Capítulo trece
Tan pronto como entramos en el apartamento, le paso a River una toalla limpia para que se seque y yo me doy una ducha tibia, no solo para lavarme la lluvia, sino para, sinceramente, que se me pase un poco el calentón. Qué día tan raro, tan tan raro. Siempre supe que tenía una imaginación impresionante (una vez, en el colegio, conseguí convencerme de que uno de mis profesores era Banksy e intenté llevar a cabo una exhaustiva investigación con algunas amigas reacias para demostrarlo), pero ni siquiera yo podría haberme inventado algo así.
Me pongo mi albornoz azul celeste y me dirijo a la sala de estar para decirle a River que la ducha está disponible. Cuando llego allí, me lo encuentro totalmente frito en el sofá, con la toalla alrededor de la cintura, el sombrero en su regazo y los brazos extendidos, como si invitara a alguien a darle un abrazo. Esto no es lo ideal. En realidad, iba a sugerirle que se buscara un hotel para pasar la noche porque dejar que un desconocido duerma en mi casa me parece una irresponsabilidad.
¿Debería despertarlo? Sí. Desde luego que debería. Eso sería lo sensato, y he sido siempre una mujer muy sensata. Alargo la mano para sacudirle el hombro, pero retrocedo de un salto cuando emite un pequeño ronquido y frunce el ceño ligeramente. Aplasta la cabeza un poco más en el cojín del sofá y su respiración se aquieta con un suave suspiro. Aparto la mano. Este hombre debe de estar todavía más cansado que yo. Lo examino un momento. Su rostro es mucho menos intimidante mientras duerme. Es bastante angelical, en realidad: tiene los labios gruesos sonrosados y un ligero rubor en esos altos pómulos dorados. De todos modos, aunque lo echara, ni siquiera podría pagarse un hotel. Él mismo dijo que lo único que tiene es una bolsa de pantalones vaqueros y la armónica de su padre. Y yo de ningún modo podría asumir el cargo de un hotel en Londres a mi tarjeta de crédito, sobre todo con el retraso que llevo para la entrega. Seguramente
sea mejor que se quede aquí por el momento y que intentemos averiguar algo después de dormir un poco.
Camino hasta el otro extremo del apartamento y, tan silenciosamente como puedo, abro la puerta del armario y saco una manta de algodón ligero del estante superior. Regreso con ella, le quito a River el sombrero Stetson del regazo y lo cubro con la manta hasta el cuello. Así. Ahora debería estar razonablemente cómodo.
Después de apagar todas las luces, me meto en la cama, agotada, y compruebo mi móvil. El corazón me da un brinco al ver que, además de un par de alegres mensajes de Bridget, preguntándome como el que no quiere la cosa qué tal voy, tengo un mensaje nuevo de Henry.
Siento lo de antes, Gert. El día se me ha pasado volando y no he tenido ni un momento para llamarte. Mis pensamientos están contigo. Espero que te encuentres bien. Te envío mucho amor. Hablamos pronto.
La locura del día me ha tenido tan distraída que no me había dado cuenta de que Henry no me había devuelto la llamada.
Abrazo el teléfono contra el pecho, me acurruco con él mientras apoyo la cabeza en la almohada e intento no pensar demasiado en el hecho de que hay un malvado vaquero de ficción dormido en mi sofá.
Henry. Henry es lo único real.
Y está pensando en mí.
En mi pecho florece un pequeño rayo de esperanza.
***
Cuando me despierto a la mañana siguiente, River sigue en la misma postura en que lo dejé anoche. No se ha movido un centímetro: todavía tiene la manta bajo la barbilla, los brazos en los costados. Vaya, debe de estar realmente exhausto. Espero a ver movimiento en su pecho, solo para asegurarme de que no está muerto, y, cuando lo detecto, agarro mi portátil de la mesita de noche y abro el documento de Word de la muerte, como he empezado a llamar al manuscrito del último libro de Arroyo del Caos.
Como he hecho cada mañana desde que Henry se marchó, desciendo por el documento en blanco con la esperanza de que esta sea la mañana en la que Cassidy vuelva conmigo. Si la ceremonia de manifestación fue lo bastante
poderosa para, de algún modo, traerme a River por accidente a mi casa, seguramente también podrá reavivar la chispa que tanto necesito.
Cierro los ojos y regreso a la proposición de Ethan a Cassidy. Ahí está él, apoyado en una rodilla, tan esperanzado y sincero como siempre. Los residentes de Bedlam Creek los miran. Toda la plaza del pueblo espera la respuesta de Cassidy.
De acuerdo. ¿Qué pasa después? — me pregunto —. ¡Vamos, cerebro!
¡Puedes hacerlo! ¡Debes hacerlo! ¡Hazlo, joder!
Abro los ojos y chasco la lengua.
Nada. No tengo absolutamente nada. Todavía.
Uf.
Solía pensar que los bloqueos creativos eran un mito, una excusa con sonoridad artística que usaban los escritores profesionales los días en los que sencillamente no les apetecía trabajar. Qué idiota era. El bloqueo creativo es muy muy real. Y es horrible. Me he inventado cosas en mi cabeza desde que era pequeña, algo que siempre me había resultado natural.
Pero ahora es como si alguien me hubiera llenado la imaginación con una enorme bola de algodón.
Gruño de frustración, olvidándome por un momento de que tengo un invitado dormido. Mi gruñido despierta a River. Abre los ojos, con una fugaz expresión de esperanza en la cara antes de darse cuenta de que sigue atrapado aquí, en la «maldita Inglaterra».
—Por Dios — murmura —. Esperaba que todo hubiera sido una pesadilla.
—Yo también. Siento haberte despertado. — Hago una mueca, señalando el portátil —. He perdido mi magia de verdad. Tengo que entregar la última novela de Arroyo del Caos en dos semanas y parezco incapaz de escribir una sola palabra. — Me froto los ojos con el canto de las manos —. Mi cerebro no funciona bien. Al parecer, perder al amor de tu vida es una sentencia de muerte para la creatividad.
River recupera su sombrero vaquero de encima de la mesa de café y desliza el índice y el pulgar por el ala.
—¿El amor de tu vida? Me temo que no puedo comprenderlo. Yo nunca he estado…
Antes de que pueda terminar la frase, se oye el timbre del telefonillo, un fuerte y horrible sonido electrónico, que, para mi sorpresa, hace que River
se sobresalte y que el sombrero se le caiga al sofá. La manta se le escurre del pecho para revelar el Torso.
—¿Qué coño ha sido eso? — Frunce el ceño —. Suena como una sirena antiaérea.
—Es el timbre del portero automático. Seguramente sea el cartero — le explico, recordando que la otra noche, borracha, me metí en Internet y pedí una caja de tinte en tono rubio platino, unos pepinillos en vinagre gourmet y la autobiografía de Stanley Tucci.
Mientras River se levanta, con la toalla ciñéndole la cintura de un modo impresionante, presiono el botón del intercomunicador que abre la puerta del edificio y murmuro por el telefonillo que el cartero puede dejar el paquete abajo. Me giro hacia River mientras él estira los brazos con un tremendo gruñido de oso.
—Me estás comiendo con los ojos — me informa River.
—No te estoy comiendo con los ojos — protesto, bajando la mirada mientras me pregunto vagamente si la circunferencia de su bíceps será mayor que la de mi muslo. «Agreste» es la palabra que se me viene a la mente. Hoy en día no suele verse una masculinidad tan genuina. De repente, eso me parece una pena.
Le echo otro vistazo.
River levanta las manos.
—¿En serio?
—Perdona, perdona — murmuro, ruborizándome —. Me esforzaré más.
Es que no estoy acostumbrada a…
Llaman tres veces a la puerta, interrumpiéndome; el cartero no ha debido de oírme cuando le he dicho que deje los paquetes abajo.
Con la mirada respetuosamente gacha, paso junto a River y abro la puerta.
—Mi Gert. Aquí estás.
Hago un gran esfuerzo para gritar de sorpresa solo por dentro porque esta es la primera vez que veo a Henry en un mes y, aunque el desamor ha hecho de mí una criatura decrépita y lastimera, él está… genial. Se ha cortado el pelo, que normalmente llevaba un poco despeinado, y se ha puesto una camisa con un corte mucho más estructurado que sus habituales camisas de lino arrugado. Sus gafas también son distintas, con una montura grande, cuadrada y negra, que hace que parezca que va disfrazado.
Henry me sonríe amablemente. Y, después, mientras me mira con mayor atención, alza una ceja.
—Te brillan los ojos. ¡Estás roja! ¿Te he interrumpido mientras hacías gimnasia? No, eso es imposible. — Se ríe —. Hum, ¿estabas con alguien? Mi traviesa Gert.
Mira sobre mi hombro, bromeando, y está claro que no espera encontrar a River ahí, con todo el aspecto del modelo de portada de una novela romántica.
Se queda boquiabierto.
—¡Oh! — Su voz suena aguda. Se aclara la garganta y el tono de sus siguientes palabras es una octava más grave de lo habitual —. Yo… Vaya.
No sabía… Eh… Hola. — Entra en el apartamento y le ofrece la mano a River —. Soy Henry.
River agarra la mano de Henry y se la estrecha con tanto vigor que me preocupa que le rompa el brazo, que desde luego no tiene el grosor de un muslo. Henry emite un ruidito extraño, un cruce entre un saludo y un gritito.
—Hola. — River levanta la barbilla —. Soy…
—¡Solo un amigo! — lo interrumpo rápidamente —. ¡Solo un amigo que se ha quedado a pasar la noche en el sofá!
Entonces Henry ve el Torso e hincha las fosas nasales ligeramente.
—Henry… — dice River, pensativo, mirándolo de arriba abajo —. Oh,
¿ tú eres Henry? ¿ Tú eres el rompecorazones? Ajá…
—¿Rompecorazones? — Henry se ríe de forma nerviosa… Algo que nunca antes lo había visto hacer —. Bueno…, esto…, es un poco más complicado que eso, por supuesto.
—¿Te apetece una taza de té, Henry? — le pregunto, mirando a River con el ceño fruncido —. ¿O un café? ¿Un zumo? — Le indico que tome asiento en su butaca favorita y sonrío, encantada porque está aquí, en casa, el lugar al que pertenece. Se me quiebra un poco la voz —. Me alegro mucho de verte.
—No voy a quedarme — me dice Henry con brusquedad —. No quiero interrum…
—¡No interrumpes nada! — replico, con la voz un semitono más aguda y mucho mucho más alta de lo que pretendía. Me aclaro la garganta y señalo a River —. Es solo un amigo.
—Yo tomaré café, si puede ser, Gertie. — River se dirige al sofá para buscar su Stetson y se lo pone.
Henry lo mira fijamente un momento, como si River fuera un producto de su imaginación.
—Entonces vale — dice Henry al final, apartando los ojos de River para volver conmigo —. Hum. De todos modos, solo pasaba para ver cómo estás.
No es por nada importante. No contestaste a mi mensaje de anoche y normalmente lo haces de inmediato, así que quería asegurarme de que estabas bien. ¡Y ahora veo que lo estás!
Tiene razón. Normalmente contesto a todos sus mensajes unos segundos después de que mi teléfono vibre. Se me templa el corazón al pensar que todavía se preocupa tanto por mí como para venir a verme en persona.
—¡Estoy bien! — digo alegremente, acercándome para tocarle el brazo con vacilación —. Iba a contestarte al mensaje esta mañana. Lo siento.
—No pasa nada. Me alegro de que todo vaya bien.
—Todo va bien. ¿Tú estás bien?
Henry asiente rápidamente.
—Yo también estoy bien. Mucho trabajo. Escribiendo. Me han pedido que hable en la Universidad de Cambrid ge. Y hay una productora interesada en adaptar Buenos círculos al teatro en el National. Así que… sí. Todo bien.
—¡Guau! ¿El National? ¡Eso es genial!
—¡Sí! — Las mejillas de Henry se sonrojan ligeramente —. A mí no me importaría que fuera un teatro más pequeño o menos prestigioso, por supuesto, siempre que la obra se represente con honestidad y fidelidad a mi intención original. Eso es lo más importante para mí.
—Por supuesto. ¡La integridad primero! Sin duda.
—Pero… sí, la historia ha cautivado por completo al National.
Oigo que River se ríe un poco. Nos mira a Henry y a mí con cara de estar a punto de estallar en carcajadas, perplejo. Le dedico una mirada fulminante.
—¿Te gustaría salir a dar un paseo? — le pregunto a Henry —. O
podríamos subir a la azotea a charlar. Para tener un poco de privacidad.
Henry mira de nuevo a River y se mueve, incómodo. Se quita sus gafas de montura gruesa para limpiarlas vigorosamente con una esquina de su camisa nueva.
—Gracias por la oferta, pero ahora que sé que estás bien, creo que quizá debería irme.
—¡No te vayas! — le espeto. La frenética desesperación que hay en mi voz regresa conmigo para avergonzarme. Desde el día en que Henry se marchó, no he hecho más que desear que aparezca en mi puerta. Ahora que lo ha hecho, no puedo permitir que se marche —. Quiero decir, que no hay prisa. ¡Acabas de llegar! ¡Quédate un rato! ¡Tranquilo!
Henry se acerca a mí y me planta un beso tierno en la mejilla. Inhalo el aroma del agradable jabón de limón que usa y las lágrimas me encharcan los ojos de inmediato. Mi Henry.
—Quédate — susurro, apenas audible.
Henry rechaza la sugerencia.
—Le dije a Jim que hoy iría con él a Little Crumpet para ayudarlo a preparar las cosas del cumpleaños. Debería irme, de verdad. Te veré pronto,
¿vale, Gert?
—Yo… Vale. — Me tiembla la voz un poquito, y la decepción me encorva los hombros.
Henry asiente hacia River con una expresión ilegible en la cara.
—Encantado de conocerte, Solo un amigo.
Y después, antes de que yo pueda salir corriendo, agarrarle la pierna, aferrarme a él y suplicarle una vez más que no me deje, Henry se marcha del apartamento, cerrando la puerta con cuidado a su espalda.
Lo veo marcharse, haciendo todo lo posible por tragarme el sollozo que me está quemando la garganta.
—¿Ese tipo? — dice River al final. Sus cejas se han reunido para crear un surco en su frente —. ¿ Ese tipo?
Asiento con tristeza.
—Ese tipo.
Y después rompo a llorar.