Capítulo doce
—¡Llevadme a casa, diosas! — le grita River al cielo, levantando los brazos como si se ofreciera.
Otro monstruoso tronido (el más fuerte que he oído nunca) parece contestarle. ¡Jamás había visto nada igual! Dios. Creo que está pasando. Por alguna razón, ha funcionado. Ay, mi madre. ¿Soy… soy una bruja? ¿Puedo hacer magia? River da vueltas bajo la lluvia como si acabaran de indultarle de una cadena perpetua.
—¡Aquí estoy! ¡Llevadme a Bedlam! ¡Estoy preparado! — exclama. No puedo evitar reírme cuando empieza a patear los charcos que han comenzado a formarse como un Gene Kelly del salvaje Oeste —. ¡Llevadme a casa!
River me mira. Me ve riéndome y empieza a reírse él también. Negamos con la cabeza, llenos de incredulidad y de un alivio compartido ante lo que estamos viendo. Yo también empiezo a dar vueltas bajo la lluvia y entonces, para mi sorpresa, la expresión de River cambia bruscamente. De repente, me observa de arriba abajo con ojos de tiburón, si un tiburón pudiera tener unos ojos verde oliva realmente bonitos. Bajo la mirada y descubro que la lluvia ha empapado el caftán de la señora Casablancas, que se ha pegado a las generosas curvas de mi cuerpo. Lo tengo casi todo a la vista. Y River lo está mirando muy descaradamente.
—Menudo giro de guion — murmura como si lo sorprendiera, frunciendo el ceño.
Se desliza la lengua sobre el labio inferior como si tuviera hambre y yo fuera el almuerzo. Y justo ahí, en esa expresión facial, veo al River Oakley que escribí: el mujeriego desalmado y arrogante con cara de ángel; el vaquero que le ha roto el corazón a un sinfín de mujeres del condado de Burnet sin pensárselo dos veces.
—Es una pena que no pueda quedarme por aquí un poco más — grita para imponerse al aguacero, parpadeando para quitarse las gotas de lluvia que parecen rocío de sus pestañas —. Podríamos habernos divertido, tú y yo.
Yo no soy la única que está empapada. La camiseta de Kafka se pega a los planos del pecho de River y me descubro pensando a qué sabrá la piel que hay debajo, mezclada con la lluvia. Esto es inusual porque, aunque disfruto del sexo tanto como cualquiera, nunca me había considerado una persona especialmente lujuriosa. Y, desde luego, no desde que la marcha de Henry dejó mi autoestima por los suelos. Lo cierto es que había tenido que volver a ver en Internet la escena de Fleabag y el cura solo para asegurarme de que todavía podía excitarme, con el estímulo adecuado. Y me excitó.
Igual que ahora.
Y entonces, porque todo esto parece un sueño febril; porque soy una escritora romántica en mitad de una tormenta furiosa, con un vaquero mojado increíblemente guapo que está a punto de desaparecer para siempre; porque estoy cansada y harta y quiero sentirme bien, aunque solo sea por un momento; porque él me está mirando como si le gustara la idea, y porque, después de toda una vida de chicos buenos, siento bastante curiosidad por este chico malo, aunque sea un producto de mi imaginación, por todas esas razones, me acerco a él de puntillas, le agarro el cuello de la camiseta empapada y tiro de él hacia mí. Levanta las cejas, sorprendido, pero es una sorpresa agradable. Estoy a punto de hacer algo muy impropio de mí, de acercar con valentía mis labios a los suyos, cuando él aparta la cabeza y me mira como si mi rostro fuera una curiosidad.
—Hola — murmura al final, en un gruñido grave e íntimo.
—Hum, hola — contesto. El corazón ha empezado a latirme con fuerza, anticipando lo que está a punto de ocurrir.
Y después, sin dejar de mirarme a los ojos en todo momento, River empieza a deslizar los dedos por mi espalda en una danza sin prisas que cesa cuando sus manos están sobre mi trasero. Me lo aprieta, juguetón, y me acerca a sí con una sonrisa en la cara. Yo contengo el aliento. Lo noto duro y delicioso. Me aplasto contra él y… suspiro. Suspiro de verdad.
Mi cuerpo entero ha comenzado a vibrar de un modo que me parece tremendamente desconocido y muy interesante, en realidad. Apenas consigo mover un músculo mientras, en la azotea, inmersa en el día más demencial que he experimentado nunca, River Oakley me mira los labios con codicia e
inclina la cabeza despacio. Clavo la vista en su boca arrogante, en su desaliñada barba dorada, antes de permitirme cerrar los ojos, y empiezo a relajar los hombros justo cuando siento esos labios, esa barba y su olor a tarta de manzana y a whisky en… ¿mi mejilla?
Espera.
¿Me está dando un beso en la mejilla?
Abro los ojos, sorprendida, y retrocedo un paso. River sonríe de oreja a oreja. La sonrisa transforma su cara malhumorada e intimidante en otra alegre, cercana y divertida. Me doy cuenta entonces de que tiene un hueco diminuto entre las paletas, un detalle irritantemente encantador en una cara por lo demás perfecta. Hum… Esos dientes no estaban en la descripción que escribí de River Oakley. Deberían haber estado, sin duda.
Me ajusto las gafas, cubiertas de gotas de lluvia, y aparto la inesperada decepción que siento en el vientre ante la ausencia de un beso como es debido.
La desilusión se me debe reflejar en la cara, porque River se encoge de hombros y me guiña un ojo.
—Algunas mujeres no están preparadas para que las besen así, Gertie.
Parpadeo, sintiéndome momentáneamente ofendida. Y después no puedo evitar reírme a carcajadas. Ay, por Dios. La audacia. Pero tengo que reconocer que, como escritora, no puedo evitar apreciar una línea de diálogo maravillosa cuando la oigo.
Dios, esas pobres mujeres del condado de Burnet. Sus pobres corazones.
No tuvieron ninguna oportunidad. Este hombre sabe exactamente lo que hace.
—Eso suena a algo que podría decir el protagonista de una novela romántica — exclamo sobre el diluvio, registrándolo mentalmente y guardándolo para un futuro libro.
—¿Protagonista de una novela romántica? No lo creo — replica River con desdén —. Mi madre siempre decía que el amor es un juego para tontos.
Y resulta que yo creo que dio en el clavo.
—Oh, ¡pero te estás perdiendo algo bueno!
Él resopla.
—Tengo todo lo que necesito en la vida. — Mira las nubes que se mueven rápidamente sobre nuestras cabezas y vuelve a inclinar el sombrero en mi dirección —. Ahora, por segunda vez, te deseo buenas noches.
Niego con la cabeza y me río.
—¡Adiós entonces, River Oakley! — Levanto la mano en una húmeda despedida mientras la lluvia sigue aporreando la azotea y los truenos reverberan a nuestro alrededor como si estuviéramos justo en el centro de la tormenta —. ¡Esto ha sido muy raro! ¡Buena suerte con todo! Y, oye, quizá podrías intentar ser un poco más amable con…
Me detengo en seco porque, de repente, la lluvia cesa, tan bruscamente como comenzó. También los truenos. Es como si alguien hubiera apagado el interruptor de la tormenta. Los dos miramos el cielo, boquiabiertos, mientras las nubes se despejan rápidamente, revelando una luna que ilumina la negrura del cielo y la convierte en un sereno azul oscuro.
—Espera — murmuro —. ¿Qué…? ¿Pensaba que eso era…?
—No, no, no — gime River, brincando un poquito sobre los talones —.
Llevadme a casa, diosas… — repite, aunque ya no tiene la misma energía que antes —. Por favor… ¿Universo?
Pero no ocurre nada. River no desaparece con una ráfaga de humo, ni con un destello de luz. Es totalmente anticlimático. Sin el drama apocalíptico de la lluvia y los rayos, es solo un hombre en una azotea de Londres pidiéndole a un puñado de diosas desconocidas que lo lleven a casa.
—Hum… No… Puede que eso haya sido solo una tormenta de verano…
— Las mejillas se me empiezan a enrojecer. Qué vergüenza. Solo le he dejado meterme mano porque de verdad pensaba que iba a desaparecer. Y
ahora… es incómodo. Muy incómodo. Como cuando la discoteca está cerrando y encienden las luces y tienes que reconciliarte con las decisiones que has tomado en la oscuridad.
La sonrisa de River se ha desvanecido. Su boca vuelve a formar una línea huraña.
—¿No ha funcionado? ¿No era eso? Mierda.
—Yo nunca habría…, ya sabes, intentado… si no hubiera creído que estabas a punto de desaparecer. — Parezco una puritana, pero no soy capaz de parar —. Ha sido muy muy impropio de mí. Como te he contado, estoy enamorada de otro hombre. Henry Irving. Estoy profundamente enamorada, de hecho. Totalmente comprometida.
—Cálmate, Gertie. — River alza la barbilla —. Tú tampoco eres mi tipo.
Me enfado, sin pretenderlo.
—Pues creo que tus manos no se han enterado porque me han tocado el culo.
No me contesta, pero en sus ojos hay un destello de diversión. Una oleada de pura indignación me atraviesa.
Se me hinchan las fosas nasales.
—Tú… tú eres… ¡eres muy arrogante!
River se pasa por la cara las manos con las que me ha tocado el culo y dice, sin emoción alguna:
—¿Muy arrogante? No lo creo.
Lo miro con sorpresa.
—Ay, por Dios. Eres terrible.
Hace un mohín de lástima, sacando el labio inferior.
—Qué mona. ¿Eso es lo mejor que se te ocurre?
Resoplo. La verdad es que sí. Por desgracia, eso es lo mejor que se me ha ocurrido. Al menos hasta que me despierte en mitad de la noche, dentro de dos meses, con la réplica irónica perfecta.
Tomo aire profundamente para tranquilizarme y me obligo a asumir un tono jovial y desapegado.
—Vamos a dejarlo. Volvamos al apartamento. Decidiremos qué hacer a continuación con una buena taza de…
—Que Dios me ayude si vuelves a ofrecerme otra taza de té, Gertie.
Cierro la boca de golpe y asiento. Es justo. Yo también tengo la sensación de que voy a necesitar algo más fuerte que el té para solucionar este lío.