Mi amor entre páginas Capítulo ocho
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Capítulo ocho

Es curioso, siempre había sospechado que algún día se me iría la cabeza. A veces sabes que eres justo el tipo de persona a la que va a pasarle algo así: episodios regulares de ansiedad por situaciones objetivamente insignificantes, una adicción descontrolada a todos y cada uno de los alimentos encurtidos, el hecho de que practicara besando el busto decorativo del David de Miguel Ángel de mi abuela e inmediatamente después buscara en Google: «¿Un humano puede enamorarse de una estatua?». Las señales han estado siempre ahí, y al final ha ocurrido. Se me ha ido la olla completamente, sin duda provocado por el estrés del abandono de Henry, el pánico de ser incapaz de cumplir con las condiciones del contrato de mi novela y demasiados cócteles Tucci. ¿Es siquiera real el hombre que tengo delante o es una extraña manifestación de mi bloqueo creativo? Sea lo que sea, ahora está tan cerca que puedo olerlo. Olfateo el aire discretamente. Huele a fogata y a whisky y a… ¿tarta de manzana?

—Bueno, escúcheme — dice el vaquero en voz baja y malhumorada. Sus ojos verdes se oscurecen hasta ser de un duro ónice —. Será mejor que…

—¡Te rajo! — grito, frenética —. Créeme, como te acerques un paso más voy a…, te voy a… ¡Te reviento!

Creo que me he pasado, pero si algo he aprendido de los libros y películas, y tras haber crecido en las crueles calles de Finchingfield, es que, en estas situaciones, si actúas como si supieras lo que estás haciendo, ya tienes la mitad ganado. Aunque no soy una persona naturalmente segura de mí misma, fui a un campamento de verano de teatro con Josie.

Interpretamos el musical Chicago, ambas caracterizadas como asesinas de la cárcel del condado de Cook. Entorno los ojos y levanto la barbilla, con expresión letal.

—¡Lo digo en serio! ¡Lo haré!

River aprieta la mandíbula. Y después, tan rápido que no tengo ninguna oportunidad de evitarlo, me agarra la muñeca con su enorme y callosa mano y tira de ella hasta que la palma se me abre sin poder evitarlo y el cuchillo cae al suelo con un repique metálico.

—Ay — gimo, aunque en realidad no me ha dolido.

Busco otra arma de inmediato. ¡Ajá! ¡Ahí está el cuchillo de la verdura!

Lo levanto, preguntándome por un instante si he perdido un tornillo y esto es como esa escena de El club de la lucha en la que Edward Norton se pega una paliza a sí mismo. ¿Estoy hablando con el aire ahora mismo? ¿Estoy amenazando con un cuchillo de verdura a… la nada? ¿Tendría que llamar a un médico?

—¿Va a mondarme hasta la muerte, encanto? — me pregunta River con una mueca de desdén mal disimulada —. Suelte el maldito pelapatatas. — Y

después, un poquito más amable, añade —: Siento haberle hecho daño.

Sin saber qué otra cosa hacer, dejo el cuchillo en la encimera de la cocina.

Cuando River se acerca y vuelve a agarrarme la muñeca, me encojo de miedo.

—Tranquila — murmura —. No voy a hacerle daño. — Me toca el hueso suavemente con el pulgar —. ¿Le duele?

Niego con la cabeza.

Me gira la muñeca en un lento movimiento circular.

—¿Y esto?

—No.

—Entonces sospecho que sobrevivirá.

Retrocede un paso, se mete los pulgares en la cinturilla de los pantalones y suspira despacio, formando con la boca una O perfecta.

—Bueno. Parece que estamos en un pequeño lío. Usted no quiere que yo esté aquí y yo ni loco quiero estar aquí. Así que ¿qué le parece si me da las llaves de mi camioneta? ¿De acuerdo? Entonces podré seguir mi camino. Y, si no tiene las llaves, ¿podría, por el amor de Dios, decirme dónde estoy exactamente? Miraría la ubicación en mi teléfono, pero parece que no lo llevo encima. Lo único que tengo es una bolsa llena de pantalones y la armónica de mi padre.

Miro la armónica, olvidada delante de la tele. ¿Es la armónica de su padre? Hum. Big Chip Oakley nunca tuvo una armónica… Yo nunca escribí

eso.

Llaman repentinamente a la puerta, con tanta fuerza que casi se me sale el corazón del pecho. Me muevo para abrir, pero, antes de que pueda hacerlo, River me adelanta; un solo paso suyo es como cuatro con mis piernas cortas.

—Espero que sea Buddy McGinty con mis llaves — sisea —. Todo esto está pasando ya de castaño oscuro.

Vuelven a llamar, esta vez con mayor insistencia.

—¿Gertie? ¡Gertie! ¿Estás bien? — grita la señora Casablancas a través de la cerradura —. ¡He oído mucho estruendo! ¡Gertie! ¡Soy yo, la señora Casablancas! ¿Gertie? ¿Qué es el alboroto que he oído? ¡Ábreme la puerta!

Con un gruñido molesto, River abre la puerta. Casi espero que la señora Casablancas lo atraviese como si fuera un fantasma porque una parte de mí todavía cree que este hombre, que afirma ser un personaje de uno de mis libros, no es más que un producto de mi imaginación.

Pero no. En lugar de eso, la señora Casablancas se apoya distraídamente en el marco de la puerta y le mira el torso con descaro, cosa que… entiendo.

—¿Qué Matthew McConaughey está pasando aquí? — Suspira, levanta ambas cejas y se pasa una mano despacio por la clavícula. Su mirada se detiene en mí —. Bueno, bueno, bueno… Gertie Bickerstaff. Bien. Por. ti.

—¿Puede verlo? — le espeto.

En respuesta, los dos me miran como si estuviera loca, lo que sin duda es así.

De repente, desde el otro lado del vestíbulo, a una velocidad a la que yo nunca lo había visto, Achuchón entra como un rayo en mi apartamento y empieza a trepar por la pernera del pantalón vaquero de River. Este intenta quitárselo de encima, pero Achuchón no lo libera.

—¡Achuchón, no! — le ordeno —. ¡Sit! ¡Sienta! ¡Sándwich Reuben!

La señora Casablancas chasca la lengua, levanta a Achuchón y se lo suelta a River, sorprendido, en los brazos.

—Solo quiere decir hola. Como todos. ¡Hola!

De inmediato, Achuchón le lame la cara a River con un entusiasmo audible. Mientras intenta llegar con la lengua al tímpano del hombre, hace el mismo ruidito emocionado que normalmente solo emite cuando se come su pienso prémium.

—Esto no es un perro de verdad — gruñe River, sosteniendo a Achuchón frente a su cara e inspeccionándolo con los ojos entornados —. Esto es… un perrito de dibujos animados.

—¡Aaaaaay, mira eso! — canturrea la señora Casablancas —. ¡Mira qué bien le caes! No suele ser tan cariñoso con la gente a la que acaba de conocer. Debe de notar que eres buena gente.

Con visible desagrado, River devuelve a Achuchón a la señora Casablancas.

Mientras intenta controlar a su mascota, que se revuelve como loca, la señora Casablancas mira a River, luego a mí y después de nuevo a River.

Sonríe tan fuerte que se le entrecierran los ojos.

—Gertie, me alegro de que hayas seguido mi consejo. Sabía que darte un homenaje sería buena idea…

—No, no… No es eso…

—Señora — la interrumpe River con brusquedad, doblando un poco las rodillas para salvar la diferencia de altura —. ¿Sabe a qué distancia estamos de Bedlam Creek?

—¿Eso está a las afueras? — A la señora Casablancas se le arruga la nariz solo con pensarlo —. ¿En la línea Piccadilly, quizá?

—¿Pica de lis? — murmura River para sí mismo, intentando entender.

—Aquí todo va bien — le aseguro a la señora Casablancas, aunque no estoy totalmente segura de que sea así. Ahora mismo no estoy totalmente segura de nada —. ¡Gracias por preocuparse por mí! Y gracias de nuevo por lo de anoche. ¡Ya me siento más creativa! — miento —. Bueno, ¡hasta luego!

—¿Nadie te ha dicho nunca que deberías llevar sombrero? — pregunta la señora Casablancas, pasando olímpicamente de mis educados intentos para que capte el mensaje de «lárguese, por favor» y mirando a River con una apreciación sin prisas —. Yo estoy en el negocio de las cabezas y, en mi experta opinión, la tuya quedaría impresionante con un bombín. Tiene la forma perfecta. Podría hacerte uno a medida, con algo brillante, quizá. Creo que las lentejuelas te irían bien. Puede que verde oliva, a juego con tus ojos.

Podría hacerte una rebajita, si quieres. El cuatro por ciento de descuento si haces el pedido hoy mismo.

River parece aturullado. Vuelve a frotarse los ojos, como si intentara despertarse de un sueño alucinante. Sospecho que no va a encargar un sombrero a medida en Maison Casablancas, al menos no próximamente.

—¡De acuerdo! Adiós, señora Casablancas. Gracias. ¡Adiós!

Le cierro la puerta, entre disculpas, me giro hacia River y expulso el aire de los carrillos.

La señora Casablancas puede verlo… Eso significa que o está atrapada en el sueño/psiquiátrico conmigo o…

No.

No puede ser.

No es posible, sin más.

—Creo… creo que tenemos que hablar — digo, subiéndome las gafas por el puente de la nariz e indicándole a River que me acompañe a la mesa de la cocina.

—No lo creo, loca. — River se dirige al sofá para agarrar su bolsa de cuero, recupera su armónica y la lanza sobre los pantalones vaqueros. Sube la cremallera de la bolsa con decisión —. No voy a quedarme aquí más tiempo del necesario, y si no piensa ayudarme a descubrir dónde diablos estoy, entonces que tenga buenos días. — Levanta su sombrero Stetson de la mesa de café, se lo pone en la cabeza y lo inclina ligeramente en mi dirección —. Me gustaría poder decir que ha sido un placer, pero ambos sabemos que eso sería un cuento chino y River Oakley no es un mentiroso.

Y después, sin mirar atrás, se marcha de mi casa, dando un portazo tan fuerte que tiembla el apartamento entero.

Lo sigo con la mirada un momento, boquiabierta.

¿Qué ha sido eso? ¿Qué, por todos los clavos de Cristo, ha sido… eso?

Cojo mi móvil de la repisa de la chimenea con manos temblorosas y entro en BBC News para comprobar dos veces la fecha y el año, intentando anclarme de algún modo a la realidad del momento presente.

Sí. Eso es. 20 de agosto de 2025. Estoy aquí. Ahora. El 20 de agosto, a las once de la mañana. Le mando un mensaje rápido a Bridget.

¡Hola! ¿Por casualidad has

mandado a un actor a mi casa?

Recibo la respuesta de inmediato.

¡Dichosos los ojos! ¿Va todo bien?

Nada de actores. ¿Necesitas uno? ¿Eso te ayudaría?

No, todo bien. Te llamo pronto.

¿Cómo va el libro?

¡¡Te mandaré algo pronto!!

¡Me pillas escribiendo justo ahora!

¡ME MUERO POR LEERLO! ¡PERO NO TE AGOBIES!

Apago la pantalla con una mueca y me dirijo al armarito del baño, de donde saco un termómetro, que me coloco debajo de la lengua. ¿Puede que tenga fiebre? ¿He pillado alguna infección grave que se está extendiendo a mi cerebro? Me miro en el espejo. No tengo chapetas…

Llaman a la puerta otra vez, sobresaltándome otra vez, y en ese mismo momento me prometo que voy a comprarme un timbre, algo con un sonido agradable y relajante, etéreo, como Música de spa #1.

—¡Ya voy, señora Casablancas! — exclamo, antes de que ella empiece a gritar de nuevo a través de la cerradura. Pero cuando abro la puerta, no es mi vecina quien está ahí. Es River, sin camiseta y con su bolsa de pantalones vaqueros.

El termómetro pita. Me lo quito y lo examino. No tengo fiebre; de hecho, parece que estoy un poco fría, habida cuenta del abrasador verano que estamos teniendo.

Oh, Dios.

Creo… creo que esto podría estar sucediendo de verdad. Creo que podría estar atrapada en mi propio Encantada, y que yo soy Patrick Dempsey.

—Hola de nuevo — le digo al enorme vaquero de mirada frenética.

—¿Estoy en la maldita Inglaterra? — gruñe. La simple idea parece deprimirlo totalmente.

—Sí — respondo, mientras asiento con la cabeza —. Sí, me temo que sí.

Será mejor que entres.