Mi amor entre páginas Capítulo once
23%

Capítulo once

Participar en una segunda ceremonia de manifestación creativa no era algo que formara parte de mi porra para este año. Pero tampoco lo era que el amor de mi vida me abandonara inesperadamente, perder mi habilidad para escribir y, ya puestos, participar en la primera ceremonia de manifestación creativa.

—¿La ley de la atracción? Esto es totalmente absurdo.

River está sentado en el pequeño parche de hierba de la azotea. Delante tiene extendida una manta estampada rosa en cuyo centro titila «Biblioteca lujuriosa», mi vela perfumada. Mira las azoteas, aparentemente poco impresionado con las vistas. Lo cierto es que no son tan bonitas y serenas como las de anoche: las nubes, del color de los moratones, se arrastran sobre nosotros amenazadoramente, y una sirena de policía aúlla a lo lejos.

—Oh, yo diría que ya nos habíamos adentrado bastante en el reino de lo absurdo — señalo, fijándome en este imposiblemente atractivo personaje de ficción, con su sombrero de vaquero y la camiseta de Kafka demasiado pequeña. Después me miro a mí misma, una friki de los libros con el corazón roto y el caftán violeta de mi vecina —. Pero esta es la única explicación que se me ocurre. Anoche pedí ayuda para terminar el último libro de Arroyo del Caos y tú acabaste aquí. Debió de producirse algún error, alguna confusión en el universo, un fallo técnico…

—¿Un fallo técnico?

—¡No lo sé! Es obvio que estamos dando palos de ciego. Hum… No tenemos las coronas — murmuro para mí misma —, pero seguro que no pasa nada. No pueden haber sido tan importantes, ¿no?

—¿Sabes al menos lo que estás haciendo?

—No — admito —. Pero la señora Casablancas, la vecina con la que anoche hice la ceremonia, se ha marchado a su clase de adiestramiento canino, y después, a veces se quedan en el bar para quejarse de las trastadas

de sus perros. Ese tema da mucho de sí. Podemos esperar hasta que regrese, si quieres, pero no sé cuánto va a tardar.

River niega firmemente con la cabeza.

—No, gracias. Tenemos que deshacer esto lo antes posible, sea lo que sea, y si esta locura es el único plan que tienes, entonces supongo que deberíamos intentarlo.

—Estoy de acuerdo. — Me aclaro la garganta y tomo aire profundamente —. Venga. Querido universo, éter, Buda, dioses y diosas y…, bueno, princesa Diana. Nosotros…, esto…, te damos las gracias por…

—¿Princesa Diana? — River se aprieta el puente de la nariz —.

¿Princesa Diana?

—¿Sabes quién es?

—Claro que sí. La princesa del pueblo.

—Espera…, conoces a la princesa Diana pero no sabes lo que es Google…

—Se llama Skangle.

—Pero yo nunca escribí Skangle en los libros. ¿Yo no debería saber todo lo que tú sabes?

La rabia le oscurece los ojos.

—¿En serio no puedes contemplar la posibilidad de que quizá no me inventaras tú, de que yo sea de verdad una persona real? Porque te aseguro que lo soy. Tengo una vida, recuerdos, ideas y sentimientos de los que tú no sabes nada.

—Pero Bedlam Creek no existe en el mundo real.

—En este mundo.

—¡Este mundo es el mundo real! Tú mismo lo has visto… ¡No está en el mapa! No está en Internet. Recuerdo el día en que se me ocurrió. Fue el 20

de agosto de 2021, el día que Josie… Bueno, eso no es importante. ¿Por qué narices mentiría yo al respecto? ¡Todo esto me gusta tan poco como a ti! Y, sinceramente, me pilla en muy mal momento.

River niega con la cabeza.

—No digo que estés mintiendo. Puedo identificar una mentira a un kilómetro de distancia, y tú no me pareces una farsante. Pero antes dijiste que yo iba a mi cabaña a idear planes malvados con los que hacerle la puñeta a Cassidy, y eso no es verdad, ni por asomo. Y no solo porque mis relaciones familiares son mucho más complejas que eso, sino porque, en

realidad, voy a esa cabaña a leer. El rancho Oakley es muy ruidoso: la maquinaria, el ganado, los chicos. Esa cabaña es el único lugar del pueblo donde encuentro paz, además de en el viejo cedro del Nido del Ruiseñor.

¿Cómo explicas que no sepas eso si tú me inventaste?

Frunzo el ceño. Es desconcertante, pero tiene razón. No sé prácticamente nada de este hombre más allá de los pocos detalles que escribí sobre él, del estereotipo de chico malo que utilicé como herramienta narrativa. Entonces

¿cómo es posible? ¿Por qué habla de experiencias de las que yo no sé nada?

Él es mi personaje. Esto no tiene ningún sentido.

Parpadeo.

—Yo…, bueno, no puedo… — comienzo, frunciendo los labios en un mohín de sorpresa —. ¿Tú lees libros?

—Leo un montón de libros. Hasta el final, además. Eso es lo que te estoy diciendo: tú no me conoces. Aquí hay algo más. — Se frota la frente con el canto de la mano —. ¿Y si ambos tenemos razón? ¿Y si este mundo es real pero, no sé, el mío también lo es? Como un… un universo paralelo, o algo así.

— ¿Un universo paralelo? — chillo, con el cerebro abotargado y confuso —. Es ridículo. Eso no existe.

—¿Y que yo sea un personaje inventado que has invocado en tu casa no es ridículo?

Niego con la cabeza.

—Sí, pero si Bedlam Creek se encuentra en un universo paralelo, ¿cómo puedo yo estar aquí, en este universo, escribiendo libros al respecto?

River se pasa una mano por la mandíbula.

—Ya, eso no tiene sentido. No lo sé. — Le brillan los ojos —. Y no me gusta no saberlo.

—Dios. Qué conversación más rara.

La boca de River se curva un poco con el fantasma de una sonrisa, que le arruga los ojos.

—Sí. Esto es lo más raro que he visto nunca, y soy de Texas, donde hacemos carreras de armadillos por diversión.

Asiento.

—Me informé de eso cuando investigué sobre Texas antes de empezar la saga…

Ante otra alusión a que él sea un personaje de ficción, la titubeante sonrisa de River desaparece abruptamente.

—Por Dios. Vamos a empezar ya, ¿quieres?

—Lo siento. Sí. — Vuelvo a mirar el cielo, que se está oscureciendo rápidamente, e intento concentrarme —. De acuerdo. Como iba diciendo…

Doy las gracias al universo y a las diosas y a todos los demás por enviarme a River, pero… creo que ha podido producirse algún tipo de malen tendido.

Yo pedí ayuda con mi bloqueo creativo. — Me muevo con nerviosismo, ruborizándome un poco —. Y, bueno…, puede que también pidiera que Henry vuelva a quererme para que deje de dolerme el corazón.

—¿Henry? — me pregunta River.

—El amor de mi vida — le explico —. Actualmente nos estamos dando un tiempo. Fue su decisión, no la mía. Se marchó hace cuatro semanas y parece que no consigo…

—Sí, sí, lo pillo. — River hace un ademán con la mano, como si lo estuviera aburriendo.

Chasco la lengua, vuelvo a mirar el cielo y continúo con mi alegato:

—Pero, en lugar de resolver mi bloqueo creativo o de que Henry vuelva conmigo, River ha aparecido. No te culpo, universo. Los errores ocurren.

Estas cosas pasan.

—Sí, estas cosas pasan continuamente — replica River.

—Como puedes comprobar, River no quiere estar aquí, ni un poquito. Y

yo tampoco quiero que esté aquí, ni un poquito. No tiene ningún sentido que esté aquí. Así que ¿serías tan amable de enviarlo de vuelta al lugar del que ha salido? Te lo…, bueno, te lo agradeceríamos mucho. Gracias, y muchos besos. — Miro a River de soslayo y señalo las nubes —. Tienes que dar las gracias.

—¿Dar las gracias? ¿Al cielo? — Resopla —. Ya. No lo creo, señorita.

Resoplo; mi suministro de paciencia, normalmente muy abundante, está empezando a agotarse. Lo de Henry, el bloqueo creativo, mi incapacidad una vez más para atravesar las puertas del cementerio… ¿Y ahora esto? Que River se niegue a hacer un esfuerzo me enfada. Me cruzo de brazos.

—Mira, yo mejor que nadie sé que tu mayor defecto es que eres un cínico frío como una piedra, pero necesitamos que esto funcione. Estoy de acuerdo, es absurdo. Créeme, lo sé. Pero estoy intentándolo, y esta es la única idea que tenemos. ¿Podrías seguirme la corriente? Tú no eres el único

que quiere continuar con su vida, así que ¿podrías dejar de ser un gilipollas y ayudarme un poco?

River entorna los ojos.

Me cubro la boca rápidamente con las manos. Nunca antes había tenido tan mal genio. Ese era más un rasgo de Josie, hasta el punto de que mi incapacidad para enfadarme a menudo le ponía de los nervios. En realidad, yo soy pasiva. Soy una cuidadora, no una luchadora. Solo me he peleado con alguien una vez en mi vida, y las consecuencias de ese suceso han evitado que vuelva a hacerlo de nuevo.

—Lo siento — digo de inmediato —. No pretendía usar ese tono contigo.

Es que… esto es muy estresante.

River me mira, pensativo.

—No, tienes razón, estoy comportándome como un gilipollas. No es la primera vez que me lo dicen. — Levanta la barbilla —. Lo siento.

—¡Oh! Vale. Gracias. Acepto tus disculpas.

Nos miramos un breve momento. Después, River expulsa el aire a través de los labios fruncidos y mira el cielo, incómodo.

—Las gracias. De acuerdo. Bueno… Sí, gracias a quien haya sido el responsable de… esto. Te lo agradezco. Ahora, por favor, por el amor de Dios, ¿podrías hacer que pare?

Le entrego a River un bolígrafo y una hoja en blanco de mi cuaderno.

—Ahora los dos tenemos que escribir en un papel lo que necesitamos.

Después lo quemaremos en la vela.

—Qué chorrada — murmura River, pero se detiene —. Lo siento.

Supongo que llevo el cinismo muy dentro.

Nos tomamos un minuto para escribir nuestras peticiones y después sostenemos los papeles sobre la parpadeante llama de la vela, donde arden juntos en un único fuego azul anaranjado. Chisporrotean y crepitan suavemente, y cuando se han convertido en ceniza, un inesperado y poderoso trueno retumba sobre nosotros tan fuerte que notamos la vibración en los pies. Un destello cegador ilumina la azotea entera con su luz desvaída, y su abrupto restallido hace que me sobresalte.

—¡Mierda! — La lluvia comienza a caer inesperadamente. Recojo apresuradamente las velas y mi manta y lo guardo todo en la bolsa antes de que se empape —. ¿Qué demonios…?

—¡Espera! ¿Es… es esto? — grita River sobre el sonido de la repentina tormenta mientras se pone en pie —. ¿Está pasando? ¿Está funcionando?

Un rayo atraviesa el cielo justo sobre nuestras cabezas, restalla tres veces en rápida sucesión y tiñe el cielo de un antinatural tono púrpura. El rugido de otro trueno nos rodea, como si estuviera envolviéndonos. Contengo un gemido.

River está boquiabierto.

—Hostia puta. Está pasando algo. Tenías razón. ¡Creo que está funcionando! ¡Ja! ¡Está funcionando! ¡Me voy a casa, nena!