Mi amor entre páginas Capítulo diez
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Capítulo diez

Después de diez minutos esperando a que River salga, durante los cuales me tomo la temperatura dos veces más y busco en Google «síntomas de ictus en escritores de ficción», llamo suavemente a la puerta del baño.

Aunque lógicamente para mí esto es una locura (que mi propio personaje de ficción aparezca en mi apartamento por una razón desconocida) debe de ser incluso más desconcertante para él. Y jodidamente aterrador, la verdad.

Despertarte de repente en un país desconocido y toparte con una mujer deprimida y desaliñada que niega que seas real. Que existas. No me extraña que tenga problemas para asimilarlo. Yo también los tendría.

—¿River? — pruebo, con mi tono más conciliador —. ¿Te apetece una taza de té?

—Yo no bebo té — me contesta de mal humor —. Y no soy el personaje de un libro.

Vale, voy a tener que demostrárselo. Cuanto antes se lo demuestre, antes podremos avanzar y descubrir qué hacer a continuación. Tomo aliento profundamente. Puedo con esto. Puedo con esto.

¿Cómo coño voy a poder con esto?

Suspiro, me siento en el suelo y apoyo la cabeza en la puerta del baño.

—Tengo pruebas, River — digo al final —. De que eres un personaje de mis libros. De que yo, de hecho, te escribí. La cicatriz de tu mejilla. La que tiene forma de S. Te hiciste esa cicatriz cuando tenías ocho años. Tu primer caballo, Sundancer, te tiró de su grupa y tu padre se enfadó muchísimo contigo. Te dijo que, si no dejabas de llorar y montabas de inmediato, no te dejaría volver a hacerlo durante seis semanas enteras. ¿Cómo podría yo saber eso si no nos conocemos? El hecho de que lo sepa seguramente sea prueba suficiente de que tengo razón.

Silencio.

—Tú… A ver. Tu madre era…, esto…, alcohólica, y murió por un fallo renal cuando tenías diecinueve años. Y antes de fallecer te dijo que, en esta vida, el único modo de conseguir que te respeten es ser implacable y duro, no repetir los errores que ella cometió y no permitir nunca que alguien te rompa el corazón. Estabais solos en la habitación del hospital cuando te lo dijo, ¿verdad? Entonces ¿cómo podría yo conocer sus palabras exactas?

No hay respuesta.

—Hum… Vale. En el rancho Oakley hay una cabaña de madera oculta en una arboleda junto al río San Gabriel. En el interior hay un tocadiscos antiguo azul y una pequeña estufa de leña. Te gusta encerrarte en esa cabaña para idear planes malvados, para alejar a la pobre Cassidy del negocio, para pensar cómo vengarte de ella por ser el resultado de la infidelidad de tu padre. ¿Ves? Pruebas.

—Eso no es verdad — replica River.

Ajá, suena cerca de la puerta. Acerco el ojo a la cerradura y veo esos labios carnosos a unos centímetros de distancia. Habla a través de la cerradura, como la señora Casablancas. ¿Por qué hace eso la gente?

—Mira — suspiro —, sé que esto es raro. Es devastadoramente raro, y no te culpo por pensar que estoy loca. Puede que lo esté. Pero, si insistes en que eres River Oakley, de un sitio de Texas llamado Bedlam Creek, y que te has despertado aquí sin saber cómo es posible, y yo te estoy demostrando que soy la autora de una saga de libros sobre un pueblo inventado de Texas llamado Bedlam Creek, en la que aparece un vaquero llamado River Oakley que tiene un rancho y una hermanastra llamada Cassidy… entonces, seguramente seas mi personaje de ficción que ha cobrado vida. No hay otra explicación.

La puerta se abre con un chirrido. Me pongo en pie, con torpeza.

El cuerpo de River ocupa el marco de la puerta casi por completo.

—Dame tu móvil.

Instintivamente, agarró mi teléfono contra el pecho.

La preocupación le suaviza un poco la mirada.

—Por favor. Necesito ver un mapa.

Abro la aplicación de mapas y le entrego el móvil, luego lo observo mientras toquetea la pantalla y amplía un mapa de Texas hasta el condado de Burnet. Con los ojos abiertos como platos, busca y busca, deslizando los dedos por la pantalla sin éxito.

—¿Qué demonios…? — murmura —. ¿Dónde está? ¿Dónde está Bedlam? ¿Dónde está mi rancho? — Me mira, completamente asustado —.

¿Dónde tienes el buscador?

—Es Google. Justo ahí. — Señalo la pantalla.

—¿Google? — repite River, probando la palabra en su lengua como si nunca antes la hubiera oído —. ¿Qué demonios es Google? ¿Dónde está Skangle?

— ¿Skangle? ¿Qué es eso?

—¿La mayor compañía tecnológica del mundo? ¿En Inglaterra no buscáis las cosas en Skangle?

—Nunca había oído hablar de Skangle.

Y, desde luego, nunca escribí nada al respecto en mis libros.

River hace un ademán de descarte y después introduce «Bedlam Creek»

en el cuadro de búsqueda. De inmediato, aparecen imágenes de mi sonriente cara de «autora profesional» y las cubiertas de los libros de Arroyo del Caos. Se desplaza y se desplaza, negando con la cabeza porque hasta el último resultado relacionado con Bedlam Creek tiene algo que ver conmigo o con mis libros.

Después introduce «River Oakley» y «Rancho Oakley» y una vez más termina en mi página web. De ahí pasa a un hilo de Reddit titulado: «Mis 10 cabrones de ficción favoritos», y finalmente a una página de Instagram donde una de mis lectoras más leales, @Nancy-DrawsStories, ha subido su visión artística de los personajes de Arroyo del Caos, incluida una representación bastante precisa de River fumando un cigarrillo bajo la luz de la luna.

Marca un número, frenéticamente.

—Estoy llamando al rancho — me cuenta —. Esto es absurdo.

En respuesta, se oye la voz del operador.

«El número marcado no existe».

—Vaya. Probaré con el teléfono de Matty.

Matty es uno de los mozos de cuadra del rancho Oakley, lo más parecido a un amigo que River Oakley tiene.

«El número marcado no existe».

River deja mi móvil sobre el sofá, resoplando a través de las fosas nasales.

—Yo… Debo de estar soñando. Eso es todo. Un sueño muy jodido.

Todavía estoy en el Nido del Ruiseñor, durmiendo debajo del viejo cedro.

— Se rasca la mandíbula —. He estado muy cansado últimamente, Cassidy ha sido un incordio y los promotores están pendientes de la subasta de la tierra. Debo de estar agotado. Muerto de estrés. Esto es un sueño. Inglaterra, novelas románticas, Googly… — Se gira hacia mí —. Tienes que darme un guantazo. Pégame ahora mismo, despiértame de esta pesadilla.

—No creo que estés soñan…

—Pégame, joder.

Niego con la cabeza.

—La violencia no es la respuesta. Nunca le he pegado a nadie y no voy a empezar ahora. Si te calmas y me escuchas…

—Esto es un sueño — insiste, mirando de soslayo mi montón de libros, totalmente confuso —. Tiene que serlo. Yo no soy un personaje de la saga de novelas cutres de una escritora medioc…

Se detiene en seco cuando mi mano conecta con su mejilla. No le pego lo bastante fuerte para hacerle daño, estoy segura, pero sí lo bastante rápido para producir un sonido audible.

River se lleva la mano a la cara con un destello de asombro en los ojos.

—Mis libros son excelentes — digo, alzando la barbilla. El corazón me va a mil —. Tienen un 4,5 de media en Amazon y un 4,2 en Goodreads.

Llevan alegría y felicidad al mundo.

—Me has pegado — murmura River, frotándose la mejilla.

—¡Tú me lo has pedido! Me lo has suplicado, en realidad. No te he dado fuerte. No tienes marca. No se te ha puesto la mejilla roja.

—Me has dado una bofetada… y yo no me he despertado. Sigo aquí.

— Se desploma en el sofá, encorvando los hombros como si toda la energía hubiera abandonado su cuerpo —. Así que esto no es un sueño.

—Supongo que no — le digo, a modo de disculpa —. Creo que esto está ocurriendo de verdad. Pero ¿cómo es posible? En el mundo real, Bedlam Creek ni siquiera existe.

—Pero Bedlam Creek es real. Yo soy real. — River se pasa ambas manos por el pelo y los suaves mechones castaños le sobresalen en ángulos desenfadados —. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede esto estar ocurriendo?

—No lo sé, es como… magia…

Me detengo cuando poso la mirada en la tela violeta doblada encima de la lavadora. Es el caftán que la señora Casablancas me hizo ponerme para la ceremonia de manifestación creativa.

La ceremonia de manifestación.

Oh, Dios.

No puede ser.

¿Puede ser?

No.

Ay, joder.