Mi amor entre páginas Capítulo quince
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Capítulo quince

—Ni de coña. No vamos a llamar a nuestra misión «Operación Vendehúmos» — gruño mientras River y yo caminamos por Marylebone High Street. Lo miro, aliviada porque ahora lleva una camiseta negra de la talla adecuada que encontramos en Marks de hecho, solo he discutido una vez en toda mi vida, así que… supongo que el problema eres tú. Tú eres…, tú eres…

River se detiene en mitad de la calle. Me percato, como lo hace él, de que todas las mujeres y un buen número de hombres lo miran con ojitos de cordero.

—¿Qué soy yo, Gertie? — me pregunta, acercándose un paso y mirándome.

—Inesperado — digo al final.

—Ah, sí. — River sigue caminando, dominando la acera, haciendo con su tamaño y su presencia que todos los demás se aparten de su camino —.

No soy el malvado villano unidimensional que tú pensabas que era, ¿eh?

Soy un hombre de verdad, con emociones y opiniones complejas, y una historia vital que es mucho más que un pasado difuso pensado para potenciar la narrativa de Cassidy Oakley. No soy tan ficticio, después de todo. Entiendo…

Resoplo porque tiene razón. Y es totalmente desconcertante. Este hombre habla de cosas de las que yo no sé nada, y eso no tiene sentido porque, si solo es un personaje que me he inventado, ¿no debería yo saber todo lo que él sabe? Está claro que tiene muchas más facetas, que es mucho más… real que nada de lo que yo podría escribir en una página. Y, aunque está claro que es un gilipollas arrogante y odioso, mi instinto me dice que no es malo. El River Oakley de mis novelas de Arroyo del Caos es malo.

Hace que la vida de Cassidy sea miserable. Nada de esto tiene sentido.

—Ajá. — River señala un maniquí sexi con un minúsculo vestido sin tirantes totalmente cubierto de lentejuelas plateadas en el escaparate de una boutique —. ¿Qué te parece algo así? Para la fiesta al aire libre de Jim, el domingo.

—¡Ja! No lo creo. Mi estilo es mucho más recatado. El estilo de Henry es definitivamente mucho más recatado.

—Un vestido así es llamativo, Gertie. No puede ser ignorado. Un vestido así te convertiría en el centro de atención.

La idea me hace estremecer.

—¿El centro de atención? No, gracias. Eso suena a pesadilla.

—Oh, pero ser el centro de atención es muy divertido. — River sonríe y le guiña el ojo a una pareja casada que lo mira con descarado deseo al pasar junto a nosotros —. Buenas — dice con voz arrastrada, inclinando su sombrero exageradamente.

Pongo los ojos en blanco.

Su confianza en sí mismo me recuerda mucho a Josie. La suya es una energía chispeante que no es exactamente cálida o cercana, sino algo que consigue embrujar a todo aquel que entra en su órbita. Y, a pesar de lo irritante que es, no puedo evitar sentirme fascinada por ello. Es la misma sensación que tuve cuando vi una pintura de Monet en persona por primera vez. En plan: ¿cómo? ¿Cómo es posible? ¿Cómo se hizo esto?

—Así que te gusta pasar desapercibida, ¿eh? — me pregunta River —. ¿Y

qué tal te está funcionando eso?

—No todos queremos ser protagonistas — le explico, mirándolo mientras le dedica una sonrisa lobuna a una mujer que parece modelo y que está al otro lado de la calle —. Algunos nos sentimos satisfechos siendo secundarios. Yo soy una secundaria, y eso me queda que ni pintado. De todos modos, todavía no entiendo qué tiene de malo que lleve mi ropa de siempre a Little Crumpet.

River mira con intención mis bonitos y cómodos pantalones baggy negros y mi camisa de encaje crema. Me muevo bajo su mirada, incómoda, cuando el recuerdo del beso en la mejilla durante la tormenta regresa a mi mente sin que nadie se lo pida. Descarto la idea e intento concentrarme en lo que siento cuando Henry me besa. Como sumergirme en agua caliente un día frío.

—Los hombres son urracas, y este vestido llamará la atención de Henry

— dice River, abriendo la puerta de la tienda y cediéndome el paso —.

Adelante. Vamos a probártelo. Será perfecto, lo sé.

—No lo sabes — replico, chascando la lengua con vacilación —. En realidad, no conoces a Henry. Ni a mí, por cierto. Nuestra relación es demasiado profunda para que la arreglemos solo con un vestido brillante y los muslos a la vista. Henry es demasiado cerebral para caer en eso. Tú has visto los vídeos que te he enseñado. Es listo y divertido, un… un pensador.

River asiente.

—Tienes razón. Estoy subestimando al pobre Henry, metiéndolo en el mismo saco que al resto de los hombres que he conocido en mis treinta años de vida. ¿Qué te parece si después de entrar en esta tienda y probarte ese vestido vamos a comer algo y me cuentas todo sobre tu vendehúmos pensador? Para que tenga la historia completa.

—¿Me estás manipulando?

—Eso depende. ¿Funciona?

No puedo negar que la idea de hablar de Henry con alguien, con quien sea, incluso con este tipo, es atractiva para una persona que se lo ha estado guardando todo dentro para no molestar o aburrir a los demás con el drama.

Y él se está ofreciendo…

—Vale — digo con alegría, entrando en la boutique —. Me probaré el vestido, pero de ninguna manera voy a comprármelo.

***

Cuando llegamos a Merryweather Arms un par de horas después, River y yo vamos cargados de brillantes bolsas de la compra que no solo contienen el vestido de lentejuelas plateadas, sino un par de ceñidos Wranglers azules, un vestido camisero corto con flores crema y rosa y una camiseta negra ceñida de manga larga con un buen escote cuadrado que River describió como «disimuladamente insinuante».

—Será mejor que la Operación Amor Verdadero funcione — gruño cuando llegamos al abarrotado bar —. Voy a tener que terminar ese libro sin falta para pagar el enorme cargo que me va a llegar de la tarjeta de crédito.

River mira a su alrededor y asiente, impresionado. Sigo su mirada y veo el lugar a través de sus ojos: butacas destartaladas de terciopelo ciruela, mesas desvencijadas de madera oscura, papel pintado flocado en un burdeos deslustrado por el humo, viejos acunando pintas de cerveza amarga.

—Así que esto es un pub inglés auténtico, uno de verdad. Se parece mucho a una cantina. Me gusta. Me recuerda a mi casa.

—Oh, ¡tienen asado de domingo! — exclamo, nerviosa al ver el menú en la barra —. El asado de domingo es la mejor comida del planeta Tierra, y muy británica. Tienes que probarlo.

—Pero es jueves.

—Esto es una rotisería. ¡Lo hacen todos los días!

—¿Una rotisería? Nunca había oído esa palabra… ¿Es como lo de Googly?

—Es Google. Y una rotisería es un restaurante donde puedes comer carne, patatas y verduras. Es como un bufé libre.

El camarero, un tipo con bigote cubierto de tatuajes, nos sonríe al recibirnos.

—¿Qué os pongo?

—Un zumo de naranja, por favor.

—Bourbon. Con hielo. Gracias.

—Y dos asados.

Después de sentarnos en un acogedor reservado del fondo, tomo un sorbo de zumo de naranja y hago una mueca al darme cuenta de que el camarero se ha equivocado y me ha puesto zumo de piña, que odio más que ningún otro líquido.

—¿Pasa algo? — me pregunta River.

—¡No, no! No. Es solo que me han puesto zumo de piña por error. No pasa nada.

—Pareces a punto de vomitar. ¿Te lo cambio?

—No, por Dios. — Me retuerzo en mi asiento, incómoda ante la idea —.

No quiero montar un espectáculo.

River me echa una mirada.

—¿Montar un espectáculo? Pero si te ha traído mal lo que has pedido…

—Sí, pero no era su intención. No pasa nada. — Tomo otro trago y me estremezco mientras me baja por la garganta —. Si se lo devuelvo, se sentirá mal, y no quiero que se sienta mal. ¡No te preocupes!

—¿Que no me preocupe? Guau. — River se reclina en su asiento y toma un largo y lento trago de bourbon —. No voy a hacerte de psicólogo, Gertie, y sé que te enor gulleces de tu educación, pero detecto en ti una necesidad imperiosa de complacer a los demás.

Resoplo. Complacer a los demás. Josie me dijo justo eso una vez, y ahora le respondo a River exactamente lo mismo que le dije a ella.

—Si en este mundo de locos está mal complacer a los demás, entonces no quiero hacerlo bien. Quizá deberías probarlo tú alguna vez…

—También lo hiciste antes, en la tienda — murmura River —. Cuando la cajera te preguntó si querías inscribirte en la lista de correo. Le dijiste que sí, aunque a juzgar por tu cara estaba claro que no querías.

Me encojo de hombros.

—Me dijo que le daban una comisión con cada nueva inscripción. A mí me da igual.

—Y tu vecina. Todos esos gorros que le has comprado. ¿De verdad querías todos esos sombreros?

—¡Sí! ¡Por supuesto!

—¿No crees que esos sombreros son… horribles?

—No. — Alzo la barbilla —. Me encantan esos sombreros. Esos sombreros son… increíbles.

River asiente.

—Ya. Y… ¿así es como actúas con Henry?

—¿Qué?

—Sumisa. Tragándote las cosas, callándote por educación. — Dice

«educación» con un extraño tono almibarado.

Pienso en todos los planes que he cancelado porque no encajaban con la agenda de Henry. O que siempre era la primera en pedir perdón cuando discutíamos, para que pudiéramos volver a la normalidad tan pronto como fuera posible, aunque no fuera yo quien estuviera equivocada. O la vez que vimos tres temporadas de Narcos, una detrás de otra, aunque a mí me parecía aburrida, pero era su favorita y le gustaba acurrucarse conmigo para verla. Pero solo lo hacía porque me gustaba ser una buena novia. Paciente.

Romántica.

—Aunque fuera así como actuaba con Henry, ¿por qué tendría que ser algo malo?

River coge un posavasos y lo gira una y otra vez. El tamaño de sus enormes manos de ranchero hace que parezca una miniatura de casa de muñecas.

—Estoy reuniendo información para nuestra operación, eso es todo.

Como has dicho, seguramente vamos a necesitar algo más que un vestido sexi para recuperar a un hombre tan cerebral como Henry.

—A Henry le encantaba que fuera tan educada y adaptable. Una vez me dijo, literalmente: «Me encanta lo poco exigente que eres, Gertie».

—¿Poco exigente? — repite River sarcásticamente —. Menudo cumplido.

—Él pretendía que lo fuera.

—¿Y a ti te lo pareció?

Abro la boca y después la cierro de nuevo. Uf. La arrogancia de River me resulta indignante, y empieza a subirme la tensión. ¿Cómo se atreve a burlarse de una relación de la que no sabe absolutamente nada?

Me cruzo de brazos y lo miro con dureza.

—Para tu información, River Oakley, he tenido pareja casi siempre desde que fui lo bastante mayor para salir con alguien, así que no soy nueva en el amor y desde luego no necesito tu opinión. Siento que los consejos de un hombre de treinta años demasiado atrofiado emocionalmente para haber tenido alguna vez una relación de verdad no me hagan dar saltitos de emoción. ¿O vas a decirme que también he entendido eso mal?

—Ay — dice River, fingiéndose ofendido, pero las puntas de las orejas se le tiñen de un rosa fuerte.

Lo miro, con el rostro ardiendo. Una oleada de energía me hace latir el corazón. De inmediato quiero disculparme por ser tan virulenta, pero hago

un esfuerzo para contenerme porque seguramente se lo tomará como otro ejemplo de que no tengo agallas.

—Voy a por nuestros asados — digo con altanería, y me dirijo al comedor del pub —. Por favor, pídeme un zumo de naranja natural. Gracias.

—Encantado — replica River, inclinando ligeramente su sombrero —. Y, si no te importa, me gustaría probar una de esas gigantescas cosas esponjosas que está comiendo ese tipo de allí.

—Se llama pudin de Yorkshire. — Chasco la lengua, siguiendo su mirada —. No tienes intolerancia al gluten ni a la lactosa ni eres vegetariano, ¿verdad?

River levanta una ceja.

—¿No lo sabes ya?

Parece que ya no sé demasiado de nada. Ni de mis personajes, ni de mi relación, ni siquiera de mí misma.

—Por favor, que me pongan un poco de vodka en el zumo de naranja

— añado, antes de marcharme a por nuestro almuerzo —. En realidad, pensándolo bien, que sea doble.