lo retiro! — le grito, riéndome —. No iba en serio, ¡lo retiro!
River se encoge de hombros y esta vez, de un modo incluso más exagerado, se mete otras dos galletas de crema de vainilla en la boca y finge que se arrodilla en el suelo de puro deleite.
—Ya no puedes retirarlo, Gertie — protesta, con la boca llena de galleta —. Lo has dicho. Está en el mundo, flotando por ahí como si tal cosa. Crees que soy gracioso.
Cojo la lata de galletas de la mesa y la pongo a salvo en la alacena.
—River Oakley se ha quedado sin galletas de vainilla.