Capítulo nueve
—Necesito una bebida de verdad — se queja River cuando le entrego una taza de té inglés caliente, que tira de inmediato por el sumidero —. ¿Dónde tienes el whisky?
Es una petición razonable, hecha de un modo grosero. Abro el armario de las bebidas y saco una botella de whisky que compré en las rebajas de Sainsbury el año pasado. Se llama Bagpipe Distillery y en la etiqueta, por alguna razón, hay un dibujo del monstruo del lago Ness. Sirvo dos chupitos, uno para cada uno. River se hace con uno y se lo bebe como si fuera agua.
Después toma mi vaso y se lo bebe también. Sus modales son pésimos, y ni siquiera parece importarle. Me he topado con un montón de gente maleducada, pero nunca había visto nada así. ¡Se ha bebido mi whisky sin ni siquiera preguntar!
—¿Estás segura de que eso es whisky? — River hace una mueca, se seca la boca con el puño y examina la botella, frunciendo el ceño —. Sabe a orina hervida. — A pesar de la reseña, agarra la botella de la encimera y se la lleva a la mesa de la cocina —. Gertie, ¿verdad? ¿Ese es tu nombre?
—Sí. Gertie Bickerstaff.
—De acuerdo. Bueno, Gertie, ¿dices que no tienes ni idea de cómo he llegado aquí? ¿De cómo he hecho todo el trayecto desde Bedlam Creek, Texas, a tu casa en…? ¿Esto es Londres?
—Sí. Bloomsbury. — Levanto la barbilla —. La parte bonita. No es tan buena como Marylebone o Mayfair, pero yo creo que…
—¿Cómo he hecho todo el trayecto desde Bedlam Creek, Texas, a tu casa en Bloomsbury, Londres, Inglaterra, sin recordar ni un solo segundo del viaje?
Pronuncia Bloomsbury como si fueran dos palabras. Como Blooms Berry. Recupero mi vaso de chupito y le doy un enjuague rápido bajo el grifo. Después me siento frente a River en la mesa de la cocina y vuelvo a
llenar los vasos. Me bebo el mío antes de que pueda robármelo, haciendo una mueca cuando el líquido caliente me quema el esófago. Entre los cócteles Tucci y la cantidad de encurtidos que he estado engullendo, me estoy dando mucha tralla últimamente. Me trago un eructo; porque soy una adulta educada y con modales, sí, pero también porque este hombre es tan impresionante que por alguna razón me parece que estaría mal eructar cerca de él, como tirarte un pedo delante de la Mona Lisa. Me trago la indigestión y me sirvo otro chupito.
—Tengo una teoría… — Me detengo, mordiéndome el labio. ¿Cómo decir lo que estoy a punto de decir? Es objetivamente una locura.
—¿Y bien? — me espeta —. ¿Es un secreto?
—No… No — tartamudeo —. Pero quizá… quizá quieras primero otro de estos… Lo que estoy a punto de decir no va… Podría no gustarte.
Deslizo la botella por la mesa y lo miro mientras se sirve otro chupito y se lo traga sin un atisbo de ardor esofágico. Debe de ser agradable. Se aclara la garganta.
—Estoy esperando.
Hum. De acuerdo. ¿Cómo decirlo? ¿Cómo se le dice a alguien que posiblemente no es… real? ¿Que puede que sea una invención de la mente estresada de una escritora romántica?
¿Cómo se le dice eso a un hombre al que mi protagonista, Cassidy Oakley, describió una vez como «un cabestro con el carácter de una mula estreñida y el corazón podrido de una manzana en el pecho»?
Tomo aliento profundamente.
—Bueno, verás, la cosa es que… Hum, en realidad… A ver. River,
¿todavía afirmas que tu nombre real es River Oakley? ¿Estás totalmente convencido de eso?
Me fulmina con la mirada.
—Ya te lo he dicho. Ahora deja de parlotear y dime lo que sabes.
— Golpea el suelo repetidamente con una bota —. Tengo que volver a casa.
Tengo asuntos de los que ocuparme. He de regresar para la gran subasta de la tierra. El pueblo entero cuenta conmigo. La integridad de Bedlam Creek está en juego, y he prometido que la protegería.
¿Una subasta de tierra que conoce todo el pueblo? Yo no escribí eso.
La idea no tiene la oportunidad de arraigar en mi mente porque, con un suspiro exasperado, River levanta ambos brazos y coloca las manos en el
ala del Stetson. El movimiento deja al descubierto los fibrosos músculos de su torso y me doy cuenta, para mi vergüenza, de que no puedo apartar la mirada. Es como si me hubiera hipnotizado el póster de una ilusión óptica.
Es absurdo. Los torsos nunca han sido lo mío. Unos buenos antebrazos y un ingenio mordaz siempre han sido mi kriptonita. Pero este torso en concreto…
—Solo un momento — digo, resollando patéticamente. Corro al armario y busco rápidamente algo que Henry se haya dejado. Justo en el fondo encuentro la camiseta que le regalé el año pasado por Navidad. Es verde aguacate y tiene una imagen de Franz Kafka en el pecho. Debajo dice: «YO
PONGO EL AMOR EN LA METAMORFOSIS».
—Toma. — Se la entrego —. No puedo concentrarme con tu…, ya sabes…
Sostiene la camiseta ante sí.
—¿Mi qué?
—Contigo entero. Está claro que sabes qué aspecto tienes.
River pone los ojos en blanco y, con lo que parece una leve sonrisa, se levanta y se embute en la camiseta. Es unas tres tallas demasiado pequeña, se le sube para mostrar su duro vientre y se le tensa tanto sobre los bíceps que la tela parece a punto de romperse, a lo Hulk.
El vaquero abre los brazos y frunce el ceño.
—¿Esto va en serio? ¿No tienes nada más grande?
—No. Mi ex usaba la talla M. Mira, al menos te cubre los…, esto…, los pezones, ¿vale? Necesito concentrarme.
River se queda pensándolo un instante y se deja caer en la silla de cocina con tanta fuerza que me preocupa su integridad.
De repente se me ocurre una idea genial y corro a mi estantería. En la balda superior están las distintas ediciones de la saga Arroyo del Caos, tomos uno a cuatro, con un ominoso espacio libre para el cinco.
Los saco todos y los llevo a la mesa, donde los coloco uno a uno delante de River.
—Soy escritora — le explico —. Yo escribí estos libros.
Él coge una edición en rústica y la mira con expresión de sorpresa.
—¿Qué demonios hace Cassidy en la cubierta de este libro? — Levanta el siguiente —. ¿Y la sabandija blandengue de Ethan Calhoun? ¿Por qué tienes libros sobre Bedlam Creek, sobre mi hogar? ¿Qué cojones es esto?
¿Un truco? ¿Es un programa de inocentadas? ¿Estoy saliendo en la tele ahora mismo?
Mira las esquinas del techo, presumiblemente buscando las cámaras ocultas.
Niego con la cabeza.
—Escribí estos libros porque… Bueno, lo que pasa es que… yo… me inventé Bedlam Creek.
—¿Perdona? — River me mira como si acabara de sugerirle que se saque los ojos y me los sirva en una tostada.
—Yo… Bueno, no hay un modo fácil de decir esto, pero lo cierto es que… yo te inventé… a ti. ¿Entiendes? Ahí está mi nombre. — Señalo el libro —. Justo ahí. Gertie Bickerstaff.
River agarra la botella de Bagpipe Distillery, pasa de servirse en un vaso y bebe a morro de la botella tres grandes tragos. La deja dando un golpe sobre la mesa y señala los libros con la cabeza.
—¿Dices que yo salgo en esos libros, loca?
Levanto el tomo dos, donde River Oakley hace su primera aparición en una pelea en un bar llamado El Barril Contento.
—Digo que River Oakley, el personaje que yo creé, está aquí… — Busco la página cuarenta, donde él aparece por primera vez, y señalo el nombre justo allí, en nítida Garamond, tan clara como el día.
River se encorva para examinar la página con los ojos entornados.
—Virgen santa. — Se levanta rápidamente de la silla y el movimiento la hace deslizarse por el suelo y golpear el radiador, donde su integridad se derrumba por fin.
Vale. Esa es la reacción de un hombre que de verdad cree ser una persona real llamada River Oakley.
Agarra el libro de nuevo y escudriña la página.
—¿Corazón de piedra? — se burla —. ¿Ondas sedosas? ¿Esto es una novela romántica? ¿Sobre mí? ¿Cómo es posible? Ni siquiera nos conocíamos. ¿Has estado vigilándome?
Aprieta el puño, arrugando el papel en un gurruño.
—No, no, no va sobre ti — le explico, quitándole el libro de la mano con cuidado —. En realidad, tú eres más bien un personaje secundario.
River parpadea.
—¿Ni siquiera soy el protagonista?
—No eres un personaje principal. Tu hermana, Cassidy Oakley…
—Hermanastra.
—Tu hermanastra… Ella es la protagonista. Pero tú eres…, bueno, una parte importante de la historia, narrativamente hablando.
Por un momento, es como si abandonara mi cuerpo y me viera a mí misma intentando que un personaje de mi invención se sienta mejor respecto a su importancia en la trama y al número de páginas en las que aparece en mi saga.
—La cuestión es que tú eres… A ver, que tú… eres el villano de la historia. Eres superimportante.
River parece fugazmente dolido por la afirmación antes de mirarme con el ceño fruncido.
—¡Yo no soy ningún villano! — grita, tirando el montón de libros fuera de la mesa de un modo que es…, bueno, totalmente propio de un villano —.
Y no soy un personaje que tú has inventado. Soy una persona. Una persona de verdad.
En cierto sentido, tiene razón. No es que hiciera mucha investigación para su personaje. Él era el hermano mayor, el ranchero malvado que sembraba el caos desde lejos, que se negó a permitir que Cassidy formara parte del rancho Oakley después de que Big Chip Oakley muriera. Era el vaquero de corazón frío que, más allá de un par de detalles clave sobre su aspecto y personalidad y del breve listado de sucesos que forjaron su implacable carácter, no era nada más que un obstáculo en la trama. Estaba allí para darle a la historia color y contexto, un enemigo común para la gente de Bedlam Creek contra el que Cassidy y Ethan debían unirse mientras se enamoraban en la línea argumental principal. Si Arroyo del Caos fuera la película Armageddon, River Oakley sería el asteroide.
—Mira… — Intento mantener un tono tranquilo mientras abro una imagen en el móvil y se la enseño a River —. Esta película se llama Encantada. Va de…
River la contempla con sorpresa.
—Será mejor que no se te ocurra sugerir que en este escenario yo soy Giselle. — Me mira, muy cabreado ahora, apretando y aflojando la mandíbula a doble velocidad. Baja la voz mientras pronuncia despacio cada palabra de su siguiente frase —. Yo no soy Giselle, ¿de acuerdo? River Oakley no es Giselle.
—¿Conoces Encantada? — le pregunto, asombrada —. Pero ¿cómo es posible que sepas lo que es si yo nunca escribí sobre ello en mis libros?
—Porque yo soy real. Y tú estás pirada.
Y después, con una mueca de pura frustración, River agarra la botella de whisky y se dirige a zancadas a mi cuarto de baño. Cierra dando un portazo, que resuena con fuerza.
Oigo el chasquido del pestillo.
Maravilloso.