Mi amor entre páginas Capítulo siete #2
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Capítulo siete #2

—Lo último que recuerdo es que me eché la siesta debajo del viejo cedro del Nido del Ruiseñor. Lo siguiente que sé es que estoy… ¿Dónde estoy?

Mira mi apartamento y después, como un personaje de dibujos animados, se frota los ojos, incrédulo, para mirar de nuevo.

¿El Nido del Ruiseñor? ¿De qué narices está hablando?

Examina la habitación como si buscara pistas y se sobresalta al ver el soporte para sombreros que tuve que comprar para colocar mis artículos de la sombrerería Maison Casablancas.

—Los hace mi vecina, y me los vende — le explico.

River parpadea y tuerce la boca en una mueca. Parece tan desconcertado que casi puedo creerme que de verdad no sabe dónde está.

—Eres realmente bueno — le digo, impresionada —. ¿Dónde estudiaste?

¿En RADA? ¿O eres estadounidense de verdad? ¿Juilliard? ¿Stella Adler?

Tengo una prima que fue al instituto Lee Strasberg. Una vez se pasaron una clase entera fingiendo que se lanzaban rayos láser con los ojos unos a otros.

¿Te imaginas qué incómodo, tal nivel de contacto visual? Yo no podría.

En respuesta, resopla y da un paso gigante hacia mí. Sus pesadas botas negras de vaquero apisonan sonoramente el suelo de madera.

—¿Esto es algún tipo de secuestro? — me pregunta, mordiéndose el labio inferior y después apretándose el puente de la nariz entre el pulgar y el índice —. ¿La ha convencido para que haga esto ese canalla de Buddy McGinty? ¿Cómo he llegado aquí? ¿Me durmieron con cloroformo?

Quieren dinero, ¿no? ¿Intentan intimidarme para que me retire de la subasta de los terrenos? Porque ya se lo he dicho: jamás permitiré que esas sanguijuelas construyan en Bedlam Creek un rancho turístico sin alma para que esos banqueros e inversores tramposos jueguen a los vaqueros el fin de semana. Mis padres se pasaron la vida entera protegiendo Bedlam Creek, y yo planeo hacer lo mismo.

¿Qué coño…? Entorno los ojos cuando recuerdo de repente que Buddy McGinty es un personaje menor del cuarto libro de Arroyo del Caos, un promotor inmobiliario que aparece en una sola escena. ¿Por qué le habrá hablado Bridget a este actor de Buddy McGinty, de entre todos los personajes? A nadie le importa Buddy McGinty. ¿Y por qué este tipo sigue interpretando el papel, a todo esto? ¿Y cuál es el papel?

—Vale, puedes dejar de actuar. — Me río, incómoda —. ¡Mensaje recibido! Dime tu nombre. Tu nombre real. Y tu número de cuenta. ¡Te enviaré ya la propina y podrás marcharte!

El tipo aprieta la mandíbula, y no puedo evitar quedarme un poco hipnotizada por cómo el movimiento hace que su barba parezca dorada bajo la luz del sol.

—Acabo de decirle mi nombre. — Resopla como si fuera tonta —. River Oakley.

Vale, esto empieza a ponerse raro. Puede que sea un actor de método, como Robert De Niro.

Corro al cuarto de baño a por mi bata y me la pongo sobre la toalla.

—Ja, ja. Bueno, ¡ambos sabemos que ese no es tu nombre de verdad! Ja, ja, ja. Pero, en serio, puedes dejar de fingir ya. «¡Corten!». ¡Bravo!

Entonces me doy cuenta de que, en el suelo, junto al sofá, hay una enorme bolsa hecha de piel de vaca. La señalo.

—¿Has traído camiseta? — le pregunto, intentando no mirarle el torso, que no puedo evitar notar que es…, bueno, impactante, musculoso pero fornido, con el tipo de músculo que se consigue con trabajo físico duro en lugar de en el gimnasio. ¿Trabaja este actor como albañil? ¿Como leñador?

Sí, leñador. Me lo imagino unos segundos antes de propinarme una bofetada mental, totalmente avergonzada por mi flagrante perversión. ¿Qué me está pasando? Como Henry siempre dice, yo no soy una persona sexual.

Entonces ¿por qué estoy pensando, en este mismo segundo, a qué sabrá la boca de este desconocido? Por ahora me decanto por pudin de chocolate caliente con algún tipo de licor alcohólico. Brandi, quizá. Espabila, Gertie.

—¿Quieres ponerte la camiseta antes de irte? — le pregunto alegremente, todavía esforzándome por ser educada. Señalo la bolsa de cuero —. Puedes usar el baño para cambiarte, si quieres.

«River» sigue mi mirada hasta la mochila, frunciendo el ceño como si no se hubiera dado cuenta de que estaba allí. Como si él no la hubiera traído.

—¿Mi bolsa? — repite. La levanta, abre la cremallera de un tirón y saca un par de andrajosos pantalones vaqueros. Después vuelve a meter la mano, rebusca en el interior y saca… otro par de vaqueros, uno al que le falta el bolsillo trasero. Y después otro, con un rasgón en el muslo —. Solo hay pantalones vaqueros — murmura.

Echo un vistazo al interior de la bolsa. Sí. Es una bolsa llena de pantalones. Qué raro.

—Espere un momento… — dice, mirando al horizonte, como si de repente hubiera recordado algo —. Esta bolsa estaba en mi camioneta.

Planeaba llevar los pantalones a arreglar, pero entonces me llamó Cassidy y… y después… No me acuerdo. — Se detiene, encorvando sus enormes hombros.

Vale, estoy empezando a pensar que algo va mal, que este hombre podría no estar mentalmente estable. Puede que no sea un actor. Puede que sea un admirador desquiciado, como en Misery, de Stephen King. Tengo una visión en la que aparezco atada a la cama mientras este hombre me alimenta con carne enlatada y me obliga a escribir justo el final feliz que quiere para

los personajes de Arroyo del Caos. Y, aunque está claro que necesito ayuda para escribir este libro, estoy segura de que ese método concreto no sería bueno para mi proceso creativo.

—Hum, ¿puedes marcharte ya, por favor? — le pregunto, retrocediendo una vez más hacia la cocina y sacando a ciegas otro cuchillo del bloque, solo por si Bridget ha contratado sin saberlo a un actor que es, además, un asesino. Me armo con el cuchillo del pan por segunda vez, que ya es mala suerte.

—Espere, ¿dice que puedo marcharme? — El hombre levanta las cejas —. ¿No estoy encerrado aquí?

—Hum… No. — Casi me río —. Eso sería una locura. Claro que puedes marcharte. Hazlo, por favor. En serio. Por favor, márchate.

El vaquero se tantea los bolsillos y, como no encuentra lo que quiere, vuelve a sacar todos los pantalones vaqueros de la bolsa para buscar también en esos bolsillos.

—¿Dónde cojones están? — ladra. En uno de los bolsillos traseros hay una armónica plateada, que lanza al sofá con aparente desagrado. Rebota sobre los cojines y repiquetea ruidosamente por la tarima del suelo hasta detenerse delante de la tele. Entonces el tipo se gira para mirarme, pasándose las manos frenéticamente por la cabeza, alborotándose el cabello de modo que las ondas suaves se le quedan un poco levantadas —. Señora, será mejor que tenga las llaves de mi camioneta. ¿A qué distancia estamos de Bedlam Creek? ¿Estamos en Double Horn? ¿En Marble Falls? ¿En Oatmeal? Espero no estar en el jodido Oatmeal.

Abro los ojos de par en par. ¿Double Horn? ¿Marble Falls? ¿Oatmeal?

Esos son ciudades y pueblos reales del condado de Burnet, en Texas, cercanos a la ficticia localidad de Bedlam Creek. ¿Cómo lo sabe este actor?

Yo solo escribí los nombres de estos lugares en mi investigación inicial, hace cuatro años, cuando comencé la saga. Nunca los he mencionado, en ninguno de mis libros. Nunca he hablado con nadie de la ubicación concreta de Bedlam Creek porque es un pueblo totalmente ficticio.

Entonces me percato de una cicatriz diminuta en el pómulo del hombre.

Tiene forma de S, como la de River Oakley en la saga Arroyo del Caos.

Bajo la mirada hasta la hebilla de su cinturón, que tiene grabada una luna rodeada por un lazo: el logo del rancho Oakley.

Trago saliva.

No puede ser.

No es posible.

—No — digo con firmeza —. Ni de puta coña.

Con un gruñido frustrado, el hombre se me acerca. La mirada se le ha oscurecido, y dos puntos de color le han aparecido en las mejillas. Ay, joder.

Si este es de verdad el River Oakley de mis libros, podría matarme ahora mismo, con sus propias manos. Es totalmente capaz. Debajo de esa carita guapa hay un corazón hecho de piedra. En el rodeo del 4 de Julio de Bedlam le dio una paliza a un grupo de tres camellos sin llevarse él ni un rasguño. De niño era extremadamente cruel con Cassidy, le robaba los caramelos y le metía gusanos vivos en las botas. Una vez, luchó cuerpo a cuerpo con un bisonte agresivo y después se lo zampó a la barbacoa en su solitaria cena de Navidad (e hizo varias tandas de croquetas de bisonte, supongo). Así que es indiferente si esto es real o imaginario, si ahora mismo estoy soñando, atrapada en una realidad alternativa o en el ala de psiquiatría con un cóctel de drogas psicoactivas porque, sea cual sea el escenario, mi instinto de supervivencia se activa automáticamente en una poderosa oleada.

El corazón me late en los tímpanos y una ráfaga de adrenalina me atraviesa las extremidades con tanta fuerza que empieza a temblarme el cuerpo entero. Tomando aire entrecortadamente, levanto el cuchillo del pan.

Me preparo para luchar.